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Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

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  • Canto III
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Canto III

Valdivia con pocos españoles y algunos indios amigos camina a la casa de Tucapel para hacer el castigo. Mátanle los araucanos a los corredores en el camino en un paso estrecho y danle después la batalla, en la cual fue muerto él y toda su gente por el gran esfuerzo y valentía de Lautaro.

¡Oh incurable mal! ¡oh gran fatiga

 

con tanta diligencia alimentada!

 

Vicio común y pegajosa liga,

 

voluntad sin razón desenfrenada;

 

del provecho y bien público enemiga;

5

sedienta bestia, hidrópica hinchada,

 

principio y fin de todos nuestros males.

 

¡Oh insaciable codicia de mortales!

 

No en el pomposo estado a los señores

 

contentos en el alto asiento vemos,

10

ni a pobrecillos bajos labradores

 

libres de esta dolencia conocemos:

 

ni el deseo y ambición de ser mayores

 

que tenga fin y límite sabemos:

 

el fausto, la riqueza y el estado,

15

hincha, pero no harta, al más templado.

[53]

A Valdivia mirad, de pobre infante

 

si era poco el estado que tenía,

 

cincuenta mil vasallos que delante

 

le ofrecen doce marcos de oro al día:

20

esto y aun mucho más no era bastante,

 

y así la hambre allí lo detenía;

 

codicia fue ocasión de tanta guerra,

 

y perdición total de aquesta tierra.

 

Ésta fue quien halló los apartados

25

indios de las antárticas regiones;

 

por ésta eran sin orden trabajados

 

con dura imposición y vejaciones:

 

pero rotas las cinchas de apretados,

 

buscaron modo y nuevas invenciones

30

de libertad, con áspera venganza,

 

levantando el trabajo la esperanza.

 

Cuán cierto es, cómo claro conocemos,

 

que al doliente en salud consejos damos,

 

y aprovecharnos dellos no sabemos;

35

pero de predicarlos nos preciamos.

 

Cuando en la sosegada paz nos vemos,

 

¡qué bien la dura guerra platicamos!

 

¡Qué bien damos consejos y razones

 

lejos de los peligros y ocasiones!

40

¡Cómo de los que yerran abominan

 

los que están libres en seguro puerto!

 

¡Qué bien de allí las cosas encaminan,

 

y dan en todo un medio y buen concierto!

 

¡Con qué facilidad se determinan,

45

visto el suceso y daño descubierto!

 

Dios sabe aquel que la derecha vía,

 

metido en la ocasión, acertaría.

[54]

Valdivia iba siguiendo su jornada,

 

y el duro disponer del hado duro,

50

no con la furia y priesa acostumbrada,

 

présago y con temor de mal futuro:

 

sospechoso de bárbara emboscada,

 

por hacer el camino más seguro,

 

echó algunos delante para prueba,

55

pero jamás volvieron con la nueva.

 

Viendo los nuestros ya que al plazo puesto

 

los tardos corredores no volvían,

 

unos juzgan el daño manifiesto,

 

otros impedimentos les ponían:

60

hubo consejo y parecer sobre esto;

 

al cabo en caminar se resolvían,

 

ofreciéndose todos a una suerte,

 

a un mismo caso y a una misma muerte.

 

Aunque el temor allí tras esto vino,

65

en sus valientes brazos se atrevieron,

 

y a su próspera suerte y buen destino

 

el dudoso suceso cometieron:

 

no dos leguas andadas del camino,

 

las amigas cabezas conocieron,

70

de los sangrientos cuerpos apartadas,

 

y en empinados troncos levantadas.

 

No el horrendo espectáculo presente

 

causó en los firmes ánimos mudanza;

 

antes con ira y cólera impaciente

75

se encienden más, sedientos de venganza:

 

y de rabia incitados nuevamente

 

maldicen y murmuran la tardanza:

 

sólo Valdivia calla y teme el punto;

 

pero rompió el silencio y pena junto

80 [55]

diciendo: «¡Oh compañeros! do se encierra

 

todo esfuerzo, valor y entendimiento:

 

ya veis la desvergüenza de la tierra,

 

que en nuestro daño da bandera al viento:

 

veis quebrada la fe, rota la guerra,

85

los pactos van del todo en rompimiento:

 

siento la áspera trompa en el oído,

 

y veo un fuego diabólico encendido.

