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4. Visión de
conjunto de la Instrucción
La Instrucción consta
de una introducción, ocho capítulos y una conclusión.
El primer capítulo, que trata
sobre el ordenamiento de la sagrada
Liturgia, habla de los respectivos papeles de la Sede Apostólica, del Obispo Diocesano, de la Conferencia
Episcopal, de los Sacerdotes y de los Diáconos. Aquí me
limito a tocar solamente el
papel del Obispo Diocesano.
Él es el
sumo sacerdote de su grey. Él dirige, anima, promueve y organiza. Juzga sobre la música
sacra y el arte. Instituye
las necesarias comisiones para la liturgia, la música
y el arte sagrado (Instrucción, 22, 25). Trata
de poner remedio a los abusos y es
a él, o a su asistente, a quien los recursos deben
ser dirigidos, antes que a la Sede Apostólica (Instrucción,
176-182, 184) .
Los sacerdotes han prometido solemnemente
ejercitar con fidelidad su ministerio, así como también los
diáconos. Se espera, pues, que ellos estén a la altura de sus sagradas
responsabilidades.
El segundo capítulo trata de la participación de los fieles laicos
en la celebración Eucarística.
El bautismo es el fundamento
del sacerdocio común (Instrucción, 36, 37). El
sacerdote ordenado es indispensable para una comunidad
Cristiana; el papel de los sacerdotes y de los fieles laicos
no debería ser confundido (Instrucción, 42, 45). Los laicos
tienen su propia función. La Instrucción
pone de relieve que esto no significa que todos deban necesariamente
hacer algo. Más bien, se trata
de estar totalmente conscientes
del gran privilegio que Dios
les hace al llamarlos a participar con la
mente, el corazón y la vida entera, en la liturgia, y recibiendo a través de ella la gracia de Dios. Es importante comprender esto correctamente y no suponer que la Instrucción contiene, en algún
modo, prejuicios contra los laicos.
Los capítulos 3, 4 y 5 tratan
de responder a algunas de las preguntas más frecuentes;
presentan, también, una
serie de abusos que se encuentran más reiteradamente en la celebración actual de la Misa; ofrecen un discernimiento sobre quién recibe la Sagrada Comunión y quién no debería recibirla; hablan sobre el cuidado
que se requiere para administrar la Sagrada Comunión bajo las
dos especies; sobre las cuestiones concernientes a las vestiduras y vasos sagrados; a las posturas propias para recibir la Sagrada Comunión; etc.
El capítulo 6 se ocupa del culto debido a la Sagrada Eucaristía
fuera de la Misa. Trata sobre
el respeto debido al sagrario y sobre las prácticas
de piedad eucarística, como las visitas
al Santísimo Sacramento, las
iglesias con Adoración Perpetua, las Procesiones eucarísticas y los Congresos Eucarísticos
(Instrucción, 130, 135-136, 140, 142-145).
El capítulo 7 presta atención a las funciones extraordinarias confiadas a los fieles laicos, tales como la función
de ministros extraordinarios
de la sagrada Comunión, la tarea de desempeñarse como instructores o de presidir las celebraciones
de oración en ausencia de
sacerdote (Instrucción, 147-169). Estos papeles, aquí tratados, son diversos
de los que refiere la Instrucción en el capítulo 2, donde habla sobre la
participación ordinaria de los laicos en la liturgia y, particularmente, en la
Eucaristía. Aquí se trata la cuestión de la actuación de los laicos cuando no
está disponible un número suficiente de sacerdotes o de diáconos. En años recientes, la Santa Sede ha dedicado considerable atención a esta
materia y esta Instrucción
lo continúa haciendo, agregando más consideraciones
para algunas circunstancias.
El capítulo final trata sobre los remedios
canónicos a delitos o abusos contra la Sagrada Eucaristía. El remedio principal,
a largo plazo, es una formación adecuada, la instrucción y la fe sólida. Pero cuando ocurren abusos, la Iglesia
tiene el deber de señalarlos en un modo claro y
caritativo.
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