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Capítulo XVI
Satisfacciones a Inglaterra
Confieso, y me cuesta la confesión mucho, no creí
nunca en la soledad silenciosa de mi retiro, al trazar algunas líneas sencillas
referentes a Irlanda, verlas pasar, truncadas y maltrechas por el telégrafo, a
Londres, para mover en mi contra, órgano tan respetable de la opinión inglesa
como el Times, quien me amenaza con retirarme afectos, los cuales me
holgarían mucho, de creerlos ciertos, como la estima y admiración, copio sus
palabras, de una considerable parte de Inglaterra. Conformaríame fácilmente con
tal eclipse, fiando a la claridad completa de mis ideas y a la virtud eficaz
del tiempo prestarme de nuevo su benéfica luz perdida, si no me urgiese
desvanecer dos equivocaciones gravísimas: primera, la de atribuirme, por
algunas frases cortadas, un concurso moral a crímenes tan abominables como el
asesinato de lord Cavendish, y segunda, la de creerme con despego y desamor a
nación de mí tan admirada y querida como la libre y parlamentaria Inglaterra. Mis
ideas radicales y republicanas de siempre no empecen a la enemiga mía con los
medios violentos en general, y en particular con los medios criminales, más
odiosos cuanto menos obstáculos encuentran el pensamiento y la asociación
libres para defender y reivindicar el derecho.
Casualmente, si el temor de alargar
mi respuesta, y la seguridad de ser creído bajo mi palabra no lo impidiesen,
copiaría en estas columnas las múltiples reprobaciones por mí lanzadas contra
los que imaginan prosperar causas como la causa de Irlanda, con crímenes como
las inmolaciones de magistrados integérrimos, acaso en el minuto de preparar
una reforma y de traer un progreso, y como las expulsiones de materias
fulminantes que sólo alcanzan a los ciudadanos inofensivos y sólo consiguen
sembrar terrores verdaderamente reaccionarios y traer furiosas represalias
propias para prolongar el inútil estado de guerra e impedir el necesario
advenimiento y triunfo de una cumplida justicia.
En cuanto el partido que gobierna
hoy la Gran Bretaña subió al poder y se anunciaron las primeras perturbaciones
irlandesas, dije a los temerarios y a los impacientes cuan mal procedían
buscando en la revolución remedios sólo asequibles por la reforma, y cuan
descastados e ingratos se mostraban con el gran estadista y orador, que, además
de abrogar la Iglesia oficial protestante, se apercibía por medidas económicas,
más o menos radicales, a reparar en parte los desastres de antiguas guerras y
las arraigadas injusticias de seculares conquistas. Siempre dije, usando un
ejemplo muy cercano a nosotros y para nosotros muy doloroso, que los celtas
habían procedido mal en Inglaterra, mostrándose más airados con el partido
radical que con el partido conservador, como ciertos compatriotas nuestros, que
no quiero nombrar, procedieran el año setenta y ocho con todos nosotros, al
sublevarse, después de haber sufrido en silencio el antiguo régimen, cuando
llegaban los que se apercibían a soterrar la esclavitud y a compartir con ella
los beneficios varios de la libertad nacional. Conste, pues, que lejos de alentar las
perturbaciones irlandesas y sus utópicas tendencias a una separación de
Inglaterra, las he reprobado, aconsejando la concordia de ambos pueblos en
derechos y libertades comunes a la sombra y abrigo de una misma nacionalidad.
