|
Capítulo XII
La insurrección de
Badajoz
Cuando menos lo pensábamos, de improviso, las Cortes
recién cerradas, en la Granja de veraneo el Rey, en los baños el Presidente,
dispersos los Ministros, inclinados al reposo de unas vacaciones todos los
partidos, en calma los ánimos y en sosiego la Europa entera, estalla una sublevación
militar aquí, de las usuales en otros tiempos, demostrando un vasto plan, de
larga fecha preparado; porque coinciden sus estallidos en dos fronteras
extremas de nuestra patria, como Badajoz y Urgel, igualmente que hacia el
centro, en región tan importante como la Rioja y en línea tan estratégica como
la línea del Ebro.
Al trazar estas líneas diríase que
todo está concluido y que la revolución ha pasado como esas tempestades
veraniegas, las cuales relampaguean en los cielos y no lanzan a la tierra ni
una gota de agua, ni un grano de granizo, ni una chispa de fragorosa
electricidad. Los sublevados de Badajoz se han acogido a Portugal en las
fronteras occidentales, y los sublevados de Urgel se han acogido a Francia en
las fronteras orientales, sometiéndose los del centro después de haber dado
muerte al jefe revolucionario que los mandaba y oídos a sus jefes regulares y
legítimos, que los movían a pronta sumisión.
Pero
¿ha vuelto la tranquilidad a los ánimos? Desde luego échase de ver un fenómeno
que debe observar la monarquía restaurada, si quiere conocer el estado político
y social del país en que reina. Para su restauración última nada hicieron los
elementos civiles. Ninguna ciudad se movió en su pro, ningún partido,
absolutamente ninguno, dio una voz reclamando tal retroceso en nuestras
instituciones y tal retrogradación de nuestra historia. Los mismos hombres
civiles del bando alfonsino, aquellos que tenían los poderes del Rey ausente y
se llamaban los motores de la restauración inminente, atribuían el motín
militar a imprevisoras impaciencias y lo rechazaban y condenaban todos a una
con verdadero furor. Sólo el ejército trajo a don Alfonso y sólo a la
iniciativa del ejército se debió su restauración. Pues bien; el ejército, en tres puntos
apartados, acaba de levantarse, teniendo en este levantamiento participación
todas sus armas y contra el mismo rey a quien trajera en Sagunto.
Excuso decir que mi partido no tuvo
arte ni parte ninguna en tal sublevación, a las claras contradictoria con todas
nuestras reglas de propaganda pacífica, y en pugna con todas nuestras
esperanzas de llegar a la República por medios legales y ordenados. Nosotros
hemos creído, y seguimos creyendo, que no se puede apelar a las revoluciones
sino cuando todas las vías legales se han cerrado, y que no están cerradas las
vías legales en pueblo donde la libertad de imprenta y la libertad de reunión
resultan, por lo menos, tan latas como en los primeros pueblos libres del mundo
y bastan para traer todas las instituciones perdidas, así como para impulsar
todos los necesarios progresos. Si otro motivo
no tuviéramos para condenar la insurrección última, bastaríanos su
inoportunidad, su improvisación, su aislamiento de todos los partidos civiles,
sus caracteres puramente militares, que sólo podrían dar, al fin y al cabo,
tremenda dictadura, como todo aquello que no se inspira en la conciencia
pública y no toma su fuerza de la voluntad general.
Y
por esto mismo, por estos caracteres de la revolución última, no encuentro excusable
la política del Gobierno, política de sorpresas tan extrañas y de
improvisaciones tan súbitas como las sorpresas y las improvisaciones mismas de
la revolución. Desde luego no tiene autoridad moral suficiente para reprimir
una insurrección militar en España quien ha encabezado movimientos análogos,
como el más grave y más trascendental de todos ellos, como el movimiento de
Sagunto. Pero dejando esto aparte por sabido, tampoco tiene justificación que
se haya, en tal trance, apelado a la suspensión total de las garantías y de los
derechos individuales en toda la Península. Y mucho menos puede justificarse
que se haya procedido con crueldad tan grande al rápido fusilamiento de cuatro
militares subalternos, tremendo castigo que, sin escarmentar a nadie, aumenta
el catálogo de nuestras víctimas y empapa inútilmente con española sangre
nuestra martirizada tierra. La suspensión de garantías ha dado, en el concepto
público, al movimiento una extensión mayor que su importancia y ha demostrado
la debilidad de instituciones que no pueden vivir sin vulnerar las leyes y
arremeter a los más primordiales derechos.
El
no haber tomado parte alguna, ni directa ni aún indirectamente, nuestros amigos
en la última sublevación, como declaro con toda sinceridad; el no haber pedido
los motores de tal hecho nuestro consejo y nuestro voto, quizás porque sabían
de antemano cómo hubiéramos maldecido y repudiado su revolución militar, jamás
nos privará de conocimiento para llegar hasta el extremo de desconocer su
trascendental importancia. Todos los movimientos españoles, todos, sin
excepción de uno solo, principiaron siempre por un grande fracaso. Fracasó el
movimiento iniciado por el Conde de las Navas a favor de la Constitución del
doce, poco antes de triunfar en la Granja esa misma Constitución el año treinta
y seis; fracasó el movimiento de León, O'Donnell y Concha el año cuarenta y
uno, antes de triunfar las mismas soluciones el año cuarenta y tres; fracasó el
movimiento de Ore, sublevado en Zaragoza el año cuarenta y tres, poco antes de
que triunfara en definitiva la revolución el año cincuenta y cuatro; fracasó el
año sesenta y seis tanto el primer movimiento de Prim en Enero como el segundo
movimiento de Madrid en Junio, poco antes de que triunfara la revolución del
sesenta y ocho. Todas nuestras grandes erupciones volcánicas se han visto
precedidas por una fulguración fracasada.
Así es que urge ocurrir al remedio de
la revolución, que centellea, y descargar su electricidad. El medio único de conseguir tal resultado está en apelar
francamente al pueblo y erigir sobre la voluntad del pueblo, legalmente
manifestada, toda nuestra constitución y toda nuestra política. El error de los
partidos conservadores consistió en dar una carta otorgada, y prescindir por
completo del dogma de los dogmas modernos, del dogma de la soberanía nacional.
Es necesario restablecer prácticamente tal dogma y devolver el sufragio
universal a la nación, despojada por los arrebatos reaccionarios de tan
precioso derecho. Sólo así podrán resolverse todos los conflictos y salvarse la
soberanía nacional, cuyo inapelable y supremo fallo descargará el aire de
tempestades y asegurará el continuo y tranquilo y verdadero ejercicio de la
voluntad del país.
|