|
¡Oh incurable mal! ¡oh
gran fatiga
|
|
|
con tanta
diligencia alimentada!
|
|
|
Vicio común y
pegajosa liga,
|
|
|
voluntad sin
razón desenfrenada;
|
|
|
del provecho y
bien público enemiga;
|
5
|
|
sedienta
bestia, hidrópica hinchada,
|
|
|
principio y fin
de todos nuestros males.
|
|
|
¡Oh insaciable
codicia de mortales!
|
|
|
No en el
pomposo estado a los señores
|
|
|
contentos en el
alto asiento vemos,
|
10
|
|
ni a
pobrecillos bajos labradores
|
|
|
libres de esta
dolencia conocemos:
|
|
|
ni el deseo y
ambición de ser mayores
|
|
|
que tenga fin y
límite sabemos:
|
|
|
el fausto, la riqueza
y el estado,
|
15
|
|
hincha, pero no
harta, al más templado.
|
[53]
|
|
A Valdivia
mirad, de pobre infante
|
|
|
si era poco el
estado que tenía,
|
|
|
cincuenta mil
vasallos que delante
|
|
|
le ofrecen doce
marcos de oro al día:
|
20
|
|
esto y aun
mucho más no era bastante,
|
|
|
y así la hambre
allí lo detenía;
|
|
|
codicia fue
ocasión de tanta guerra,
|
|
|
y perdición
total de aquesta tierra.
|
|
|
Ésta fue quien halló los
apartados
|
25
|
|
indios de las
antárticas regiones;
|
|
|
por ésta eran
sin orden trabajados
|
|
|
con dura
imposición y vejaciones:
|
|
|
pero rotas las
cinchas de apretados,
|
|
|
buscaron modo y
nuevas invenciones
|
30
|
|
de libertad,
con áspera venganza,
|
|
|
levantando el
trabajo la esperanza.
|
|
|
Cuán cierto es,
cómo claro conocemos,
|
|
|
que al doliente
en salud consejos damos,
|
|
|
y aprovecharnos
dellos no sabemos;
|
35
|
|
pero de
predicarlos nos preciamos.
|
|
|
Cuando en la
sosegada paz nos vemos,
|
|
|
¡qué
bien la dura guerra platicamos!
|
|
|
¡Qué bien damos consejos y
razones
|
|
|
lejos de los peligros y
ocasiones!
|
40
|
|
¡Cómo de los que yerran
abominan
|
|
|
los que están
libres en seguro puerto!
|
|
|
¡Qué bien de allí las cosas
encaminan,
|
|
|
y dan en todo
un medio y buen concierto!
|
|
|
¡Con qué
facilidad se determinan,
|
45
|
|
visto el suceso
y daño descubierto!
|
|
|
Dios sabe aquel
que la derecha vía,
|
|
|
metido en la
ocasión, acertaría.
|
[54]
|
|
Valdivia iba
siguiendo su jornada,
|
|
|
y el duro
disponer del hado duro,
|
50
|
|
no con la furia
y priesa acostumbrada,
|
|
|
présago y con
temor de mal futuro:
|
|
|
sospechoso de bárbara
emboscada,
|
|
|
por hacer el
camino más seguro,
|
|
|
echó algunos
delante para prueba,
|
55
|
|
pero jamás
volvieron con la nueva.
|
|
|
Viendo los
nuestros ya que al plazo puesto
|
|
|
los tardos corredores no
volvían,
|
|
|
unos juzgan el
daño manifiesto,
|
|
|
otros
impedimentos les ponían:
|
60
|
|
hubo consejo y
parecer sobre esto;
|
|
|
al cabo en
caminar se resolvían,
|
|
|
ofreciéndose
todos a una suerte,
|
|
|
a un mismo caso
y a una misma muerte.
