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Lope de Vega
La hermosa Ester

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  • Acto tercero
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Acto tercero

Hablan en el acto tercero

 

 

ASUERO

Rey.

AMÁN.

EGEO

Vicente.

MARDOQUEO

Toledo.

MARSANES

Antonia.

ZARES

La S.ª Ju.ª

ADAMATA.

TARSES.

ESTER.

DOS MÚSICOS.

REY ASUERO y gente.



ASUERO.

Toda la noche he pasado

 

sin dormir.

EGEO.

 ¡Extraña cosa!

 

¿Ha sido por calurosa,

 

o en razón de algún cuidado?

ASUERO.

Cuidado y desvelo ha sido

 

de materias diferentes,

 

que a la memoria presentes

 

no permitieron olvido.

EGEO.

Por eso al fin de sus leyes

 

un filósofo decía,

 

gran señor, que no sabía

 

cómo dormían los reyes;

 

es la imagen un pastor,

 

que de noche desvelado,

 

tiene más vivo el cuidado

 

y más despierto el favor.

ASUERO.

Dadme el libro y las historias

 

de los servicios anales.

EGEO.

Cuando a tus manos Rëales

 

lleguen, señor, sus memorias,

 

verás las obligaciones

 

en que te pone el gobierno.

ASUERO.

¡Oh cetro! ¡Oh cuidado eterno!

 

¡Oh bien con tantas pensiones!

 

Aunque en todos los estados

 

se paga censo al favor,

 

nadie le paga mayor

 

que quien le paga en cuidados;

 

y así es mayor nuestra pena,

 

y por justísima ley;

 

porque los que tiene un rey

 

exceden del mar la arena.

 

Saca el libro EGEO.

 

EGEO.

Aquí está el libro.

ASUERO.

Leed,

 

no solamente por gusto,

 

mas porque saber es justo

 

a quién se ha de hacer merced.

EGEO.

¿Por dónde mandas abrir?

ASUERO.

Por los últimos; es bien

 

para que premio les den

 

y se animen a servir.

 

Lea.

 

EGEO.

Memorial de los servicios

 

del mes Tebeth, en el año

 

séptimo del reino tuyo,

 

que dure por siglos largos:

 

Apelino, capitán,

 

venció los rebeldes Partos,

 

que se subieron al monte

 

con tantos robos y daños.

ASUERO.

¿Qué le dieron a Apelino?

EGEO.

Uno de los principados

 

de Persia.

ASUERO.

Adelante.

EGEO.

Celso

 

te presentó diez caballos,

 

los frenos de oro y de lobo

 

marino, y todos bordados

 

de rubíes y de perlas,

 

los paramentos persianos.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

 Un oficio

 

que pedía, porque hallaron

 

que era muy digno.

ASUERO.

Adelante.

EGEO.

Mas el médico Alejandro

 

te hizo sangrar a tiempo;

 

que, a opinión de muchos sabios,

 

tu salud, que guarde el cielo,

 

previno e graves daños.

ASUERO.

¿No le di un anillo de oro

 

con un diamante, y seis vasos

 

de mil piedras guarnecidos,

 

y dos ropas de brocado?

EGEO.

Sí, señor.

ASUERO.

Pues adelante.

EGEO.

¿Cómo te acuerdas?

ASUERO.

Reparo,

 

cuando doy poco, en que quedo

 

a quien lo doy obligado;

 

presto le haremos merced.

EGEO.

Mas te dio Lidio Teofrasto

 

un arbitrio para hacer,

 

sin daño de tus vasallos,

 

crecer las rentas de Persia.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

 No le han dado

 

hasta que surta el efecto

 

lo que él anda procurando.

ASUERO.

Pues di más.

EGEO.

Tirio, ingeniero,

 

hizo aquellos cuatro baños

 

para la salud.

ASUERO.

¿Pagóse?

EGEO.

Él dice que está pagado

 

con el provecho que dan.

ASUERO.

¿Pues de qué?

EGEO.

 De administrarlos.

ASUERO.

¿Qué más?

EGEO.

Presilo te trajo

 

un monstruo nacido en Tarso,

 

de dos niños en un cuerpo,

 

cuatro pies y cuatro manos.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

Otro monstruo

 

que te habían presentado

 

mandaste darle.

ASUERO.

 Y fue bien;

 

que monstruos con monstruos pago.

EGEO.

Albano te trajo un hombre,

 

tirador tan extremado,

 

que con una cerbatana

 

dos mil agujas tirando

 

a un garbanzo, las clavaba

 

todas en el que era el blanco.

ASUERO.

¿Qué mandé dar a ese hombre

 

por un ingenio tan raro?

EGEO.

Ochenta gruesas de agujas

 

y una hanega de garbanzos.

ASUERO

Su inútil habilidad

 

pagué, con dar que, tuviese

 

qué tirar por muchos años.

