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Lope de Vega
La hermosa Ester

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Acto segundo

Hablan en el segundo acto

MARDOQUEO.

ISAAC.

AMÁN.

TARES.

ASUERO.

BAGATÁN.

ESTER.

SELA.

ZARES, mujer de Amán.

MARSANES.

EGEO.

SELVAGIO.

SIRENA.

VILLANOS.

PORTERO, Bautista.



MARDOQUEO e ISAAC, hebreo.

 

 

MARDOQUEO.

Llevada, finalmente, Isaac amigo,

 

la bella Ester al poderoso Asuero,

 

halló gracia en sus ojos de tal suerte,

 

que preparando a sus mayores príncipes,

 

la fiesta de un convite suntuoso,

 

la coronó por reina de la India,

 

y puso la diadema en la cabeza

 

de ciento y veinte reinos y provincias.

 

Con esto y el amor, que siempre crece,

 

es dueña Ester de todos sus sentidos,

 

por dicha, para bien de los hebreos,

 

que lloramos cautivos las memorias

 

de nuestra amada patria, de la santa

 

Jerusalén, desde los tristes días

 

que venció Donosor a Jeconías.

ISAAC.

¿Y tú no vives, noble Mardoqueo,

 

con más honor del que presente veo?

MARDOQUEO.

No he querido que Ester al Rey le diga

 

que soy su tío, ni lo sabe alguno

 

 

de los persas que viven en su casa,

 

ni su nación ni patria le he mandado

 

que diga hasta su tiempo.

ISAAC.

Mal has hecho,

 

porque con tanto amor, si la supiera,

 

para nuestra prisión remedio fuera.

MARDOQUEO.

Diversas cosas va ordenando el cielo

 

para bien del cautivo pueblo suyo,

 

de las que puedespensar agora,

 

de las cuales Ester será la estrella;

 

tiéneme un sueño, Isaac, tiéneme un sueño

 

lleno de confusión.

ISAAC.

Pues qué, ¿imaginas

 

que no es sueño animal, de los que nacen

 

de la solicitud del pensamiento?

MARDOQUEO.

Por sobrenatural le temo y siento.

 

Yo vi romperse el cielo por mil partes

 

con horrísonos truenos, y hacer guerra

 

uno con otro dos dragones fieros,

 

a cuya confusión vi que salían

 

dos ejércitos fuertes a batalla

 

campal contra los justos inocentes,

 

los cuales, viendo la tragedia tristes

 

de sus amadas vidas, con mil lágrimas

 

pidiendo estaban su remedio al cielo.

 

Entonces una humilde fuentecilla

 

iba saliendo con pequeña fuerza,

 

pero creció de suerte, que excediendo

 

las márgenes floridas con las aguas,

 

se vino a hacer un caudaloso río;

 

el sol salió con mil hermosos rayos,

 

y dándoles mil géneros de muertes,

 

los humildes vencieron a los fuertes.

ISAAC.

¿Consultaste al Señor sobre este caso?

MARDOQUEO.

Yo pienso que ha de ser para bien nuestro,

 

aunque ha de ser por medio de mil penas;

 

mas como al sol precede oscura noche,

 

así la gloria de las penas sale.

ISAAC.

¿Quién es aqueste?

MARDOQUEO.

 Este es Amán, un príncipe

 

que preside a los otros, tan soberbio

 

con el imperio, que me causa enojos.

ISAAC.

Todos se van hincando de rodillas.

MARDOQUEO.

Yo no, que solo a Dios hincarlas pienso,

 

que no quiero quitar lo que le debo,

 

por darlo a la criatura, que bien sabe

 

el mismo Dios, que no es por ser yo grave.

 

Acompañamiento, AMÁN detrás, y alguna gente hincándose de rodillas.

 

AMÁN.

¿Quién sois vos?

PORTERO.

Yo soy, señor,

 

de la Audiencia Real portero;

 

hacedme aqueste favor.

AMÁN.