Las palabras adrede arrancadas con
arte de mi artículo último, y difundidas por The Times a la mañana
siguiente, con tal dolor suyo y extrañeza mía, estaban allí para probar cómo no
conviene de ningún modo seguir con pueblo, capaz de cosas tales cual ese
horrible sacrificio de Carey, los procedimientos conservadores por un orador
aconsejados en sus últimos discursos, y cuan preferible me parecía una política
de conciliación, por ejemplo, la sabia política del ilustre Gladstone, quien
destruyendo cada día una injusticia y preparando un progreso, destruye la
chispa generadora de nuevas tempestades en aquel cielo y prepara días serenos
de libertad y de paz para las regiones componentes de la misma patria. Y al
llamar a los irlandeses Macabeos, por su arrojo y por su tenacidad, no quise
llamar Antíoco a Inglaterra, ni pasó por mis mientes compararla con el
profanador del Santo Templo; antes por el contrario, los llamé así, recordando
que muchos hijos de la valerosa familia celta demostraron esas prendas de valor
en defensa de la patria inglesa, cuyos anales han ilustrado con mil ilustres y
hasta recientes victorias, pues no debe olvidarse cómo los soldados de Waterloo
y los soldados de Egipto vencieron bajo el mando de generales nacidos en el
seno de Irlanda.
Ceda un poco en su natural susceptibilidad
el ilustre diario, y vea cuántos ejemplos de temeridades en la palabra nos
ofrecen unos ingleses al hablar de otros ingleses en sus polémicas perdurables,
sin que a nadie se le haya ocurrido achacarles por eso desamor u odio a su
madre patria la venerable Inglaterra. Pocas escuelas tan admiradas y admirables
como la escuela radical británica. Un apóstol
tan ilustre como Cobden la encabeza, un orador tan grande como Brigth la
mantiene, un político tan consumado como Dilke la ilustra hoy mismo, un tory
tan grave como Peel acepta en parte sus principios, a pesar de haberlos tanto
tiempo combatido, y difunde con esta inmortal apostasía el bienestar entre las
clases pobres, que alivian su miseria con el blanco pan cocido al fecundo calor
de la libertad económica. Pocos movimientos en el mundo con inteligencias tan
luminosas, voces tan inspiradas, ideas tan brillantes, pléyades tan celebradas
de almas inmortales como el movimiento liberal inglés que han impulsado
Gladstone, Stuat Mill y Macauley, por citar tan sólo en esta breve réplica los
nombres de primera magnitud, cuyo resplandor se dilata por los horizontes todos
de nuestro planeta y cuya honra entra en el patrimonio común de la honra
universal y humana. Pues bien; todo un aristócrata británico, en los ardores
del combate y en los apremios de la improvisación, compara los radicales con
los bárbaros devastadores del Imperio romano y los wighs con los humillados
césares Honorio y Arcadio, mengua de nuestra especie y afrenta de la Historia.
Supongo que, a pesar de haber calificado así lord Salisbury en la célebre
revista Quarterly a la parte más ilustre de Inglaterra, no le negarán la
mano en la Cámara de los Lores los por él calificados, como a mí no me negarán
los ingleses todos aquellos antiguos afectos de que tanto me honro y envanezco,
por haber calificado de Macabeos a una considerable parte de sus mismos
compatriotas, sobre todo cuando jamás pudo, ni por imaginación, ocurrírseme
comparar a su ilustre patria con el perverso Antíoco.