EGEO.

Tesenio, ilustre poeta.

 

te dio un libro intitulado

 

hazañas de tus mayores.

ASUERO.

¿Qué le di después de honrarlo?

EGEO.

Oficio de senador,

 

y los cuatro mil ducados

 

que tus coronistas gozan.

ASUERO.

¿Hay más?

EGEO.

Rufino Tebano,

 

mal pintor, te presentó

 

de tu rostro un mal retrato.

ASUERO.

¿Qué le mandé dar?

EGEO.

Hiciste

 

a otro pintor tan malo

 

que le retratase a él.

ASUERO.

Pagué agravio con agravio.

EGEO.

Este día Mardoqueo

 

descubrió, secreto y cauto,

 

la conjuración de Tares

 

y Bagatán.

ASUERO.

¿Qué le han dado?

EGEO.

Ninguna cosa, señor.

ASUERO.

¿Ninguna?

EGEO.

Yo no la hallo

 

en el libro, ni la .

ASUERO.

Pues ¿cómo a un hombre, y extraño,

 

que me libró de la muerte

 

y dio vida, he sido ingrato?

 

¿No ha pedido alguna cosa?

EGEO.

No, señor.

ASUERO.

¡Extraño caso!

 

¿Quién está afuera?

ADAMATA.

Está Amán.

ASUERO.

¿Amán?

ADAMATA.

Sí, señor.

ASUERO.

 Llamaldo.

ASUERO.

A su Dios, a su patria, a sus parientes

 

ofende el que es ingrato al beneficio:

 

de muchos vicios es bastante indicio

 

aunque en maldad parezcan diferentes;

 

es deshonra tomar entre las gentes,

 

y nunca dar, que es del ingrato oficio,

 

y solo con decir aqueste vicio,

 

responden los demás como presentes;

 

es de la yedra un natural retrato.

 

que al árbol que la tiene la desmedra

 

y sale deshojado de su trato,

 

y aunque engaña, amoroso como yedra,

 

jamás perdona agravio; que el ingrato,

 

el bien escribe en agua, el mal en piedra.

 

AMÁN entre.

 

AMÁN.

¿Qué manda tu majestad?

ASUERO.

¡Oh, Amán!

AMÁN.

Mi ventura ha sido

 

llamarme el Rey, si he tenido

 

segura su voluntad;

 

porque ya en la plaza queda

 

hecha de cuarenta codos,

 

para que la vean todos

 

y que los muros exceda,

 

la horca en que hoy ha de estar

 

el infame Mardoqueo:

 

pedir licencia deseo;

 

mas ya el Rey me quiere hablar.

ASUERO.

Amán, si un Rey desease

 

honrar un noble varón,

 

para dar satisfacción

 

del gusto con que le amase,

 

¿qué es lo que haría por él?

AMÁN.

Sin duda soy el que quiere

 

honrar el Rey, porque muere

 

por hacerme igual con él;

 

que ninguno si no yo

 

merece lo que él intenta,

 

¿qué dudas, alma contenta?

 

Mira cómo ayer te honró

 

en que hoy vengas a comer

 

con la reina y a su lado.

ASUERO.

¿Haslo pensado?

AMÁN.

He pensado

 

que si el Rey le quiere hacer

 

honra, le mande vestir

 

sus vestiduras reales,

 

piedras y joyas iguales,

 

y que le mande salir

 

con su cetro y su corona

 

a pasear la ciudad,

 

y por más autoridad,

 

acompañe su persona

 

un príncipe que el caballo

 

lleve de riendas, y que sea

 

del Rey también, porque vea

 

que iguala al Rey el vasallo;

 

este príncipe que digo,

 

dará en la plaza un pregón

 

en la mayor atención

 

del pueblo, al acto testigo,

 

diciendo: «con tal trofeo,

 

honra el Rey quien quiere honrar».

ASUERO.

Bien dices; parte a buscar

 

al hebreo Mardoqueo,

 

que del palacio a la puerta

 

hallarás pobre y echado,

 

y todo lo que has hablado

 

con la ejecución concierta;

 

vístele un vestido mío,

 

y con mi cetro y corona

 

acompaña su persona,

 

templando al caballo el brío

 

con llevarle de la rienda.

 

y da en la plaza el pregón

 

que dices, porque es razón

 

que así la ciudad lo entienda,

 

y guárdate que no dejes

 

de hacer cuanto aquí dijiste.

AMÁN.

Yo voy.

EGEO.

  ¡Qué envidioso y triste!

 

Vase AMÁN.

 

ASUERO.

Si faltares, no te quejes.

 

¿No viene, amigos, Ester,

 

sabiendo que la llamaba?

EGEO.

