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Capítulo
XVII
Sucesos últimos del año 1883
Hase discutido
en Francia últimamente, con empeño, el presupuesto eclesiástico; y al
discutirse, hanse levantado en tropel y a deshora los mil problemas referentes
a la Iglesia y a sus relaciones con el Estado. El Gobierno, en vez de agarrarse
a la firmeza prometida en los últimos discursos, ha dejado el asunto en manos
de la Cámara, despreciando la facultad que le compete de proposición e
iniciativa. Jamás sustituiría yo al poder legislativo el poder ejecutivo; pero
jamás confundiría uno y otro, al punto de resolverlos en el mismo y solo poder,
porque ¡ah! en esa confusión está la raíz venenosa de todo despotismo. No puede
un ministerio gobernar contra la voluntad manifiesta del pueblo, expresada por
sus legítimos representantes; pero debe pedir a éstos los medios indispensables
al gobierno, y en caso de negárselos, dejar el puesto a sucesor más afortunado
en sus proposiciones y más acepto a las Cámaras. Lo que no puede aprobarse de
ningún modo, es la presentación de un presupuesto y luego el abandono de su
necesaria defensa. Y la falta crece cuando resulta que tal presupuesto es el
presupuesto eclesiástico, relacionado con los intereses morales religiosos de
toda la nación. El relator encargado de contradecir a los contradictores del
dictamen ha poco menos que huido, y el Ministro de Cultos lo ha dejado todo a
los movimientos caprichosos de una Cámara sin unidad y de una mayoría sin
dirección. Resultado: que los partidarios de la separación, prematura hoy,
entre la Iglesia y el Estado, así como los partidarios de la inconcebible
autocracia del Estado sobre la Iglesia y el Pontífice, han cortado por donde
les ha parecido, trayendo nuevos conflictos con el clero y provocando repulsas
inevitables del Senado. Todo esto me duele, porque repetidos hechos desmienten
repetidas palabras, y el Gobierno carece de aquella fuerza moral y autoridad
propia indispensables a la buena dirección de un pueblo republicano, cuyos
altísimos derechos demandan fuertes y vigorosos contrapesos.
Hay
en la Cámara diputados como Clemenceau, quienes, sin encomendarse a Dios ni al
diablo, echarían por la calle de en medio, aún a riesgo, con la negativa del
presupuesto y la retirada del patronato y del Nuncio, de provocar dificultades
como las promovidas en la primera revolución francesa con los clérigos
juramentados e injuramentados, tan dañosas de suyo a la libertad y a la
República. Demás de éstos, hay otros, como Julio Roche, quienes, después de
haber estudiado mucho la Concordia napoleónica, obra del primer Cónsul, y visto
cuántos resortes guardan sus artículos para oprimir a la Iglesia; les quitan a
éstos el polvo de los tiempos que los ha enmohecido y paralizado; les echan el
aceite de sus recuerdos para darles flexibilidad o ayudar al movimiento; y
luego los impulsan contra el clero adrede, sin comprender cómo ha pasado la
época de tales arqueológicas opresiones, y cómo la libertad natural, proclamada
por nuestros dogmas políticos e inscrita en nuestras leyes democráticas,
alcanza también al seno de la Iglesia. Pero el tipo más curioso de todos estos
dogmatizantes, a no dudarlo, es monsieur Paul Bherte, ministro de Instrucción
pública en el fugaz Ministerio de Gambetta. Fisiologista eminentísimo, quiere
con empeño reducir la psicología y todos sus problemas metafísicos a una
sencilla fisiología. Para no tomarse los dos hercúleos trabajos de meditar
sobre las relaciones del alma con el cuerpo y del Criador con la criatura,
escoge muy sencillo medio: elude alma y Criador, a título de incomprensibles
misterios. No ha visto el átomo en ninguna parte, como nos sucede a los
idealistas, que no hemos visto en ninguna parte la idea; pero lo toma por
primer principio generador del Universo a la manera de Lucrecio; sabe de la
materia quizás menos qué sabemos nosotros del alma, porque los primeros principios
resultan todos por igual indemostrables y todos por igual metafísicos, pero con
mezclarlo y confundirlo todo en el Cosmos, cree haber poseido la unidad
inenarrable, así del Universo como de la ciencia; y luego reduce todo esto a
dogmas y a cánones, para imponerlos por medio de la fuerza coercitiva del
Estado a su generación, como impuso Mahoma los principios semíticos del
judaísmo y del cristianismo a las razas árabes, entonces idólatras y sabeistas,
por medio de la cimitarra de la guerra.