 

»Bien conocéis la fuerza del estado;

 

con tanto daño nuestro autorizada:

90

mirad lo que Fortuna os ha ayudado

 

guiando con su mano vuestra espada;

 

el trabajo y la sangre que ha costado,

 

que de ella está la tierra alimentada;

 

y pues tenemos tiempo y aparejo,

95

será bueno tomar nuevo consejo.

 

»Quien éstos son tendréis en la memoria,

 

pues hay tanta razón de conocellos,

 

que si de ellos no hubiésemos vitoria

 

y en campo no pudiésemos vencellos,

100

será tal su arrogancia y vanagloria,

 

que el mundo no podrá después con ellos;

 

dudoso estoy, no , no qué haga

 

que a nuestro honor y causa satisfaga

 

La poca edad y menos experiencia

105

de los mozos livianos que allí había,

 

descubrió con la usada inadvertencia

 

a tal tiempo su necia valentía,

 

diciendo: «¡Oh capitán! danos licencia

 

que solos diez sin otra compañía

110

el bando asolaremos araucano,

 

y haremos el camino y paso llano.

[56]

»Lo que jamás hicimos en estrecho,

 

no es bien por nuestro honor que lo hagamos,

 

pues cierto es, que cuanto habemos hecho,

115

volviendo atrás un paso, lo manchamos:

 

mostremos al peligro osado pecho,

 

que en él está la gloria que buscamos

 

Valdivia, de la réplica sentido,

 

enmudeció de rabia y de corrido.

120

¡Oh, Valdivia, varón acreditado!

 

¡Cuánto la verde plática sentiste!

 

No solíastemer como soldado;

 

mas de buen capitán ahora temiste:

 

vas a precisa muerte condenado,

125

que como diestro y sabio la entendiste;

 

pero quieres perder antes la vida

 

que sea en ti una flaqueza conocida.

 

En esto acaso llega un indio amigo,

 

y a sus pies en voz alta arrodillado

130

le dice: «¡Oh capitán! mira que digo

 

que no pases el término vedado:

 

veinte mil conjurados, yo testigo,

 

en Tucapel te esperan, protestado

 

de pasar sin temor la muerte honrosa

135

antes que vivir vida vergonzosa

 

Alguna turbación dio de repente

 

lo que el amigo bárbaro propuso:

 

discurre un miedo helado por la gente;

 

la triste muerte en medio se les puso:

140

pero el gobernador osadamente,

 

que también hasta allí estuvo confuso,

 

les dice: «Caballeros, ¿qué dudamos?

 

¿Sin ver los enemigos nos turbamos

[57]

Al caballo con ánimo hiriendo,

145

sin más les persuadir, rompe la vía,

 

de los miembros el miedo sacudiendo,

 

le sigue la esforzada compañía:

 

y en breve espacio el valle descubriendo

 

de Tucapel, bien lejos parecía

150

el muro, antes vistoso levantado,

 

por los anchos cimientos asolado.

 

Valdivia aquí paró, y dijo: «¡Oh constante

 

española nación de confianza!

 

Por tierra está el castillo tan pujante,

155

que en él solo estribaba mi esperanza:

 

el pérfido enemigo veis delante;

 

ya os amenaza la contraria lanza:

 

en esto más no tengo que avisaros,

 

pues sólo el pelear puede salvaros

160

Estaba como digo así hablando,

 

que aún no acababa bien estas razones,

 

cuando por todas partes rodeando

 

los iban con espesos escuadrones,

 

las astas de anchos hierros blandeando,

165

gritando: «¡Engañadores y ladrones!

 

La tierra dejaréis hoy con la vida,

 

pagándonos la deuda tan debida

 

Viendo Valdivia serle ya forzoso

 

que la fuerza y fortuna se probase,

170

mandó que al escuadrón menos copioso

 

y más vecino, a fin que no cerrase,

 

saliese Bobadilla, el cual furioso,

 

sin que Valdivia más le amonestase,

 

con poca gente y con esfuerzo grande,

175

asalta el escuadrón de Mareande.