Ni agora puedo ni quiero

 

servir.

PORTERO.

 ¡Qué extraño rigor!

AMÁN.

¿Vos quién sois?

SEGUNDO.

 Pobre soldado

 

que de Numidia ha llegado.

AMÁN.

¿Mejor no fuera servir

 

hasta morir, que venir

 

a ser ocioso y cansado?

 

¿Y vos, viejo?

TERCERO.

  Yo serví

 

a Vastí.

AMÁN.

 Ya no hay Vastí.

 

¿No sabéis que reina Ester?

 

¿Qué os cansáis en pretender?

 

¡Hola! Apartaldos de aquí.

 

Éntrese.

 

TERCERO.

¡Mal fuego del cielo baje

 

sobre tu casa, cruel,

 

que tanta soberbia ataje.

 

Éntrense. Queden MARDOQUEO e ISAAC.

 

MARDOQUEO.

No pienso, Dios de Israel,

 

hacer a tu culto ultraje.

ISAAC.

Yo la rodilla le hinqué

 

con temor.

MARDOQUEO.

Yo, sin temor,

 

quedé cubierto y en pie.

ISAAC.

No he visto tanto rigor.

MARDOQUEO.

¡Qué cruel!

ISAAC.

Mucho lo fue.

MARDOQUEO.

Bienaventurado sea

 

quien en hacer bien se emplea,

 

y al pobre muestra piedad.

ISAAC.

Voyle a ver por la ciudad.

 

Vase.

 

MARDOQUEO.

Quien le estimare, le vea.

 

MARDOQUEO solo.

 

 

Dios de mis padres, no es soberbia mía

 

no me rendir a Amán, tan arrogante

 

como Nembrot, aquel feroz gigante

 

que escalar vuestros cielos pretendía:

 

introdújose así la idolatría;

 

no es bien que con el culto se levante,

 

debido a quien no tiene semejante,

 

quien no tiene poder seguro un día.

 

Vos sois la majestad a quien debida

 

es nuestra adoración, y por quien vierte

 

sangre en las aras donde sois servida.

 

Nadie con vos es poderoso y fuerte;

 

que como sois el dueño de la vida,

 

también tenéis el cetro de la muerte.

 

BAGATÁN y TARES.

 

BAGATÁN.

Paréceme que es mejor

 

que le matemos de hecho.

TARES.

Tengo a la guarda temor.

BAGATÁN.

Que te ayudarán sospecho,

 

conociendo tu valor;

 

que aunque allí se escandalicen,

 

mil príncipes has de hallar

 

que nuestra hazaña autoricen.

MARDOQUEO.

Estos tratan de matar.

 

¡Válame Dios! ¿A quién dicen?

TARES.

El ser el Rey tan amado

 

pone a mi temor cuidado;

 

que no el rigor de la ley.

MARDOQUEO.

¡Basta! ¿Qué dicen al Rey?

BAGATÁN.

Habla, Tares, recatado.

TARES.

¡Que siempre a la puerta veo

 

de palacio, ocioso y grave,

 

este porfiado hebreo!

BAGATÁN.

¿Qué pretende?

TARES.

  No se sabe.

BAGATÁN.

Echarle de aquí deseo.

 

¿Guardaste la carta?

TARES.

Sí,

 

en el pecho la escondí.

BAGATÁN.

Si nos oyó...

TARES.

No lo .

BAGATÁN.

Espera, y yo lo sabré.

 

¿Qué buscas, amigo, aquí?

MARDOQUEO.

Escribo historias, y vengo

 

a ver del Rey las grandezas

 

por afición que le tengo,

 

que no pretendo riquezas,

 

ni en pretender me entretengo.

BAGATÁN.

Según eso, bien oirías

 

lo que tratamos del Rey

 

y sus grandes monarquías.

MARDOQUEO.

Yo tengo siempre por ley

 

pensar en las cosas mías.

