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| Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo La peregrinación sabia IntraText CT - Texto |
En aquel tiempo, tan charlatán y bachiller, del mal agestado filósofo Esopo, cuando gozaban todos los animales, peces y aves el privilegio de papagayos, urracas y tordos, pues todos hablaban, entrando a la parte con ellos árboles y piedras; en aquel siglo en que andaba la elocuencia tan barata que parecía que cualquier zorra se había convertido en Demóstenes o que Demóstenes se había convertido en zorra, y de lo segundo me admirara menos, pues yo he visto elocuencia tan furiosa, horrible y turbulenta que más parecía bacanal espíritu que inspiración y aliento del venerable Apolo; en aquella edad en que fuera ocioso el arte que enseña a hablar a los mudos, y aun en ésta presente lo es tanto que reverenciáramos más al que nos diera doctrina para enmudecer a la verbosidad molesta de tanto hablador importuno y confiado; en este tiempo, pues, habitaban en aquellos campos eternamente verdes de la nobilísima ciudad de Córdoba dos zorros, macho y hembra, que, siendo casados, tuvieron un hijo, cuyo nacimiento causó la muerte de su madre, siendo una misma hora para él origen y para ella ocaso.
Lágrimas mentidas lloraba el zorro viudo, mentira cristalina y transparente y por esto menos culpable, por ser tan claras como el agua de quien ellas procedían, y fingiendo estar indispuesto de la pena que había recibido, se acostó luego en la cama, consiguiendo con esto dos utilidades: la primera, acreditar su sentimiento, y la segunda, excusarse de ir acompañando el entierro, arrastrado del mismo capuz que había de llevar arrastrando. Las ventanas del aposento tenía cerradas, por poderse reír sin nota de los desvaríos que le decían los que le daban los pésames, que también hay necedades fúnebres, porque la muerte no es poderosa para defenderse de los injustos hipérboles de la mal presumida ignorancia, que, entremetida en todo, dice en las exequias lo que fuera más conveniente para las bodas, y en las bodas, lo que fuera más a propósito para las exequias. Este modo de enviudar, poltrón y pacífico, se ha imitado, bastantemente en nuestros tiempos en España; pero la verdad es que la invención es antigua, y su inventor este venerable zorro cuya historia escribo, para que con esta advertencia se entienda que ya todos los poderosos enviudan a lo zorro, y que aquellas demostraciones funerales son zorrerías artificiosas y no sentimientos verdaderos, y por esto permitimos que a los viudos de esta edad se les pueda decir «zorra aquí» como a los borrachos.
Volvamos al infante zorrillo; éste, después de haberse criado a los pechos de una zorra ama de alquiler, salió el más travieso de ingenio de todos los de su casta, gran artífice de los embustes, tan fullero en las mentiras, tan simulado en sus intentos, que los zorrazos antiguos le llamaban gloria de su nación y temían que no había de lograrse la prevención de sabiduría tan zorrera; ya le señalaban lugar entre los magistrados, y querían que aun tan pequeñuelo se llamase padre de aquella república socarrona y astuta, porque, a lo que he sabido de sus historias, entre los zorros no hay rey soberano, y se gobiernan por ciertas cabezas ancianas, que son fuente de todo el veneno político que corre insolente y desatado con injuria de las monarquías justas de otros animales a quien intentan igualarse con industrias y cautelas todo aquello que se reconocen inferiores en virtudes y fuerzas.
El zorrazo padre, viendo el natural del hijuelo, no se acomodó a la sentencia de los demás, antes le pareció prudente que, para acabarse de perfeccionar, convenía que peregrinase el mundo, en cuya universal escuela, siendo discípulo de todos, se hiciese docto en todo, porque aprendiendo de éstos lo que ignoran aquéllos y de aquéllos lo que a éstos se les esconde, uniese en sí lo que en tantos estaba dividido y quedase singular y único. Esta grande imaginación, a ninguno revelada, la ejecutó luego con gran secreto y partió con el rapacillo zorrista de noche, porque aquellas sombras, imágenes de sus ideas oscuras y cautelosas, le ayudasen obligadas de la semejanza; así excusó que le embarazasen la jornada, o el precepto del Senado o el ruego de los deudos y amigos, que no tiene menor imperio, con que pareció la suya más fuga que jornada; y él se alegraba mucho, porque, como verdadero zorro - en quien la maldad es blasón y la malicia ejecutoria - , quería hacer todas sus cosas de suerte que, ya que no fuesen delito, oliesen a ello, por deleitarse con la apariencia de la maldad y gozarse en el fingimiento.
Después de haber andado algunas leguas de su viaje, se apareció en el teatro azul del cielo, muy descompuesta con las grandes carcajadas que daba de risa, la flamenca Aurora, diciéndole a la noche oscura graciosísimos chistes, notándola de ladrona, fugitiva y cobarde, de quien ella huía, tropezando con tanta torpeza, que venía a ser para los circunstantes pajarillos un entremés tan gustoso y entretenido, que los obligaba a un dulce y no confuso aplauso, formado de la varia armonía de sus canoras voces.