|
|
|
Aunque el temor
allí tras esto vino,
|
65
|
|
en sus
valientes brazos se atrevieron,
|
|
|
y a su próspera
suerte y buen destino
|
|
|
el dudoso
suceso cometieron:
|
|
|
no dos leguas
andadas del camino,
|
|
|
las amigas cabezas conocieron,
|
70
|
|
de los sangrientos cuerpos
apartadas,
|
|
|
y en empinados troncos
levantadas.
|
|
|
No el horrendo
espectáculo presente
|
|
|
causó en los firmes ánimos
mudanza;
|
|
|
antes con ira y
cólera impaciente
|
75
|
|
se encienden
más, sedientos de venganza:
|
|
|
y de rabia
incitados nuevamente
|
|
|
maldicen y
murmuran la tardanza:
|
|
|
sólo Valdivia
calla y teme el punto;
|
|
|
pero rompió el
silencio y pena junto
|
80 [55]
|
|
diciendo: «¡Oh
compañeros! do se encierra
|
|
|
todo esfuerzo,
valor y entendimiento:
|
|
|
ya veis la
desvergüenza de la tierra,
|
|
|
que en nuestro
daño da bandera al viento:
|
|
|
veis
quebrada la fe, rota la guerra,
|
85
|
|
los pactos van
del todo en rompimiento:
|
|
|
siento la
áspera trompa en el oído,
|
|
|
y veo un fuego
diabólico encendido.
|
|
|
»Bien conocéis
la fuerza del estado;
|
|
|
con tanto daño
nuestro autorizada:
|
90
|
|
mirad lo que
Fortuna os ha ayudado
|
|
|
guiando con su
mano vuestra espada;
|
|
|
el trabajo y la
sangre que ha costado,
|
|
|
que de ella
está la tierra alimentada;
|
|
|
y pues tenemos tiempo y
aparejo,
|
95
|
|
será bueno tomar
nuevo consejo.
|
|
|
»Quien éstos
son tendréis en la memoria,
|
|
|
pues hay tanta
razón de conocellos,
|
|
|
que si de ellos
no hubiésemos vitoria
|
|
|
y en campo no
pudiésemos vencellos,
|
100
|
|
será tal su
arrogancia y vanagloria,
|
|
|
que el mundo no
podrá después con ellos;
|
|
|
dudoso estoy,
no sé, no sé qué haga
|
|
|
que a nuestro
honor y causa satisfaga.»
|
|
|
La poca edad y
menos experiencia
|
105
|
|
de los mozos
livianos que allí había,
|
|
|
descubrió con
la usada inadvertencia
|
|
|
a tal tiempo su
necia valentía,
|
|
|
diciendo: «¡Oh
capitán! danos licencia
|
|
|
que solos diez
sin otra compañía
|
110
|
|
el bando
asolaremos araucano,
|
|
|
y haremos el
camino y paso llano.
|
[56]
|
|
»Lo que jamás
hicimos en estrecho,
|
|
|
no es bien por
nuestro honor que lo hagamos,
|
|
|
pues cierto es,
que cuanto habemos hecho,
|
115
|
|
volviendo atrás
un paso, lo manchamos:
|
|
|
mostremos al
peligro osado pecho,
|
|
|
que en él está
la gloria que buscamos.»
|
|
|
Valdivia, de la
réplica sentido,
|
|
|
enmudeció de
rabia y de corrido.
|
120
|
|
¡Oh, Valdivia,
varón acreditado!
|
|
|
¡Cuánto la
verde plática sentiste!
|
|
|
No solías tú
temer como soldado;
|
|
|
mas de buen
capitán ahora temiste:
|
|
|
vas a precisa
muerte condenado,
|
125
|
|
que como
diestro y sabio la entendiste;
|
|
|
pero quieres
perder antes la vida
|
|
|
que sea en ti
una flaqueza conocida.
|
|
|
En esto acaso
llega un indio amigo,
|
|
|
y a sus pies en
voz alta arrodillado
|
130
|
|
le dice: «¡Oh
capitán! mira que digo
|
|
|
que
no pases el término vedado:
|
|
|
veinte mil
conjurados, yo testigo,
|
|
|
en Tucapel te
esperan, protestado
|
|
|
de pasar sin
temor la muerte honrosa
|
135
|
|
antes que vivir
vida vergonzosa.»