Opinión
mía: equivócanse mucho los que prescinden para el gobierno de las sociedades
modernas de la consideración debida por todos al dogma religioso y a sus
representaciones verdaderas en la tierra, el clero y la Iglesia, de las
diversas comuniones cristianas. El mundo latino, por ejemplo, se ha separado
mucho de la tutela ejercida sobre su conciencia por los Pontífices; pero no
tanto que pueda creérsele hoy en pleno racionalismo y llevársele sin peligro a
una separación inmediata entre la Iglesia y el Estado. No hay que acceder a
ninguna injusta pretensión de la Iglesia. Contra su veto hay que conservar el
Estado laico moderno; que dar a la Universidad y a la enseñanza oficial su
independencia; que sostener el matrimonio civil; que guardar el libre examen,
criterio natural, así de la ciencia como de la política; pero no hay que
perseguir a la Iglesia y que tiranizarla. Sin soltar la tutela eminente pedida
por circunstanciales condiciones de tiempo y espacio, conviene concederle una
relativa y constante autonomía, en concordancia con todos nuestros principios.
Pero la Iglesia debe reconocer a su vez cómo necesita mucho aproximarse a los
Estados modernos y recibir la visita de nuestro progresivo espíritu, cual
recibió la visita del Espíritu Santo en el Cenáculo, con sus lenguas de fuego
encendidas en maravillosas ideas. El papa León XIII tiene a nuestros ojos el
mérito de haber iniciado una especie o manera de reconciliación cordial entre
los Estados modernos y la Iglesia católica. Pero debe comprender que no hará cosa
de provecho mientras deje al catolicismo el carácter jesuítico y ultramontano
que hoy lo determinan y señalan, cuando tanto urge a la sociedad y a la
conciencia una reconciliación verdadera entre la democracia y el cristianismo.
Veo
que los constantes embargos de mi alma por una idea exclusiva y absorbente,
como el problema de reivindicar el gobierno de las naciones para ellas mismas,
hame llevado, allende mi pensamiento y mi deseo, metiéndome, sin deliberación
casi, en laberinto de reflexiones metafísicas y religiosas, que,
trascendentales y mucho, no cuadran al carácter de crónica e historia propio de
estas cartas. Voy a tratar, pues, de los asuntos europeos. Y el primero que a
la vista salta es el asunto de una próxima conflagración universal. Terrible
verano este último, en que las visitas impremeditadas y aparatosas de
príncipes; los simulacros militares en el centro de nuestro continente; la
inauguración de monumentales efigies consagradas al recuerdo de cruentísimos
triunfos; el viaje inopinado de Gladstone y su encuentro en el mar Boreal con
los Reyes de Dinamarca y los Emperadores de Rusia; las perturbaciones múltiples
en Bulgaria, deseosa de romper la tutela moscovita, en Servia, unida contra el
Montenegro al Austria, en Rumanía, llamada imperiosamente a una inteligencia
con los Imperios centrales; todos estos hechos múltiples inspiraban natural
temor a un conflicto que pudiese incendiar toda la tierra y traer al género
humano dolorosas crisis, como suelen serlo todas aquellas en las cuales el movimiento
pacífico se detiene o interrumpe tristemente por la violencia y por la guerra.
En verdad la visita en estos días hecha por el ministro ruso Giers a Bismarck;
la oración del emperador Guillermo a la reciente apertura de las Cámaras,
asegurando la paz con todas las naciones, y muy especialmente con Rusia; la
retirada prescrita de los grandes cuerpos del ejército ruso concentrado en las
fronteras de Polonia; tantos y tales hechos han venido como a calmar la zozobra
general y a darnos algún respiro y alguna confianza en la paz europea. Yo jamás
he temido una guerra inmediata por agresiones de Francia. Constituida ésta en
gobierno parlamentario y republicano, cual conviene a una verdadera democracia,
es instrumento dócil y seguro de la paz universal. Su aliada íntima en el
mundo, por la fuerza misma de las cosas y por el imperio de las circunstancias,
a pesar de nubes más o menos fugaces, necesariamente ha de ser Inglaterra, e
Inglaterra pertenece también a las potencias de paz y de libertad. Igual digo de
las dos grandes naciones latinas, colocada una en el ocaso y otra en el centro
de nuestro Mediterráneo, Italia y España. Nosotros no tenemos interés alguno
que librar a la guerra.
