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Capítulo XIII
Complicaciones europeas
El asunto más grave suscitado en la prensa europea
estos últimos días, es el asunto de las amenazas germánicas lanzadas con motivo
de la inverosímil y absurda intervención por los pérfidos conservadores
atribuida en sus más importantes periódicos al Gobierno francés en los
movimientos españoles. Todo el mundo sabe cómo
pienso yo respecto a las insurrecciones militares; y no he menester la
repetición ahora de cuanto he dicho respecto a ese mal de nuestro ejército con
verdadera insistencia en su debida oportunidad. Por lo mismo, tengo el juicio
bien sereno para declarar que solamente la demencia del odio a la República
puede atribuir a su Gobierno tamaña insensatez, como si desconociera los más
sencillos deberes internacionales, y careciera de toda noción y todo
sentimiento de derecho. Que la guarnición de Badajoz en armas y con arreos se
alce y subleve; que la caballería de Santo Domingo eche por valles y cañadas
proclamando en son de guerra la República radical; que los carabineros de La
Seo, donde tantas veces tremolara la bandera carlista, desplieguen sobre los
muros manchados por la sombra del absolutismo la bandera democrática, no son
cosas tan ajenas a nuestra España y a nuestra historia, como pretenden los
diarios monárquicos de Madrid e imperiales de Alemania para imputárselas al
Gobierno francés y pedir por ello nada menos que una intervención extranjera,
como si estuviéramos en los tiempos de las coaliciones realistas y tronara en
París el genio formidable de la Convención. ¡Ah! Ningún gobierno, absolutamente
ninguno, y menos el Gobierno francés, puede dar en el desvarío de sostener
levantamientos y revoluciones en los pueblos vecinos, tan sólo porque se invoca
en medio de los estremecimientos revolucionarios la bandera que a ellos les
sirve de guía. No quiero decir nada sobre la especie vertida en todas partes
del dinero francés, la cual especie ha rodado mucho por historias y crónicas al
explicar el postrer suceso.
Creedlo:
siempre que de tales paparruchas se trata, recuerdo las imputaciones de los
diarios moderados a nuestra emigración el año sesenta y seis. Su propio
Gobierno habíanos expulsado con cólera de las fronteras, y constreñídonos a
refugiarnos en Suiza. Nadie sabía tan bien como los periodistas ministeriales
toda la imposibilidad de permanecer en Francia, cuando nos expulsaba y despedía
de allí, de aquel Imperio napoleónico, tanto nuestro carácter de proscritos
españoles, como nuestro carácter de republicanos demócratas. Y sin embargo, al
llegar a Ginebra, por sus propias exigencias pavorosas, y por los mandatos
imperiosísimos del Gobierno francés, dijeron que habíamos ido allí en busca de
dinero por el Consistorio protestante ofrecido para que proclamásemos la
libertad de cultos, como si este principio no hubiera estado en todos nuestros
programas y en todos nuestros compromisos. Y cuando nosotros llegamos el
Consistorio protestante de Ginebra necesitaba establecer en su catedral un
órgano nuevo, que acompañase los cánticos del pueblo; y para granjearse los
recursos necesarios, daba conciertos en el órgano viejo por un franco de
entrada. Y muchas veces habíamos ido nosotros a esparcir y recrear el ánimo en
la inefable audición de aquella sacra música. Por manera que, lejos de aceptar
dinero del Consistorio protestante, le dábamos nosotros óbolos de nuestros
exhaustos bolsillos. Ninguna historia tan propia para desmentir hechos tan
falsos como los alegados por los periódicos en la última sublevación respecto
al Gobierno francés. Nadie ha sentido como yo la intentona última, por creer que
detiene los movimientos y ahoga los impulsos de la democracia española, quien
con su apostolado de paz iba consiguiendo progresos continuos, los cuales
debían conducirla de seguro a una victoria ordenada; pero mi dolor no me
ofusca, no, al extremo de imputar a los Gobiernos vecinos todo cuanto tiene su
raíz en propensiones naturales a nuestra raza y en recuerdos antiguos de
nuestra historia.