Ya la ocasión aguardaba

 

en que te pudiese ver,

 

mas díceme que hoy es justo

 

que su convite se haga,

 

para que en él satisfaga

 

humildemente a tu gusto,

 

que pues no se hizo ayer,

 

no es razón que pase de hoy.

ASUERO.

A darle contento voy,

 

hoy comeré con Ester;

 

que sabe su mismo Dios

 

cuál gracia en mis ojos tiene.

EGEO.

Tal Reina a tal Rey conviene.

 

¡Mil años viváis los dos!

 

Vanse y salen dos personas.

 

UNO.

De tan noble suceso

 

no se ha sabido la causa,

DOS.

Solo que las reales

 

ropas, y corona baja

 

Amán, y que a Mardoqueo,

 

aquel hebreo que estaba

 

a las puertas de Palacio,

 

a tal grandeza levanta,

 

que se las viste, y le ciñe

 

la real corona, y sacan

 

un caballo del rey mismo,

 

que a los del sol aventaja,

 

para que en él Mardoqueo

 

con los soldados de guarda,

 

y llevando Amán del freno

 

a pie, con grandeza tanta

 

le lleven y le paseen

 

por cuantas calles y plazas

 

tiene la corte de Persia.

UNO.

Tan gran novedad me espanta,

 

secretos son que los reyes

 

no comunican ni mandan

 

poner en ejecución.

DOS.

Que ya del real alcázar

 

sale este triunfo y lo dicen

 

las trompetas y las cajas.

 

Música de chirimías, y por un palenque entre grande acompañamiento, y detrás MARDOQUEO con cetro y corona en un caballo, y su palio; traerá al pie de la rienda AMÁN, y en parando en el teatro, dirá.

 

AMÁN.

¿Qué iguala a mi desventura?

 

¿Quién se vio como me veo

 

a los pies de Mardoqueo,

 

y él subido a tanta altura?

 

Que tal su bajeza es

 

y tan vil es su linaje,

 

que no hay lugar donde baje

 

después de estar a sus pies.

 

¡Oh soberbia a qué has traído,

 

mis altivos pensamientos

 

de cuyos atrevimientos

 

estaba el cielo ofendido!

 

¡Cuán mejor puedo decir,

 

soberbia, en este lugar,

 

que es comenzar a bajar

 

no tener más que subir!

 

¿En que tendré confianza,

 

o quien no se pierde en ella,

 

pues un caballo atropella

 

lo mejor de mi esperanza?

 

Como un peso habemos sido

 

este y yo, mas tan pesado

 

de mi parte, que he bajado

 

tanto como él ha subido.

 

En una horca pensé

 

subirle: mi afrenta callo,

 

pues subido en un caballo,

 

pone en mi cabeza el pie.

 

¡Cielos! ¿Quién hay que os entienda?

 

Él parece que me ahoga,

 

pues a quien buscaba soga

 

le voy llevando de rienda.

 

Y aun no en qué ha de parar

 

mi desventura importuna,

 

que no para la fortuna

 

cuando comienza a bajar.

 

Mas ¿qué temo si me veo

 

en la mayor humildad?

 

Que no hay más profundidad

 

que a los pies de Mardoqueo.

MARDOQUEO.

Mil gracias os doy, señor,

 

que esta vuestra humilde hechura

 

levantáis a tanta altura

 

y a tantos grados de honor.

 

Bien que no lo merezca:

 

indigno soy deste bien

 

y desta merced, por quien

 

de nuevo el alma os ofrezco.

 

Vos sois Dios, dais como Dios.

 

que cuando honráis es de modo

 

que conoce el mundo todo

 

la grandeza que hay en vos.

 

Bien puedo ahora cantar

 

fuera de este Egipto fiero,

 

que el caballo y caballero

 

habéis rendido en el mar.

 

Amán, otro Faraón

 

que vuestro pueblo quería

 

matar, porque no le hacía

 

tan injusta adoración,

 

de su caballo cayó

 

en el mar de su arrogancia,

 

donde la misma distancia

 

vuestro poder me subió.

 

Que es blasón que usáis desde antes

 

que ellos fuesen nuestros dueños,

 

levantar a los pequeños

 

y humillar los arrogantes.

 

¿Qué importa que contra vos

 

la soberbia venga armada,

 

pues luego sale la espada

 

que dice: «quién como Dios»?

AMÁN.

Comenzar quiero el pregón

 

de mi afrenta, y no exceder

 

su gusto, por no caer

 

en mayor indignación.

 

Ciudadanos, dad lugar

 

a este pobre caballero;

 

que así honra el rey Asuero

 

a los que pretende honrar.

 

La música, y vuélvanse por su palenque, y salgan ZARES, su mujer de AMÁN, y MARSANES.

 

ZARES.

Con mil imaginaciones

 

anda mi esposo estos días.

MARSANES.

Nacen sus melancolías

 

de pequeñas ocasiones;

 

pero como a la gran nave

 

que