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Capítulo XIV
Los viajes regios
El viaje de nuestro Rey a los simulacros de Alemania,
y las dos crisis ministeriales de Francia y España, piden a una, en estos
anales, nuestro detenido examen, por ser tales hechos los más graves ocurridos
en la quincena corriente, y los más trascendentales a toda la política. Pocas
empresas tan vanas y descomedidas como la empresa de mandar un rey español a
maniobras, representativas de guerras futuras, en las cuales debe quedar
completamente neutral un pueblo cuyos intereses no se libran a ningún conflicto
militar del mundo, y se reconcentran todos ellos, sin excepción alguna, en el
ejercicio de la paz y en el desarrollo de la libertad. Por más que nuestros
estadistas porfiaran para quitar al acto de un viaje como el viaje por las
llanuras germánicas todo carácter diplomático y político, la opinión universal,
con la que debe siempre contarse, atribuyóles toda la importancia naturalmente
aneja de suyo a los menores hechos y dichos de aquellos sobre quienes recae la
responsabilidad inmensa de dirigir y representar a los pueblos en los consejos
del mundo. Como quiera que la natural afinidad entre las monarquías, y el odio
indeliberado e inconsciente de todas estas y de sus partidarios a la República,
produzcan una especie de concierto moral, basado en mutuas desconfianzas del
pueblo francés, y de sus enseñanzas y de sus ejemplos, el sentir y el pensar
común convinieron por necesidad en que una expedición como la expedición regia
no podía tener otro natural objeto sino sembrar los gérmenes de inteligencia
previa entre los reyes, capaz de producir coaliciones regias semejantes a las
coaliciones promovidas a fines del siglo decimoctavo para destruir la
Convención y aniquilar la democracia en el centro de nuestro continente;
coaliciones cuyo nefasto poder nos llevó, de incidentes trágicos en incidentes
trágicos, hasta las guerras épicas del Imperio y la reacción extrema de la
Santa Alianza, tan formidable a sus comienzos y tan impotente al fin y al cabo
para detener la revolución, animada por el humano espíritu y sostenida en el
progreso universal.
A estas cavilaciones de la
democracia universal uníase la fundada susceptibilidad propia de nación hoy tan
maltrecha y vencida como Francia. Para este pueblo todo acto de inclinación más
o menos patente, a favor de Alemania, supone una implacable hostilidad a su
independencia nacional, tan herida en los desastres últimos, y a su integridad
territorial, tan menguada por los últimos tratados. Así, en Francia entera no se hablaba sino del viaje regio,
y no se creía sino que guardaba un germen de amenazadoras alianzas para lo
futuro dirigidas a separar del territorio francés la Borgoña, como han sido del
territorio francés separadas la Alsacia y la Lorena. En vano aquellos
instruidos a fondo y al pormenor de la política española porfiábamos para
desvanecer tales aprensiones del ánimo de un pueblo justamente receloso, y para
imputar el extraño movimiento de nuestro monarca y su ministro a curiosidad
personal no bien combatida por nuestro Gobierno y su jefe, un tanto aquejados
de indiferencia complexional y de fatalismo irremediable: nadie nos creía, y
todos llenaban los aires de quejas engendradas por tan abultados agravios. A
estas persuasiones de la generalidad de los franceses uníanse las cavilosidades
inevitables en muchos republicanos, quienes creían el viaje movido tanto por
intereses generales de todas las monarquías, como por intereses domésticos de
nuestra monarquía nacional. En los Borbones reinantes aquí, decían tales
aprensivos, ejerce una influencia natural y propia el Duque de Montpensier,
para D. Alfonso un segundo padre por el amor profesado a la malograda reina
Mercedes, y para todos los suyos un propio y natural jefe, por la indiferencia
de don Francisco de Asís y su apartamiento del Reino y del Palacio. Ahora bien:
el Duque de Montpensier es padre político del Conde de París, como es padre
político de D. Alfonso XII, y nada tan atractivo y tentador para él como
reinar, cual una especie de Luis XIV honorario, sobre los dos tronos de París y
Madrid ocupados por dos regios pupilos, dóciles a sus mandatos, apropiados a
sus ambiciones. Por consecuencia, estos creían que iba el Rey en busca de un
conflicto, el cual acelerase la vuelta de sus parientes al trono y la extinción
de cosa tan adversa para los reyes en general, y para los Borbones en
particular, como la República francesa. Crecían estos cálculos a la
consideración de que iba el Rey acompañado por un ministro como nuestro Ministro
de Negocios Extranjeros, quien se distinguió siempre por su orleanismo
ferviente y su devoción al Duque de Montpensier y toda su familia.