 

Miraba aquestas colunas

 

corínticas, aunque son

 

dóricas también algunas,

 

y desta puerta el blasón,

 

estos soles y estas lunas.

 

Lo que tratáis me decid,

 

para me lo escriba, amigos,

 

y esa historia me advertid.

BAGATÁN.

Buscad mejores testigos,

 

o más despacio venid;

 

que estamos de prisa agora.

MARDOQUEO.

Pues guárdeos el cielo.

TARES.

Adiós.

 

Vanse.

 

MARDOQUEO.

El cielo, que nada ignora,

 

hoy castigará a los dos

 

con su mano vengadora.

 

Ester sale a su jardín;

 

notable ocasión de hablalla

 

y estorbar del Rey el fin.

 

ESTER y SELA, y las damas que puedan.

 

SELA.

Hablan las fuentes y calla

 

el viento en este jazmín,

 

y así mejor estarás

 

debajo de aquellas murtas.

ESTER.

Pues vamos solas no más.

SELA.

Pienso que a las flores hurtas

 

la hermosura que les das.

MARDOQUEO.

¿Podráte hablar Mardoqueo?

ESTER.

Aparte puedes hablarme.

 

Retírense.

 

MARDOQUEO.

¡Sobrina!

ESTER.

¡Tío!

MARDOQUEO.

 Deseo

 

darte un aviso.

ESTER.

  Engañarme

 

pudo en tu voz el deseo;

 

más quisiera que dijeras

 

un abrazo que un aviso.

MARDOQUEO.

Ester, si sola estuvieras,

 

ni yo estuviera remiso,

 

ni tú de mi sangre huyeras;

 

soy tu padre, aunque tu tío.

ESTER.

Eres el amparo mío.

MARDOQUEO.

Al Rey quieren darle muerte.

ESTER.

¡Al Rey, tío! ¿De qué suerte?

MARDOQUEO.

Todo el remedio te fío;

 

a Bagatán y Tares,

 

porteros del Rey, lo ;

 

dilo al Rey, porque después

 

me premie el aviso a mí

 

y algún descanso me des.

ESTER.

¿Pues puédese averiguar?

MARDOQUEO.

Di que los miren el pecho.

ESTER.

El Rey me viene a buscar.

 

Vete, y vete satisfecho,

 

que Dios te quiere ensalzar.

 

Váyase MARDOQUEO.

Salen el REY, AMÁN, TARES, BAGATÁN y otros.

 

 

Señor mío...

ASUERO.

 Bella Ester,

 

ya deseaba saber

 

cómo te hallabas sin mí.

ESTER.

¿Cómo se ha de hallar sin ti

 

quien de ti recibe el ser?

 

Como están del sol ausentes

 

sin luz las cosas, estoy

 

en no teniendo presentes

 

esos ojos de quien soy,

 

si tanto bien me consientes;

 

y estoy como está la esclava

 

honrada de su señor,

 

a quien adora y alaba.

ASUERO.

Basta, que comienza amor

 

adonde otro amor acaba.

 

¡Oh, cuánto te debo, Ester!

ESTER.

Tanto, que envidia he tenido

 

de quien hoy me dio a entender...

 

mas llega un poco el oído.

AMÁN.

¡Secreto!¿Qué puede ser?

 

Mas de su amor hablarán,

 

que tan rendidos están,

 

que no descansan un punto.

ASUERO.

Por los que son te pregunto.

ESTER.

Son Tares y Bagatán.

ASUERO.

¡Tares!

TARES.

 ¡Señor!

ASUERO.

 Muestra el pecho.

TARES.

¿Para qué, señor?

ASUERO.

  Aparta.

TARES.

¡Cielos! Mi muerte sospecho.

ASUERO.

¿Qué carta es esta?

TARES.

No es carta,

 

ni escritura de provecho.

ASUERO.

Lee, Amán.

TARES.

Oye, señor.

ASUERO.

  No hay que oír.

ESTER.

 ¡Calla, traidor!

AMÁN.