Con su luz se descubrieron dos gatazos corpulentos y hermosos, porque su piel, varia en las colores, los hacía lucidos y arrogantes. Saludáronse los unos a los otros, dándose con las palabras lo que más lejos estaban de su deseo, y viendo que todos caminaban a un paraje hicieron compañía, y todos llevaban sus fines: los zorros pensaban comer a costa de los gatos, y los gatos, entretenerse con la conversación de los zorros. Estos supieron de aquéllos que eran ministros de justicia y que llevaban comisión para castigar a unos ratoncillos, ladrones viles que hacían mucho daño en la despensa de un gran personaje, y el despensero, parcial con los gatos en todas sus obras, les había pedido favor y ayuda como quien se valla de los suyos; acriminaban mucho el delito los gatos, y reprendían la naturaleza aleve de los ratoncillos acechadores. Llegaron a la despensa algo tarde y, aunque de noche, los recibió el pariente despensero con mucho amor y cortesía, así a ellos como a sus compañeros, porque también con los zorros tenía afinidad muy cercana y se desvanecía mucho con este parentesco. Velaron toda la noche los gatos e hicieron espantosas justicias en los descuidados ratoncillos, pasándolos a todos a los filos de sus dientes sangrientos, habiéndoles dado primero mucha bofetada gatuna, pasándolos con las uñas de parte a parte, muriendo éstos a puñaladas de uña gatesca.
Esta justicia duró algunos días, y todos ellos les dió a comer el despensero, con mucho regalo y abundancia, de lo más sazonado y costoso de su despensa, hasta que ellos y los zorros, sus aliados, determinaron de irse, jurándole por el rayo de Júpiter que aquella casa quedaba limpia de ladrones, siendo su juramento falso, porque para ser así como ellos afirmaban no había de quedar él en ella. Apenas se fueron los huéspedes cuando el despensero se puso a hacer cuenta de la costa que con ellos había tenido, y hallando que le habían hecho de gasto en un día mucho más que los ratones pudieran en toda la vida, quedó suspenso, y arrojando el tintero y la pluma estuvo tan desesperado, que si hallara a mano un saúco fuera la segunda parte de Judas en la muerte como lo era también en la vida: arrancóse la barba, y fuera justo que no repitieran en él su nacimiento porque no se viera en rostro tan vil aquella parte con que más se honran y autorizan los hombres modestos y virtuosos; finalmente, juró no traer más gatazos pesquisidores a su casa, hallando por menor incomodidad que aquellos ratoncillos menguados le royesen el pan y el queso, que desperdiciar con prodigalidad necia con los ministros de la justicia los jamones y las perdices.
Volvamos, pues, a nuestros caminantes, que después de haber volado todo el día sobre la posta del miedo, que es la más veloz caballería de todas cuantas hoy se conocen, sobre la posta del miedo digo, porque los perros de un cazador que estaba en un monte con gusto de su dueño, los habían venido mordiendo las colas y ladrándoles las espaldas, pareciéndoles a los fugitivos aquellos ladridos horribles clamores que daban por su muerte, y tanto más cuanto que los repetía el eco, porque como el miedo no les daba lugar a volver los ojos, creían que aquella repetición procedía de haberse aumentado los perros. De este susto los libró la noche, gran padrina de los malhechores, que vino soñolienta, ceñuda y algo borrascosa; brillaron relámpagos, disparó la artillería de algunos truenos, y cuando se temía que se desatarían del cielo grandes golfos de agua, no cayeron más que unas gotas grandes y divididas, con que se retiró el nublado, pequeño fin para tan grande aparato de escándalos y horrores.
La luna, muy amiga de gastar moneda de vellón, salió después de tanta tempestad con sólo un cuarto de luz, poco aceite para candil tan grande, pero al fin socorrió bastantemente a nuestros sobresaltados fugitivos, que, con su ayuda, llegaron a una aldea de aquellas bien pobladas del Andalucía, que en otras provincias tuvieran título de populosas ciudades.
Entraron sin ser sentidos en la casa de un labrador rico, y por miedo de los gatos caseros se recogieron a la caballeriza, y debajo de los pesebres hicieron su albergue; pero apenas aquella rústica familia, cansada del largo afán del precedente día, se había dejado atar las dulces lazadas del sueño y del vino, cuando aquellos exploradores de cocinas y despensas salieron a recorrer la casa, los pasos mudos y la vista atenta; después de haberse cansado vieron en un aposento unos garabatos bien proveídos de tocino, pero en tantos grados de altura que pusieran desconfianza a otros menos corpulentos y animosos.
La dificultad de la empresa les encendió el coraje, y pareciéndoles que del conseguilla se les habían de seguir honra y provecho, saltó el más animoso y corpulento sobre un grande arcaz, y desde allí se arrojó a los garabatos, con tal brío, que clavando las uñas en un pernil y dejándose colgar de él con todo el peso de su cuerpo, que era muy grande, con facilidad le trujo al suelo, y acudiendo el compañero al socorro le llevaron arrastrando hasta la caballeriza, tanto porque había bien con que partir con sus compañeros los zorros, como para asegurar el riesgo a que se ponían si se entregaban en la presa en la misma parte donde se había cometido el delito.
