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Manuel José Quintana
Pelayo

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Escena IV

PELAYO, LEANDRO, ISMAEL, GUARDIAS. - DICHOS.

LEANDRO.

  ¿Qué intentas?

 

¿Por qué así a tu presencia nos arrastran?

 

¿Por qué se ha hollado el respetable asilo

 

De la hospitalidad, sin que las canas

 

De un desarmado anciano librar puedan

 

Su inocente mansión de vuestras armas?

MUNUZA.

En todos tiempos, en cualquiera sitio,

 

Al que os venció en el campo, y ahora os manda,

 

Debéis razón de vuestros pasos todos.

 

¿Quiénes sois? ¿Dónde vais?

LEANDRO.

     Es nuestra patria

 

Gijón; mi padre el lastimado viejo

 

Que hoy sin respeto tu violencia ultraja,

 

Este guerrero, en mis desgracias todas

 

Amigo fiel, me alivia y me acompaña.

 

Sin fuerza a quebrantar nuestra coyunda,

 

Sin paciencia bastante a tolerarla,

 

Venir y saludar nuestros hogares

 

Y huir por siempre de la triste España

 

Ha sido nuestro intento.

MUNUZA.

    Alma cobarde,

 

No encubras la verdad en tus palabras.

 

Di presto a qué vinisteis.

PELAYO.

    Si lo sabes,

 

¿Para qué lo preguntas? Si en tu alma

 

Ya las sospechas sin cesar te gritan

 

La suerte que mereces, ¿a qué aguardas?

 

Junta a la usurpación la tiranía,

 

Y ahuyente tu temor nuestra desgracia.

MUNUZA.

Mal el orgullo que tu lengua anima,

 

Y esa arrogante ostentación de audacia

 

Con la bajeza infame y alevosa

 

De tus acciones pérfidas se hermana.

 

Rebelde vil y miserable espía

 

Viniste a sorprender mi confianza,

 

Mi esposa a acongojar, y de este pueblo

 

A alterar la obediencia a mí jurada.

 

Pelayo, que os envía, no os defiende

 

Del peligro mortal que os amenaza;

 

Y si aún negáis lo que saber deseo,

 

La muerte y los tormentos os lo arrancan.

 

¿Dónde está ese insensato? Respondedme:

 

¿Cuáles son sus intentos y esperanzas?

PELAYO.

Quizá si lo supieses temblarías;

 

Mas tú, arrogante musulmán, te engañas

 

Cuando, en la fuerza y el poder fiando,

 

Piensas que todo a tu querer se allana.

 

No cuanto sabe ansiar logra un tirano

 

Talar los campos, demoler las casas,

 

Inundarlas en sangre, esto le es fácil;

 

Mas degradar por miedo nuestras almas,

 

Mas mover nuestro labio a tu albedrío,

 

Bárbaro, a tanto tu poder no alcanza.

AUDALLA.

No así oscurezcas tu esplendor supremo

 

Dando ocasión a su arrogancia vana:

 

Jamás así se explica la inocencia,

 

Y ya culpables son, pues que te ultrajan.

 

Mueran, y sirvan de escarmiento a todos.

MUNUZA.

Caerán, pero no solos; también caigan

 

Los nobles de Gijón, Téudis, Fruela,

 

Alfonso, Atanagildo...

PELAYO.

 De mi audacia,

 

De mi silencio cómplices no han sido:

 

Respétalos, tirano.

MUNUZA.

Sin tardanza

 

Vuela, Ismael, y encadenados todos

 

Vengan a mi presencia en este alcázar.

(Sale ISMAEL.)

 

Pelayo allá donde, se esconde tiemble,

 

Viendo así fenecer sus esperanzas,

 

Y aguarde con terror la suerte que ellos.




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