Yo,
cual todos los españoles liberales, he amado siempre a Inglaterra, patria de1a
libertad parlamentaria. Yo he creído y sigo creyendo que la causa única de
disentimiento antiguo entre Inglaterra y España desaparecerá con el tiempo, en
cuanto la política de paz y de libertad predomine sobre la política de guerra y
de recelo. Por lo demás, ningún español puede olvidar que vuestra sangre se
mezcló con nuestra sangre mil veces en la gloriosa porfía por la patria
independencia, y ningún liberal que nuestros padres perseguidos por la reacción
del veintitrés encontraron bajo los techos británicos nuevos hogares y en su
ilustre suelo una segunda patria. Si el absolutismo de origen extraño, que descuajó
nuestras libertades históricas, no prevaleciera sobre las cortes y los
municipios nacionales, ¡oh! España fuera en Europa la Inglaterra continental
por sus procuradores, sus jurados, sus alcaldes y sus justicias. No hay sino
mirar la índole del genio inglés y la índole del genio español en las letras,
su mutua independencia de toda regla convencional, su idéntico desasimiento de
los códigos y modelos clásicos, su variedad original, sus contrastes de
tristeza y de risa, sus sarcasmos junto a sus sublimidades, el desorden de la
inspiración semejante al desorden de la naturaleza y la profundidad íntima en
el pensar y en el sentir de un Shakespeare y de un Calderón, para convencerse
de cuan estrecho parentesco guarda en dos pueblos de tan diversas ideas
religiosas y tan porfiadas competencias marítimas, la respectiva esencia y el
fondo respectivo de sus sendos caracteres nacionales. Puesto que los audaces
navegantes, reveladores de la tierra en el Renacimiento, llegados en sus
exploraciones desde la cuna hasta la tumba del sol; aquellos que hallaron el
mundo de lo porvenir con el hallazgo de las Indias occidentales y el mundo de
lo pasado con la reaparición de las Indias orientales, evocadas unas y otras
por su numen del fondo de las aguas; los que doblaron el Cabo de las Tormentas,
y acometieron y realizaron por vez primera la navegación fabulosa en torno de
nuestro globo; los legendarios héroes de la Península ibérica, vencidos por la
fatalidad, han dejado su antiguo imperio marítimo a Inglaterra, nosotros
sabemos y estimamos cuánto contribuye a la cultura universal una potencia tan
grande, que impide con el respeto de su nombre las antiguas irrupciones
desprendidas desde las mesetas centrales del Asia tantas veces sobre las
tierras de Europa; cómo contrasta la confederación de las tribus fatalistas aún
esparcidas por las riberas meridionales del Mediterráneo y por los edenes del
Bósforo; cómo limpia de piraterías los espacios oceánicos y persigue la trata;
cómo deja por doquier mercados abiertos a las emulaciones de la actividad y a
la competencia y circulación de los cambios; cómo asegura la navegación
universal; y deseamos que desaparezca cualquier motivo de recelo entre
nosotros, y cooperemos todos en el Nuevo Mundo por nuestras dos razas
cristianas, y en el Viejo Mundo, en que tenemos tantos intereses comunes, a la
libertad completa de los mares y a la paz perpetua de los continentes; para que
un régimen de trabajo, creador y pacífico suceda en todo el orbe al antiguo
régimen de guerra y de conquista, mejorando así la condición de la humanidad y
mereciendo las bendiciones de Dios. Ya ve mi contradictor ilustre cuan lejos me
hallo del odio a Inglaterra imputado por sus recelosas sospechas; pues, al
contrario, deseo para la iniciación de mayores empresas, una inteligencia
estrecha entre las naciones occidentales, Inglaterra, Francia, Italia, Portugal
y España, que aminore las causas de conflictos guerreros en el continente
nuestro, y lleve de común acuerdo el espíritu moderno, esa luz etérea y
vivificadora por toda la redondez del planeta.
