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Capítulo XI
La muerte de Chambord
La muerte de Chambord ejerce tanta y tan decisiva influencia,
que no puede sustraerse nuestro ánimo a las tentaciones de volver a contemplar,
antes de su extinción en triste olvido, los arreboles postreros de un ocaso,
con el cual se apagan veinte largos siglos y desaparece un organismo político
allá en la Roma clásica brotado del genio de César, y muerto, después de
metamorfosis profundas y restauraciones incompletas, en el desastre de Sedán,
cuando un escarmiento cruentísimo enseñó a los franceses cómo no servía ni para
defender la unidad de su Estado, ni para salvar la independencia. Nunca un principio llegó a descomposición tan grande como
ahora este principio hereditario al dejar la corona de los reyes perseguidos y
guillotinados en las sienes de los reyes perseguidores y verdugos. Sólo un
ejemplo igual nos presenta esa misma historia francesa cuando la herencia del
iniciador de la terrible noche de San Bartolomé, de aquel Valois último,
heredero de Carlos IX, recayó en el hereje, hugonote, perseguido Enrique de
Navarra, quien, si oyó una misa con refinado escepticismo para tener a París,
en cambio dejó el Edicto de Nantes para seguro de sus antiguos correligionarios
y germen fecundísimo de la moderna libertad religiosa.
El
partido realista francés hase imaginado que su principio único es el derecho de
primogenitura en la sucesión de los reyes, y ha creído que debía posponerlo
todo a la salvación de tal principio, admitiendo como legítimos herederos de
los Borbones a sus más crueles enemigos, los implacables y nefastos Orleanes.
Pero, en tiempos verdaderamente monárquicos, al formarse la grande institución
histórica, no solamente por la fuerza de las cosas, también por la fe que
despertaba en las almas, corregíanse hasta con la muerte los inconvenientes a
cada paso encontrados en la herencia.
Isabel
la Católica, fundadora de la monarquía moderna entre nosotros, se halló con que
la sucesión de su sobrina la Beltraneja, en el estado de nuestra patria
entonces, agravaba la triste anarquía feudal; y prescindiendo por completo de
la legitimidad hereditaria, salvó a Castilla, tan amenazada de fraccionamiento
y de muerte, al par que destruyo el elemento aristocrático, tan levantisco y
envalentonado a causa de las complacencias con él tenidas por las dinastías de
los Trastámaras. Felipe II, el gran dogmatista, creído en su interior de que
Dios le había dado aquel su inmenso Imperio para oponerlo como inexpugnable
fortaleza entre las grandes herejías y la Iglesia ortodoxa, castigó con la
muerte, a riesgo de cometer un parricidio, en su temor a la subversión de su política
por el derecho hereditario, las veleidades luteranas de su triste y malhadado
primogénito. Los Guisas, rama segunda de los Valois, que habían dado cardenales
como los Lorenas al Concilio de Trento, reyes como los Estuardos al trono de
Inglaterra y Escocia, enemigos tan implacables como el duque Francisco a los
hugonotes y jefes tan valerosos como el duque Enrique a la Liga católica; los
Guisas, aquellos príncipes cuasi monarcas, lugartenientes de la Iglesia en su
tiempo, apoyados por la monarquía de España y los Papas de Roma, se oponían al
cumplimiento del principio hereditario en Francia con la exaltación de los
Borbones al trono, por defender y personificar estos regulillos de Navarra el
detestado calvinismo.