|
|
|
Alguna
turbación dio de repente
|
|
|
lo que el amigo
bárbaro propuso:
|
|
|
discurre un
miedo helado por la gente;
|
|
|
la triste
muerte en medio se les puso:
|
140
|
|
pero el
gobernador osadamente,
|
|
|
que también
hasta allí estuvo confuso,
|
|
|
les dice:
«Caballeros, ¿qué dudamos?
|
|
|
¿Sin ver los enemigos nos
turbamos?»
|
[57]
|
|
Al caballo con
ánimo hiriendo,
|
145
|
|
sin más les
persuadir, rompe la vía,
|
|
|
de los miembros
el miedo sacudiendo,
|
|
|
le sigue la
esforzada compañía:
|
|
|
y en breve
espacio el valle descubriendo
|
|
|
de Tucapel,
bien lejos parecía
|
150
|
|
el muro, antes
vistoso levantado,
|
|
|
por los anchos cimientos
asolado.
|
|
|
Valdivia aquí
paró, y dijo: «¡Oh constante
|
|
|
española nación
de confianza!
|
|
|
Por tierra está
el castillo tan pujante,
|
155
|
|
que en él solo
estribaba mi esperanza:
|
|
|
el pérfido
enemigo veis delante;
|
|
|
ya os amenaza
la contraria lanza:
|
|
|
en esto más no
tengo que avisaros,
|
|
|
pues sólo el
pelear puede salvaros.»
|
160
|
|
Estaba como
digo así hablando,
|
|
|
que aún no
acababa bien estas razones,
|
|
|
cuando por
todas partes rodeando
|
|
|
los iban con
espesos escuadrones,
|
|
|
las astas de
anchos hierros blandeando,
|
165
|
|
gritando:
«¡Engañadores y ladrones!
|
|
|
La tierra
dejaréis hoy con la vida,
|
|
|
pagándonos la
deuda tan debida.»
|
|
|
Viendo Valdivia
serle ya forzoso
|
|
|
que la fuerza y
fortuna se probase,
|
170
|
|
mandó que al
escuadrón menos copioso
|
|
|
y más vecino, a
fin que no cerrase,
|
|
|
saliese
Bobadilla, el cual furioso,
|
|
|
sin que
Valdivia más le amonestase,
|
|
|
con poca gente
y con esfuerzo grande,
|
175
|
|
asalta el
escuadrón de Mareande.
|
[58]
|
|
La piquería del
bárbaro calada,
|
|
|
a los pocos
soldados atendía;
|
|
|
pero
al tiempo del golpe levantada,
|
|
|
abriendo un
gran portillo, se desvía;
|
180
|
|
dales sin
resistir franca la entrada,
|
|
|
y en medio el escuadrón los
recogía;
|
|
|
las hileras
abiertas se cerraron,
|
|
|
y dentro a los
cristianos sepultaron.
|
|
|
Como el caimán
hambriento, cuando siente
|
185
|
|
el escuadrón de
peces, que cortando
|
|
|
viene con gran
bullicio la corriente,
|
|
|
el agua clara
en torno alborotando,
|
|
|
que, abriendo
la gran boca, cautamente
|
|
|
recoge allí el
pescado, y apretando
|
190
|
|
las cóncavas
quijadas lo deshace,
|
|
|
y al insaciable
vientre satisface:
|
|
|
pues de aquella
manera recogido
|
|
|
fue el pequeño
escuadrón del homicida,
|
|
|
y en un espacio
breve consumido,
|
195
|
|
sin escapar cristiano
con la vida:
|
|
|
ya el araucano
ejército movido
|
|
|
por la ronca
trompeta obedecida,
|
|
|
con gran
estruendo y pasos ordenados
|
|
|
cerraba sin
temor por todos lados.