Todas
estas aprensiones debían haber llegado hasta el ánimo de los Ministros y
persuadirles a reflexionar un poco sobre las consecuencias del viaje, antes de
intentarlo y emprenderlo. No digo yo, por profesar como profeso el dogma
republicano, que subroguemos a los intereses de una República nuestros
intereses nacionales, superiores a todo en la conciencia y en el corazón de un
buen patriota. Nadie quiere como yo esa República anglo-sajona del Nuevo Mundo,
a cuya luz se han esclarecido y a cuyo calor se han cristalizado las
democracias modernas; pero jamás se me ocurrió sacrificar en sus altares ni los
intereses de nuestra patria ni de los intereses de nuestra raza, tan extendidos
y arraigados en la joven América. Mas digo y sostengo que, no teniendo nosotros
interés alguno en el Imperio alemán, debíamos abstenernos de todo acto
aparentemente contrario a la República francesa. ¡Oh! Las rivalidades y las
alianzas entre la Prusia y el Austria; las reivindicaciones o la resignación de
Dinamarca en el asunto de sus principados perdidos; las competencias de los
escandinavos con los rusos y con los alemanes; el movimiento interior de
Polonia, desmembrada en tres partes disyectas y palpitantes, para
reconstituirse y presentarse de nuevo como nacionalidad sobre el escenario de
la historia; los celos y recelos de los Romanoffs y los Habsburgos en el
taimado viaje de ambas dinastías históricas hacía el trono bizantino entrevisto
tras la ruina del Califato en Constantinopla las porfiadas luchas latentes hoy
entre los Milosch de Servia y los principillos de Montenegro; el tributo feudal
pagado por ese lugarteniente de Rumanía en los últimos días a su verdadero
soberano el Hohenzollern de Alemania; los esfuerzos del príncipe Alejandro para
libertarse de la tutela moscovita en su Bulgaria recién emancipada y los
esfuerzos de Alejo-Bajá para constituir un reino de Taifa en la Bulgaria turca;
las maniobras del Divan, que quiere por todos los medios posibles prolongar la
triste agonía del Imperio, y las maniobras de Grecia para recoger los
desfiladeros de Macedonia, indispensables a su seguridad y a la defensa contra
las tribus amenazadoras a su porvenir; los empeños de los irredentistas
italianos en tomar el Tirol y la Dalmacia, como los empeños de los Emperadores
austriacos y aún alemanes contra toda extensión de Italia por Oriente; la liga
de los albaneses y la liga de los armenios, problemas son múltiples, en cuyos
términos van guardados muchos vapores de sangre humana y muchos estruendos de
guerra universal; y a sus funestas consecuencias podremos fácilmente oponernos
tras nuestra frontera triple de breñas y de olas así como en las ventajas sumas
de nuestra situación occidental. ¿Por qué, por qué, pregunto, aparecer
nosotros, necesitados de una reconcentración interior, en territorio
trastornado por los sacudimientos del terremoto y oscurecido por las tristes
amenazas de una guerra inminente?
¡Y en qué momento nos presentamos
nosotros! No podía escogerse más inoportuno.