Cuanto
nos prometemos de lo porvenir y cuanto necesitamos para nuestra consolidación
interna y para nuestro influjo en el mundo, se halla subordinado, y por
completo, a la paz. Y lo mismo sucede a nuestra hermana Italia. Por más que los
irredentistas la impulsen a reivindicaciones excesivas y extremas; por más que
los intereses dinásticos la lleven, como de la mano, a cordial inteligencia con
las grandes monarquías; su rápida fortuna, los logros inverosímiles de su
Milán, de su Venecia, de su Roma; la necesidad que tiene de paz interior para
consagrarse a la robustez de su organización política y a la salud de su
desarrollo económico y social, empéñanla con fuerza en la conservación de su
paz, más necesaria para ella indudablemente que para ninguna otra potencia. Por ende, aquí en la parte
occidental y meridional de Europa no encontramos ni motivos ni gérmenes de
guerra.
Pero
no sentimos igual confianza respecto al Oriente. En Rusia existe una leyenda
eslava, muy arraigada entre las muchedumbres, y que representa con verdad una
especie de apocalipsis contra Germania y los Imperios germánicos muy semejante
a los apocalipsis de los profetas judíos contra Nínive y Babilonia. La
enemistad, implacable hoy, de Francia y Alemania, es una enemistad
circunstancial y pasajera, no obstante su exacerbada intensidad, mientras la
enemistad entre Alemania y Rusia es una enemistad incesante y perpetua. Endulzáronla por mucho tiempo
los descendientes de Catalina II, germanos por su origen, por su complexión y
por su sangre. Nicolás I, en verdad, era todo
un alemán, y todo un alemán era también Alejandro II, quien veneraba como a un
padre al emperador Guillermo. Pero estas ventajas de Alemania en Rusia pertenecen a las
nieves de antaño. El Emperador hoy reinante se halla por todos sus antecedentes
adscrito a la secta pan-eslava, enemiga irreconciliable de Alemania. Y en tal
secta no puede llamarse él, con toda su aparente omnipotencia, verdadero jefe,
cuando existe un Katkoff, especie de profeta y de misionario panslavista, en
cuyos artículos con aires de salmos se contienen las ideas mesiánicas y las
incontrastables aspiraciones de su gente y de su raza.
Estos constantes impulsos de un pueblo
conquistador van todos a una en pos de guerrero conflicto con el Imperio
alemán, a quien creen el valladar de todos sus deseos, la sombra de todos sus
ideales, porque tiene bajo su mano a Bohemia; porque divide con la mongólica
nacionalidad húngara los eslavos del Norte de los eslavos del Sur; porque manda
y empuja el Imperio austriaco hacia la península de los Balcanes, a fin de que
se interponga en el camino de la Santa Rusia, y le impida el cumplimiento de
sus épicos ideales en Santa Sofía y en Constantinopla. Francia, esa Francia tan aborrecida hoy del mundo
germánico, aparece desde sus comienzos en Europa como la mediadora entre
Alemania y el mundo latino. En las tres grandes crisis de Alemania, en la
crisis del Imperio carlovingio, en la crisis de la Reforma religiosa, en la
crisis de la paz de Westfalia, Francia siempre ha servido los grandes intereses
alemanes; y por su Iglesia galicana y su filosofía enciclopedista siempre ha
representado una especie de término medio entre el catolicismo y el
protestantismo, es decir, entre el espíritu alemán y el espíritu latino. Pero
Rusia no tiene punto de contacto con Alemania. Las dinastías de una y otra
región habrán estado muy unidas; los pueblos están muy separados. Por eso
Alemania no debe temer una guerra con Francia y debe temer una guerra con
Rusia. La guerra con Francia sería hoy un delito de lesa humanidad y una
provocación a las justas iras del cielo. Asistíale al pueblo alemán toda la
razón contra el Imperio francés. Desconociendo aquel insensato cesarismo el
principio de las nacionalidades y su fuerza, impedía el interior desarrollo de
Alemania, y le señalaba fronteras artificiales como la línea del Mein y otros
igualmente ofensivos y provocadores obstáculos. Mas ahora una inmixtión de
Alemania en los sucesos de Francia resultaría crimen tan grande como el
cometido por los napoleónidas, y tendría en la justicia que preside a la
historia igual irreparable castigo. No puede temerse, no, la guerra de Francia
con Alemania; pero debe temerse, y mucho, la guerra de Rusia con Alemania.
