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P. J. Rovira, CMF
La pobreza evangélica

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3) No olvidemos que el significado de nuestra pobreza no es ante todo socio-económico, sino teológico.

 

Vayamos de inmediato al significado más auténtico, a la raíz de nuestra pobreza. Y, a este respecto, ¡no empobrezcamos la pobreza reduciéndola a una cuestión de dinero! Naturalmente que los dineros tienen que ver en esto; pero eso porque tengo que ver yo, y la realidad económica y un aspecto de mi vida. Mas la pobreza revelada por Cristo y en Cristo es algo mucho más profundo. Si, al hablar de la realidad humana de la pobreza, descubríamos ya que tiene un horizonte mucho más vasto y rico, a mayor abundamiento cuando nos adentramos en su significado evangélico.

 

            Y, efectivamente, uno de los mayores méritos de la ExhortaciónVita Consecrata” ha sido precisamente el de llevarnos desde una visión economicista y, en el fondo, materialista de la pobreza religiosa, a aquella verdaderamente suya que es la raíz cristológico-trinitaria. Si es en Cristo, es decir, en el Verbo Encarnado donde debemos encontrar el significado del misterio de nuestra vida, aquello a lo que nos ha llamado el Padre, de donde venimos, en donde estamos y hacia donde vamos ..., es obvio que lo es también el significado de la VC y cada uno de sus elementos; en este caso, la pobreza.

 

            En una síntesis de veras lograda y sintética, la Exhortación nos habla, pues, del significado cristológico-trinitario, profético, eclesial y apostólico de la pobreza cristiana del religioso. Me limito a recordar los textos más significativos, dejándoos a vosotros la profundización que llamaré inclusomística”. Después nos detendremos en algunos de sus aspectos prácticos y consecuencias.

 

            La pobreza evangélicadice la Exhortación – es una forma clara y concreta de vivir y proclamar que:

 

Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que ‘siendo rico, se hizo pobre’ (2 Co 8,9; cf. Flp 2,5-11), es expresión de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es don que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo y en su muerte redentora (de nuevo, el aspecto cristológico)” (VC 21c; cf. 22b).

 

De este modo, el religioso:

 

imitando la pobreza de Cristo (aspecto cristológico), lo confiesa (aspecto apostólico-profético) como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17,7.10)” (VC 16c).

 

            Si no llegamos a descubrir esta base y a enraizarnos en ella, estamos aún fuera del Evangelio; no hemos comprendido nada de nuestra vida (¡y sucede!, visto que en nuestra cultura tendemos a entender y juzgar las cosas desde su punto de vista externo, empírico, material). Entonces, de aquí es de donde brota el significado también exterior, apostólico, testimonial y profético de nuestra pobreza. En efecto, ante una sociedad en la que hay:

 

“un materialismo ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza (el problema ecológico)” (VC 89a),

 

nuestra pobreza se presenta como un carisma de sencillez, desapego, solidaridad y fraternidad con todos, comenzando por los más necesitados, “la predilección por los pobres y la promoción de la justicia” (VC 82). Un carisma que nos impele a tener amor incluso preferencial – no exclusivo – por los pobres (VC 82, 90). De hecho, el pobre se convierte en el primero – no el único -, después de Aquél que es el verdadero Primero y el Único: Dios. Y todo esto, dice además la Exhortación, el religioso lo vive con:

 

sobreabundancia de gratitud y de amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la confusión de lo efímero” (VC 105a).

 

Un carisma  que exige ser vivido como Jesús lo vivió (aspecto cristológico): en humildad, sencillez, solidaridad y hospitalidad, superando toda forma de explotación, aburguesamiento y consumismo.

 

            Pero, dicho esto, vamos a ver más concretamente qué ha significado en Cristo y, en consecuencia, qué debe significar también en nosotros. En fin, en el punto cuarto, sacaremos algunas consecuencias prácticas.

 

 

a.         El significado de nuestra pobreza hemos de verlo en el contexto de la pobreza cristiana en general; y ésta no es más que representación, prolongación y complemento en la historia de la pobreza de Cristo (cf. Col 1,24) 11.