El
derecho hereditario ha traído en mil ocasiones a las sociedades humanas los
principios más contradictorios con sus bases, y halas obligado a pasar por
cambios bruscos de temperatura moral, tan peligrosos a su salud como los
cambios bruscos de temperatura física son peligrosos a la salud natural de
nuestro cuerpo. Sí, por herencia cayó la monarquía española dos veces durante
tres siglos en manos extranjeras; por herencia una católica tan ferviente como
la sanguinaria María sucedió a un rey tan protestante como Eduardo IV en
Inglaterra; por herencia, en esta misma nación, una protestante del fuste de
Isabel sucedió a una supersticiosa del temperamento de su hermana; por
herencia, los Tudores, columnas del protestantismo, dejaron el Estado británico
a sus propias víctimas, los Estuardos, que habían de perder vida y corona en
aras de su fe jesuística; por herencia, los hugonotes de Navarra sucedieron a
los asesinos de la San Bartolomé; por herencia, los Austrias de España dejaron
el trono a sus eternos enemigos los Borbones de Francia; por herencia, los
Borbones de Francia hoy acaban de legar antiguos derechos y secular
representación a sus verdugos y a sus calumniadores los maldecidos Orleanes.
En los tiempos antiguos estos
contrasentidos provocaban guerras y guerras duraderas. Para impedir que María
sucediese a Eduardo, un levantamiento cuasi religioso terminado con el suplicio
de bella princesa; para impedir que la religión luterana se afianzara y
robusteciera en el mundo tras el escudo de Isabel, un esfuerzo como el esfuerzo
de la Armada Invencible; para impedir la reacción católica en Inglaterra, un
patíbulo como el patíbulo de María Estuardo y Carlos I, o revoluciones como la
sacra revolución; para impedir el reinado de los Borbones en Francia, un
movimiento como la sublevación de los ligueros y barricadas como las barricadas
de París en el siglo decimosexto; para impedir el arraigo de los Borbones de
Francia en el trono de España, guerras tan devastadoras como nuestra guerra de
sucesión: que así mantiene la paz en el mundo ese residuo de las castas
asiáticas, conocido en la política con el nombre de derecho hereditario, por el
cual grande nacionalidad pasa de unas manos a otras manos en guisa de rústico
predio, y hombres libres en guisa de miserables rebaños.
Ahora,
como por gracia de Dios y voluntad del pueblo no hay en Francia monarquía, la
guerra civil, a cada cambio dinástico encendida en el mundo, toma un carácter
mucho más tranquilo y se trueca en guerra de manifiestos y periódicos. Hay ya sobre los despojos de
Chambord trazados con lucidez dos partidos en armas, el puro y el hábil. Este último pasa por todo y cree lo más fácil y llano del
mundo convertir en un Conde místico de Chambord al Conde liberal de París. En
vano le contradicen recuerdos y le combaten hechos continuamente, y a cada
paso; en vano los escritos del rey muerto surgen evocados por las
circunstancias para ponerse frente a frente de los escritos del rey vivo y
demostrar la imposibilidad física, metafísica y moral de que continúe y suceda
el uno al otro; los hábiles no se detienen mucho en barras, y en sus aires de
pretendientes minúsculos a probables empleos y honores, necesitan todos ellos
de un pretendiente mayúsculo al fantástico trono, por lo cual toman, a falta de
otro mejor, para burlar los decretos de la Providencia, un Felipe de Orleans,
hecho Conde de París por su abuelo cuando usurpaba y retenía contra todo
derecho monárquico la corona perteneciente al abuelo ilustre del Conde de
Chambord. Así, mientras este a todos sus fieles mandaba cartas untosas como el
óleo sacro de Reims y escritas con pluma real mojada en la santa ampolla de los
obispos, aquel escribía mamotretos sobre una de las mayores consecuencias del
movimiento liberal, a saber, las sociedades cooperativas inglesas, y sobre uno
de los mayores triunfos de la democracia universal, a saber, la guerra de los
Estados-Unidos del Norte contra la infame rebelión de los negreros y de los
esclavistas del Sur.