Sin
duda el emperador Alejandro III quiere preservarse del partido nihilista; y
para preservarse del partido nihilista, no encuentra otro medio que acogerse
pronto a la sombra del partido panslavista. En estos mismos días ha sorprendido
al mundo un relato de romancescas aventuras en Gatchina, que parecen cosa de
magia y encantamiento. El Emperador ha recibido una especie de busto suyo vaciado
en cera, que llevaba un puñal agudísimo en el corazón, verdadero símbolo de la
muerte reservada por los misteriosos conspiradores nihilistas a su persona, si
persiste con igual empeño que hoy en impedir mañana el advenimiento
indispensable de la deseada libertad. A consecuencia de tal intimación hanse
verificado registros varios en casas más o menos sospechosas, que han traído el
descubrimiento de muchas bombas idénticas a las que destrozaron al emperador
Alejandro II, y la prisión de varios conspiradores pertenecientes todos a las
altas clases sociales, entre quienes se halla un chambelán de la corte
imperial. Tales
terribles casos amedrentan al atribulado Zar y le impulsan a seguir una
política de movimiento y acción que arrolle por su ímpetu popular y nacional a
los perseverantes conjurados. El partido
nihilista pide la libertad, mientras el partido panslavista pide la guerra. Y
puesto un autócrata en la terrible alternativa de optar entre la libertad y la
guerra, opta siempre por la guerra. No tuvo Napoleón más motivo para emprender
la triste aventura de su postrera campaña, que huir, por algún camino, de la
indispensable libertad, a voces reclamada por todos los franceses. Yo no
adivino qué causa ocasional determinará la próxima guerra; quizás una
dificultad en Bohemia entre cheques y alemanes; quizás un conflicto de húngaros
y transylvanos; quizás la cuestión de Polonia; quizás un paso temerario dado
por el Austria hacia Salónica: existen tales elementos de discordia en el seno
de Oriente, que uno cualquiera puede procurar la ocasión y traer el estallido,
a cuyas explosiones saltará el equilibrio inestable de nuestra vieja Europa.
Sólo habría un medio de paz: que los fuertes, que los victoriosos, que los
omnipotentes, propusieran el desarme general; por lo menos, la reducción de los
ejércitos hoy existentes, cuyo gravísimo peso abruma todos los erarios, al
contingente de paz indispensable para obtener la interior seguridad de los
pueblos. Alemania no puede sobrellevar por mucho tiempo la pesadumbre de su
presupuesto y de su ejército. Si ambos elementos la obligaran, como dicen sus
enemigos, a guerras periódicas de diez años, Alemania de seguro aparecería como
una causa de perturbación en Europa, engendrando tarde o temprano contra sí,
como Napoleón el Grande, una inmediata coalición europea. La organización
militar de Alemania no sólo devasta el suelo germánico, sino que devasta la
inteligencia germánica también. Lleva en sus manos el cetro férreo de la
fuerza, pero no es su nombre, como en otros tiempos, la estrella polar del
humano entendimiento. Y mientras esta orgullosa Europa se organiza para la
guerra, la joven América del Norte se organiza para el trabajo. Y sin quemar un
grano de pólvora, sin verter una gota de sangre, sin emplear más esfuerzos que
los esfuerzos de la actividad humana, vence y arrolla, con la superioridad de
sus productos, en las pacíficas competencias del comercio, a todos los Imperios
de Europa, cuyos trabajadores jamás podrán competir con los trabajadores
americanos, porque deben dar al ejército monstruoso, bajo cuya inmensa
pesadumbre viven, sangre, sudor, trabajo y tiempo. Dentro de poco sólo se oirá
un grito en el mundo que pida el desarme de Europa, y Alemania tendrá que
desarmar. Nada tan útil como los ejércitos de defensa nutridos por el servicio
obligatorio, complemento del indispensable sufragio universal; pero nada tan
peligroso como esos ejércitos de ofensa, que devastan el propio suelo, como los
ejércitos de Wallesthein allá en la guerra de los treinta años, y amenazan la
paz general de nuestra Europa.
