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José Zorrilla
El caballo del rey Don Sancho

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ESCENA IV

EL REY y D. PEDRO SESÉ

 

REY Sesé, lee ese pergamino;

 en él están todas juntas

 las graves acusaciones

 que á ti y á la Reina imputan.

 Los testigos que lo afirman

 y el Príncipe que os denuncia,

 las han sellado y firmado.

 Ahora, si disculpa alguna

 tienes, dámela; de no,

 con madurez y mesura

 lo ha pesado de mis nobles

 y mis prelados la Junta,

 y os sentencia como infames

 á sufrir la pena última.

 

PEDRO Señor, no habrá en vuestros reinos

 quien con más valor la sufra;

 pero iremos al martirio,

 don Sancho, no á pena justa.

 

REY Pues bien, explícate, Pedro,

 líbrame ya de esta angustia:

 solos estamos aquí,

 solos; nadie nos escucha:

 por cuanto encierran sagrado

 cielos y tierra, si oculta

 hay en tu pecho una causa,

 una razón, una excusa

 que os justifique á mis ojos,

 por compasión, Sesé, búscala.

 

PEDRO Señor, desde que mis hombros

 pudieron con la armadura,

 hasta que el peso del casco

 me encalveció, la vez única

 es ésta en que habéis tenido

 en mi fe y en mi honra duda.

 Amigo me habéis llamado,

 señor, desde vuestra cuna;

 como amigo os he servido

 en vuestras varias fortunas.

 He cuidado vuestra casa,

 os he velado en la obscura

 soledad del campamento,

 y en las lides más sañudas

 he puesto el pecho mil veces

 ante las lanzas morunas

 para defender el vuestro:

 y ha cincuenta años, en suma,

 que las gotas de mi sangre

 se derraman una á una

 por vuestro honor y grandeza,

 por vuestra prez y ventura.

 Jamás intenté venderos,

 ni os han extraviado nunca

 mis consejos del camino

 de la virtud; y ahora juntas

 ¿creéis que al fin de una vida

 que tal lealtad ilustra,

 pude hacer tantas infamias,

 reo ser de tantas culpas?

 

REY ¡Oh, sí, sí! Cuando recuerdo

 los fuertes lazos que anudan

 nuestra amistad, la limpieza

 de tu honor, que no deslustra,

 ninguna mancha bastarda;

 cuando oigo la voz robusta

 con que en tu favor me grita

 mi corazón, se me anublan,

 Pedro, los ojos en lágrimas,

 y mi conciencia se turba

 al ver que os condenan pruebas

 que tú ni nadie recusa.

 Ante vuestro tribunal

 tuvisteis las lenguas mudas.

 ¿Por qué ¡vive Dios! por qué,

 si la inocencia os escuda,

 no os defendéis de las leyes

 que os abren infame tumba?

 

PEDRO Don Sancho, mil y mil veces

 os lo dije en oportunas

 ocasiones; vuestras leyes

 son incompletas y absurdas:

 con ellas el inocente

 sucumbe, el malvado triunfa,

 y los más atroces crímenes

 á su sombra se consuman.

 Acusa un vil á un sencillo,

 y con infernal astucia

 destruye todas las pruebas

 que han de obrar en contra suya.

 Sus delitos le atribuye,

 como vuestro hijo, lo jura;

 los jueces vense indecisos,

 y él, para borrar su duda,

 se ve joven y alentado,

 ve que aquel á quien acusa

 es viejo, ó mujer, ó débil,

 y con audacia segura

 dice: «Aquí estoy con mi lanza

 pronto á sostener mi injuria».

 La ley lo consiente, y siempre

 vence la fuerza y la astucia.

 Y ¡vive Dios, rey don Sancho,

 que á ser, cual era, robusta

 mi mano, yo con el Príncipe,

 empeñaría la lucha!

 Mas ¡ay, el cielo á los débiles

 contra los fuertes no ayuda!

 

REY Mas esa es la ley que rige,

 y ésa es fuerza que se cumpla.

 Sincérate, pues, ante ella,

 pues ante ella te denuncian.

 

PEDRO Rey don Sancho, si en vuestra alma

 no está escrita mi disculpa;

 si con vos no me defiende

 vuestra convicción, que acuda

 el verdugo; este es mi cuello;

 ni yo dar más excusa,

 ni á saberla la daría:

 sabéis mi honor y mi alcurnia.

 

REY Mas esas pruebas...

 

PEDRO                                Son falsas

 apariencias.

 

REY                   Pero abundan

 los testigos.

 

PEDRO                   Son comprados.