 

            Ahora bien, como ya hemos hecho notar anteriormente, cuando pensamos en la pobreza de Cristo tendemos a quedarnos simplemente en algo externo, superficial. Pero, en Jesús, las manifestaciones externas de algo – en este caso, de pobrezatienen, sí, un valor, pero relativo; o sea, en cuanto expresiones de una realidad interior. Como en cada uno de nosotros. Así, por ejemplo, cuando leemos que “no tenía dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; cf. Lc 9,58), se habla de algo externo; pero el significado y la raíz de su pobreza hay que buscarlo en algo más íntimo y profundo. Y, efectivamente, la razón y el significado de su pobreza lo encontramos explicado en algunos textos de Pablo:

 

            “Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Co 8,9; cf. 5,21; VC 21c).

 

Afirmación descrita largamente en el himno cristológico de la carta a los Filipenses:

 

“Entre vosotros tened la misma actitud de Jesucristo: Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,5-8).

 

La pobreza fundamental de Cristo, que está en la base de todas las eventuales manifestaciones externas, es este anonadamiento, vaciamiento (ekénosen), despojo, empobrecimiento; en una palabra, la Encarnación; la katábasis, como decían los Padres griegos: el abajamiento; el Verbo (lógos, siendo rico) se hizo carne (sarx, se hizo pobre) (cf. Jn 1,14); el Hijo se hizo Jesús de Nazaret. El Padre cerró su tesoro (el Hijo) en la  vasija de arcilla de nuestra fragilidad humana (cf. 2 Co 4,7); en la carne tierna del niño de Belén, en la palabra humana del predicador a quien no todos entenderán, en el cuerpo desgarrado del crucificado en el Calvario, en el Cristo resucitado y glorificado, pero que conserva aún y para siempre los signos de los clavos y la herida del costado (cf. Jn 20-25-29).

 

            Efectivamente, esta pobreza fundamental consiste en la renuncia voluntaria, por amor al Padre y a los hombres hechos hermanos suyos de carne, a la precedente situación divina y a sus prerrogativas: haberse hecho como nosotros, y, por tanto, “pobre”, limitado, sometido a la realidad creatural humana, “en una condición como la nuestra pecadora” (Rm 8,3), “hecho un poco inferior a los ángeles” (Hb 2,9), “parecido en todo a sus hermanos” (Hb 2,17), “probado en todo igual que nosotros, excluido el pecado” (Hb 4,15) 12. Lo cual significa: sometido a la pobreza del dolor físico, de la falta de bienes, a tener que crecer y aprender humanamente (Lc 2,40.52), a la pasión y muerte; sometido a la pobreza del dolor psíquico de la incomprensión, de no lograr hacerse entender y aceptar, de la tergiversación (Lc 11,15; Jn 6,15), de la calumnia, del insulto ... Pobreza que significa renuncia a sus propios poderes divinos a su favor, como se manifiesta en las tentaciones (Mt 4,3.6.9), en Getsemaní (Mt 26,53-54), delante de Caifás (Mt 26,63-64) y de Pilato (Jn 18,37), en la cruz (Mt 27,42-43); ¡una provocación constante a hacer uso, a su favor, de los poderes divinos a los que había renunciado! Y sin rodeos, muerto ya, cuando no puede ya defenderse, es privado de la razón por la que había vivido, e inculpado de lo que había rehusado siempre (Jn 6,15), o sea, el motivo político: “Pilato mandó también escribir un letrero y ponerlo en la cruz; decía: JESÚS NAZARENO, EL REY DE LOS JUDÍOS” (Jn 19,19). Querían destruirlo y humillarlo completamente y para siempre, privándole también de la posibilidad de reivindicar su causa. Pero el Padre le dará la razón resucitándolo.

 

            En síntesis: detrás de las manifestaciones externas de pobreza, aparece su pobreza de fondo: se ha hecho como nosotros para hacernos como Él (cf. 2 Co 8,9). Y la explicación de este empobrecimiento (la Encarnación) es su obediencia al Padre (Hb 10,7; Jn 4,34; 5,30; Flp 2,8; Rm 5,19; Hb 5,8). Finalmente, obediencia que no es esclavitud u opresión, sino libre expresión de su amor incondicional al Padre, que le lleva a vivir en una actitud de amor incondicional a los hombres sus hermanos, haciéndose solidario con ellos hasta la muerte (Jn 3,16; 15,9.12-14; 17,21-23; Mc 10,45; Flp 2,5-8): “Nadie me quita mi vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,17-18). Partiendo, pues, de la realidad externa visible hasta la razón más profunda, vemos que el proceso es: la pobreza exterior como consecuencia (efecto) de la interior (la Encarnación), la cual es consecuencia de su obediencia al Padre, la cual es consecuencia de su amor al Padre en la vida intratrinitaria:

 

“... de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente. Es don que brota en la creación y se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo y en su muerte redentora” (VC 21c).