Cuando los ingleses penetraron por las
armas y por la victoria en el seno de las tierras egipcias, anuncié aquí mismo,
en estas reseñas mensuales, que saldrían muy tarde. Recuerdo haber dirigido tales anuncios desde Biarritz,
después de comunicados a un miembro tan radical del Parlamento como Potter,
economista ilustre, quien, al participarlos a ministro tan predominante como
Dilke, me argüía de cierto desconocimiento del Gobierno y del pueblo inglés,
asegurándome con todo género de seguridades el próximo fin de la intervención
británica en Egipto. Recordábame los previsores anuncios de Gladstone, quien
ya, siete años antes del suceso, había profetizado en célebre artículo de
Revista, sugerido por las ingerencias de Disraelli en todos los problemas
intercontinentales, cuan pesada y abrumadora carga resultaría para el Estado
inglés un vasto Imperio semiafricano y semiasiático, con conexiones europeas
por su dependencia de Turquía, y con conexiones universales y humanas por su
canal de Suez; Imperio vastísimo y ambicioso, no resignado al bello Delta del
Nilo, sino decidido a entrar por encima de la Nubia, en el Dongola y en el
Sudán o país de los negros; requiriendo y buscando dominios tales como nunca
los midieran, y siervos tantos como nunca los contaran, ni los Faraones, ni los
Tolomeos, ni los Califas, los grandes dominadores del inmenso territorio
ilustrado por las altas Pirámides y las misteriosas esfinges. No ignoraba yo
las ideas de tan ilustre maestro, a quien todos cuantos seguimos la vida
política y parlamentaria en el mundo, escuchamos como a un oráculo y tenemos
por un modelo. Sabía que le repugnaba la inminente anexión del Egipto, no sólo
por esta tierra, sino también por la tierra cercana y apetecida, compuesta de
once millones de habitantes, y difícil de reducir por seis millones bien
escasos que suman los egipcios. El responder de dos mil millas más de tierra
parecíale al gran estadista cosa grave para un gobierno como el gobierno
inglés, enroscado ya, por sus posesiones innumerables, a todo el planeta. Pero
decía yo y observaba que, reconociendo la sinceridad propia de Gladstone y su
deseo vivísimo de consecuencia con su historia y con su tradición; como quiera
que no gobernaba personalmente cual Bismarck de Alemania o Alejandro de Rusia,
sino en medio de pueblos libres, debía ceder parte de sus opiniones propias a
las opiniones nacionales de Inglaterra, más resuelta por el Egipto y su
conservación de lo que creían radicales y liberales en sus ilusorias esperanzas
y en sus irreflexivas promesas. Parecía que a principios de Noviembre debíamos ver el
gran mentís de mis presentimientos y de mis anuncios. Decíase por todos los órganos de la política inglesa como se
apercibía la retirada inmediata del ejército de ocupación, el cual iba muy
pronto a libertar al Egipto entero de su presencia.
Indicaciones
hubo de tal resolución hasta en las palabras más solemnes pronunciadas por el
ilustre primer Ministro en ocasiones varias, y a estas indicaciones siguió una
terminante resolución, por la cual, de seis mil hombres acuartelados en varios
puntos, la mitad salía, y quedaba solamente la otra mitad en la población
estratégica y mercantil por excelencia del Egipto, en la ciudad de Alejandro. Mas, a los pocos días nos
sobrecoge una terrible nueva, propia de los tiempos bárbaros, en que dominaban
sobre la tierra los elementos más rudos y más primordiales de la fuerza. La
condición del hombre, mirada en los lejos de la historia, parece tan triste y
miserable que la esclavitud misma resulta un progreso, porque indica la
conservación material de los vencidos, exterminados antes en las locuras y
ensoberbecimientos de las guerreras victorias. Pues bien, un combate acaba de
pasar en Egipto, sólo comprensible allá entre caníbales. Un ejército egipcio, dirigido por un general inglés, acaba
de ser degollado, sin que haya podido salvarse de todo él para decir y anunciar
la catástrofe, no sé bien qué triste y extraño residuo. Recuérdame tal tragedia
la extirpación y aniquilamiento de los Omníadas por los Abasidas, cuando el
jefe de estos últimos cenaba sobre inmenso tapiz persa, bajo cuyos pliegues
yacían descabezados los cuerpos de todos sus rivales. Todos estos mahedíes mahometanos,
especie de profetas que no saben leer apenas, pero que dicen palabras
inspiradas, como las de Moisés o de Mahoma, por el Dios de los desiertos,
Mesías con cimitarras, no solamente obedecidos, sino idolatrados por pueblos
enteros, los cuales van tras sus enseñas en este mundo a la guerra y en el otro
mundo a la beatificación y a la bienaventuranza, levantan tribus bélicas,
semejantes a naciones en armas, innumerables como la langosta, feroces como los
tigres, y que pueden suscitar con sus esfuerzos en las temeridades múltiples de
un combate, catástrofes sólo comparables a los desquiciamientos del planeta por
la perturbación de las fuerzas vivas en el seno mismo de la Naturaleza.