Continúa
en Francia la política firme, cuyo logro queríamos con impaciencia cuantos
queremos la consolidación y robustecimiento de una verdadera República. Los
discursos últimos y las últimas votaciones tienen la inmensa ventaja de señalar
límites conocidos a una política vaga en otro tiempo y reunir alrededor de tan
saludable cambio una mayoría compacta. Nadie duda en el mundo ya que la
República francesa responda como debe al movimiento y al progreso; pero muchos
dudan de que responda como debe también a la conservación y a la estabilidad en
el equilibrio de fuerzas contrarias sobre cuya combinación se alzan las
sociedades humanas. Pues no puede ya con fundamento dudarse de cuan idónea es
la República para los dos necesarios fines, tras los últimos sucesos y el rumbo
decisivo tomado por Cámaras y Ministerio. Ciego estará quien desconozca de hoy
en adelante que la Presidencia y la Representación popular llegarán a sus
términos legales en completa paz; que armada y ejército cumplirán sus deberes
múltiples con estoica inflexibilidad; que proveerá el sufragio universal de
mayorías numerosas y firmes a los Gobiernos, bastante previsores para combinar
el progreso medido con la estabilidad serena; que ningún pretendiente se
antepondrá y sobrepondrá jamás a la nación, cada día más libre y cada día más
tranquila en el pleno ejercicio de todo su poder y en el respeto religioso a
todos los derechos, factor integrante de la paz europea y ejemplo luminoso de
los pueblos todos; con lo cual cumple aquel ministerio de revelaciones humanas
confiado a su numen y a su prestigio por la filosofía y la revolución del
último siglo, por cuya virtud será siempre como la palabra o verbo del espíritu
progresivo, como la concentración o foco de la cultura universal. Desengáñense
los monárquicos españoles, tan implacables enemigos de la República francesa:
un Gobierno que tiene a raya las camarillas ilegales; que despide sin zozobras
a ministros como Thibaudin; que impone silencio a pretendientes como los
Orleanes; que desahucia los anárquicos proyectos del Ayuntamiento parisién; que
habla tan severo lenguaje y emplea tan activa energía en medio de las mayores
libertades conocidas allí; que cuenta con ejército de suyo tan sumiso y con
mayoría por grandes convicciones unida y compacta; puede dar envidia, y mucha
indudablemente, a los Gobiernos y a los partidos realistas, empeñados en
denostar a Francia porque se dirige a sí misma en calma completa bajo la
sublime advocación de una estable República. Nosotros sólo debemos pedir a nuestros
fraternales amigos, los ministros de allende, que perseveren a una en su obra
de pacificación democrática, sin temer ni a las maniobras de los príncipes
pretendientes en el interior, los cuales habían de satisfacerse con la dignidad
de llamarse ciudadanos en tan grande pueblo, ni a las aparatosas e inútiles visitas
de los príncipes ilustres en el exterior, los cuales no pueden contrastar con
su presencia el afecto de todos nosotros los liberales y los demócratas a
Francia y su República.
Después de nuestra patria no estimamos
los españoles a ninguna de las naciones modernas tanto como a la inmortal
Italia. Tenemos de común con ella nuestra
sangre, y casi, casi nuestro idioma; pues el español y el italiano parecen dos
derivaciones de una sola y misma madre. Si la República francesa nos asegura el
predominio de la democracia en el continente para todo lo que resta de siglo,
la independencia italiana resulta un dato importantísimo en los progresos
universales; primero, porque nos da un pueblo libre más en el concierto
europeo, aumentando las fuerzas progresivas del conjunto; después, porque nos
liberta del poder temporal teocrático, ese arrebol postrero de la disipada Edad
Media. Pero no puede negarse que Italia libre ha desatendido deberes muy altos
al desasirse de Francia por cuestión tan baladí como el protectorado tunecino e
ingresar en la triste alianza de los Imperios centrales, encaminada contra la
libertad y la democracia modernas. Jamás desistiré de mi constante predicación
a favor de una inteligencia entre Italia y Francia. El día que cayera la
República se vería muy amenazada la unidad italiana, y el día que cayera la
unidad italiana se vería muy amenazada la República francesa, por el inevitable
predominio de la reacción universal, contraria de todo en todo a esas dos
creaciones supremas del espíritu moderno.