Uno
de los más curiosos fenómenos de la política europea es el desarrollo pacífico
y continuo de las fuerzas republicanas en esa Francia tan combatida y denostada
por todas las supersticiones reaccionarias. Las elecciones últimamente
celebradas para nombrar los consejos provinciales revelan cómo se arraiga, con
qué raíces hondísimas, la forma republicana en Francia. Creían muchos que la
muerte de Gambetta, unida con las agitaciones causadas por la expulsión de los
Orleanes, a quienes se atribuía grande influencia en el ejército, estaban a
punto de producir una reacción y quitar a los comicios su propio carácter republicano
y democrático. Nada más infundado. Las elecciones de los Consejos generales son
esencialmente políticas en Francia; y estas elecciones han venido a mostrar una
vez más cómo la República puede contar con el sufragio universal para su
desarrollo concertado y pacífico. Los monárquicos más caracterizados y los clericales más
antiguos han caído como las espigas de una siega en los incidentes de la
pacífica contienda. Maravilloso espectáculo, en verdad, el de un pueblo que,
adscrito a los antiguos tiempos por una larga historia y por una cadena de
instituciones seculares, cobra el imperio sobre sí mismo, y lo usa con tal
prudencia y tal medida que hace confiar a todo el mundo en los constantes y
pacíficos desarrollos del humano progreso.
De tal suerte responden los franceses
a cuantos creían que la muerte del Conde de Chambord iba enterrando la bandera
blanca y su significación para resucitar la dinastía de los Orleanes con sus
caracteres doctrinarios y sus sofismas semidemocráticos. El Conde ilustre, que personificaba dignamente la última
sombra del poder monárquico en Francia, desaparece del mundo sin dejar tras sí
estela ninguna de fundada esperanza para la monarquía. Un cáncer al estómago devora la flor
de lis, en cuyo cáliz se hallaban condensados todos los recuerdos históricos
propios de los Carlovingios, de los Capetos, de los Borbones, de las altas
dinastías francesas. El Príncipe había perdido los jugos gástricos en las
entrañas, sin perder la invencible inclinación a los placeres de la mesa. Este
doble peligro para su quebrantada salud del exceso en la comida y del defecto
en la digestión hallábase contrastado por sus hábitos de movimiento y
ejercicio. El Príncipe, como buen Borbón, gustaba también mucho de la caza, en
que fueron tan diestros sus antepasados, Enrique IV, Carlos III, Luis XVI. Tal
incontrastable inclinación sustituía de algún modo la falta de fuerzas y
reemplazaba los jugos gástricos en la indispensable nutrición. Pero una herida, por un latigazo inopinadamente abierta en
el muslo derecho, le obligó al reposo; y este reposo, en el cual no perdonó la
comida, le trajo la última enfermedad, ya de todo punto incurable. No le han
faltado ni medicinas de la ciencia ni oraciones de la religión; pero la muerte,
con su implacable igualdad, se lleva en sus alas de murciélago al representante
último de la monarquía en Francia, que no deja ni sucesores ni herederos,
yéndose con él una secular institución, la cual no reaparecerá en la historia,
como no reaparecen las especies extintas en el planeta.
Reflexionemos
un poco sobre tan grave suceso. Las heridas abiertas por la revolución
democrática en los sentimientos y en las creencias del destronado huérfano,
habían de chorrear sangre toda su vida y determinar todos sus actos. En el
destierro sólo aprendía odio natural a los que de consuno le desterraban; odio
manifestado por una repugnancia invencible a las tradiciones y a las ideas
liberales. Creyendo su nacimiento milagroso, providencial su herencia, divina
su profesión de rey, tenía en su ánimo a los revolucionarios, no sólo por
desligados de los deberes con él, por infieles a la religión y a Dios. Ni en
los tiempos del derecho divino, cuando la monarquía se levantaba, por los
cánones de la jurisprudencia romana resucitada en las Universidades, a ser una
especie de astro celestial, difundiendo ideas y derramando revelaciones, surgió
príncipe tan penetrado en su conciencia de traer al mundo un ministerio divino,
cual todos los patriarcas y todos los profetas y todos los reveladores. Como
consideraba el Pontificado esencialísimo al cristianismo, consideraba la
realeza también esencialísima de suyo al Pontificado; y confundía estas
instituciones en una sola, de igual suerte que se confunden las tres personas o
hipóstasis de la Trinidad católica en una misma sustancia. El sentimiento
íntimo de que la Providencia velaba por él, y debía devolverle, cuando el cielo
se cansase de castigar a Francia, su corona providencial, dábale con su
misticismo enervante parecido a la inacción semítica, una obediencia servil a
la fatalidad. Mantener su nombre real en el destierro con las actitudes
majestuosas de una estatua fúnebre sobre un colosal sepulcro era todo su
pensamiento, y lo ha mantenido hasta el fin con la uniforme constancia propia
de una irremediable inercia. Más bien que una persona viva parecía un símbolo,
tan frío como el oro de la derribada corona, y tan aparatoso e inútil como los
blasones de su escudo. Los retratos de Versalles, las esculturas de
Saint-Denis, los caballeros del Espíritu-Santo representados por los maniquíes
en los museos del Louvre o de Cluny, sienten y conocen más el vivir que lo
sintió y conoció este descendiente de cien reyes envuelto en el olímpico y
marmóreo frío de su hereditaria divinidad.