La muerte de Chambord exacerba las esperanzas orleanistas. El príncipe Napoleón
se apercibe a contrastar estas esperanzas y a oponer el socialismo de los
envejecidos Bonapartes a la idea parlamentaria y constitucional de los nuevos
Borbones. Agítase toda la diplomacia europea con un artículo de las gacetas
oficiosas de Alemania sugerido por los acontecimientos militares de España,
imputados a la República francesa. El Ministro de la Guerra visita las
fortificaciones del Este de Francia, y el célebre mariscal Moltke visita las
fortificaciones del Oeste de Alemania, pareciéndose ambos viajes a los
esperezos de dos monstruos apercibiéndose a una próxima lucha. Conferencia el Canciller de
Alemania con el Canciller de Austria, y anudan más y más las cláusulas varias
de sus estrechas alianzas. El Príncipe de Rumanía y el Príncipe de Servia
prestan feudal acatamiento a Emperador de Alemania, mientras el Príncipe de
Montenegro confirma y robustece sus amistades con Rusia. Deslízanse por la
corte de Dinamarca, esa eterna enemiga del Imperio Alemán, los emperadores de
Rusia con les Reyes de Grecia, y cuando menos tal cosa podía esperarse, aparece
por allí el ilustre director y jefe de la política inglesa. Todo esto huele a
pólvora, y nosotros, alejados necesariamente de tales complicaciones, ajenos a
estas marañas, tranquilos en el seguro goce de nuestra independencia,
consagrados a reponernos de las guerras civiles y a curarnos de las heridas
crueles, aparecernos de pronto donde no necesitamos ir para nada, contrariando
con errores y torpezas de nuestra diplomacia las ventajas prometidas a la
seguridad y a la paz nacional por nuestra naturaleza. ¿Quién pudo sugerir idea tan funesta de suyo a un
ministerio tan liberal como el ministerio de Sagasta? Si hay tierra en el mundo que pueda
quedarse tras sus fronteras naturales, por la geografía y la historia de
antiguo señaladas al patrio suelo, es nuestra España, después de Inglaterra, la
más independiente y más desasida de las guerras internacionales entra todas las
potencias hoy existentes en los senos y espacios de nuestra vieja Europa. En
conciencia, el viaje real por Alemania era una temeridad, que sin traernos más
simpatías y amistades con el Imperio germánico, despertaba contra nosotros
inevitablemente los recelos de Francia. Herida
esta e inquieta, hubo necesidad imprescindible de satisfacerla para serenarla,
y en estas satisfacciones resultaron disgustos nuevos para Alemania, sin que resultase
al mismo tiempo calma y serenidad para Francia.
Yo sostengo hace mucho tiempo, contra
todos y contra todo, la inteligencia y alianza entre las cuatro naciones
latinas, cuyas rivalidades y guerras aparecerán en lo porvenir tan
incomprensibles e injustificadas como nos parecen hoy a nosotros las
rivalidades y guerras entre las provincias componentes de una misma nación y
Estado. Yo creo que así en Europa como en América la relación y analogía entre
nuestros orígenes, nuestras creencias, nuestras lenguas y nuestras
instituciones, nuestras artes, han de darnos un anfictionado tan ilustre como
el antiguo anfictionado heleno, cabeza de una confederación destinada, en sus
desarrollos sucesivos, a iluminar y embellecer el mundo. Llevado de tan
arraigada idea, condené que los franceses extendieran un protectorado inútil
sobre Túnez, con mengua de los italianos, y condeno ahora que los italianos
entren sin consejo en la increíble alianza con Austria, prefiriendo los
intereses de su monarquía y de sus dinastías a los intereses de su raza y de su
patria, ligados con tan lógica y natural alianza como la indispensable de la
República francesa. Convencido profundamente de tal verdad, imaginaos qué
impresión habrá causado en mí ese viaje del Rey español a la tierra germánica,
tan opuesto a cuanto yo sueño y quiero para España, quien, después de haber
sido en los tiempos del absolutismo la nación más belicosa del mundo, debe ser
en los tiempos del progreso la nación más pacífica, procurando en el Viejo y en
el Nuevo Continente la más clara inteligencia y la más estrecha alianza dentro
de una confederación democrática entre los pueblos de la misma raza y de la
misma sangre, llamados por las afinidades múltiples de sus almas a iguales
destinos en la Naturaleza y en la Historia. Yo rogué al Gobierno que no
prosperara tan descabellado proyecto, y después yo moví a los periódicos
nuestros a promover un verdadero movimiento de opinión pública y nacional
contra él, por columbrar en su fondo una triste apariencia de increíble aventura.