Y
no le basta en sus supersticiones a la susceptibilidad italiana con suponer
cosa tan absurda e inverosímil como que Francia pugna por la restauración del
poder temporal de los Papas; encuentra pretextos a su odio en mil accidentes
varios y en mil proyectos descabellados, cual si no pudiera tener jamás razones
y motivos en su propia conciencia. Para convencerse de cómo Italia yerra
siempre que trata de Francia basta con recordar los proyectos imputados a ésta
en publicaciones diarias. Ya dicen que ha resuelto para las eventualidades
múltiples de lo porvenir anexionarse Liguria, cual se anexionó en otros días
Saboya, y ya que pide la misma Cerdeña para fortalecer y asegurar su predominio
en el Mediterráneo. Parece imposible que se pueda ocurrir a pueblos, en la
política y sus artes consumadísimos como el pueblo italiano, cosa tan
descabellada como esas supuestas ambiciones francesas. La grande nación latina
experimenta demasiado el dolor de las desmembraciones propias para cometer el
crimen, doblemente punible, por sí mismo y por las circunstancias, de aspirar a
las desmembraciones ajenas. Limitado a pedir la devolución de Alsacia y Lorena,
más unidas cada día estrechamente con Francia, no quiere separar a ningún
pueblo de su patrio techo. Harto le costó a fines del siglo dominar a Córcega,
definitivamente adherida hoy a su cuerpo y a su espíritu, para irse mañana en
pos de nuevos territorios por el Mediterráneo, de donde nos conviene a todos, y
el reintegro de cada isla y archipiélago bajo su nacionalidad correspondiente.
Si las cuatro naciones latinas se hubieran puesto hace tiempo de acuerdo
respecto a las cuestiones mediterráneas y a la costa Norte del África, no
veríamos quizás hoy en una y otra orilla del Mediterráneo sucesos tan opuestos
y contrarios a nuestros intereses permanentes. La política de unión estrecha
entre los pueblos latinos conviene a todos ellos en general, pero muy
particularmente a Italia. Un recelo excesivo del apostolado democrático de
Francia en contra de la dinastía italiana paréceme que ha paralizado mucho la
saludable acción de esta última potencia, y arrastrádola, como un aerolito sin
dirección y sin órbitas, en carrera vertiginosa e incalculable a la terrible
atracción de las potencias del Norte.
No
subimos, en verdad, mucho si subimos desde Italia en este momento a Rusia. El proceder de los italianos
en sus alianzas está relacionado con la cuestión de Oriente, y en la cuestión
de Oriente nadie puede quitarle ya el primer papel a Rusia. Casualmente la presencia del gran ministro británico en
Elseneur ha demostrado una inteligencia entre Rusia e Inglaterra, y la
inteligencia entre Rusia e Inglaterra, casualmente también, ha embargado mucho
la móvil atención de Italia. Dígase lo que se quiera, las alianzas naturales
resultan más sólidas que las alianzas arbitrarias, y no es natural ni
explicable una grande alianza entre la nueva Italia del progreso y los viejos
Imperios de la conquista y de la guerra. Sucede con las alianzas de Italia y
Austria lo que sucede con las alianzas de Austria y Servia. Es natural que
Servia se una con Rusia, pero su dinastía combate con fuerza esta ley de la
Naturaleza: es natural que Italia se una con Francia, pero su dinastía combate
a su vez con fuerza esta ley de la Naturaleza. Mas las dinastías no pueden
sustituir su voluntad a la Providencia, y bien pronto vendrá ésta con sus
decretos incontrastables a imponer sus leyes irremisibles. Cuanto más la
política interior rusa hoy se agrava; cuanto más los problemas territoriales y
el fondo social se agita; cuanto más crecen las conspiraciones misteriosas por
todas partes, menos probabilidades hay de conservar allí la paz externa,
herida, o, por lo menos amenazada siempre, a causa de la necesidad
imprescindible, allí sentida en todos, del movimiento guerrero y de la cruzada
bizantina. Por tal razón, Rusia gana las elecciones de Servia contra su propio
monarca, empeñado en servir al Austria, y se apercibe a escarmentar las
veleidades múltiples de ingrata emancipación sentida por su hechura la
monarquía búlgara y su antigua e inconstante aliada la monarquía rumana. En
esta competencia de alianzas entre Prusia y Rusia laten las causas de guerra
inminente y próxima entre Austria y Rusia, que puede muy fácilmente arrastrar
de un lado a Francia y de otro lado Germania, encendiendo así la guerra
universal, que todos tememos y que todos quisiéramos evitar, pues nada
convierte a la tierra, nuestro planeta, en una especie de infierno como ese
vapor de sangre subiendo a las alturas desde los campos de matanza para mostrar
nuestra crueldad, y provocando la cólera de Dios, que nos ha criado para la
libertad y para la paz.