Su
vida está encerrada en una protesta continua proveniente de sus inacabables
derrotas. A la muerte de su tío el Duque de Angulema, por 1844, como recibiera
la jefatura de la casa de Francia, protestó ya contra sus parientes, los cuales
habían contrahecho el trono maridándolo con la revolución, y falsificado hasta
su propio bastardo derecho hereditario, poniéndole como base única el protervo
dogma de la soberanía nacional. Después de tales manifestaciones primeras sólo
ha firmado luctuosos papeles sugeridos por todas las victorias del moderno
progreso contra todas las resistencias del antiguo tiempo. Así, protesta al fundarse dos
veces en su no muy larga existencia la República; protesta contra los Orleanes
y contra los Bonapartes; protesta por la derrota de don Carlos en Vergara y de
D. Miguel en Oporto; protesta por el acabamiento y fin de la teocracia romana;
protesta por la expulsión de los Borbones de Nápoles; protestas a la continua,
pues parecen sus proclamas las líneas de un termómetro, señalando los grados de
calor adquiridos por el disco de la libertad, como corresponde a quien ha
personificado todas las instituciones vencidas y todas las ideas muertas,
levantándose ¡ay! entre las ruinas a modo de las efigies preservadas de las
inclemencias del aire por los escombros amontonados sobre sus frentes.
En mil ochocientos setenta y tres
parecía que iba de seguro a penetrar en tal cadáver la sangre ardiente y
colorante que anima y enciende a los verdaderos organismos. Un Congreso, como
desde los tiempos del abuelo de Chambord, desde los tiempos de Carlos X, no se
había visto ningún otro, designado entre los terrores de la derrota para firmar
una paz horrible, y creído en su interior de que debía en aquel trance
arrogarse inmanente poder, le anunció de una manera confidencial que si quería
reinar como sus antepasados en Francia, dejase la bandera blanca y la flor de
lis antigua para tomar los matices de la revolución y erguir en el tope de su
vieja galera, conducida por forzados, la bandera tricolor. Imaginaos un Brahman obligado a trocarse por un paria, o un
santón constreñido a cambiar el Corán de su Profeta por el Evangelio de nuestra
fe, o un cura ultramontano puesto en el caso de cantar al pie de los altares la
Marsellesa en lugar del Miserere; pues sólo así podríais figuraros
la cara que puso y el gesto que hizo Chambord oyendo tal abonaminación.
Blasfemaste, debió exclamar, como los sumos sacerdotes de la sinagoga, y,
rasgando sus vestiduras, cubrióse la cabeza de ceniza en expiación a haber, mal
de su grado, abierto los oídos a tal proposición espantosa. Los monárquicos no
se atrevieron a intentar la restauración después de la negativa regia, pues el
estupor de la Nación tomó tales proporciones, que se atribuyó al buen
Mac-Mahon, incapaz de decir tan buenas cosas, que, aún votada por el Congreso
la Restauración, al proclamarse y saberse, romperían contra ella el fuego por
sí sólo y por su fuerza propia los cañones de su ejército. Entonces fue cuando,
convencidos los Orleanes de la debilidad del principio monárquico en la nación,
expidieron el mayorazgo, su Conde celebre de París, a la legitimidad, para que
recogiese los provechos del principio hereditario mientras expedían al Duque de
Aumale hacia la República para que recogiese los provechos del principio
electivo.