Nada
más contradictorio que una carta del Conde de Chambord a los suyos y una carta
del Conde de París. Aquél siente dentro de sí una especie de numen sacerdotal,
por no decir divino; habla en lengua de oráculo y profiere sentencias cuasi
teológicas; reconoce que ha de responder en el tribunal inapelable a sus
ilustres antepasados por el depósito así de su derecho hereditario como de su
bandera blanca; y no transige con la proterva sociedad contemporánea, surgida
de un desacato a Dios tan grande como la reforma religiosa y de otro desacato
al monarca tan grande como la revolución francesa, mientras el de París, nieto
de regicidas, jefe de judíos y de volterarianos, hijo de madre protestante,
soldado de la República americana, pacífico terrateniente de Francia, sin
aquella ridiculizada corte de tenderos, convertida toda en sostén de las nuevas
instituciones democráticas, recoge su derecho hereditario encontrado al acaso
como pudiera recoger un billete de lotería perdido en la calle, y con arte sumo
se recluye allá en su castillo y en su silencio hasta que lo haga rey otra
casualidad tan grande como la casualidad que lo ha hecho heredero y
pretendiente. Así han resucitado ahora sus fieles una carta en la cual palpitan
las cualidades todas de su taimada familia, diciendo que ni se ha presentado
jamás como pretendiente, pues no existe un acto suyo de tal género, ni ha
reconocido la República, porque los gobiernos se reconocen por las grandes
potencias, con quienes han de vivir en amistad, y no por súbditos, a los cuales
sólo deben pedir acatamiento y obediencia. Bien hablado; pero ¡qué distancia de
las cartas de su antecesor diciendo «el derecho es mío, y el señalar la hora de
su triunfo pertenece a Dios!» Hay mayores abismos entre París y Chambord que entre
Isabel y María de Inglaterra, entre los Navarras y los Valois en la Francia.
Pero entonces existía con vigor el principio monárquico, y hoy ha muerto en las
conciencias para que a su vez mueran las monarquías en el espacio.
No
acabaríamos nunca si recogiéramos las pruebas varias demostrativas del termino
último y acabamiento definitivo de la monarquía hereditaria en Francia. El
testamento de Chambord para nada menciona o recuerda, ni directa, ni siquiera
indirectamente, al Conde su heredero. No le deja un recuerdo que pueda evocar
el culto a la monarquía, ni una prenda que pueda sostener la solidaridad entre
toda la familia. En verdad, no hubiera podido legarle una reliquia que no fuera
de su heredero acusación y no resultara en la solemnidad del testamento como
acre y ponzoñoso sarcasmo. Chambord guardaba las remembranzas de los suyos en
relicario adorado con verdadera idolatría; propio achaque de cuantos renuncian
a la esperanza y viven del recuerdo. En apartamiento parecido a templo
conservaba las últimas palabras escritas por Luis XVI al salir hacia el
cadalso; las prendas de María Antonietta en su angustiosa prisión postrimera,
en la triste Conserjería, donde remendaba sus propios vestidos; las reliquias
de aquel su padre y de aquella su madre, infelices Duques de Berry, cuyo amor
le trasmitió, con la sangre que mantenía la vida, el derecho que alegaba en sus
pretensiones a la vieja e histórica corona; los mantos y condecoraciones del
último rey legítimo sentado en el trono de su abuelo Carlos X. Mas si le dejara
cualquiera de todos estos recuerdos al Conde de París, ¿no le dejaba con ellos
la mas tremenda reconvención a las tradiciones de su historia y de su gente?
Las palabras de Luis XVI podían recordarle un voto solemne de muerte, y de
muerte inmediata, pronunciado en la Convención por Felipe Igualdad; las prendas
de María Antonietta, la difamación organizada contra ella en el Palais-Royal;
los recuerdos de Berry, la muerte del Duque perpetrada por un orleanista de
antiguo cuño como el asesino Louwel o el trance de la Duquesa constreñida en la
prisión de Blaye a parir ante la presencia de un cuerpo de guardas mandado por
el general Bugead; tremendos abismos, tan profundos como la eternidad y tan
duraderos como la historia, que ha cavado y abierto entre dos irreconciliables
dinastías el destino y que no podrá llenar con sus huesos el cadáver todavía
caliente de un Conde de Chambord. Los mismos periódicos partidarios de la
sucesión orleanista para la dinastía borbónica se olvidan a lo mejor del empeño
que traen a una entre manos, y cometen las más temerarias imprudencias.
