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Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

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  • Canto IV
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Canto IV

Vienen catorce españoles por concierto a juntarse con Valdivia en la fuerza de Tucapel: hallan los indios en una emboscada, con los cuales tuvieron un porfiado recuentro: llega Lautaro con gente de refresco: mueren siete españoles y todos los amigos que llevan: escápanse los otros por una gran ventura.

¡Cuán buena es la justicia y qué importante!

 

por ella son mil males atajados,

 

que si el rebelde Arauco está pujante

 

con todos sus vecinos alterados,

 

y pasa su furor tan adelante,

5

fue por no ser a tiempo castigados:

 

la llaga que al principio no se cura

 

requiere al fin más áspera la cura.

 

Que no es virtud, mas vicio y negligencia,

 

cuando de un daño otro mayor se espera,

10

el no curar con hierro la dolencia,

 

si del mal lo requiere la manera:

 

mas no con tal rigor que la clemencia

 

pierda su fuerza y la virtud entera;

 

Clemente es y piadoso el que sin miedo

15

por escapar el brazo corta el dedo.

[77]

No quiero yo decir que a cada paso

 

traiga el hierro en la mano la justicia,

 

sino según la gravedad del caso,

 

y la importancia y fin de la malicia:

20

pues vemos claro en el presente paso,

 

que al cabo, corrompida de avaricia,

 

dio a la maldad lugar que se arraigase,

 

y en los ánimos más se apoderase.

 

Mas no se ha de entender, como el liviano

25

que se entrega al primero movimiento,

 

que por ser justiciero es inhumano,

 

y por alcanzar crédito es sangriento;

 

y como aquél que con injusta mano,

 

sin término, sin causa y fundamento,

30

por sólo liviandad y vanagloria,

 

quiere dejar de su maldad memoria.

 

No faltara materia y coyuntura

 

para mostrar la pluma aquí curiosa;

 

mas no quiero meterme en tal hondura,

35

que es cosa no importante y peligrosa:

 

el tiempo lo dirá, y no mi escritura,

 

que quizá la tendrán por sospechosa:

 

sólo diré que es opinión de sabios,

 

que donde falta el rey sobran agravios.

40

Pero a nuestro propósito tornando,

 

dejaré de tratar de sinrazones,

 

que es trabajar en vano, derramando

 

al viento en el desierto las razones:

 

de los nuestros diré, que peleando

45

estaban con los fieros escuadrones,

 

ganando fama y prez, honor y gloria,

 

haciendo cosas dignas de memoria.

[78]

Fue hecho tan notable, que requiere

 

mucha atención, y autorizada pluma:

50

y así digo que aquél que le leyere,

 

en que fue de los grandes se resuma:

 

diré cuanto en mi estilo yo pudiere,

 

aunque toda será una breve suma;

 

y los nombres también de los soldados,

55

que con razón merecen ser loados.

 

Almagro, Cortés, Córdova, Nereda,

 

Morán, Gonzalo Hernández, Maldonado,

 

Peñalosa, Vergara, Castañeda,

 

Diego García Herrero el arriscado,

60

Pero Niño, Escalona, y otro queda

 

con el cual es el número acabado;

 

don Leonardo Manrique es el postrero,

 

igual en el valor siempre al primero.

 

Estos catorce son los que venían

65

a verse con Valdivia en el concierto,

 

que del pueblo Imperial partido habían

 

sin saber que Valdivia fuese muerto:

 

por la alta cuesta de Purén subían,

 

y en el más alto asiento y descubierto

70

los caminos de rama ven sembrados,

 

señal de paga y junta de soldados.

 

Conocen que la tierra está alterada,

 

y que de gentes hacen llamamiento;

 

no torcieron por esto la jornada,

75

ni les mudó el temor el firme intento:

 

la fresca y nueva aurora colorada

 

daba con su venida gran contento,

 

y las sombras del Sol se retraían,

 

cuando el licúreo valle descubrían.

80 [79]

Aquí estaban los indios emboscados

 

esperando a los nuestros si viniesen

 

por cogerlos sin orden descuidados

 

antes que del peligro se advirtiesen:

 

de un bosque a mano hecho rodeados,

85

para que más cubiertos estuviesen,

 

hasta que, inadvertidos del engaño,

 

pudiesen a su salvo hacer el daño.