Y el viaje se inició y realizó contra todos mis consejos y todos mis augurios,
para resultar luego tan funesto cual ya os habrán dicho, con su celeridad
irreemplazable, las voces del telégrafo.
Historiemos sus varias
particularidades. No hay para qué ocultarlo inútilmente: la recepción, al ir,
de Austria, y la recepción, al volver, de Bélgica, verdaderamente
correspondieron las dos en todo a cuanto debía esperarse de sus respectivos
afectos a nuestros reyes, sus próximos parientes. En el Imperio austriaco la corte ha estado expresiva, el
pueblo silencioso, aunque amable; pero en la monarquía belga, pueblos y reyes
han mostrado fervoroso entusiasmo. No ha procedido lo mismo el Imperio alemán.
Después de los disgustos a que nuestro monarca se ha expuesto por tal
expedición, la incomprensible acogida de Alemania no corresponde a la inmensa
gravedad del sacrificio, impremeditadamente consumado. El Emperador, al entrar
en Hamburgo, iba solo en su carroza propia, sin llevar consigo al rey de
España, relegado en el coche de los príncipes más o menos coronados, del
Príncipe de Alemania, del Príncipe de Servia, del Príncipe de Gales. En la
comida, que sucedió a la entrada, el Emperador no ceñía las insignias
provinentes de su huésped más alto, del Rey español, ceñía las insignias de
Inglaterra. Si a esto se añade que nuestra insignia es el Toisón de Oro, por
todos reconocido como la primera en Europa, veráse cuánto crece la punible
significación del olvido. No se pueden llevar los poderes del pueblo español y desconocer
cuánto exige la colosal grandeza de su historia. Donde quiera que nos
presentamos en el mundo, tenemos que considerar el respeto debido a la
significación de nuestros gloriosos recuerdos. Y debía, en la entrevista de
reyes y príncipes últimamente celebrada, ser considerado el Rey de nuestra
España como algo más que un estudiante militar, curioso de conocer las
maniobras germánicas, o que un joven anhelante de lucir su casco y su corona.
Los recuerdos de nuestra historia patria debieron resonar con sublime
resonancia en oídos acostumbrados a los loores eternos de las tradiciones
históricas. Y ese Imperio alemán, cuya férrea corona soporta hoy el soldado
incansable a cuyos pies cayeron, o humillados o vencidos, los Habsburgos y los
Bonapartes, fue como un regalo desprendido del común acerbo de nuestros
inmensos dominios y entregado a segundón infante de Castilla, para que
constituyera una dignidad hereditaria, de dignidad electiva que había sido, en
la real familia de los Austrias.
Mas
los alemanes han tenido cuidado en aparentar una especie de olvido respecto a
los timbres de la monarquía española en general, y de la dinastía borbónica
particularmente; sólo así puede concebirse que hayan ideado el honrar al Rey
con distintivo tan peligroso como el de coronel germánico, y de un regimiento
de hulanos, para mayor gravedad, sito en la guarnición ¡ay! de la conquistada y
no bien sometida Estrasburgo. Reflexionemos. En primer lugar hay que proceder con las
naciones varias según sus costumbres diversas. Y nosotros no estamos
acostumbrados a ver vestidos nuestros reyes de uniformes extranjeros y
extraños. Victor Manuel, con aquella
penetración italiana que unía tan estrechamente a su índole militar, comprendió
un caso análogo como yo comprendo ahora este caso nuestro, y rechazó el mando
platónico de un regimiento austriaco, por no usarse tales cosas en su patria y
no poder tornar honra por honra. La verdad es que Alfonso XII, para devolver a
Guillermo I su fina ironía, debió nombrarle coronel de cualquier regimiento
español sito, por ejemplo, de guarnición en Badajoz. Sí, porque ha sido un
sarcasmo la tal coronelía, no usual entre nosotros; y de hulanos, la parte del
ejército conquistador más odiada por los conquistados; y de guarnición allá en
la ciudad querida de los franceses, tan suspirada como Venecia por los
italianos; y en el aniversario mismo de los bombardeos crueles y de las tristes
rendiciones. El Ministro responsable debió recordar al Rey constitucional, para
persuadirle a la renuncia de tan peligrosa honra, que ya no reina en el mundo
ningún otro nieto de Luis XIV más que Alfonso XII de nuestra España, entre
tantos como se asentaron años atrás en los tronos de Francia e Italia; y que
Luis XIV unió Estrasburgo a Francia, unión robustecida y confirmada por la
horrible y larga guerra de Sucesión, a cuyas victorias debieron los Borbones
descendientes del Duque de Anjou, o sea Felipe V, su definitivo reinado sobre
nosotros, al cual debe hoy el Monarca la corona que ciñen sus sienes y deberá
mañana el nombre que tenga en la Historia.