 

Aquí está la razón/significado primera y última, fundante, de la pobreza de Cristo y, por tanto, de la de sus discípulos. El misterio trinitario y el misterio de la salvación son un misterio de “pobreza”, o sea, de donación total de sí, por amor, al Otro.

 

            De este modo, Cristo se convierte en el pobre por excelencia: nadie ha vivido cuanto Él ha vivido y, por consiguiente, no ha renunciado tanto cuanto Él. Se da del todo, por amor y libremente (Jn 10,17-18); vive en una actitud de total disponibilidad a cuanto quiera de Él el Padre, despegado de todo y de todos (pobreza), comenzando por el desapego de su familia natural (celibato), a favor de la misión recibida (obediencia) (Lc 2,49; Mt 12,49-50). Y en la cruz vivió el momento culminante de esta pobreza, reaccionando con la mayor radicalidad del pobre bíblico: sin bienes (pobreza material), sin dignidad ni derechos reconocidos (pobreza social y política), oprimido por el poder político (Pilato, el ocupante) y – algo que era infinitamente más dramático para un hebreo – por el poder religioso (¡el Sanedrín, el Sumo Sacerdote, la autoridad político-religiosa reconocida por Él ...!); inclusopobre” del Padre, sintiéndolo ahora lejano, Él que poco antes había dicho que, aunque todos lo abandonaran, Él no se quedaba solo porque el Padre estaba con Él (Jn 8,29; 16,32) ... Y en esta situación de pobreza, desarraigo y soledad total, reacciona con un grito que es, al mismo tiempo, de angustia (pues es humano) y de confianza en el Padre a pesar de todo, el grito de quien se ha convertido en pobre total, de quien se ha quedado sin poder alguno y sin seguridad ninguna, fuera de aquel Dios lejano:

 

            “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Sal 22).

 

¡También Tú! Sea como sea:

 

            “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46; Sal 31,6).

 

Y muere así (cf. VC 23). Parece el fracaso total; y, en cambio, es el comienzo de todo. Ahora la palabra pasa al Padre, y el Padre responderá pronto: ¡resucitándolo!

 

            Esta disponibilidad total para el Padre hasta la cruz (Flp 2,5-11) lo había llevado durante la vida pública a vivir cercano y desapegado, al mismo tiempo, para encontrarse libre para la misión, movido por el amor al Padre y a los hermanos: No evita el contacto con nadie (Jn 6,37); y, en efecto, a lo largo del Evangelio encontramos en torno a Jesús a toda clase de personas. Pero al mismo tiempo se mantiene libre de los bienes, de los parientes, de la política, de la Ley, de los grupos de poder ... Su pobreza exterior no será más que una consecuencia inevitable, aunque no buscada por ella misma: Él no se preocupa de ser un asceta al estilo griego; al contrario, será acusado por algunos discípulos del Bautista de no ser suficientemente austero (Mt 9,14; 11,18-19), aunque vivió en una situación de escasez de bienes y de humana inseguridad, sin familia propia (Mt 19,10-12), rehusado por aquella en la que había nacido y crecido (Mt 12,46-50), expulsado por sus compaisanos de Nazaret (Lc 4,16-30), sin bienes propios (Mt 8,20), huésped en casa de un discípulo, Pedro (Lc 4,31-41; Mc 2,1), huésped de los amigos de Betania (Lc 10,38-42), ayudado económicamente por algunas mujeres pudientes (Lc 8,1-3), sepultado en una tumba prestada (Jn 19,28; Mc 16,1; Lc 23,56) ... En resumen, su pobreza exterior no es fin en sí misma (¡no estamos entre los dualistas griegos!), sino expresión espontánea, consecuente, libre, del amor al Padre y a los hermanos, hasta dar la vida por ellos (Mc 10,45; Jn 10,17-18; 15,13). Su pobreza no es, ante todo, una “renuncia a”, sino una “elección a favor de”, por amor, con todas las consecuencias, incluida la eventualidad de la muerte en cruz.