Cuéntase que hace años, en este siglo nuestro, el padre de ese Mahedi, que ha
consumado tal matanza, se presentó al hijo de Mehemet-Alí, también por aquella
sazón y momento invasor con sus tropas de tan extenso territorio, y le ofreció
forrajes, amontonándolos en torno de su ejército. Y en efecto, al venir la
noche los forrajes ardían, y el invasor con todos los suyos espiraba entre las
llamas. Resultado práctico para la poderosa Inglaterra de las victorias del
Mahedi: que las órdenes de embarque se han suspendido y el envío de refuerzos
inmediatos se ha proyectado. Ya veis como no
he sido yo el engañado. La ocupación inglesa queda por tiempo indefinido en
Egipto. Quod erat demostrandum.
Y
a propósito de Inglaterra, no quiero cerrar lo referente a esta nación
interesantísima sin referiros las aventuras del pastor Stoker, especie de
furioso antisemita, que ha predicado primero la intolerancia religiosa en
contra de los judíos, y luego el socialismo cristiano a favor de los
trabajadores; todo para fundar el predominio de su Iglesia imbuida en estrecho
e intolerante protestantismo. Algunas veces me han caído en las manos reseñas varias de
sus sermones fanáticos. Parece imposible tamaña exageración. Las imaginaciones
meridionales, abiertas al sol y al aire libres, en comunicación estrecha y
continua con el infinito espacio azul, jamás llegan por el movimiento de sus
inspiraciones propias a las originalidades y a las extravagancias de estas
imaginaciones germánicas ahumadas por el humo de los hogares y bebidas de
cerveza, prontas a fantasearlo todo y a cubrir con vestiglos, como los de
Walpurgis, los caminos de la vida que nosotros sembramos de pámpanos y rosas
después de haberlos aromado con mirtos y azahares. Los antisemitas alemanes, en
su furor bélico, resucitarían los Faraones para que oprimiesen al pueblo de
Dios, holgándose de que la canastilla, donde la pobre madre depositara con
anhelo al salvador de Israel, no se detuviera en los juncos y espadañas, y
cañaverales del Nilo, aún a riesgo de ver, por tal evento, impedida la
revelación sublime del principio monoteísta y moral en la humana conciencia.
Para ellos, los pueblos que han perseguido a los judíos con toda suerte de
persecuciones y los han atormentado con toda suerte de tormentos; los que han
proscrito a sus descendientes y herederos, cuidando con odio cruel que no
tuvieran asilo alguno en la tierra; los que han fundado aquella inquisición por
los Papas y Reyes encargada de averiguar con sus esbirros a quien la repugnaba
el tocino para castigar tal repugnancia como un crimen de primera magnitud;
todos los errores y todas las infamias del fanatismo religioso recrudecido por
la intolerancia, se justifican por completo ante la consideración de lo que han
sido los judíos en Europa, cabalistas extraviados, hechiceros y brujos
notorios, gente de magia y quiromancia, fundadores de la usura y de la
masonería, peste de las conciencias, sombra del espíritu, verdugos de Cristo,
restauradores del diablo y enemigos de todas las Iglesias; por lo cual merecen
que ardan para consumir sus cuerpos las hogueras del Santo Oficio y para
consumir sus almas los fuegos del infierno. Tal energúmeno quería predicar en
el Ayuntamiento de Londres por la mañana del centenario de aquel que fundara,
bien o mal de su grado, en el mundo, la libertad religiosa, en el centenario de
Lutero.