El zorrazo viejo, viéndolos tan embarazados, vistiéndose de su hipócrita naturaleza y simulando sus intentos, que se dirigían a más escandaloso daño, afectó severidad en el semblante, y ejercitando la lengua cavilosa, con acedas y ásperas sentencias les reprendió la atrocidad del robo:
- Oh Júpiter, Júpiter - exclamaba - . ¿Así pagan éstos el hospedaje que han recibido debajo de estos inocentes techos? ¿Tan presto olvidaron el amago de la tempestad pasada, donde si no se templara su ira, quedáramos al golpe de tu rayo justiciero y divino hechos cenizas todos? ¿Fué menor el peligro de los perros venatorios, de cuyos dientes pudiéramos haber sido despojo miserable y escarmiento justo? ¿Llevólos la luz de solo un día a dos peligros tan miserables y apenas los ampara la sombra de la noche cuando hacen la tercera de sus maldades y traiciones? ¡Las horas que habían de gastar en darte gracias por los beneficios recibidos, las infaman y entorpecen, renovando su depravada naturaleza con el aumento de nuevas culpas! ¡No permitas que sea yo cómplice de sus torpezas, no lo permitas, oh gran padre de los dioses, no lo permitas, que mientras ellos ensuciaren sus manos por dar satisfacción a sus malvados vientres yo aparto mis ojos de la maldad y me voy a buscar mi mayor provecho!
Apenas dijo, cuando, llevándose consigo al hijuelo, los dejó algo confusos y tristes, mas no tanto que luego no se cebasen bastantemente en aquella carne golosa, tan aborrecida hoy de los secuaces de aquel que siendo embustero se fingió profeta.
Volvámonos al zorro y a su hijo, cuya hipócrita malicia no podré bastantemente significarla ni aun con la misma narración del hecho, porque todos los colores de la retórica son mudos y su elocuencia inhábil para tan grande empresa. Estos, pues, como tuviesen bien espiado el lugar donde dormían las miserables gallinas, las acometieron de repente, hicieron en ellas tan lastimosa carnicería que apenas dejaron vida sino a las que se valieron de los pies y las alas; murió la mayor parte de aquella tan noble cuanto descuidada compañía, tan útil para el consuelo y regalo de los hombres, sin defensa, sin amparo, todas mujeres y dormidas todas, que hace la traición más cruel y sangrienta. ¡Tal es la costumbre de los hipócritas, tal la de los tiranos, que reprenden las culpas de sus vecinos, y con la capa de aquella fingida simulación acometen otras mayores y más insolentes!
Llenaron los vientres de manera que fué mucho que pudiesen volver al lugar donde habían dejado a los compañeros, a quien dieron a entender que habían gastado todo aquel tiempo en contemplar la estrella de Júpiter, y pedirle con muchas lágrimas les perdonase el grave pecado que habían cometido en el hurto que hicieron del pernil en la misma casa donde habían tenido hospedaje y acogimiento.
Había corrido ya la noche la mejor parte de sus horas, y porque faltaban pocas para el nacimiento del día trataron de darlas al sueño, que le gozaron los gatos apacible y sabroso, lo que no sucedió a los zorros, por haber comido tan destempladamente, que la mucha repleción los tuvo inquietos y desacomodados; tanto por esto como por el miedo de que se descubriese su maldad, avisaron a los compañeros, que, como tenían también culpa de quien recelar el castigo, salieron de la posada una hora antes del amanecer.
Caminaban los gatos alentados y briosos como aquellos que habían comido para rehacer las fuerzas y no para oprimirlas; mas los zorros, con la gran pesadumbre de lo mucho que habían tragado, apenas podían dar un paso, y decían con malvada astucia que desmayados por haber tanto tiempo que no habían comido, se iban cayendo de hambre sin poderse tener en pie, y añadían - porque los gatos les miraban a las barrigas repletas y no sin alguna malicia - que como habían salido tan ayunos y tan de mañana se les había entrado el frío, y así iban hinchados con la mucha ventosidad, pero que todo lo padecían con buen ánimo por no hacer ninguna cosa con ofensa de la razón y justicia que, aunque parece que viene con pies de plomo, al fin llega la hora en que los malos tienen su debida pena.