Y aún había otras cosas más de notar. Notémoslas. Darle Alemania una distinción tal a nuestro
Rey, en vísperas de pasar por Francia, era, en el fondo, además de una
sangrienta ironía, una horrible crueldad. Lo grave del caso crece con la
consideración de cuantas circunstancias lo acompañan y lo siguen. El Rey volvía
de misa cuando le sorprendieron, así con el nombramiento como con el uniforme
de hulano, y no tuvo más remedio sino aceptar el diploma y vestir el traje.
¿Pero no contaba ese Rey con ministros responsables, uno allí, los demás en
España? ¿Cómo no pretextó, para evadirse por lo menos a tan extraña honra, que
no podía en conciencia recibirla sino con el consejo y bajo la responsabilidad
de su Ministerio? Ningún monarca sometido a la Constitución pierde su carácter
constitucional porque atraviese la frontera propia y resida en país extraño.
Había que conocer la opinión de nuestra España y que considerar la
susceptibilidad de la vecina Francia, con madurez, antes de admitir tan extraña
honra con precipitación. Y una vez admitida, conociendo cuan acerbas y
recientes son las heridas de Francia; cuan noble y justo el sentimiento de
independencia y la idea de unidad en los pueblos; cuan dolorosa la
desmembración de Metz y Estrasburgo al cuerpo de una grande nacionalidad tan
una, sobre todo después de la revolución, como la nacionalidad francesa en el
mundo; había que renunciar el ir a Francia, la cual, muy libre hoy para decir
sus ideas y sus quejas, podía respirar de un modo inconveniente, como respiró
al fin y al cabo, por la herida siempre abierta de sus sangrientos agravios.
Eso tiene mandar monarcas parlamentarios y constitucionales a pueblos como
Alemania, cuyo Emperador cree reinar por derecho divino y tener la sanción de Dios
en sus victorias, prescindiendo, si bien le place, a la continua, de su
Parlamento, y considerando como un Consejo áulico de antiguo cuño a su oscuro
Ministerio. Así es que los alemanes, de seguro, no le han mostrado al Rey gran
cosa, en sus maniobras, de ciencia militar; pero han querido mostrarle cómo se
prescinde, para los actos más graves, del régimen constitucional y se procede
cual si todos los países fueran a una un gran campamento y no existiesen para
nada ni Cámaras ni Ministerios. Guillermo de Prusia, digámoslo tristemente, ha
procedido con Alfonso de España como si en vez de su huésped fuera su pupilo, y
lo ha tomado, al darle tan premeditado nombramiento, por símbolo y expresión de
sus agravios. Y
he ahí por lo que yo más condeno el viaje impremeditado a la imperial Alemania,
por darnos apariencias engañosas de haber entrado en conciertos contrarios a
nuestros intereses nacionales y en maniobras dirigidas contra la seguridad y
contra la independencia de un pueblo, el cual se rige por instituciones que son
muy caras a todos los hombres cultos y lleva en sus venas nuestra sangre latina
y en su alma nuestro espíritu de libertad y democracia.