Advertido el corregidor de Londres por
los periódicos impidió sabiamente un desacato así a los principios
fundamentales británicos y rogó al predicador de la corte alemana que fuera en
sus predicaciones a otra parte. No pudiendo
predicar, como se lo había prometido, religión luterana y antisemítica en la
municipalidad londinense, predicó socialismo en otro sitio menos respetable.
Los alemanes, raza de individualismo tal que raya en anarquía; fundadores
ilustres de la feudalidad y de la reforma; desde que Bismarck los ha revestido
a todos ellos sin excepción de uniforme y los ha numerado en el cuartel inmenso
de su imperio; se dan a una, con tales ardores, a la doctrina socialista, que
hay en su seno socialistas de la anarquía, socialistas del Estado, socialistas
de la cátedra, socialistas de la nobleza, socialistas de la Iglesia,
socialistas de la corte, socialistas del púlpito. A los postreros pertenece,
sin duda, nuestro célebre predicado Stocker. Tal género de socialismo tiene
mucho y muy estrecho parentesco, naturalmente, con la doctrina ultramontana y
absolutista, sobre todo, en sus aspectos económicos. Maldice, pues, del libre
cambio y de la libre concurrencia, imputándoles todos los males del siglo; y
para evitarlos no hace otra cosa que recurrir al museo arqueológico de la
historia, y desempolvando y rehaciendo las vinculaciones con los gremios y los
gremios con la tasa, ofrecerlos y presentarlos como remedio único al
empobrecimiento universal. Naturalmente, hay en el pueblo inglés muchedumbres
conocedoras de todas las sirtes encerradas en este socialismo del púlpito y del
trono, las cuales han asistido a la conferencia del socialista evangélico y le
han asestado estrepitosa silba. Ya que hablamos del movimiento antisemítico,
hablemos un poco de las tierras donde mayores plagas ha sembrado tal error,
protervo y reaccionario, hablemos de las tierras orientales. Hungría, después
de haber promovido ruidoso escándalo con cierta célebre causa, entra de nuevo a
su liberal sentido, y propone una ley autorizando el matrimonio entre judíos y
cristianos. Los partidos avanzados quisieran que Hungría hubiese, con motivo de
tal reforma, hecho alguna concesión más al progreso contemporáneo, y admitido
el matrimonio civil, que funda la familia en la unidad íntima del Estado,
separándola de las diferencias y de las intolerancias mutuas entre las
respectivas sectas. Mejor hubiera sido, en verdad, tal reforma; pero la serie
se impone, y constituye, digámoslo así, una gradación de las reformas sociales
como los puntos constituyen la línea, como los minutos constituyen la hora,
como los individuos constituyen las especies, y no hay medio alguno de rehuir a
esta ley necesaria. Si los demócratas, porque la reforma no tiene toda la
plenitud y toda la extensión por ellos deseada, cometieran el error de unirse a
los ultramontanos y desecharla en definitiva, como ha sido desechada
transitoriamente ahora por el Senado, ¡ah! demostrarían carecer por completo de
aquel maduro sentido indispensable hoy a toda verdadera democracia, para seguir
adelante con empeño en el camino de la libertad universal.
La
cuestión de Oriente continúa ofreciendo graves dificultades. Mientras el
príncipe Alejandro de Bulgaria pacta nuevamente con Rusia promete nombrar
generales aceptos a la gran potencia su protectora, el príncipe Milano de Servia
pugna con los obstáculos innumerables que le ha traído su viaje último a
Germania, y su enemiga resuelta con el Montenegro y los montenegrinos. Pocos
meses hace que la casa rival de los Milanos entró por casamiento en la dinastía
reinante sobre la montaña negra, y ya toca el Príncipe servio, recientemente
convertido a Rey, las consecuencias de tamaño hecho. Los electores han
protestado contra él en las últimas elecciones; las Cortes no han podido
reunirse a la hora necesaria; la Constitución se ha mermado con grandes mermas;
cóbranse los tributos fuera casi de la legalidad constitucional, pululan los
partidos y resuenan con siniestro estridor los motines y los pronunciamientos,
no bien disipados por indecisas victorias. Los pueblos de Oriente deben mirar con
grande mesura y prudencia sus problemas interiores, porque pueden suscitar un
conflicto europeo, y ¡ay de aquellos sobre quienes recaiga la responsabilidad
horrible de interrumpir la paz pública y engendrar la guerra universal!
30
de Diciembre de l883
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