Pero
Chambord jamás ha visto de buen ojo a los que le usurparon la dignidad real
después de haber inmolado a Luis XVI en la guillotina, herido a María
Antonietta en su honra, depuesto del trono a Carlos X y perseguido y
encarcelado a la Duquesa de Berry. Si recibió la primer visita del Conde de
París el setenta y tres fue por mera cortesía y no por madura resolución. La
entrevista no debió resultar muy cordial, cuando en diez años ninguna otra se
ha celebrado en ningún otro punto. Ha sido necesario que la vida del buen
Chambord se acabase para que de nuevo se viesen al borde oscuro de un sepulcro,
y en el instante de una terrible agonía, los dos competidores al fantaseado y
desvanecido trono de Francia. Mas, en el momento de morir, no lo han llamado
como si temiesen amargar las últimas horas del moribundo y sostener las
esperanzas vanas de su mentido heredero. Ninguna demostración tan clara de la
falsedad del principio hereditario como esa recaída de la corona de los
guillotinados en las sienes de los guillotinadores. El verdugo de los Borbones
se ha puesto la misma cabeza que había segado sobre sus hombros y la misma
corona que había roto sobre su cabeza. Por manera que al ir, después de muerto
Enrique V, al ir el reconocido por su heredero al castillo mortuorio, se ha
encontrado con que la Condesa de Chambord no ha salido de su cámara, y el Conde
Bardi no se ha levantado de su lecho, y el Duque de Madrid, o sea D. Carlos de
Borbón, se ha puesto en cobro como a la vista de un fantasma, y todo ha
revelado la incompatibilidad entre las dos ideas reunidas sobre la cabeza hoy
de un Orleans, entre la idea de una monarquía doctrinaria y la idea de una
monarquía tradicional. Así es que la República francesa nada puede recelar de
la nueva posición que ocupa el pretendiente al trono, quien, además de no poder
juntar en su persona dos ideas contradictorias, tiene la terrible y amenazadora
competencia del Imperio. Conságrense los republicanos a organizar en paz su
República, y, evitando exageraciones, unan dentro de su organismo el orden con
la libertad, los progresos necesarios con la solidez de las nuevas
instituciones, el trabajo con el capital, y no teman a esos fantasmas de lo
pasado, que se han desvanecido por haberse ahuyentado ante las ideas y las
creencias sobre las cuales descansaron sus tronos, caídos al impulso de la
revolución para no volver jamás a levantarse.
Pocas
veces podría decirse con más razón que al morir un hombre no ha muerto tanto su
persona como su idea. Y los hechos acaecidos en la horrible agonía y en el trance último de
Chambord confirman esta verdad evidente. Cuando más se apagaba su vida más se
asía su partido a la esperanza de conservarla, como reconociendo que, una vez
concluida, se concluía la institución de sus ensueños, de sus creencias, de sus
esperanzas. Cierto que la gentileza del Conde y su amor al principio
monárquico, tan fielmente guardado en sus actos y en sus palabras, le impedían
desconocer la virtud íntima del derecho hereditario ni ocultar su recaída final
en la familia de los mayores enemigos que jamás encontrara en el mundo la
perseguida dinastía de los Borbones primogénitos. Pero también cierto que ha
reconocido y aceptado esta fatalidad, comparable a la del infeliz Edipo y digna
de cantarse por la musa trágica de un Sófocles, con mucha resignación religiosa
y sin ningún género de fe y entusiasmo. Nada en él de cuanto suelen por sus
herederos sentir los que les confían la guarda y disfrute de una grandiosa
herencia. Tras medio siglo de separación y apartamiento, los dos representantes
hereditarios de las dos dinastías enemigas se vieron y saludaron el año setenta
y tres, más con el mutuo respeto de quienes cumplen un deber penoso, que con el
cariño de quienes llevan una sangre misma en sus venas, un solo apellido en sus
nombres, una idéntica profesión de tradiciones y de ideas en su conciencia.
Aquella entrevista, en la cual declaraba París a Chambord que si la maltrecha
institución monárquica tornaba de nuevo a recomponerse, no recelase ni temiese
ninguna competencia de su parte, antes demostraba la decadencia irremediable
del trono que la fe y esperanza de sus herederos y de sus representantes.
Imposible la Restauración, quería el Conde de París que la imposibilidad
resultase de la propia naturaleza de las cosas y no de las pretensiones de su
gente. Pero se hablaron los dos príncipes y no se conocieron, ni mucho menos se
juntaron. Imposible la inteligencia entre un Borbón como Chambord, místico, y
un Borbón como París, positivista y práctico; entre un paladín de la Edad Media
semejante al último Conde, y un paladín de la República americana semejante a
Lafayette; entre quien sólo se curaba de las peregrinaciones religiosas ¡das a
Lourdes o a Roma, y quien sólo se curaba de las sociedades trabajadoras
fundadas en Brighton o en Rochdale y llenas del espíritu moderno; entre la
bandera blanca de la monarquía, extendida sobre los reyes legítimos durante
tres centurias, y la bandera tricolor de la Revolución, extendida en los tres
días de Julio desde las barricadas relampagueantes sobre los usurpadores
Orleanes.
Víspera
de San Luis, ya lo hemos dicho, agonizaba el heredero último de rey tan ilustre
y santo. A causa de su enfermedad al estómago, el hijo de cien reyes acababa
materialmente por hambre. Sólo se oía en las supremas horas el rezo de un cura,
el resuello de un moribundo y el llanto de una viuda. Su ayuda de cámara le
sostenía la cabeza y la princesa su esposa lloraba de rodillas a los pies.