 

 

b.         Llegados a este punto, ¿cuál es, entonces, el significado de la pobreza evangélica en nosotros? No podrá dejar de ser, de algún modo, como la de Cristo. Podemos  resumir su significado en tres afirmaciones, cada una consecuencia de la otra:

 

            1) Ante todo, la pobreza es una realidad interna, una actitud y una vivencia interior (cf. Mt 5,3), fruto y consecuencia de la fe. Concretamente, se parte de la acogida de Dios en Cristo como centro y móvil de nuestra propia vida, es decir, la primacía de Dios sobre todo y sobre todos. Y, como consecuencia, la entrega total a Dios en Cristo, como el Único necesario. Dicho de otro modorecordemos los textos citados hace un momento -, una vida de pobreza que:

 

“... manifiesta que Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que ‘siendo rico, se hizo pobre’ (2 Co 8,9), es expresión de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se hacen recíprocamente” (VC 21c).

 

De esta forma, la VC:

 

“... imitando su pobreza (la de Cristo), lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10)” (VC 16c),

 

y comparte “el deseo explícito de una total conformación con Él” (VC 18c).

 

            Como decíamos anteriormente, la dimensión cristológico-trinitaria es la verdadera raízcristiana” de la pobreza. Para nosotros, Dios/Cristo es el único bien verdaderamente necesario (cf. Sal 15; Lc 10,42; VC 21c). Todo lo demás sigue siendo válido y “amable”; pero, afectiva y efectivamente, viene después; no sólo los bienes, sino también las personas y aun la propia vida: aquí está el por qué todo cristiano debe introducir en el presupuesto de su vida nada menos que el martirio (cf. LG 42b, VC 86). ¡Éste es el “corazón de pobre” de todo discípulo, la pobreza pedida a todos!

 

            El religioso lo vivirá de una forma peculiar suya, según las características de su vocación; pero, en realidad, está viviendo un elemento común a todos los cristianos. Su austeridad de vida, la coparticipación comunitaria de los bienes, etc., no serán más que proclamar esta primacía de Dios y esta disponibilidad hacia los hermanos que son típicas de toda vida cristiana.

 

            2) En segundo lugar, la pobreza evangélica es disponibilidad a favor del Reino. No es más que la consecuencia de cuanto acabamos de decir. Y la actitud práctica de servicio, así como la pobreza exterior, no serán más que consecuencias de aquella actitud interior de libertad y disponibilidad hacia Dios y hacia los hermanos, como Cristo. Efectivamente, a imitación de Él (cf. Flp 2,7), el religioso se despoja, se vacía de sí mismo, se desapega de todo (persona: familia-celibato; bienes: pobreza material; y autonomía: obediencia) con el objetivo de quedar abierto y disponible para Dios y los hermanos. A este respecto, pone a disposición ante todo su propia persona (el bien más grande que tiene); se da sin reservas, se hace todo a todos (1 Co 9,19-23). Así se convierte en representación visible, en la historia, de la donación total de Cristo al Padre y a los hermanos. Pobreza, pues, como donación, como vida de caridad, y no como gusto del vacío, como desprecio de alguien o de algo, o como simple ascetismo. La ascesis será, sin duda, necesaria; pero como ayuda indispensable para superar el egoísmo propio y favorecer la comunión. En efecto, como decía Pablo:

 

“Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo (pobreza material, como hacían algunos filósofos griegos), ya puedo dejarme quemar vivo (la muerte cruenta), que si no tengo amor de nada me sirve” (1 Co 13,3).

 

Dirá después San Agustín: “Martyres non facit poena, sed causa13. La fe cristiana no es un misterio de renuncia o de ascetismo, ni de dolor; sino de amor y comunión (1 Jn 1,3), porque así es Dios (1 Jn 4,8,16), así se ha manifestado (Jn 3,16s) y así nos ha santificado (Rm 5,5).