 

REY Te han hallado veces muchas

 en el cuarto de la Reina

 en altas horas nocturnas.

 

PEDRO Velado he por vuestros reinos

 con ella, y las damas suyas

 no faltaron de su cámara

 jamás.

 

REY           Hoy mismo, disputa

 escandalosa mantuvo

 contra el Príncipe, en su pública

 antesala, en favor tuyo.

 

PEDRO Era su causa la injusta,

 y yo cumplía las órdenes

 de mi Rey.

 

REY                 Con maña astuta

 te sorprendió tus secretos.

 

PEDRO Y yo sus tramas obscuras:

 supe que vuestro caballo

 era la señal oculta

 de una rebelión.

 

REY                         Dispuesta

 para sofocar la tuya,

 para guardar de vosotros

 mi corona.

 

PEDRO                 ¡Virgen pura!

 A partir, para obligaros,

 vuestra dignidad augusta,

 para obligaros en él

 á hacer su total renuncia.

 

REY De eso os acusa á vosotros,

 que viendo que su bravura

 os malograba el proyecto,

 hicisteis por mano oculta

 robar mi mismo caballo,

 que era su señal última.

 

PEDRO Ved lo que decís, don Sancho,

 que el robo no fué obra suya

 ni nuestra, fué de un tercero

 enviado vuestro.

 

REY                          ¡Impostura

 semejante! ¿Enviado mío?

 

PEDRO No puede en eso haber duda:

 trajo vuestra firma y sello.

 

REY ¡Mientes, traidor!

 

PEDRO                            Vuestra injusta

 intención veo, don Sancho,

 manifiesta.

 

REY                 Y yo la tuya,

 pues de tus mismos delitos

 aun a mí propio me culpas.

 

PEDRO ¿Negáis vuestra firma y sello?

 Basta, señor, que se ofusca

 vuestra razón, y olvidando

 vuestro decoro, me insulta

 vuestro labio; y si creéislo

 como el labio lo pronuncia,

 sois fiscal que me acrimina,

 no juez que recto me juzga.

 Vuestro hijo os codició el reino

 con ambiciosa locura,

 y yo el reino os defendía

 con voluntad absoluta.

 Si á mí sus faltas me cargan

 y mi lealtad me usurpan,

 y escucháis vos las palabras

 de los que así me calumnian,

 yo os juro, Rey, por el Dios

 que se sienta en las alturas,

 que me sirven de vergüenza

 las heridas que me cruzan

 el pecho, que por ti expuse

 con lealtad bien estúpida.

 

REY Con esas mismas palabras

 protesta quien os acusa.

 

PEDRO Pues miente como un villano.

 

REY Es mi sangre.

 

PEDRO                     La que nunca

 mereció ver en pro suyo

 mi espada leal desnuda.

 

REY ¡Traidor!

 

PEDRO               El no haberlo sido

 es el pesar que me abruma

 hoy, que hacia mí, sin razón,

 vuestra voluntad se muda.

 

REY ¿Sin razón? ¡Viven los cielos!

 Y ¿en cuál tu inocencia fundas,

 si á nada me has respondido,

 ni hay un testigo que arguya

 en tu favor, cuando en contra

 testimonios se acumulan?

 

PEDRO Entonces, ¿en qué se para

 vuestra majestad sañuda?

 Pues que os estorbo en la tierra,

 abridme la sepultura.

 De mí para deshaceros

 no os andéis buscando arbitrios,

 decid: Me importa que muera,

 y haced que laley se cumpla.

 

REY Basta, que esa pertinacia

 con que mi poder insultas

 y mi venganza provocas,

 mi clemencia sobrepuja.

 Veo la diestra falacia

 con que evitas mis preguntas

 y las cuestiones complicas

 con falsedades absurdas;

 veo que me niegas todas

 mis reconvenciones justas,

 esquivándote de todas

 por no resolver ninguna.

 Y en ese afán despechado

 con que mi coraje azuzas,

 veo que, al verte perdido,

 la muerte con ansia buscas.

 

PEDRO Sí, rey don Sancho, la busco,

 que á mi dolor más se ajusta,

 que tu ingratitud odiosa,

 la más deshonrada tumba.

 

REY Y la tendrás.

 

PEDRO                    Pronto sea;

 su obscuridad no me asusta,

 que es pabellón de reposo

 (...) na conciencia pura.

(Sale Melendo.)

 ¡Hola! Volvedle á su encierro.

(Melendo cierra.)

 

REY Pues defenderse rehusan,

 que el cielo se lo demande

 y sus destinos se cumplan.




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