Veíase allí solamente de ajenos a la familia íntima, el buen Blacas, desolado,
cuyo padre asistiera también al trance último de Luis XVIII, muerto en las
alturas del trono francés y bajo los artesonados del Palacio de las Tullerías.
¿Y dónde se hallaba el heredero? ¿Cómo no había ido allí a recoger la última
mirada y la última bendición de su predecesor para fortalecerse y alentarse a
seguir en el tiempo la representación de una entidad como la monarquía y el
mayorazgo de una familia como los Borbones? ¡Ah! Enrique V, al ver a un Orleans
junto a su cabecera, hubiese visto su postrer agonía turbada por los
calumniadores y los verdugos de sus padres.
Y
aún hay más; la Condesa viuda se ha negado a que presidiera París los
funerales, y viéndose relegado, ¡él! representante de la dinastía histórica en
el puesto último, tras los Reyes de Nápoles y los Duques de Parma, se ha
retirado a su palacio, llevándose una incurable afrenta en el corazón. Por
manera que, muerto a las siete de la mañana el Rey último de Francia, Blacas
salió a decir y anunciar su muerte, como había salido en persona su padre a decir
y anunciar la muerte de Luis XVIII. No relumbraban, no, en la galería de Diana
los altos dignatarios de la realeza vestidos con sus uniformes áureos y
reflejados en los cristales venecianos bajo bóvedas pintadas de mil colores y
sobre pavimentos pisados por antiguos ilustres monarcas: la casa del destierro
parecía lúgubre panteón donde unos muertos enterraban al gran muerto. Pero lo
que más falta hiciera en tal momento y en tal sitio no fue tanto la corte y sus
esplendores como el heredero y su representación. Blacas dijo, como su padre,
la tremenda frase: «Señores, el Rey ha muerto»; pero no pudo concluirla como
siempre, con la frase de «¡viva el Rey!» presentando al nuevo monarca, cual su
padre la concluyó, presentando a Carlos X. El monarca de hoy es otro infeliz
destronado también, y al cual ni siquiera le ha valido, en la solidaridad
monárquica, guillotinar a sus parientes y erigirse un trono con los maderos de
las barricadas para salvarse de la tempestad donde se han a una sin remedio
hundido todas las dinastías francesas.
Por
más que los hábiles proclamen la unión de la familia real y la unión del
partido realista, no hay que creerlo. Al dar su ordinal número al nuevo rey se
han hallado con que no aciertan a numerarlo. Unos le quieren llamar Felipe VII y
otros Luis XIX. Algunos le designan con el nombre de Luis Felipe II. Pero este
número quiere decir el derecho revolucionario puro y los otros números quieren
decir el puro derecho histórico. Si a la
revolución se atiene, disgustará inmediatamente a los borbónicos, y si a la
historia se atiene, disgustará indudablemente a los orleanistas. El Fígaro,
que para informarse de las tradiciones monárquicas acude a libro tan rojo como
el Diccionario de Larrousse, ha encontrado el nombre de Felipe cubierto con crímenes,
los cuales aún hieden, a pesar de haberse cometido en el siglo decimocuarto, y
aconseja con sabia previsión al nuevo rey que se llame tan sólo Felipe. Mas El
Universo ha echado todo a perder declarando lo que vuela de labio en labio
legitimista, declarando como los mártires inmolados en la guillotina
revolucionaria no pueden admitir por sus reyes a los fríos guillotinadores. Y El
País ha venido a extender y ahondar la sima que debe tragarse a la
monarquía, diciendo, a su vez, cómo no quiere ni prensa, ni tribuna, ni
comicios, ni ministerios, ni consejos, sino algo semejante al gobierno de
China, un emperador-ídolo, conducido en brillantes andas, sin que nadie se
atreva ni de hinojos a mirarlo, porque habrá convertido la tierra francesa en
asiático imperio, donde se aglomeren los idólatras silenciosos, dispuestos tan
sólo a servir y callar, dejando al déspota que disponga como guste de sus
haciendas, de sus vidas y de sus conciencias. Para tarea tan llana como erigir
un Imperio despótico sobre pueblo tan dócil como el pueblo francés, lo mismo
puede servir un Felipe Orleans que un Jerónimo Bonaparte. ¡Insensatos! Las
formas de gobierno en el mundo no son jamás una causa, no; son un resultado. Al
predominio del clero y la nobleza correspondieron los Borbones legítimos; al
predominio de las clases medias correspondieron los Orleanes revolucionarios; a
una democracia inexperta la dictadura de los Bonapartes; y a lo que predomina
hoy en el pueblo francés, a una democracia progresiva, la libertad y la República.
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