Mas
no debo hablaros, en el corto espacio que me resta, de la política; debo
hablaros de la poesía rusa. Este gran pueblo acaba de perder uno de sus más
ilustres pensadores, y los pueblos, desde lejos, sólo se ven por el resplandor
de sus pensamientos, como las regiones sólo se ven desde lejos por la eminencia
de sus cordilleras. Este pensador es el inmortal Tourguenieff, nacido en las
estepas de Rusia y muerto, como los rusos principales, en extraño suelo, por
causa de un voluntario destierro. Hace algunos días ya, brillante legión de
pensadores franceses, Renan, Simon, About, entre muchos otros, reunidos en la
estación del Norte, despedían con lágrimas amargas y oraciones plañideras un
ataúd que marchaba desde la única iglesia griega en París hoy existente,
custodiado por algunas almas piadosas, hacia las tierras boreales de nuestra
Europa. Contenía el ataúd los restos de Tourguenieff. Así, al llegar a Petersburgo,
muchedumbres innumerables se agolpaban a su paso en actitud triste, recogida,
silenciosa, como cumple a pueblos capaces de sentir cuánto pierden cuando en
los abismos de la muerte desaparece quien ha movido los corazones y ha
iluminado las inteligencias con la luz y con el calor del Verbo Divino
encerrado en el arte o en la ciencia que, materializando el ideal y poniéndole
hasta el alcance de nuestra mano, acerca lo infinito a la humana limitación, lo
absoluto a nuestra fragilidad, lo celeste a nuestras sombras, y hace de Dios
algo humano y del hombre algo eternal y etéreo en los misterios sublimes de una
continua encarnación. Después de haber acompañado el féretro por las calles en
procesión gigantesca y conducídolo hasta la puerta de un oratorio bizantino,
donde le dijeron las oraciones de los muertos en el rito griego, enterráronlo
allá en apartado cementerio, bajo la estepa fría, que amara con exaltación,
junto a los restos de Bellinsky, su maestro y su guía en las letras, a la
sombra de un grupo de sauces, de ese árbol cuyas ramas se vuelven hacia las
oscuridades frías de la tierra, en vez de subir hacia los esplendores del
cielo, y, sepultado, repartiéronse los asistentes las flores de sus
innumerables coronas como reliquias de una sublime muerte y como recuerdo de
una gloriosa vida. El mundo burocrático y oficial faltaba, porque La Voz del
Eslavismo, o sea el periódico de Katkoff, había dicho como Tourguenieff
perteneciera por su vida toda, muy de antiguo, a los occidentales, y quien
perteneciera por su predilección a los occidentales, a esos librepensadores
demócratas, no podía en muerte aspirar al culto de los rusos, monárquicos de un
Zar omnipotente, y ortodoxo de una religión bizantina. Mas la inevitable
ausencia del elemento burocrático y oficial sólo sirvió para que se viese con
mayor claridad el afecto inspirado al pueblo por el difunto y la espontaneidad
generosa de aquella sublime manifestación.
Y
la merecían, tanto el artista como el hombre. Tourguenieff no pertenece a esas
almas que dan luz de sus inteligencias sin dar al mismo tiempo calor de su
corazón. Tourguenieff escribía porque amaba. Y amaba con exaltación al humilde,
al débil, al desgraciado, al siervo. Sus obras no tienen más que un objeto: la
manumisión y libertad del esclavo. Cuando vemos la indiferencia de los
escritores griegos o romanos por el ser inferior que gime allá en los abismos
de las hondas ergástulas y que muere allá en los combates del circo, después de
haber sido cazado en la montaña tracia, puesto a la venta en el bazar y
destituido y privado hasta de los sentimientos más naturales y de los goces más
humanos bajo la pesadumbre de sus enormes cadenas; cuando vemos esta
indiferencia y la comparamos con el amor a la humanidad entera de los
escritores y de los oradores modernos, tan solícitos por los representantes
postreros de la servidumbre histórica, tanto en la estepa moscovita como en las
selvas tropicales, no podemos menos de ufanarnos por nuestra civilización y
creer que muchas faltas le perdonara la Providencia por su amor al derecho
natural y a la eterna justicia.