Tales eran los discursos del zorrazo astuto, cuando el cazador que habían encontrado el día precedente, que era natural de aquel mismo pueblo, con cuyos perros se vieron en tan evidente peligro, volvía a su ejercicio saliendo por la misma parte por donde iban los caminantes infelices; apenas vieron los gatos a los perros, cuando se valieron de la fuga como aquellos que iban libres de todo impedimento; el zorrazo padre, en quien prevalecía una astucia ingeniosa, ya que no podía valerse de los pies, acudió al sagrado de la elocuencia y, sin perder el ánimo, con semblante risueño, dijo a los perros estas emperradas lisonjas, al tiempo que intentaban acometelle:
- ¡Oh, canes generosos, que por vuestra virtud grande tiene Júpiter vuestras imágenes resplandecientes en el cielo, donde os hizo aposento en la casa del mismo sol para que resplandecieseis en su competencia y para que estando en el nobilísimo signo del León, se conozca, que si él es el rey de los animales vosotros sois los caballeros de la llave dorada, que le comunicáis siempre haciéndole eterna y agradable existencia! ¡Oh, vosotros, fieles compañeros del hombre y - si es verdad que la caza es imagen de la guerra - la mayor parte de sus victorias y triunfos! Sabed que aquellos sucios gatos, eternos huéspedes de cocinas y chimeneas, que hacen cama del carbón negro y del hollín tiznado, tan sucios, tan torpes, que buscan su manjar en los ratones inmundos y venenosos, sabed, sabed que diciéndolos yo que no huyesen sino que se humillasen, porque vosotros sois tan nobles que a los que se rinden y piden misericordia perdonáis con mansedumbre y clemencia, respondieron - ¡oh grande insolencia, oh grande maldad! - , respondieron que vosotros erais unos perros rabiosos, sin razón, sin ley, y que entre su linaje y el vuestro había puesto Júpiter natural enemistad y odió, y que porque no era justo ni conveniente a su honra que se dijese que se valían de nosotros para venceros, pues sólo uno de ellos bastaba para combatirse cuerpo a cuerpo con toda la perruna canalla, os esperaban dos a dos detrás de aquel montecillo, donde os harían conocer mal de vuestro grado cuánto excede la gatesca virtud a la emperrada insolencia, y que si no fueseis dentro del termino de una hora - que éste os señalaban por último plazo - , os tendrían por cobardes y mandrias, y así lo publicarían por todo el orbe.
Los perros, que eran muy leídos en el libro del duelo de las bestias - sólo digno de ellas y bien ajeno de los hombres de razón y cristianos - , se encendieron en una generosa cólera y apretaron su carrera tras los gatos, que habiendo visto que no los seguían caminaban ya con pasos espaciosos, causa de que los alcanzasen presto y que, sin que prevenirse pudiesen, los cogiesen de las orejas y les diesen una gentil tunda, tal y tan buena, que a no llegar el cazador, su amo, que andaba en su busca, porque cuando se fueron a encontrar con los zorros no los vio apartar de sí, aquel fuera el último de sus miserables días. Los zorrazos malvados, que desde lejos habían visto el miserable suceso de los gatos, se deleitaban con ánimo perverso en la miseria de los infelices, y abrazando el padre al hijuelo le decía:
- Hijo, abre los ojos del ingenio y aprende de mi industria y artificio, que valen más que la fuerza y aun muchas veces - tal es el mundo - más que la razón y la justicia; por eso te he traído a peregrinar por varias tierras, para que así la experiencia de tus peligros como la de los ajenos te hagan escarmentado y sabio.
Así le hacía discípulo de sus maldades y le introducía en la herencia de sus depravadas costumbres.
Con esto empezaron a caminar poco a poco hacia el lugar donde estaban los dolientes gatos, y aunque la distancia no era mucha, llegaron con la repleción tan cansados que les fué forzoso sentarse junto a los enfermos, a quien les dieron a entender que era su caridad tanta, que por ningún caso los desampararían hasta que estuviesen buenos para proseguir su camino, siendo la verdad que ellos estaban tan hinchados que habían menester muchas horas de quietud y ocio. Mientras más crecían en los gatos simples las gracias, más se aumentaban los engaños en ellos, porque les afirmaban que por los ruegos y oraciones que habían hecho a Júpiter, cuando los perros ejecutaban en ellos su sangrienta ira, los había librado milagrosamente de aquel peligro mortal en que se vieron tan perdidos.
- Bien justo castigo - decían - por haber sido tan impíos ladrones que aun no se libró de sus robos la misma casa donde fueron hospedados.
¡Oh maldad sobre todas las maldades, quererles dar a entender que los habían librado del mismo peligro en que los habían puesto, mudar la injuria en beneficio y querer agradecimiento por lo que merecían pena! As! mentían insolentes, cuando los gatos, vencidos del cansancio, se rindieron al sueño, dichosa ocasión para los zorros, porque, ayudados de la naturaleza, se hallaban con necesidad de aflojar los vientres y no se atrevían a hacerlo en presencia de sus compañeros por excusar la sospecha evidente, pues era fuerza que de la cantidad de la evacuación se juzgase el exceso de la comida. Buscaron, pues, un lugar escondido, y habiéndose descargado de mucha parte de aquel peso que los molestaba, se volvieron adonde estaban los heridos, y ya más sosegados y quietos les hicieron compañía en el sueño. Durmieron con tanta quietud como si a nadie tuvieran ofendido ni injuriado, hasta que aquel dios tan infeliz en amores - aquel cuya dama quiso más ser tronco que verse celebrada de sus musas, y estimó en más la humedad de las corrientes que el calor generoso de sus rayos - se despeñaba al mar, quizá desesperado de este mal suceso, que el despeñarse por su voluntad propia es delirio muy antiguo en los desesperados.
