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Emilia Pardo Bazán
El cisne de Vilamorta

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XXII -

Y en efecto, la había oído toda, todita, desde la primer palabra hasta la última. Y las frases del diálogo conyugal daban vueltas en su magín, rodando, entrelazándose, destacándose en letras rojas, impresas en su memoria virgen. Las repasaba, las comentaba interiormente, las pesaba, hacía deducciones...

 

Nadie acertará a decir cuál es el momento crítico que divide la noche del día, el sueño de la vigilia, la juventud de la madurez y la inocencia del conocimiento. ¿Quién es capaz de fijar el instante en que el niño, convirtiéndose en adolescente, nota en sí ese algo inexplicable que acaso pueda llamarse conciencia sexual; en que el vago presentimiento se trueca en rápida intuición; en que, sin tener noción precisa de las realidades concretas del vivir, adivina todo lo que más tarde le ha de confirmar y puntualizar la experiencia; en que entiende la importancia de una indicación, la trascendencia de un acto, el carácter de una relación, el valor de una mirada o el sentido de una reticencia? ¿El minuto en que sus ojos, abiertos solamente a la vida exterior, adquieren facultades para escudriñar también la interior, y perdiendo su brillo superficial, el claro reflejo de su pureza candorosa, toman la concentrada e indefinible expresión que constituye una mirada de persona grande?

 

Llegó para Victorina ese minuto a los once años, aquella noche, sorprendiendo un diálogo entre su padre y su madre. Inmóvil, sujetando la respiración, con los piececillos fríos y la cabeza ardorosa y congestionada, la niña escuchó, y después, en la dudosa penumbra de la alcoba, ató algunos cabos sueltos, recordó pormenores, y comprendió al fin, sin darse mucha cuenta de lo que comprendía, pero discurriendo con precocidad singular, debida acaso a la dolorosa viveza con que la fantasía trabajaba en el silencio nocturno y en la quietud del lecho...

 

Es lo cierto que la niña pasó mala noche, dando vueltas en su monástica y breve camita. Dos ideas, sobre todo, se le iban introduciendo y le barrenaban la cabeza a manera de clavos. Su papá estaba muy enfermo, muy enfermo, y además muy disgustado y quejoso porque Segundo se había enamorado de su mamá... De su mamá. ¡De ella no! ¡Ella, que guardaba todas las flores de Segundo como reliquias!

 

Las penas de la infancia no conocen límite ni consuelo. Cuando se tienen más años y se han corrido más tormentas y se ha visto con asombro que el hombre puede sobrevivir a ciertos pesares y que la bóveda del firmamento no se hunde cuando perdemos lo que amábamos, entonces casi no existe la desesperación absoluta, patrimonio de la primera edad. Para Victorina era evidente que su papá se moría y que su mamá era muy mala... y Segundo un bribón... y que se acababa el mundo... y que ella también, también se quería morir. Si a los once años de edad fuese posible volverse el pelo blanco, Victorina se cubriría de canas durante la noche en que el sufrimiento la hizo, de niña, mujer, y de criatura indecisa, tímida, ruborosa, persona moral, resuelta al mayor heroísmo.

 

Tampoco Nieves gozó mucho los blandos favores del sueño. Las palabras de su marido la dejaron meditabunda. ¿Sería mortal la enfermedad de don Victoriano? ¡Tal vez sí! Estaba muy desmejorado el pobre... Y Nieves experimentaba un comienzo de pena y reconcomio: señor, ¿quién duda que ella quería a su esposo y temía su muerte? No sentiría por él un amor grande, de los que las novelas pintan... ¡bah!... pero cariño, sí... ¡Ojalá que el mal fuese leve! ¿Y si no lo era?... ¿Y si se quedase vi...? Ni aun mentalmente se atrevía a concluir la palabreja... Pensar en eso, parece ya alimentar malos deseos... No, pero el caso es que las mujeres, en efecto, al morírseles sus maridos, suelen quedarse vi... ¡María Santísima! Debía ser una gran desgracia... Bien; ¿y si sucedía? Segundo... ¡Jesús, qué desatino! De fijo que a él no se le había pasado por la cabeza semejante absurdo... Los Garcías, unos nadies... Y aquí volvía Nieves a repasar la parentela, el modo de vivir de Segundo...

 

De buena gana haría novillos a la cita del día siguiente, por que su marido andaba receloso, y era comprometido el lance, aunque en el lugar designado para la entrevista siempre se podría achacar a casualidad el encuentro... Y por otra parte, si faltaba, aquel Segundo tan apasionado sería muy capaz de dar un escándalo, de ir a buscarla a su cuarto, de entrar por la ventana.

 

Bien pensado, juzgó más prudente asistir, y rogar a Segundo... que... que la olvidase... que por lo menos, no la comprometiese... Era lo mejor.

 

Pasó Nieves la mañana en un estado de quebrantamiento tan grande, que apenas comió; y, durante la comida, no miró ni una sola vez a Segundo, temerosa de que su marido observase y sorprendiese entre ellos alguna furtiva señal de inteligencia. Para mayor desgracia, Segundo, deseoso de recordarla con los ojos su promesa, la miró aquel día más que de costumbre: afortunadamente, don Victoriano parecía distraído por su apetito desordenado de comer y beber. Acabada la comida, se retiraron todos, como siempre, a descabezar la siesta. Nieves tomó el camino de su cuarto. Encontró en él a Victorina, tendida sobre la cama. Por precaución, la hizo preguntas.