 

Los catorce españoles abajaban

 

por un repecho, al valle enderezando,

90

donde ocultos los bárbaros estaban

 

cubiertos de los ramos aguardando:

 

los nuestros con el bosque aún no igualaban

 

cuando los indios, súbito sonando

 

bárbaras trompas, roncos tamborinos,

95

los pasos ocuparon y caminos.

 

En cazador no entró tanta alegría,

 

cuando más sin pensar la liebre echada

 

de súbito por medio de la vía

 

salta de entre los pies alborotada;

100

cuanto causó la muestra y vocería

 

del vecino escuadrón de la emboscada

 

a nuestros españoles, que al instante

 

arrojan los caballos adelante.

 

En un punto los bárbaros formaron

105

de puntas de diamante una muralla;

 

pero los españoles no pararon

 

hasta de parte a parte atravesalla:

 

hombres, picas y mazas tropellaron,

 

revuelven, por dar fin a la batalla,

110

con más valor y esfuerzo que esperanza,

 

vista de los contrarios la pujanza.

[80]

De tres dos escuadrones desviados

 

el paso les cercaron y huida:

 

viéndose así de bárbaros cercados,

115

piensan abrir por ellos la salida:

 

otra vez arremeten apiñados,

 

y aunque una escuadra dellos fue rompida

 

volvieron a sus puestos recogidos,

 

quedando desta vuelta mal heridos.

120

Dos veces embistieron desta suerte,

 

las cerradas escuadras tropellando;

 

mas viéndose cercanos a la muerte,

 

prosiguen su derrota, enderezando

 

al desolado sitio y casa fuerte,

125

a diestro y a siniestro derribando,

 

que los indios entre ellos van mezclados,

 

hiriéndoles también por todos lados.

 

Estréchase el camino de Elicura

 

por la pequeña falda de una sierra:

130

la causa y la razón de esta angostura

 

es un lago que el valle abajo cierra:

 

Para los nuestros esto fue ventura,

 

pues siguen su jornada haciendo guerra,

 

que sólo un español que atrás venía

135

la bárbara arrogancia resistía.

 

Ellos, que iban así por una espesa

 

mata, al calar de un áspero collado

 

ven un indio salir a toda priesa,

 

el vestido y el rostro demudado,

140

el cual en el camino se atraviesa,

 

y del seno sacó un papel cerrado

 

que Juan Gómez de Almagro el propio día,

 

dando aviso a Valdivia escrito había.

[81]

El mismo mensajero ven lloroso,

145

que dellos adelante había partido:

 

de Valdivia el suceso lastimoso

 

les dijo, y lo demás acontecido:

 

y que el castillo el bárbaro furioso

 

le había por los cimientos destruido.

150

Viendo el remedio y presupuesto vano,

 

tomaron a la diestra un sitio llano.

 

Era el sitio de lomas rodeado,

 

aunque por esta senda y paso abierto,

 

del Este, Norte, Oeste está abrigado,

155

y el Sur le hiere casi en descubierto,

 

por do seguido va el camino usado,

 

de los ligeros bárbaros cubierto

 

en espaciosa hila prolongada,

 

sedientos de la sangre bautizada.

160

Tras los nuestros los bárbaros saliendo,

 

en el llano asimismo repararon,

 

y la gente esparcida recogiendo,

 

dos gruesos escuadrones reformaron:

 

los catorce españoles, conociendo

165

que era mejor romper, se aparejaron;

 

mueven los escuadrones concertados

 

por el fuerte Lincoya gobernados.

 

Con flautas, cuernos, roncos instrumentos,

 

alto estruendo, alaridos desdeñosos,

170

salen los fieros bárbaros sangrientos

 

contra los españoles valerosos,

 

que convertir esperan en lamentos

 

los arrogantes gritos orgullosos:

 

tanto el esfuerzo y ánimo les crece,

175

que poca gente en contra les parece.