La carta trata tu muerte.

ASUERO.

¿Cómo dice?

AMÁN.

Desta suerte.

BAGATÁN.

Helado estoy de temor.

 

Lea AMÁN.

 

 

«Ya estamos determinados de matar al rey,

Bagatán y yo, para el día que nos avisáis;

por eso estad apercibidos a nuestro amparo,

y a lo demás que sabéis. Guárdeos el cielo,

y a nuestra hazaña valerosa el suceso

que todos deseamos».

ASUERO.

¡Hay semejante traición?

 

Lleva estos hombres, Amán,

 

que me obliga la razón

 

a que mis manos...

AMÁN.

No harán;

 

que dellas indignos son.

 

Esclavos, viles, villanos,

 

¿en el Rey poner las manos?

 

¿Quién los cómplices han sido?

 

¿Cómo habéis enmudecido?

 

¡Por los cielos soberanos,

 

que os la pienso dar tan fuerte,

 

que quede al mundo memoria

 

de vuestra inaudita muerte!

TARES.

Envidia fue de tu gloria:

 

que fuiste la causa advierte.

AMÁN.

Caminad.

ASUERO.

¿Quién te contó

 

Vanse.

 

 

De aquestos el mal deseo?

ESTER.

Un hebreo me avisó.

ASUERO.

¿Y es su nombre?

ESTER.

  ¡Mardoqueo!

ASUERO.

Tengo por costumbre yo

 

escribir servicios tales

 

en mis historias y anales,

 

para darles galardón

 

en llegando la ocasión.

ESTER.

Beso tus manos reales;

 

que la merced que le hicieres,

 

estimo como las mías.

ASUERO.

¡Hola!

ADAMATA.

¡Señor!

ASUERO.

 Si escribieres

 

los servicios destos días,

 

tú que después los refieres,

 

pon que me dio Mardoqueo

 

vida, y con noble deseo

 

desta traición me libró.

ADAMATA.

Voy a escribirlo.

ASUERO.

Si yo

 

tan cuidadosa te veo

 

de mi vida y mi salud,

 

¿cómo, Ester, a tu virtud

 

no he de rendir cuanto soy?

ESTER.

Hasta que mueran estoy

 

con temerosa inquietud.

ASUERO.

Pues alto, mátenlos luego.

 

Entre AMÁN.

 

AMÁN.

Confiesan tantas maldades,

 

que es poco cuchillo y fuego.

ASUERO.

No hay cosa en que no me agrades.

ESTER.

Que mires por mí te ruego.

ASUERO.

¿Cómo?

ESTER.

 En mirar por tu vida.

ASUERO.

Ven a ver, Ester querida,

 

estas fuentes, donde hablemos

 

deste peligro.

 

Tómela de la mano y váyanse.

 

AMÁN.

¡Qué extremos!

 

Casi a envidiarlos convida;

 

pero con justa razón,

 

por su gracia y hermosura,

 

la tiene el Rey afición.

 

MARSANES y MARDOQUEO entren.

 

MARDOQUEO.

¡Qué temeraria locura!

MARSANES.

Poco estarán en prisión.

MARDOQUEO.

¿Que al Rey quisieron matar?

MARSANES.

Desto te puedo informar,

 

que lo demás no lo ;

 

aquí está Amán.

MARDOQUEO.

  Y yo en pie,

 

que no me pienso humillar.

MARSANES.

Mira que es notable error.

MARDOQUEO.

Solo al Supremo Señor

 

pongo la rodilla en tierra;

 

quien le da a los hombres, yerra:

 

solo es Dios digno de honor.

 

Váyase.

 

AMÁN.

¿Quién es el que sale allí?

MARSANES.

¿Aquel, señor? Un hebreo.

AMÁN.

¿Pues cómo se ha estado así?

MARSANES.

Porque tan libre le veo

 

siempre delante de ti.

AMÁN.

Parece que lo he notado

 

que en pie y cubierto se ha estado: