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Capítulo
IX
La coronación del Zar
No abriréis un
diario francés por estos días sin daros de manos a boca en seguida con el Tonkin,
problema de carácter oriental por su lado geográfico, y de carácter europeo por
su lado político. Francia no ha querido contentarse con el predominio moral que
le daba el haber prescindido de su monarquía y de su aristocracia,
constituyéndose por su propia voluntad y derecho en libre y robusta República,
tan luminosa para todas las inteligencias como atractiva para todos los pueblos
del mundo. Cegada por las reverberaciones últimas de su gloria militar, aún
resplandeciente con vivos arreboles sobre su ocaso, quiere colonizar en remotas
regiones y extenderse y dilatarse por el África y el Asia en competencia con
Rusia e Inglaterra. La impremeditada expedición a Túnez le ha traído la
enemistad implacable de los italianos con la ocupación del Egipto por los
ingleses; y a este doble desastre de su diplomacia responde con una doble
temeraria empresa en Madagascar y Tonkin, exponiéndose a desagrados nuevos con
Inglaterra y a conflictos temerosos con China. El pretexto a tal movimiento lo
ha encontrado en las incursiones continuas de piratas varios bajados desde las
fuentes del río Rojo, al comienzo del cauce navegable, a Lao-Kaz, como de
Lao-Kaz a la desembocadura del río a Tonkin. Tales excursiones molestan mucho a los
franceses en su comercio con estas tierras y hasta en la quieta y tranquila
posesión de sus dominios en Cochinchina. Y para evitar tantas molestias y
conseguir la seguridad de su Imperio esbozaron ciertos proyectos de convenios
con los chinos, por lo cuales reconocían los franceses la supremacía de, China
sobre Anam, y reconocían los chinos el protectorado de Francia sobre Tonkin. Y
unos y otros habían asentido a dejar entre los dos Imperios, el Celeste antiguo
y el francés nuevo, una zona montañosa, especie de muralla natural, poblada por
tribus, lo bastante guerreras para impedir el contacto de dos dominaciones, las
cuales, para estar muy hermanadas, habían grande necesidad de no ser
enteramente fronterizas. Andaba todo esto en paz cuando los ingleses mueven a
los chinos contra Francia, y a consecuencia de este impulso comienzan los
chinos a retroceder en sus componendas pacíficas y a volverse amenazadores y
combatientes. Pero lo más grave del caso es que si China requiere sus armas con
aire de reto, la prensa británica requiere sus plumas con aire de rivalidad, y
pone los torpedos de sus desconfianzas en las fronteras de un pueblo como el
francés, asediado ya por las desconfianzas germánicas y las desconfianzas
italianas en el Este. Así, no es mucho que los ingleses recelen de la dirección
y administración francesa en el canal de Suez y propongan abrir otro nuevo con
el especioso pretexto de la deficiencia del antiguo. Según y conforme avanzamos
en civilización y cultura perdemos aquellas expansiones humanitarias de otros
tiempos y vamos encerrándonos los pueblos europeos, respectivamente cada cual,
en refinado egoísmo. ¿Qué ha sido de aquel antiguo partido liberal inglés, tan
ufanado de su carácter humanitario y de su grande superioridad sobre las viejas
supersticiones torys? ¿Qué ha sido de aquella definición, dada por un repúblico
eminente, de los antiguos partidos ingleses, cuando decía que los wighs
anteponen los intereses generales de la humanidad al interés de Inglaterra, y
los torys el interés de Inglaterra a los intereses generales de la humanidad?
Hoy, en este asunto, son iguales todos. Las palabras de Bright parecen
arqueológicas supersticiones de un cuáquero tenaz que combate los horrores de
la conquista y de la guerra por miedo a la perdición de su alma: ya no queda un
solo inglés que sea osado a proponer lo hecho nuestra vista, el abandono de la
isla de Chipre, cual en otro tiempo abandonaran el archipiélago Jonio. Aquel
carácter humanitario de los wighs de otros tiempos se conoce ahora por la
oposición al túnel entre Francia e Inglaterra, y por el protectorado de Egipto,
y por la enemiga implacable a Francia en sus varias coloniales empresas. Pero no deben olvidarlo jamás los ingleses; si sus vecinos
han de contar siempre con el odio de Alemania, ellos han de contar siempre con
el odio de Rusia; y como sería nociva para Francia una alianza de Inglaterra
con Alemania, sería nociva para Inglaterra una alianza de Francia con Rusia.
Pululan, pues, con tales motivos, rumores varios de guerra europea. Porque ha
dado un paseo Moltke por las costas ligúricas y las montañas suizas; porque ha
ido a Génova y Ginebra; Wimpfen, sucesor de Ducrots en Sedán, escribe alarmante
carta, que parece concebida en vísperas de otra irrupción y otra batalla. ¡Dios
preserve de tal calamidad a Europa!
Por
fin, el espectro, recluido tanto tiempo en las marismas de Gatchina, se ha
bajado de la nube terrible donde se hallaba envuelto y ha reaparecido como un
olvidado ídolo que se moviese resplandeciendo con extraordinarios resplandores.
Si cupiera cualquier duda respecto al carácter asiático del Imperio moscovita,
desvaneceríala, de seguro, la capitalidad de su historia, la oriental y
bizantina Moscou. Sus casas de madera, que huelen a campamentos tártaros; sus
innumerables iglesias, revestidas de mosaicos litúrgicos trazados al resplandor
de una tradicional ortodoxia y coronadas por áureas rotondas parecidas a
gigantescos turbantes; el Kremlim, donde se aglomeran fortalezas y ciudadelas
con palacios titánicos y templos sobrepuestos, especie de ciudades como las
destruidas por los rayos del cielo y por las cóleras del hombre allá en las
orillas del Eúfrates; las gentes varias que descienden del Don, del Cáucaso,
del Asia Menor, con sus dormanes, jaiques, túnicas, gorras de Astrakán,
diademas y tiaras persas; su clero, vestido a la usanza y manera semiasiática,
semejantes por su aspecto a los sumos sacerdotes hebreos, las reliquias
engarzadas de pedrería sobre el pecho, la capa pluvial en los hombros, cogida
con broches cincelados y cubiertos de esmaltes, los incensarios de oro en la
mano; el Emperador, envuelto en púrpura y armiño, con su corona, donde la luz
reverbera con reflejos sobrenaturales en las sienes fatigadas, y con su largo
cetro, rematado por brillante del valor de un reino, en la derecha, y la esfera
del áureo mundo en la izquierda, semejándose a los Constantinos pintados en las
letras iniciales de los libros escritos para la Santa Sofía de los Justinianos
y de lo Comenos; todas estas varias imágenes que veis como en los vidrios de
una catedral helénica o como en los cuadros de un santuario armenio, dicen bien
claramente cómo Rusia se desprende y cae del mapa europeo para unirse al Asia,
donde aún le aguarda un ministerio de cultura y civilización que cumplir sobre
razas dormidas en los senos de la naturaleza o petrificadas en los recuerdos de
la historia.
Fingid
el ritual de la coronación última y aún veréis más clara esta verdad evidente.
A las siete de la mañana el Kremlim se corona de humo, porque sus cañones
retumban; y la iglesia de la Asunción retiembla, porque su gran campana, la
mayor del mundo, suena con su terrible resonancia. El sitio donde la ceremonia
se ha de celebrar es tan estrecho, con ser una Basílica matriz, que cabe muy
poca gente, cual cabe muy poca gente, a su vez, en el Estado ruso, donde basta
de suyo a dirigir el Imperio un autócrata solitario, y para dirigir la Iglesia
un restringido sínodo. Los grandes dignatarios eclesiásticos, alineados a la
puerta del templo de la Asunción, parecen a los colosos, a las esfinges, a las
evocaciones de remotos siglos más que a seres vivientes. Los tomaríais por esas
imágenes de madera, cubiertas en los altares con el plegado de sus lujosos
ropajes, y deslumbradoras con la cargazón de sus alhajas, muestras varias de
antigua joyería. Las voces lanzadas por todas las torres en el estruendoso
campaneo anuncian que os halláis en ciudad antigua, donde la clerecía domina
sobre todas las demás instituciones sociales. Por una escalera tapizada de
púrpura desciende un cortejo, en el cual se hallan representados cien millones
de seres humanos esparcidos por un territorio tal que se dilata sobre una gran
parte del planeta. Cincuenta grupos, a cual más deslumbrador, divididos según
su categoría y estirpe, como en los frescos monásticos la gloria celestial, componen
esta inmensa corte y cohorte de un déspota. Detrás de todos vienen el Emperador y
la Emperatriz con aspectos y aires de dioses, y de dioses rígidos e inmóviles
como la increíble autocracia. Uno de los arzobispos, presidido de cruz
levantada y acompañado de dos diáconos, va delante, rociando de agua bendita,
encerrada en vasijas de oro, el sitio por donde han de pisar y pasar las
plantas imperiales. Heraldos revestidos de dalmáticas rojas y cubiertos con
gorras ceñidas de plumas de avestruz guardan las insignias imperiales, coronas,
cetros, globos, collares, cuajados todos de brillantes que deslumbran. Los
generales llevan el palio inmenso bajo cuyos pliegues entra el Zar; y los
pajes, hijos todos de nobles, la cola rozagante y argéntea de la Zarina. El arzobispo de Moscou presenta la profesión de fe
ortodoxa, que lee con voz entera el soberano, y a esta lectura sigue
armoniosísimo coro de interminables letanías. Después de esto Alejandro III
coge la corona y la pone sobre su cabeza, para quitársela en seguida, y tocar
con ella la frente de la Emperatriz. A este acto sigue el Te Deum de San
Ambrosio, y al Te Deum la entrada del Emperador solo en el santuario
griego, donde comulga bajo las dos especies. Y queda ungido y consagrado Zar, ídolo
del pobre mujich y dueño de cien millones de vasallos. Después de esto el
pueblo va en tropel a una inmensa comida, para que le repartan quinientos mil
pasteles y otros quinientos mil vasos de cerveza, todo encerrado en quinientas
mil cestitas. Bien es verdad que cuando ese pueblo es el pueblo de Petersburgo,
acompaña con desórdenes revolucionarios la embriaguez producida por los
presentes del Zar. Así ha concluido una ceremonia tras la cual se ha dado una
proclama sin ninguna promesa de libertad y bajo cuyas pacíficas apariencias se
contienen crueles amenazas de guerra.