[58]

La piquería del bárbaro calada,

 

a los pocos soldados atendía;

 

pero al tiempo del golpe levantada,

 

abriendo un gran portillo, se desvía;

180

dales sin resistir franca la entrada,

 

y en medio el escuadrón los recogía;

 

las hileras abiertas se cerraron,

 

y dentro a los cristianos sepultaron.

 

Como el caimán hambriento, cuando siente

185

el escuadrón de peces, que cortando

 

viene con gran bullicio la corriente,

 

el agua clara en torno alborotando,

 

que, abriendo la gran boca, cautamente

 

recoge allí el pescado, y apretando

190

las cóncavas quijadas lo deshace,

 

y al insaciable vientre satisface:

 

pues de aquella manera recogido

 

fue el pequeño escuadrón del homicida,

 

y en un espacio breve consumido,

195

sin escapar cristiano con la vida:

 

ya el araucano ejército movido

 

por la ronca trompeta obedecida,

 

con gran estruendo y pasos ordenados

 

cerraba sin temor por todos lados.

200

La escuadra de Mareande encarnizada

 

tendía el paso con más atrevimiento;

 

viéndola así Valdivia adelantada,

 

no escarmentado, manda a su sargento,

 

que, escogiendo la gente más granada,

205

sobre ella con recio movimiento;

 

pero diez españoles solamente

 

pusieron a la muerte osada frente.

[59]

Contra el escuadrón bárbaro importuno,

 

ir se dejan sin miedo a rienda floja,

210

y en el encuentro de los diez, ninguno

 

dejó allí de sacar la lanza roja:

 

desocupó la silla sólo uno,

 

que con la basca y última congoja

 

de la rabiosa muerte el pecho abierto,

215

sobre la llaga en tierra cayó muerto.

 

Y los nueve después también cayeron,

 

haciendo tales hechos señalados,

 

que digna y justamente merecieron

 

ser de la eterna fama levantados:

220

hechos pedazos todos diez murieron,

 

quedando de su muerte antes vengados:

 

en esto la española trompa oída

 

dio la postrer señal de arremetida.

 

Salen los españoles de tal suerte

225

los dientes y las lanzas apretando,

 

que de cuatro escuadrones, al más fuerte

 

le van un largo trecho retirando:

 

hieren, dañan, tropellan, dan la muerte,

 

piernas, brazos, cabezas cercenando:

230

los bárbaros por esto no se admiran,

 

antes cobran el campo y los retiran.

 

Sobre la vida y muerte se contiende,

 

perdone Dios a aquel que allí cayere;

 

del un bando y del otro así se ofende,

235

que de ambas partes mucha gente muere:

 

bien se estima la plaza y se defiende;

 

volver un paso atrás ninguno quiere:

 

cubre la roja sangre todo el prado,

 

tornándole, de verde, colorado.

240 [60]

Del rigor de las armas homicidas

 

los templados arneses reteñían,

 

y las vivas entrañas escondidas

 

con carniceros golpes descubrían:

 

cabezas de los cuerpos divididas,

245

que aún el vital espíritu tenían,

 

por el sangriento campo iban rodando,

 

vueltos los ojos ya paladeando.

 

El enemigo hierro riguroso

 

todo en color de sangre lo convierte;

250

siempre el acometer es más furioso,

 

pero ya el combatir es menos fuerte;

 

ninguno allí pretende otro reposo

 

que el último reposo de la muerte:

 

el más medroso atiende con cuidado

255

a sólo procurar morir vengado.

 

La rabia de la muerte y fin presente

 

crió en los nuestros fuerza tan extraña,

 

que con deshonra y daño de la gente

 

pierden los araucanos la campaña:

260

al fin dan las espaldas, claramente

 

suenan voces: «¡Vitoria! ¡España! ¡España

 

Mas el incontrastable y duro hado

 

dio un extraño principio a lo ordenado.

 

Un hijo de un cacique conocido,

265

que a Valdivia de paje le servía,

 

acariciado dél y favorido,

 

en su servicio a la sazón venía;

 

del amor de su patria conmovido,

 

viendo que a más andar se retraía,

270

comienza a grandes voces a animarla,