|
200
|
|
La escuadra de
Mareande encarnizada
|
|
|
tendía el paso
con más atrevimiento;
|
|
|
viéndola así
Valdivia adelantada,
|
|
|
no
escarmentado, manda a su sargento,
|
|
|
que, escogiendo
la gente más granada,
|
205
|
|
dé sobre ella
con recio movimiento;
|
|
|
pero diez
españoles solamente
|
|
|
pusieron a la
muerte osada frente.
|
[59]
|
|
Contra el
escuadrón bárbaro importuno,
|
|
|
ir se dejan sin
miedo a rienda floja,
|
210
|
|
y en el encuentro de los diez,
ninguno
|
|
|
dejó allí de
sacar la lanza roja:
|
|
|
desocupó la
silla sólo uno,
|
|
|
que con la
basca y última congoja
|
|
|
de la rabiosa
muerte el pecho abierto,
|
215
|
|
sobre la llaga
en tierra cayó muerto.
|
|
|
Y los nueve después también
cayeron,
|
|
|
haciendo tales hechos
señalados,
|
|
|
que digna y
justamente merecieron
|
|
|
ser de la
eterna fama levantados:
|
220
|
|
hechos pedazos todos diez
murieron,
|
|
|
quedando de su
muerte antes vengados:
|
|
|
en esto la
española trompa oída
|
|
|
dio la postrer
señal de arremetida.
|
|
|
Salen los españoles de tal
suerte
|
225
|
|
los dientes y
las lanzas apretando,
|
|
|
que de cuatro
escuadrones, al más fuerte
|
|
|
le van un largo
trecho retirando:
|
|
|
hieren, dañan,
tropellan, dan la muerte,
|
|
|
piernas,
brazos, cabezas cercenando:
|
230
|
|
los bárbaros
por esto no se admiran,
|
|
|
antes cobran el
campo y los retiran.
|
|
|
Sobre la vida y
muerte se contiende,
|
|
|
perdone Dios a
aquel que allí cayere;
|
|
|
del un bando y
del otro así se ofende,
|
235
|
|
que de ambas
partes mucha gente muere:
|
|
|
bien se estima
la plaza y se defiende;
|
|
|
volver un paso
atrás ninguno quiere:
|
|
|
cubre la roja
sangre todo el prado,
|
|
|
tornándole, de
verde, colorado.
|
240 [60]
|
|
Del rigor de
las armas homicidas
|
|
|
los templados arneses reteñían,
|
|
|
y las vivas entrañas escondidas
|
|
|
con carniceros
golpes descubrían:
|
|
|
cabezas de los cuerpos
divididas,
|
245
|
|
que aún el
vital espíritu tenían,
|
|
|
por el
sangriento campo iban rodando,
|
|
|
vueltos los
ojos ya paladeando.
|
|
|
El enemigo
hierro riguroso
|
|
|
todo en color
de sangre lo convierte;
|
250
|
|
siempre el
acometer es más furioso,
|
|
|
pero ya el
combatir es menos fuerte;
|
|
|
ninguno allí
pretende otro reposo
|
|
|
que el último
reposo de la muerte:
|
|
|
el más medroso
atiende con cuidado
|
255
|
|
a sólo procurar
morir vengado.
|
|
|
La rabia de la
muerte y fin presente
|
|
|
crió en los nuestros fuerza tan
extraña,
|
|
|
que con
deshonra y daño de la gente
|
|
|
pierden los
araucanos la campaña:
|
260
|
|
al fin dan las
espaldas, claramente
|
|
|
suenan voces:
«¡Vitoria! ¡España! ¡España!»
|
|
|
Mas el incontrastable
y duro hado
|
|
|
dio un extraño
principio a lo ordenado.
|
|
|
Un hijo de un
cacique conocido,
|
265
|
|
que a Valdivia
de paje le servía,
|
|
|
acariciado dél
y favorido,
|
|
|
en su servicio
a la sazón venía;
|
|
|
del amor de su
patria conmovido,
|
|
|
viendo que a
más andar se retraía,
|
270
|
|
comienza a
grandes voces a animarla,
|
|
|