El
Fígaro, la trompeta de los nuevos reyes y príncipes, publicaba no ha
mucho la muerte del padre de Chambord relatada por el gran cirujano Dupuytren.
Y entre los amigos, los parientes, los tíos, los padres, la mujer, las hijas
del herido, rodeando su lecho de agonía, deslizaba una imagen siniestra, un
hombre que ocultaba su cabeza bajo un gorro de dormir y su cara entre las
manos, a quien unos dirigían miradas de acusación y otros miradas de desprecio.
¿Y quién era ese hombre? Pues era nada menos que el Duque de Orleans, diez años
más tarde rey de los franceses por usurpación, y abuelo del heredero de su
corona revolucionaria entonces y hoy conocido con el nombre inolvidable de
Conde de París.
Así
el dolor de los verdaderos realistas no tiene consuelo. Sus comités más antiguos se disuelven.
Sus periódicos mas leídos se suspenden. Sus devotos más fieles se condenan a
luto eterno. La Union, el oficial
órgano de Frosdhorf, calla por siempre. Los Duques de Parma se niegan a reconocer como jefe a
quien tienen por enemigo. La Reina viuda
declara que al impedir la presidencia del duelo a un Orleans, ha cumplido un
expreso mandato del último Borbón. El Univers declara cómo pospondrá la
herencia, esa ficción de la monarquía en el mundo, a la Iglesia, ese verbo del
espíritu divino en la tierra. Y los más pundonorosos y los más leales se cubren de
ceniza y entierran sus ideas en los sarcófagos del destierro, donde reposan los
reyes de Francia. No se me oculta, no, como las mesticerías de los monárquicos
al uso quisieran meter a barato los siglos y los recuerdos para encubrir el
reinado nuevo de los eclécticos y los enciclopedistas con el flordelisado manto
de San Luis y coronarlo con la diadema gótica del catolicismo tradicional. Pero no es posible. La realidad viviente desbarata esas
combinaciones alquímicas del interés personal ayudado por extraordinarias
circunstancias. No faltaba más sino que los sacerdotes de la escuela histórica
pudieran quitar a la historia su poder y su virtud respecto a instituciones
fundadas en los siglos como la institución del poder real, y respecto a
privilegios tradicionales como los privilegios de las diversas dinastías. Ya que los Borbones son lo que
son por Luis XVI, por Carlos X, por los Duques de Berry, no pueden impedir que
a su vez los Orleanes sean los enemigos de los Borbones por Felipe Igualdad y
por Luis Felipe. Ya que tanto encarecéis el
principio hereditario, reconocedlo y sustentadlo así en lo que os daña como en
lo que os favorece. Vosotros sois los enemigos del derecho y de la responsabilidad personales y
los amigos del privilegio absurdo que trasmite a los hijos las dignidades
antiguas de los padres. Pues que se atengan los herederos de los regicidas a
sus barricadas, a sus convenciones, a sus cadalsos, y no turben la paz en el
sepulcro de sus ilustres víctimas.
Una
ceremonia remata este último drama y cierra la serie de consideraciones que
hace tiempo escribo sobre la última representación del poder monárquico en
Francia. Estos
reyes franceses no quisieron jamás a la ciudad de París. Y como no la quisieron jamás, esquivaron sistemáticamente
su presencia en ella. Y como esquivaron sistemáticamente su presencia en ella,
erigieron innumerables palacios en vastos sitios reales. Si pusiéramos aquí su
lista os maravillaríais de su número. Basta recordar los más celebres. Francisco
I llegó a fingir una Italia para sí en las selvas de Fontainebleau, y Enrique
II en el castillo de Anet. Catalina de Médicis, con haber embellecido tanto sus
Tullerías al uso italiano, habitaba con frecuencia el palacio de Blois. Luis
XIV trasladó la capital del inmenso y confuso laberinto formado por las oscuras
calles de París, donde metían mucho ruido los frondistas, a los peinados
jardines de Versalles, donde los cortesanos se parecían a las estatuas y las
estatuas a los cortesanos. María Antonietta vivió entre aquel Trianoncillo de
su predilección y aquel Saint-Clud, tan caramente pagado por la monarquía. Y no
recuerdo San Germán, Compiegne, Rambouillet, Trianon, Marly y tantos y tantos
retiros como ideaba la soberbia para ocultar la igualdad natural a un mundo,
alejado de su presencia y puesto allá en los abismos sociales de hinojos y de
rodillas ante sus reyes. Pues un palacio más es el sitio de Chambord. Yo lo
visité hace tiempo en una de mis frecuentes correrías por los alrededores de
París, y recuerdo hasta sus más exquisitas minuciosidades en mi feliz memoria.
Si lo mirarais sólo de medio cuerpo abajo habría de pareceros a una feudal
fortaleza de aquellas que tenían un foso alrededor, su puente levadizo a la
entrada, sobre la entrada su torre del homenaje, y frente a la torre del
homenaje su horca para el pechero. Los ventrudos torreones, algo parecidos a
las colosales tinajas del Toboso, empotrados en las paredes, os recordarían un
tanto el feudalismo, si bien el feudalismo que se dobla y se rinde. Mas luego el friso, las
cresterías aéreas, las torrecillas elegantes, los relieves italianos, las
esculpidas ventanas, con verdaderas cinceladuras dignas de las más ricas joyas;
las azoteas, desde las cuales presenciaban las damas los torneos y monterías
bajo doseles de piedras esculpidas; las pirámides, hermoseadas con toda suerte
de grotescos muy semejantes a reminiscencias platerescas de nuestra Salamanca y
de nuestro Toledo; los adornos, en su totalidad, habían de recordaros el
Renacimiento y deciros que Chambord se trueca de castillo en palacio, como la
monarquía de feudo en Estado, y sus bases fuertes, y sus muros espesos,
concluidos por cincelados maravillosos, representan a los Valois, que, vestidos
de brocados, con sus pulseras al brazo, y sus collares al cuello, y sus
pendientes a las orejas, y sus afeminaciones múltiples, tenían valor para
vestirse la fuerte armadura y entrarse arriesgados en las trombas formadas por
el terrible y horroroso empuje de las guerras religiosas que comenzaban y las guerras
señoriales que concluían en aquella época de artes y combates, de amores y
matanzas. El recuerdo más vivo de Chambord es la hospitalidad ofrecida por
Francisco I al emperador Carlos V en su travesía para humillar y vencer a Gante
rebelada. Enrique V de Borbón tomo de tal palacio su nombre de destierro,
porque Chambord, sacado a venta en el acerbo de los bienes nacionales, fue
adquirido y regalado en los tiempos de su prosperidad por las municipalidades
francesas. Pues allí acaba la familia de consagrar honras al muerto, y en una
bandera colosal puesta sobre los altares, léese, en letras grandes trazada una
inscripción que dice: «Con él se ha extinguido la última prole de San Luis»
Ahora sí que un predicador elocuente podría aumentar la frase del clérigo no
juramentado, que ayudó en su trance ultimo, en el cadalso, a bien morir al
llamado por sus vasallos rebeldes Capeto, y exclamar: «Corona de San Luis,
subid al cielo, puesto que no queda ya de vuestro brillo ningún representante
aquí en la tierra»
Y eso que aún hay, además de los
Orleanes, competidores vivos y muy vivos, jóvenes y muy jóvenes, al nombre
llevado por Chambord y a su representación. Cuantos
han saludado la historia del gran movimiento revolucionario con que nuestro
siglo se abre y se cierra el siglo último, habrán visto, a través de lágrimas
en los ojos mal reprimidas, la suerte del desgraciado Delfín que había de
llamarse Luis XVII si la catástrofe no interrumpiera la soberbia sucesión y no
lanzara los reyes al cadalso. Estos hijos de Luis XVI han sido todos víctimas de un
destino infeliz. Antes de que los maldijera el pueblo habíanlos ya deshonrado
sus próximos parientes. El Conde de Provenza, más tarde Luis XVIII, tenía tal
idea de Luis XVI, que lo consideraba incapaz de sucesión. Él difamó tanto como
su primo el de Orleans a María Antonietta, y divulgó la idea de que sus hijos
naturales y legítimos eran adulterinos y bastardos. No armó poco escándalo negándose a presenciar el bautizo
del primogénito, so pretexto de que no era hijo de su hermano y sí de otro
caballero, cuyo nombre no recuerdo en este momento. Infamias tales fueron causas segundas
de aquel encrespamiento, cuyas causas primeras son las ideas y sus inevitables
impulsos. En el naufragio desapareció el
Delfín, y nunca se volvió a saber de él cosa ninguna. El mar devuelve los
cadáveres; la revolución no devolvió jamás esta víctima, ni aún después de
inmolada. Entregáronlo al zapatero Simon, y este revolucionario, cruel esbirro
de la libertad y de la República, logró envolver al heredero de tanta grandeza
en los misterios del olvido. Nadie ha vuelto a saber de él. Pero ha habido
muchos aventureros que se han llamado Luis XVII, los cuales han dicho cómo
cuantos príncipes han reinado después, aprovechándose de su muerte su puesta, son
usurpadores.
Nada
tan natural como tales apariciones, más o menos fantásticas, en las sombras más
o menos espesas de un profundo misterio. Los falsos Demetrios de Rusia y los falsos
Sebastianes de París prueban cuán fáciles resultan al cabo de algún tiempo
tamañas falsedades en la historia. Y existen hoy unos pretendientes, los cuales
se titulan a sí mismos Duques de Normandía, y se dicen herederos directos de
Luis XVII, y, por consecuencia, del trono francés. El pretendido Delfín murió
el año 45, de relojero en Holanda, y se llamaba Nadorff. Sus herederos han
pugnado para reivindicar tal título hasta en los tribunales de justicia. Y es
rarísimo que habiendo aparecido hace tiempo y declarádose Delfín de Francia,
escapado a la prisión del Temple, no se haya obtenido medio de averiguar su
estado civil, cuando los Borbones franceses llamaron a todas las cancillerías
europeas en su necesidad de probar las imposturas del audaz y porfiado
pretendiente. En el Haya permitieron las autoridades que al jefe de tal familia
se le diese tierra entre honores verdaderamente reales y que sobre la piedra de
su sepulcro se inscribiera el nombre de Luis, el número XVII y el título de rey
francés. Pues ahora sus hijos, tres, salen con una protesta diciendo que
Chambord era jefe de la rama conocida con el nombre de Artois, y París jefe de
la rama conocida con el nombre de Orleans, y ellos los jefes verdaderos de la
ilustre casa de Borbón. Echadle galgos al
dichoso principio hereditario.
Dejemos
los asuntos interiores de Francia, y vamos a los asuntos exteriores. Nunca he
sido partidario de la política colonial, puesta en uso allí, por creerla
opuesta en todo a la reconcentración del espíritu francés dentro de sí mismo,
reconcentración indispensable para influir en Europa moralmente y extender las
instituciones republicanas y autorizar la democracia contemporánea con la
reveladora virtud del ejemplo. Creí peligrosa la expedición de Túnez, y como la
creí, lo dije. La enemistad implacable de Italia con la entrada en los
conciertos austro-prusianos, y la ocupación de Egipto por Inglaterra, confirman
mis previsiones y mis presentimientos. La nación francesa es esencialmente
continental, como son continentales Prusia e Italia, y, por lo mismo, no es
colonizadora como Holanda, flotante casi en los mares, esa isla que se llama
Inglaterra y esta Península, compuesta de Portugal y España. El mismo Ferry ha
declarado últimamente que ningún pueblo echa en el suelo propio raíces tan
profundas como el pueblo de Francia, y, por lo mismo, ninguno más impropio para
las expediciones largas y para los establecimientos lejanos, a pesar de su
valor, de su inteligencia y de su pujanza. Pero, iniciada la política colonial,
no puede negarse que ha prevalecido y alcanzado grandes y provechosas ventajas.
Si un gobierno imperial, monárquico de antigua forma, completara los dominios
de Orán y Argel con el protectorado sobre Túnez, saliera del conflicto de
Madagascar airoso, y firmara el tratado último con Anam, ¡oh! no se cansarían
sus cortesanos de cantarle a voz en coro hosannas y loores. Pocas empresas
coronadas con una victoria diplomática tan grande como la empresa del Tonkin,
que asegura la dominación francesa en la Cochinchina, que dilata su
protectorado sobre grandes territorios, que somete Anam al imperio europeo, que
abre al comercio ríos de verdadera importancia mercantil, que amenaza y refrena
tribus piratas; con todo lo cual prospera mucho el saludable predominio de
nuestra civilización y cultura en los cerrados territorios del Asia.
Los
numerosos enemigos que, así en la diplomacia como en la prensa europea, tiene
toda República francesa, por natural recelo de las monarquías, anuncian dos
conflictos inmediatos en tal empresa, uno diplomático inevitable con Inglaterra
y otro militar, inevitable también, con China. Soberana esta potencia de Anam,
creen los pesimistas que no puede tolerar la sustitución de otra soberanía. Pero hay que distinguir entre
soberanías nominales y soberanías verdaderas. Si abrís nuestras compilaciones
de leyes os extrañará el numero de títulos honoríficos usados por los monarcas
españoles. Aún se llaman soberanos de Cerdeña, como se llaman reyes de Francia
los reyes de Inglaterra. La gramática en que yo mal aprendí el francés trae
sobre tales vanidades regias un sueño instructivo y oportuno. Dice que hallándose presente a un consistorio en el
Vaticano cierto infante de Aragón, deseoso de honrarle con algo extraordinario
el Papa, exclamó, y muy enfáticamente: «Hago al Príncipe rey de Jerusalén.» Y
como al oír tal nombramiento se levantara el agraciado en ademán de hablar,
concedióle la palabra el Papa, sin duda para que diese las gracias, y el
Príncipe respondió: «Señores, hago al Papa califa de Bagdad.» Pues califa de
Bagdad, como nuestro papa del Chantreau, es, poco más o menos, en Anam, el
emperador divino del Celeste Imperio. Si quiere llamarse dueño y soberano de
Anam, como pretende, hágalo en buen hora, pues también se llama dueño y
soberano de constelaciones que nos alumbran; y esta soberanía del Hijo del Sol
sobre los espacios sidéreos no empece a que llegue hasta nuestras humildes
retinas el resplandor de sus estrellas. La dificultad mayor se halla en la
designación del territorio neutro que debe separar los dominios nominales y los
dominios reales del emperador celestial. Pero todo se arreglará, contando como
cuenta Francia con una cooperación activa en Inglaterra. El Gobierno radical
inglés tiene por ley de su proceder internacional una inteligencia estrecha con
Francia. El Gobierno parlamentario, a uno y otro lado del Canal, asegura la paz
con la libertad de ambos pueblos y los preserva de aquellas antiguas
competencias guerreras empeñadas por las ambiciones ciegas del primer Imperio.
Así tendrá el embajador chino en París, el Marqués de Tseng, que resignarse a
las condiciones de Francia, pues ha encontrado cerradas por completo a sus
llamamientos las puertas del Ministerio de Negocios Extranjeros en Inglaterra.
Y esta inteligencia de las dos grandes potencias continentales significa en el
fondo algo más que la paz con el Celesle Imperio, significa la paz europea
también, pues las veleidades conquistadoras y guerreras habrán de pararse y
detenerse ante tan grande y formidable reto.
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