Tourguenieff
había recorrido como cazador las tierras moscovitas y visto en ellas tal número
de infelices pegados al terreno señorial, que, describiéndolos y describiendo
su desgracia irremediable, hacía tanto por su emancipación cual todos los
estadistas innovadores juntos, pues obras como una emancipación general sólo
pueden acometerse por impulsos indeliberados y generosos del corazón y
consumarse por estos ardores de la elocuencia, y del arte, los cuales,
encendiendo la sangre y agitando los nervios, llevan a unos al combate y a
otros a la muerte con desinterés sublime por una causa popular y justa,
controvertida mucho tiempo en las alturas del espíritu antes de prevalecer en
las regiones inferiores de la legislación y de la política.
Novelista,
exclusivamente novelista, nos ha pintado Tourguenieff la sociedad rusa mucho
mejor que los primeros políticos moscovitas, como nuestros poetas del siglo
decimosexto y decimoséptimo pintaban mejor en el teatro y en el romance a su
tiempo que los diputados en las Cortes o las estadistas en las disertaciones.
Aquel partido, engendrado por la tiranía política de los Zares y por la
intolerancia religiosa de los sacerdotes, con su puñal y con su tea en las
manos, su duda y su sarcasmo en los labios, su negación universal y su ateísmo
en la conciencia, enemigo del Estado y de la sociedad, resuelto a disipar el
aire atmosférico y a extinguir el sol y las estrellas para volver a lo único
verdaderamente grande, inmenso, ilimitado, eterno, a la nada infinita, de la
cual nunca debimos los mortales salir, ya que tan condenados habíamos de
hallarnos en el mundo a dolores eternos; aquel partido, en el cual no creían
los conservadores europeos hasta que vieron saltar por los aires el Palacio de
Invierno y caer en pedazos el Emperador Alejandro, se halla mejor descrito que
en todas las disertaciones nihilistas de Bakounine y sus discípulos, en las
obras literarias del poeta eximio, a quien las intuiciones de la fantasía y los
presentimientos del corazón revelaron el demagogo típico alzado en sus páginas
con la persona de Bazaroff mucho antes que se alzara en la realidad para
extender el terror en Rusia y recluir al Zar en Gatchina: que tan certeras y
exactas resultan en la historia siempre las adivinaciones y las profecías del
verdadero genio.
Yo
conocí a Tourguenieff personalmente hace tiempo en casa de nuestro común
ilustre amigo Mr. Julio Simon, y jamás olvidaré aquella sacerdotal figura
profética, muy semejante, por lo alta y por lo inmóvil, a las figuras
litúrgicas de las iglesias griegas. Sus sedosos cabellos blancos y sus luengas
barbas, blancas también, le daban cierta gravedad que desaparecía en cuanto
mirabais la retina móvil, iluminada, sensible a todas las emociones, acariciadora
como una suave luz o como una melancólica melodía, punto de su rostro donde se
condensaba toda su alma, la cual salía de allí a iluminar con rayos invisibles
de ideales etéreos a todos los circunstantes. No poseía en la conversación esa
facilidad inagotable de los meridionales, que tanto regocija siempre a una
sociedad sentada en torno de limpia y bien provista mesa; pero, en cambio, sus
profundas sentencias interrumpían el diálogo de los gárrulos, provocándolos al
silencio de una meditación reflexiva. Tourgenieff había pintado en sus
brillantes cuadros lo mismo que había visto en su tormentosa vida. La sociedad rusa,
especialmente, privaba en su ánimo y surgía en sus descripciones. Y pocas
sociedades tan dignas de llamar la general atención por sus contrastes bruscos
y sus disonantes extremos. Aquellos Zares, jefes de una sociedad tan exclusiva
como la sociedad eslava, y alemanes por sus orígenes y por sus gustos; aquel
clero, blanco y negro, pagado de su autoridad y presidido por un Consistorio, a
cuyo frente se hallaba todo un general de caballería; los aristócratas, muy
amigos de sus privilegios históricos y muy dados a destruirlos con sus ideas
occidentales y democráticas; los reformadores, muy avanzados en sus tendencias
y muy creídos a una de que impulsaran su nación estancándola en la tribu
tártara y en la propiedad comunista; o el ortodoxo griego, que, después de
haber orado ante la Virgen bizantina, cuyo rostro se halla metido en aureola
pesadísima de oro macizo cuajado de brillantes y esmeraldas, después de haber
clavado la frente como un paria indio en las losas del templo santo, suspira
por los eslavos pegados al seno de la naturaleza y adoradores de un bárbaro
paganismo; el rústico, el mujich, con quien los innovadores cuentan para incendiar
el mundo y renovarlo, adscrito, como la planta y sus raíces, al terruño; el
siervo, recién manumitido, añorándose de su cadena como el señor feudal de su
propiedad; todos estos contrastes bruscos, presentados con sencillez increíble,
dan a las novelas rusas de Tourguenieff el carácter, que falta por el exceso de
tradiciones y el número de modelos a los de más literatos europeos, la
naturaleza y difícil originalidad. Sintamos todos que los cielos de Rusia, ya
oscuros, hayan perdido ese foco de increada luz, y honremos la memoria de quien
ha contribuido, sin esgrimir más arma que su pluma brillante, a la emancipación
de los siervos en las estepas de Rusia.
Los
pueblos protestantes han celebrado el cuarto centenario de Lutero con
universales jubilaciones. Temíase que las apologías del reformador provocasen vejámenes
contradictorios y que tales contradicciones trajeran, sin remedio, en los
pueblos divididos por creencias contrarias encuentros en las calles, y tras los
encuentros las disputas y perturbaciones propias de los grandes y
trascendentales dogmatismos. El régimen cesarista organizado contra la religión
católica por el Gobierno germánico en tan mala sazón, había interrumpido
aquellas relaciones de los dos cultos, celebrados muchas veces y en muchas partes
bajo las bóvedas de un mismo templo, allá por tierras de Alemania. Bajo tal
consideración creíase fácil una serie de manifestaciones y
contramanifestaciones opuestas. Ningún apóstol de ninguna idea se presta como
Lutero a estas disputas cuasi guerreras, apareciendo a los ojos de unos como el
nuevo revelador que rejuvenece y salva el cristianismo en medio de la
sensualidad pagana traída por el Renacimiento, mientras a los ojos de otros
aparece como el protervo revolucionario, atreviéndose desde las aras del
claustro al Pontificado, cual se atrevió Luzbel desde su angélica beatitud a
Dios, para engendrar en la tierra los infiernos del cisma. De juicios tan
contradictorios podían temerse disputas múltiples y desordenadas en tiempos
como este de movimiento antisemítico. Por fortuna, la libertad religiosa está
más arraigada hoy de lo que creen los reaccionarios, y el respeto a la
inviolabilidad de las conciencias pasa cada día más a las costumbres.
Si
los católicos y los protestantes de Alemania no han podido concordarse para
celebrar al creyente, se han concordado para celebrar al patriota; y nosotros,
que no pertenecemos ni a la religión luterana ni a la raza germánica, españoles
y católicos de nacimiento, podemos celebrar sin escrúpulo al que, iniciando la
libertad de pensamiento y examen, ha iniciado las revoluciones modernas, a cuya
virtud hemos roto nuestras cadenas de siervos y proclamado la universalidad de
la justicia y del derecho.
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