 

 -  ¿Vas a dormir la siesta, monina?

 

 -  A dormir, no... Pero estoy a gusto así...

 

Mirose Nieves al espejo, y se vio descolorida. Se lavó los dientes, y después de cerciorarse con una rápida ojeada de que también reposaba su marido en el cuarto inmediato, se deslizó hasta el salón a paso ligerísimo... Temblaba. Aquella atmósfera de tempestades y peligros, grata para el ave marina, era mortal para el lindo pájaro doméstico. No era vivir estar siempre así, escalofriada de terror y con la sangre cuajada por el susto. ¡No era vivir, ni respirar!... Acabaría por volverse loca: ¿pues no creía sentir pasos, como si alguien la siguiese? Dos o tres veces se paró, reclinándose desfallecida en las paredes del corredor, prometiéndose a sí misma que no la cogerían en otra.

 

Al entrar en el salón, se detuvo sobrecogida. ¡Estaba tan silencioso y soñoliento, medio a oscuras, con las maderas casi cerradas  - que sólo permitían el paso a un rayo de sol en que danzaban áureas partículas de polvo - , con sus espejos narcotizados que tenían pereza de reflejar algo en sus turbias lunas, con la modorra del asmático reloj, cuya esfera parecía un rostro humano que la espiaba y tosía desaprobándola!... De pronto sintió pisadas veloces, juveniles; y Segundo, audaz, enloquecido, vino a caer a sus plantas, con los brazos enlazados en torno de su cuerpo... Ella quería contenerle, avisarle, explicarle... No se lo consintió el poeta, que pronunciaba tiernas exclamaciones de gratitud y de pasión, y, ya en pie, la levantaba del suelo, con el irresistible impulso amoroso que no calcula los actos.

 

Don Victoriano, al ver entrar en su aposento a la niña, blanca como la cera, casi lívida, despidiendo fuego por los ojos, en una de esas actitudes de horror que ni se fingen ni se imitan, saltó de la cama donde, despierto, fumaba un puro... La niña le decía con voz ahogada:

 

 -  ¡Ven, papá!... ¡Ven, papá!

 

¿Qué pasaría por la mente del padre? Jamás se supo el porqué siguió a la niña, sin dirigirla ni una leve pregunta. En el umbral del salón, detúvose el grupo... Nieves exhaló un chillido altisonante, y Segundo, con hermoso arranque varonil y apasionado, la escudó con su cuerpo... Defensa innecesaria ya. La figura de hombre detenida en la puerta no amenazaba: lo que de ella infundía miedo, era cabalmente su actitud de estupor y anonadamiento: parecía un cadáver, un espectro abrumado de desesperación impotente. El rostro, más que amarillo, verde; los ojos abiertos, nublosos y fijos; las manos y rodillas trémulas... Aquel hombre hacía vanos esfuerzos para hablar; la parálisis empezaba por la lengua: inútilmente intentaba revolverla en la boca, formando sonidos... ¡Lucha horrible! Pugnaba la frase por salir de los labios, y no salía: la faz, de lívida, pasaba a roja, congestionándose, y la niña, abrazando la cintura de su padre, viendo aquel combate de la inteligencia con los órganos, gritaba:

 

 -  ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Se muere papá!

 

Nieves, sin osar acercarse a su marido, pero comprendiendo que en efecto algo grave le sucedía, chilló también pidiendo socorro. Y fueron apareciendo por las puertas Primo Genday en mangas de camisa, Méndez con un pañuelo de algodón atado sujetando las orejas, Tropiezo con los pantalones a medio abrochar...

 

Segundo, silencioso, quieto en mitad de la sala, no sabía qué hacer de su persona: el irse, era desairado; el quedarse... Tropiezo le sacudió:

 

 -  Anda, chico, volando a Vilamorta... Dile a Doroteo el del coche que salga a Orense y traiga un médico de allá, el de más nombre... ¡Yo no quiero este tropieciño!  - indicó guiñando un ojo - . Corre, disponte.

 

El Cisne se acercó a Nieves, que derrumbada en el sofá, lloraba, con su fino pañuelo apoyado sobre la boca.

 

 -  Me mandan a buscar un médico, Nieves. ¿Qué hago?

 

 -  ¡Vaya usted!

 

 -  ¿Vuelvo?

 

 -  No... déjeme usted por Dios... ¡Que venga, que venga el médico!  - Y sollozó más fuerte.

 

* * *

 

Por pronto que anduvo, hasta la madrugada del día siguiente no llegó el facultativo a las Vides. Opinó que el caso no era extraordinario: la diabetes suele terminar así, con parálisis seguida de derrame seroso: una de las complicaciones más frecuentes en tan temible enfermedad... Añadió que era conveniente trasladar a Orense al enfermo, con precauciones. La traslación se hizo sin grandes dificultades, y don Victoriano aún vivió unos días. A las veinticuatro horas de su entierro, Nieves y Victorina, rigurosamente enlutadas, salieron para la corte.




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