Pero
esto no excusa la terrible y condenable manifestación de París. Sobre los actos
de un rey español, rey constitucional, que tiene sus Ministros, los cuales han
de responder ante las Cámaras de cuanto haga el Rey, no puede presentar
jurisdicción alguna, con títulos legítimos, nadie más que nuestra conciencia
nacional, manifestada por nuestras instituciones parlamentarias. La
manifestación de los intransigentes parisienses, además de una grosería burda,
resultaba una imprudencia temeraria. Las relaciones entre los pueblos; los
sentimientos de hospitalidad, vivos en el ánimo de las mismas tribus salvajes;
la consideración de que, sí a todos sus huéspedes la República debe atenciones,
las debe principalmente a los huéspedes que llevan corona, debieron decir a los
rojos cuan grave podía resultar todo acto desagradable a nuestro monarca. No
comprendían aquellos fanáticos, no lo comprendían, sin duda, en la ceguera
propia de sus terribles supersticiones, que deservían a la República en Francia
y servían a la realeza en España. Sí, mientras el Rey exista, mientras lleve
nuestra representación, ya sea por el voto expreso de nuestra nación, ya por el
asentimiento tácito y por el derecho antiguo, debe aparecer a los ojos de todo
pueblo extranjero tan sagrado y respetable como los colores nacionales y los
heráldicos timbres, con los cuales significamos nuestra independencia. Y
desconocer esto es desconocer nuestro sentimiento nacional, tan despierto y tan
vivo, ese gran sentimiento que no estamos en el caso de disminuir ni de apagar,
porque merced a él, merced a su pujanza, resguardamos nuestra inapreciable
autonomía y disponemos de nuestros destinos como ningún otro pueblo. Aquellos
silbidos injuriosos, aquellas palabras soeces, aquel clamoreo indecente, las
frases de menosprecio despertaron aquí la fibra nacional y produjeron una
manifestación entusiasta en favor de don Alfonso y su familia, como no se ha
visto en muchos años otra igual, por lo calurosa y espontánea. Tal ha sido el
fruto que ha cosechado esa ciega intransigencia, quien parece suscitada por el
hado adverso y puesta en nuestro camino para retrasar los progresos de la
libertad y de la República.
Cierto
que ha procedido el Gobierno francés con todas las atenciones propias de una
exquisita cortesía. Desde que decidieron los ministros recibir al Rey de
España, procuráronle una recepción brillantísima. El Presidente fue a la
estación en persona y llevó al cuello la orden del Toisón de Oro. Su coche
propio, en lugar de preceder al coche real, como en Hamburgo, lo seguía
respetuosamente. Acudieron, al par del Presidente, sus ministros. Y cuando la
manifestación de unos cuantos alborotadores no pudo impedirse de ningún modo,
por los esfuerzos de una policía en aquel océano de París ahogada, la
respetable persona de un ilustre y nobilísimo anciano, primer magistrado de
aquel pueblo libre, quien lo ha puesto a la cabeza del Gobierno por sus votos
libérrimos, se ha inclinado ante nuestro monarca en justo desagravio, y
aquellos sus labios, no manchados jamás por ninguna mentira, le han pedido que
no confundiera la intransigencia de unos cuantos aviesos con la voluntad y el
proceder de Francia. Y no se contentó con decirlo al monarca de palabra, sino
que lo notifico a la internacional Agencia conocida con el nombre de Havas
y considerada por la opinión pública europea como un órgano verdaderamente
oficial. Y cuando la susceptibilidad española, justamente indignada, se
apercibe a una reclamación, adelántase con presteza, declara como las palabras
dichas por la Agencia tienen todo el carácter de palabras dichas en ocasión
solemne. Y no se detienen las satisfacciones, todas espontáneas, directas unas
y otras indirectas, pero de una sinceridad verdaderamente ingenua, sino que
Thibaudin, el ministro hechura de los intransigentes, y protegido por grandes
influencias domésticas en la Casa Presidencial, sale del Ministerio por no haberse
asociado a sus compañeros en la recepción del Monarca, y es reemplazado con
Campenon, republicano de antiguo y ajeno siempre a las conjuraciones
reaccionarias y tan acepto al orden como a la libertad. A mayor abundamiento,
nuestro Gobierno se halla por el Gobierno francés autorizado para publicar en
sus periódicos oficiales, cuando quiera y como quiera, el texto mismo de las
palabras pronunciadas por el Presidente, como en justo desagravio al Rey. Con
todo esto quedan terminadas las diferencias entre franceses y españoles, así
como vencida una parte considerable de las dificultades varias suscitadas por
tan extraño viaje.
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