Estaban ya todos buenos, los zorros, porque con la evacuación y el sueño habían aliviado las barrigas, y los gatos, porque como tienen siete vidas, con pequeña cura se restauran; pero por consejo de los socarrones zorros les pareció no caminar hasta que fuese bien de noche y aquel cazador estuviese recogido, por excusar tercera vez el encuentro de los perros. Por este parecer cuerdo se estuvieron recogidos hasta que aquel planeta del rastro mostró sus cuernos, que salió - como algunos autores de libros quieren a los lectores - cándido y pío; aparecióse risueña aquella casta Diana, que en mi opinión más tiene de buscona que de doncella, pues estándose recogida en casa todo el día, empieza su jornada a la hora de los murciélagos y se pasea toda la noche, de cuya mala escuela debieron de salir las doncellas andantes de los libros de caballerías, que, peregrinando todo el mundo, nos quieren dar a entender que se conservan vírgenes.
Caminaban todos con mucho esfuerzo, pero los gatos retaban a los perros de alevosos y traidores, tanto porque les acometieron por las espaldas como porque decían que se habían atrevido en confianza del cazador, su amo, a quien el gatazo mayor, lleno de fanfarrias y desvaríos, decía que aún no lo temiera si viniera sin escopeta y con espada sola, pero que como traía boca de fuego no se quería poner a palabras con quien las tiene tan calientes que mata con ellas. Llamábase éste el Hércules de los gatos, y loco de su furor juraba que el más cobarde de los animales era el hombre, porque, aunque conocía ser verdad que acometía a los más fieros y muchas veces los vencía, era siempre valiéndose de la industria y arte y trayendo armas muy superiores, y algunas tales, que para su golpe no se sabía resistencia.
Contábales de sí grandes fábulas y mentiras que el zorrazo socarrón, fingiéndose muy sencillo mostraba creerlas haciendo grandes admiraciones con el semblante y con las palabras, esperando mejor ocasión en que desatar la risa y correr toda la cortina al gracejo, que le vino presto a las manos, porque como al amanecer, después de haber pasado por puente un río caudaloso, viesen en un molino unos ratones filisteos, tan bien dispuestos y gentiles que en fortaleza de miembros y altura no eran inferiores a los gatos, y advirtiese el zorrazo que se saludaban los unos a los otros, risueños, sin hacerse daño, preguntó la razón por qué allí no se mostraban ministros de justicia y castigaban a unos ladrones tan insolentes que se atrevían a reírse con ellos cara a cara, como si fueran compadres y tuvieran igual naturaleza; a lo cual el Hércules de los gatos, encogiendo los hombros y erizando las cejas, respondió muy suspenso:
- Amigo mío, estos son unos ratones bandoleros, que criándose en estos molinos muy fuertes por la abundancia que tienen de sustento, andan en cuadrilla, y son tan animosos, que muchas veces nos acometen y tratan muy mal, y así es gran cordura excusar ocasiones donde el provecho está dudoso y el daño manifiesto.
- ¡Ah, pesia mí, señor Hércules de los gatos - dijo el zorro viejo dándose una palmada en la frente - y qué de valentía ha desflemado vuestra merced esta noche ofreciéndole nosotros tan baratos los oídos! ¿Es posible que quien acometiera aquel cazador si viniera sin escopeta aunque desnudara la espada, tiene miedo a unos ratones que las más viles sabandijas de la tierra? ¿Por qué similitud con Hércules le dieron a vuestra merced su nombre? Porque si el otro mataba a palos los más valientes leones y vuestra merced a los ratones tiene miedo, pregunto: ¿en qué pueden parecerse? ¡Señor Hércules gato, múdese vuestra merced el nombre, porque lo demás es querer darnos una muy gentil gatada! Andábase Hércules ahogando ladrones, como da buen testimonio la muerte de Caco, y siendo vuestra merced el Caco de los gatos se llama Hércules! Ahora, señor, llámese por hacernos merced a todos Caco, que no faltará Hércules que le ahogue. Mas ¿dónde voy despeñándome con donaires tan sutiles cuando la justísima razón me enciende la cólera y me pone la boca tan amarga que es fuerza que las razones que salieran de ella sean de la misma calidad? No os diré nada que no lo haya tocado con la experiencia y que vosotros no me lo hayáis dicho con vuestras mismas obras. La fuerza de vuestra justicia, ¡oh gran maldad!, sólo se extiende a los pequeñuelos, a los humildes, a los desarmados, de modo que vuestra justicia sólo es una apariencia y sombra de esta virtud, que cuando más la ejecutáis más la ofendéis. Esto os he dicho, no por enojo que tenga con vosotros, que antes confieso estaros obligado, y así recibidlo en agradecimiento del beneficio que de vosotros tengo recibido; quisiera pagaros con otro mayor, que es el del buen consejo, pero vosotros, como obstinados en la culpa, burláis de esta doctrina y sois despreciadores de la verdad; y así, porque es más cierto que el malo pervierta al bueno que no el bueno corrija al malo desde aquí, sin dar más paso, me pienso apartar de vuestra escandalosa compañía, manchada de horrores y obstinada en culpas.
Así dijo, y volviendo las espaldas dejó a los compañeros, no muy desconsolados, porque ya se ofendían de llevar consigo a un predicador tan sospechoso.
Apenas los perdió de vista, cuando se volvió con su hijuelo a un soto de conejos, de cuya carne inocente quería hacer abundante plato a su malvada gula, pero, por no perder el crédito que él pensaba tenía de inocente y justo, quiso acometer aquella traición sin testigos. Este fué el fin de su retiro y no el que publicaban sus hipócritas y cautelosas razones; mas luego que puso los pies en la patria de aquellos animalejos cobardes, lugar abierto y sin defensa, descubrió una tan valiente como bien pintada culebra, y volviéndose a su hijuelo le habló deteniendo el paso con alguna turbación y recelo:
- Hijo, con este animal que ves no podemos ganar mucho, porque es tan sabio que es el sastre de sí mismo. ¿Ves la lozanía y variedad de colores de aquella hermosísima piel?; pues cada año se la viste nueva, sin estar sujeto a las injurias de los mercaderes que miden mal, ni a la de los sastres que roban de aquello que ya va robado con ir mal medido. La ropería de estos prudentes animales son dos piedras muy estrechas, por donde entrando y saliendo, no sin grande violencia, dejan la piel antigua y a poco tiempo se hallan como los árboles con el nuevo y florido traje. Por esta causa ganaron en el tribunal de Júpiter un privilegio muy honrado, que los hombres le han escrito entre los adagios ilustres y doctos, a quien celebran con más alta veneración; dicen, pues, cuando quieren significar la grande sabiduría de un hombre: «Sabe más que las culebras»; y no andan pródigos en esta alabanza, por ser tanta su prudencia que para defenderse de las violentas palabras de los encantadores infieles se cubren los oídos. Bien es verdad que los animales de nuestro linaje, en fraguar astucias, no sólo ceden a los de otro género, pero a ninguno confiesan igualdad; pero como esta culebra es muy grande y soberbia, si conociese de nuestras razones el engaño que en ellas le pretendemos esconder, sería hacer con nuestra sangre plato a su voracidad y tiranía; mas ya que aquí no pueden valernos la fuerza ni la industria, será nuestro padrino la ingeniosa cautela; fuerza es reconocer que este es aleve término, pero los de nuestra casta siempre hemos seguido estos pasos y nunca sabremos imitar otras mejores veredas. ¿Podremos sufrir que ésta se dé un hartazgo de los gazapillos tiernos de este florido soto, y que cuando más nos cerque la hambre más nos defienda el remedió este cruel enemigo con su torpe gula? No es justo, no es razonable.
Así dijo, y viéndola entrar en un vivar grande de conejos reconoció atentamente las señas, y volviendo las espaldas, caminó al lugar más vecino que de allí estaba bien cerca, y entrándose por él, dijo con altas y lastimosas, voces:
- ¡Nobles y descuidados vecinos de este honrado pueblo, acudid armados con toda diligencia a defender vuestro soto, que una culebra grande y espantosa os le destruye! ¡Venid y no seáis perezosos si no es que deseáis ser pobres!
A esta voz salió gran cuadrilla de gente pardal, pardos y no de la casta, villanos en castellano corriente, unos con palos fuertes que remataban en redondas porras, otros con chuzos afeados del moho, y los rapaces con sus armas pueriles: guijarros y piedras voladoras, que siendo de su naturaleza pesadas y torpes el brazo que las tira las presta veloces alas.
- ¿Adónde, adónde? - decían, y daban prisa encendidos de cólera bárbara y rústica.
Mas el zorrazo astuto dijo que primero le habían de jurar por Júpiter que su persona y la de su hijo serían libres de toda injuria. Aseguráronle con todo juramento, y él empezó a caminar delante con animosa malicia hasta que los puso a la boca del vivar donde la culebra tragadora hacía sangriento estrago, y luego, con socarronería elegante, produjo estas razones, tan bien pensadas cuanto traidoras y aleves:
- Generosos caballeros y nobles ciudadanos... - aquí los rústicos se dejaron vencer de la lisonja, con saber que ni su pueblo era ciudad ni ellos caballeros, y la entregaron con alegre semblante apacibles oídos, y él prosiguió animoso - : Sabed que la industria ha conseguido innumerables y gloriosas victorias, y que para ella cría Júpiter los imperiales laureles más que para las fuerzas imprudentes y desalmadas. Cercado tenéis al enemigo, mas, mientras no saliere fuera, no podréis lograr el deseo de vuestra justa venganza. El valiente capitán más se arma del consejo que del acero, y obedeciendo el segundo el precepto del primero se han hecho las más ilustres conquistas, se han logrado las victorias más felices. ¿Qué importa que vengáis tan armados y prevenidos si esta bestia feroz está encastillada, y muy a su salvo os destruye vuestro regalo y hacienda? Si esperamos a que ella quiera salir de su voluntad, el estrago habrá sido mucho y la satisfacción, después, aunque sea con su muerte, pequeña y ridícula. Violentémosla a salir sin violencia y forcémosla sin fuerza; sea su propia golosina su cuchillo y su gula su verdugo. Haced traer un barreño de leche, a que por natural influencia es este animal inclinadísimo, y poniéndosele a la boca del vivar saldrá llamada de su olor, caerá en un lazo que en aquel mismo lugar cautelosamente le habréis de tener puesto, llegaréis luego todos, que, como sois tantos, antes la mataréis que ninguno repita el golpe; de este modo, la leche, que es principio de la vida de los demás animales, será fin justísimo de la suya, y vosotros entraréis arrastrándola por las calles de vuestra ciudad, y llenando su pellejo de paja, la pondréis a la más principal de sus puertas, para que así quede consagrada a la inmortalidad y al escarmiento.
Admirados quedaron los rústicos del astuto consejo, tanto que casi llegaron a recelarse del zorro. Trújose la leche, púsose el lazo, y salió a su olor el encerrado enemigo, que aun antes de llegar al lazo ni al barreño, un labrador rústico, grande en cuerpo y en fuerzas, que estaba a las espaldas del vivar, dejó caer sobre él una gran piedra, y tan a tiempo, que le cogió debajo por la mitad del cuerpo, y llegando los demás le acabaron sin ningún riesgo ni peligro de sus personas.
Tal fin tuvo este animal venenoso; hazaña vil fué de la torpe gula que a tantos hombres ha llevado al cuchillo y al cordel. Esta es por quien muchas mujeres locas y vanas venden en un instante breve la gloria que muchos ilustres antecesores ganaron en largos siglos, sin advertir que no vivimos para comer, sino que comemos para vivir.
Mas vuélveme a mi zorro, que pienso lo ha menester, y es el caso. Aquellos villanos victoriosos, más soberbios mientras más rústicos, más presumidos mientras más viles, entraron en consulta para tratar qué habían de hacer de unos zorros tan maliciosos y astutos, y siéndolo ellos más, decretaron no guardarlos la palabra y romper las sagradas prisiones del juramento, pareciéndoles, y mal que no debía cumplirse a tan perniciosa canalla, sin considerar que la injuria se hacía a Júpiter, a quien ellos trujeron por testigo de la verdad y fe de aquel contrato; mas el zorro, que se las entendía, avisando a su hijo, se dejaron llevar de los pies con ardiente velocidad mientras los villanos estaban divertidos en su alevosa consulta, que volviendo los ojos y descubriéndolos a muy larga distancia, tal que les pareció imposible poderlos alcanzar, los llamaban a voces diciendo que les querían dar el premio debido a tan buen servicio; mas dándoles el rostro el zorrazo socarrón, se detuvo, y mirando a la parte donde ellos estaban, pareciéndole que el mucho camino que se ponía de por medió le hacía seguro, les sacudió el polvo de su vanidad con estas afrentosas injurias:
- ¿Para qué os cansáis llamándome con tan horrible tempestad de voces, con tan alterada borrasca de gritos? Sabed que estoy determinado a no fiarme de palabras de caballeros de albarda ni de la fe de unos ciudadanos cuyas paredes son terrones, cuyos techos poco más que paja leve. Los blasones de vuestras casas son ristras de ajos y cebollas; vuestros escudos y arneses, las tinajas y los jarros; vuestros caballos, los jumentos simples y, cuando más, los rocines magantos, siempre penitentes y flacos, no por lo mal que comen, sino por lo mal que sufren, siendo ellos generosos, el servir a dueños tan villanos. ¡Oh Júpiter!, desembraza tus rayos contra estos impíos, contra estos infieles, que trataban de romper en mi daño y en tu ofensa la sagrada fe del juramento. Mas ¿qué digo? ¿qué pido? ¿qué importuno, pues tú no castigas con tan valientes armas sujetos tan viles? Los rayos son una noble temeridad y un instrumento horrible y lucido para degollar con él las cabezas presuntuosas de las soberbias torres y de los muros altivos; castiga a éstos como quien ellos son: manda tocar al arma a las langostas, y juntando de ellas un copioso ejército, cébense en sus panes y sembrados; cúbrelos de ratones y de arañas, y mueran a viles manos los que tienen costumbres viles.
Así decía, y así se vengaba, y los villanos, irritados de las injurias, se determinaron a seguirle, pero viendo que era en vano, desistieron de la empresa.
El, que volvía el rostro a sus tiempos y siempre muy a tiempo, mirándolos parados se volvió a parar y les dijo otros improperios mayores y más pesados, con que les obligaba a que le volviesen a seguir, y cansados de seguirle, porque él volvía a la carrera con más fuerza, se rendían. Esto hizo tantas veces y con tanto arte, que apenas podían alentar los ignorantes rústicos, rendidos de cansancio tan prolijo; por esto y porque se dejaba caer mucha sombra sobre la tierra, atreviéndose a resplandecer la benigna estrella de Venus casi a los ojos del sol - tanta es la presunción de su hermosura - , dieron la vuelta a sus casas y los zorros al soto, donde el padre habló al hijo estas razones:
- Cansado estarás, simplecillo, pero con este cansancio has comprado el ocio y la comida. Pareceráte inútil el haber corrido tanto, mas tu breve experiencia no se extiende al conocimiento de mi larga industria. Con aquel ardid ingenioso, aunque caro, van los rústicos tan rendidos que, para restaurarse, se entregarán luego al vino y al sueño, y nosotros quedaremos dueños absolutos de esta población de conejos; entra, entra, y sin miedo, a gozar de los despojos adquiridos en buena guerra; mas porque nos podemos recelar que venga alguno de los que en el pueblo se quedaron, ahora que están todos juntos admirándose de ver la espantosa culebra, y muchos con jactancia porfían sobre quién fué el que la dió primero, y sobre esto hay apuestas y voces, ahora es ocasión de que nosotros comamos lo suficiente porque no repitamos el peligro del pasado hartazgo, y luego nos saldremos del soto, y apartándonos del camino común buscaremos un sitio ameno y escondido, donde el sueño sea más sabroso y seguro.
Así lo dijo y así lo ejecutó, matando más caza de la que había de comer por hacer daño a la rústica y bárbara canalla. ¡Oh gran maldad, oh gran bajeza de los cobardes, que se vengan en los pequeños y humildes de aquella injuria que no pudieron en los valientes y valerosos!
Al fin se retiraron a gozar del sueño dulce en una parte amena y deleitosa; mas, viendo el padre que el hijuelo dormía más de lo necesario, le despertó y le dijo:
- Alza los ojos al cielo y mira cómo ya empiezan a huir las estrellas. Razón será que imitemos ejemplo tan lucido y provechoso. Despierta, y con animo y esfuerzo sigue mis pisadas.
Con esta amonestación caminaron los dos tan aprisa que en breve tiempo se hallaron fuera de los términos de aquel pueblo a quien dejaban tan injuriado y ofendido. Salió el sol con un poco de capote pardo, y decíale el zorro viejo con mucha gracia:
- Padre de las lumbres, mira que de verte en ese traje he concebido miedo; - desnuda, ¡por Júpiter!, el villano capote, que quien lisonjea tanto a mis enemigos que se viste su grosera librea mejor se armará contra mí para la satisfacción de la ofensa recibida. Mas ya, ya pierdo el recelo y cobro el ánimo; eres galán, eres amante, y sin duda este disfraz debe de ser estratagema amorosa, si no es que cansado de vestirte siempre de riquísima tela de oro quieres hacer gala del sayal rústico, para mostrarnos que tu hermosura es tanta que sin adornos ni artificios eres un monstruo y prodigio de belleza.
Así aliviaba el cansancio de su camino cuando, sin haberle visto, se halló muy cerca de un perro, tan grande y desproporcionado, que le pareció que era ilusión de su vista y que se engañaba. Venía todo annado de planchas de hierro, y era tanta su ferocidad, que del espanto grande que recibieron él y su hijuelo no pudieron dar un paso, y temblando cayeron en tierra; entonces el perrazo descomunal atronó todo el campo con su voz terrible y les dijo:
- No temáis, viles hormiguillas, que sois pequeña presa para la nobleza de mis dientes. Yo soy don Florisel de Hircania, un perro caballero andante, que ando buscando aventuras en desagravio a los pequeños y castigo a los soberbios y tiranos; traía un buen escudero que me servía y murió habrá dos días; murió de enfermedad, porque yendo en mi compañía cierto es que nadie se habla de atrever a quitarle la vida sin la misma pena; por tanto, si queréis servirme, podréis ver el mundo debajo de mi amparo sin temor de injuria ni fuerza, mas ha de ser a condición que perdáis toda avilintez, y pavor ca yo no gusto de ánimos medrosos y viles.
Parecióles a los zorros, como era verdad, que les había hecho la vida de merced, y aunque ellos no quisieran andar buscando ocasiones de peligro y riesgo, hubieron de acomodarse al partido que les ofrecía, y siguiendo sus pasos, a la bajada de un monte hallaron dos grandes perros mastines que tenían muy acosado a un lobo. Entonces don Florisel de Hircania les dijo:
- ¡Malandrines viles y bajos, al fin mastines y villanos, porque si vosotros fuérades caballeros no hiciérades batalla tan desigual peleando dos contra uno! Yo, el muy noble y muy esforzado caballero don Florisel de Hircania, descendiente de los reyes de los perros ilustres de aquella muy generosa provincia, os mando que se aparte uno de vosotros y que el otro haga su batalla con el enemigo cuerpo a cuerpo.
Y vuelto al lobo, le hablé así:
- No tengas miedo, esfuérzate, que yo estoy aquí para hacerte el campo seguro y no consentir que se te haga ningún tuerto ni demasía.
Los mastines, enojados y soberbios, le dijeron que aquél era un ladrón que andaba salteando el ganado inocente por aquellos caminos, con quien no se podían guardar aquellos respetos y leyes de caballería, ni era justo, y que si allá en su provincia de Hircania vivían con semejantes costumbres, que España se gobernaba con otras, y así le aconsejaban que se fuese en paz y no se hiciese protector de ladrones, porque le saldría muy costosa la empresa.
Apenas se oyó llamar protector de ladrones, cuando les dijo:
- Mentides, villanos, viles y bajos!
Y acometiéndoles con gran furia hizo al uno de ellos pedazos y el otro se le procuró ir por los pies, bien herido y lastimado. Así llegó a la presencia de sus pastores, que, saliendo a su defensa, no fueron bastantes, porque allí, a sus ojos, con grande facilidad, le quitó la vida, y ellos espantados de su ferocidad, huyeron al pueblo, dejando desamparada su choza. Entrándose en ella don Florisel, dijo:
- ¡Gracias te doy, poderoso Júpiter, que con tan poco peligro y riesgo me has sacado