 

            De esta forma, la vida del religioso está llamada a convertirse en un estado de disponibilidad universal e incondicional, de servicio, solidaridad, sencillez, sobreabundante gratuidad (cf. VC 104-105), agilidad, desinstalación permanente, según las características de cada carisma. Se convierte en un hermano/hermana especialmente solidario, libre, sencillo y disponible. El “profesional” de la disponibilidad y de la coparticipación, el “experto en comunión” (cf. RPU 24, RD 5, VC 46a). En efecto, pone a disposición de Dios y de los hermanos (obediencia) su persona, su vida (¡la única que tiene!), su amor (celibato), sus cosas (pobreza exterior), sus buenas cualidades, su tiempo. Para él/ella toda forma de individualismo, de repliegue en sí mismo, de egoísmo, de cerrazón, de negación de la palabra o de la relación humana, de falta de colaboración, de pereza, de pura comodidad, etc., son, todas, faltas contra la pobreza evangélica, porque significa que ¡no da, no comparte, algo que podría dar! Ahí está la razón de por qué la pobreza evangélica implica también, ¡obviamente!, la realidad económica; pero compromete mucho más que la cartera: ¡la vida, la persona toda entera!

 

            3) Lo hemos dicho ya, pero vamos a repetirlo: la pobreza significa coparticipación de bienes. Recordemos que el ideal de la comunidad de Jerusalén, paradigma de pobreza cristiana, no fue la falta de bienes, sino la coparticipación de lo que había (cf. Hch 2,42-47; 4,32; 5,16). Efectivamente, para el cristiano los bienes no son un mal, sino un bien que hay que compartir, un medio para vivir y expresar la comunión.

 

            En el religioso, esto significará un doble tipo de coparticipación y un doble tipo de bienes: 1) una coparticipación dentro del grupo o comunidad, entre sus miembros, o sea, la vida fraterna (VFC 44e-h) y hacia el exterior, es decir, la misión apostólica (VFC 59); 2) y dos tipos de bienes: los materiales y humanos, y los espirituales. Cada uno da lo que puede dar, acoge al otro tal cual es, y está dispuesto a recibir. La vida fraterna y la misión específica no son, pues, más que manifestaciones de la pobreza evangélica.

 

            Además, en cuanto a la pobreza exterior, ésta se hace secundaria e inevitable, al mismo tiempo. Secundaria, porque lo importante es la pobreza interior; inevitable, porque el hombre es una realidad única y, por tanto, la sencillez de vida y la austeridad se convierten en una ayuda imprescindible para hacer posible y creíble la pobreza interior. Ésa es la razón de que, a pesar de su secundariedad, es ésa la piedra de toque (¡lo demuestra la historia!) de la pobreza interior y teológica. Cuando se es pobre, no puede dejar de reflejarse en todo aquello que se tiene. Si bien, en lo tocante a los aspectos más externos y materiales, habrá que tener presente:

1.      El momento histórico en que se vive.

2.      El lugar o sociedad en que nos encontramos.

3.      Y el carisma y misión que hay que llevar a término.

Lo que puede ser austero en una época, en un lugar o según un carisma, puede no serlo en otro o para otro. La fidelidad creativa a las propias raíces vocacionales (cf. VC 36-37) y la atención vigilante y crítica a los signos de los tiempos (cf. VC 87-92) nos dirán cómo hay que entenderlo y vivirlo.

 




11 Es de notar que en el Nuevo Testamento más de 500 versículos (1/16 del total) hablan directamente del tema de la pobreza, sin contar las referencias indirectas. De hecho, Jesús habló más de riqueza y pobreza que de cualquier otro tema, incluido cielo e infierno, moral sexual, la ley o la violencia (cf. B. FIAND, Living the Vision, NY 1991, 52). Y, en lo que se refiere a la Exhortación VC, ya hemos dicho antes que 38 veces encontramos en ella la expresiónconsejos evangélicos”, 41 son referencias a la obediencia, 50 al celibato, y ¡76 a la pobreza!



12 Leer el estupendo texto conciliar, citado después también por el Catecismo: “En Cristo, la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida (...). El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (cf. Hb 4,15)” (GS 22; CCC 470).

    No era un fantasma, ni siquiera después de la resurrección, como nos testimoniará un médico, Lucas (cf. Col 4,14): los discípulos “se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma. Él les dijo: ‘¿Por qué estáis asustados? ¿Por qué os vienen esas dudas? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme, mirad, un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo’. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como todavía no acababan de creer de pura alegría y no salían de su asombro, les dijo: ‘¿Tenéis ahí algo de comer?’ Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo cogió y comió delante de ellos” (Lc 24,37-43). Si era corpóreo en verdad, no fantasmagórico, después de la glorificación, tanto más anteriormenteestando todavía con vosotros” (v. 44).



13 SAN AGUSTÍN, Enarr. in Psal. 34, 13.






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