[82]

Aunque allí un español desfigurado,

 

que yo no digo aquí cuál dellos era,

 

dijo, viendo tan poca gente al lado:

 

«¡Oh si nuestro escuadrón de ciento fuera

180

Pero Gonzalo Hernández animado,

 

vuelto al cielo, responde; «A Dios pluguiera

 

fuéramos solos doce y dos faltaran,

 

que doce de la fama nos llamaran

 

Los caballos en esto apercibiendo,

185

firmes y recogidos en las sillas,

 

sueltan las riendas, y los pies batiendo,

 

parten contra las bárbaras cuadrillas:

 

las poderosas lanzas requiriendo,

 

afiladas en sangre las cuchillas,

190

llamando en alta voz a Dios del cielo,

 

hacen gemir y retemblar el suelo.

 

Calan de fuerte fresno como vigas

 

los bárbaros las picas al momento,

 

de la suerte que suelen las espigas

195

derribarse al furor del recio viento:

 

no bastaron las armas enemigas

 

al ímpetu español y movimiento,

 

que los nuestros rompieron por un lado,

 

dejando el escuadrón aportillado.

200

A un tiempo los caballos volteando,

 

lejos las rotas lanzas arrojadas,

 

vuelven al enemigo y fiero bando,

 

en alto ya desnudas las espadas:

 

otra vez arremeten, no bastando

205

infinidad de puntas enastadas,

 

puestas en contra de la airada gente,

 

a que no se mezclasen igualmente.

[83]

Los unos, que no saben ser vencidos,

 

los otros a vencer acostumbrados

210

son causa que se aumenten los heridos,

 

y que bajen los brazos más pesados:

 

de llamas los arneses encendidos,

 

con gran fuerza y presteza golpeados,

 

formaban un rumor, que el alto cielo

215

del todo parecía venir al suelo.

 

El buen Gonzalo Hernández, presumiendo

 

imitar al de Córdova famoso,

 

iba por el ejército rompiendo,

 

no menos diestro y fuerte que animoso;

220

Peñalosa y Vergara, conociendo

 

que vencer o morir era forzoso,

 

hacen de sus personas arriscadas

 

de esfuerzo y fuerzas pruebas señaladas:

 

El valiente soldado de Escalona,

225

la rigurosa espada ejercitando,

 

aventura y señala su persona

 

mil bárbaros valientes señalando:

 

don Leonardo Manrique no perdona

 

los golpes que recibe, antes doblando

230

los suyos con gran priesa y mayor ira,

 

los castiga, maltrata y los retira.

 

Otro, pues, que de Córdova se llama,

 

mozo de grande esfuerzo y valentía,

 

tanta sangre araucana allí derrama,

235

que hizo cien viudas aquel día:

 

por una que venganza al cielo clama,

 

saltan todas las otras de alegría;

 

que al fin son las mujeres variables,

 

amigas de mudanzas y mudables.

240 [84]

Cortés y Pero Niño por un lado

 

hacen un fiero estrago y cruda guerra;

 

Morán, Gómez de Almagro y Maldonado

 

siembran de cuerpos bárbaros la tierra:

 

el Herrero, como hombre acostumbrado

245

y diestro en golpear, mata y atierra:

 

pues Nereda también, que era maestro,

 

hiere, derriba a diestro y a siniestro.

 

Como si fueran a morir desnudos,

 

las rabiosas espadas así cortan;

250

con tanta fuerza bajan golpes crudos,

 

que poco fuertes armas les importan:

 

lo que sufrir no pueden los escudos,

 

los insensibles cuerpos lo comportan

 

en furor encendidos, de tal suerte,

255

que no sienten los golpes ni aun la muerte.

 

Antes de rabia y cólera abrasados,

 

con poderosos golpes los martillan,

 

y de muchos con fuerza redoblados

 

los cargados caballos arrodillan:

260

abollan los arneses relevados,

 

abren, desclavan, rompen, deshebillan:

 

ruedan las rotas piezas y celadas,

 

y el aire atruena el son de las espadas.

 

Lincoya combatiendo y derribando

265

anima con hervor los escuadrones,

 

contra su fuerza y maza no bastando

 

de crestas altas fuertes morriones.

 

Cortés un golpe suyo reparando,

 

la cabeza inclinó entre los arzones,

270

llevándole el caballo medio muerto,

 

suelto el freno, corriendo a