Parece que después de Rusia, el
despotismo, no debíamos hablar de América, la libertad. Pero lo exige así, no solamente la ley de los contrastes,
sino también la necesidad de apuntar un fenómeno curioso.
Los
libros publicados en Europa respecto a la joven América por americanos, unen al
mérito intrínseco de sus calidades literarias y científicas, el extrínseco de
su especial utilidad, para quienes ignoran tanto como los europeos las cosas de
Ultramar. Apenas podemos inscribir en nuestra memoria la lista de los errores
cometidos por la casta de los políticos en el Viejo Mundo al resolver el
problema de sus relaciones con el Nuevo. Se ha necesitado que pasaran múltiples
sucesos y muchos años para imbuir a la reacción europea el propósito de no
rebasar los límites de nuestro continente para derramarse por el continente
americano. Por aquí abundaban los pretendientes resueltos a reedificar la
realeza histórica en el Nuevo Mundo, sin más mérito que haber perdido el
patrimonio personal heredado de sus regios padres. Los bastardos, muy
abundantes en los palacios reales, invocaban el recuerdo de Enrique de
Trastámara, o Isabel de Inglaterra, o Juan de Austria para mostrar a los
americanos como los príncipes habidos de ganancia por los reyes en sus devaneos
valen más aún que los legítimos para combatir y reinar. A la eficacia propia de tales
supersticiones engendráronse los monstruosos proyectos de reacción
intercontinental. Un caudillo más o menos auténtico, presentó con solicitud a
las reinas más o menos santas plantel de tronos para su numerosa prole regia en
los bosques y sel vas vírgenes. La horrible
palabra reincorporación de los territorios perdidos comenzaba públicamente a
usarse por diplomáticos viejos en documentos oficiales. Todo un Gladstone creía
que la gran República del Nuevo Mundo se dividiría en la guerra servil para dar
ese plato de gusto a los supersticios realistas del Imperio británico. Y las
cancillerías de Francia e Inglaterra con las cancillerías de Austria y España,
imaginaron que nada tan fácil como renovar contra cualquier presidente liberal
de República mejicana las proezas de los primeros conquistadores contra el
Emperador histórico de los aztecas y erigir sobre las bayonetas de los soldados
extranjeros y las sobrepellices de los ultramontanos excomulgadores un Imperio,
de reacción monárquica y religiosa, cuya sombra cubriese con las tinieblas de
una eternal noche los espléndidos horizontes de la democracia en el cielo
brillantísimo de la libre América.
Todavía
recuerdo la hora del desengaño y la cara que ponían los poderosos del Viejo
Mundo al saber cómo se acababa de caer la fortaleza de sus ilusiones en el
Nuevo. Paréceme ver aquella escena en la gran ceremonia del certamen celebrado
para repartir los premios conseguidos en la última Exposición Universal por
todos los expositores del mundo. La fugaz corona de Maximiliano, al rodar por
los suelos, se llevaba consigo nada menos que la corona de Napoleón. El Grande
tropezó en la vieja España para morir, después de aquel crimen, bajo el sombrío
cielo de Waterloo; y el Pequeño tropezó en la Nueva España para morir después
de aquel crimen bajo el sombrío cielo de Sedán. Las noticias nefastas llegaron
a la corte de las Tullerías cuando se preparaban los Emperadores para las
fiestas del trabajo. En aquella hora ultima de su poder, como que resplandecía
con llamarada más viva Imperio, por lo mismo que se hallaba más próximo a la
muerte. Aún recuerdo, como si la viera hoy mismo, la célebre fiesta, enaltecida
por la presencia de innumerables príncipes, entre los que relucía y descollaba
el principal huésped entonces de Napoleón, el Sultán de Constantinopla. Se
habían agotado los recursos del arte y de la industria, sin dar mas de sí que
aumento de tristeza; pues parecía Palacio de la Industria, donde acababa de
llegar noticia del desastre de Maximiliano a los oídos de su protector, un gran
teatro adornado con todos los esplendores del babilónico lujo imperial y
henchido con todas las notas de armoniosa música para celebrar siniestros
funerales, en que a los ojos más imprevisores aparecía el Emperador como un
frío cadáver y el Imperio como una fugaz sombra.
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