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Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

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  • Canto VIII
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Canto VIII

Júntanse los caciques y señores principales a consejo general en el valle de Arauco. Mata Tucapel al cacique Puchecalco, y Caupolicán viene con poderoso ejército sobre la ciudad Imperial, fundada en el valle de Cautén.

Un limpio honor del ánimo ofendido

 

jamás puede olvidar aquella afrenta,

 

trayendo al hombre siempre así encogido

 

que dello sin hablar da larga cuenta:

 

y en el mayor contento, desabrido

5

se le pone delante, y representa

 

la dura y grave afrenta, con un miedo

 

que todos le señalan con el dedo.

 

Si bien esto los nuestros lo miraran

 

y al temor con esfuerzo resistieran,

10

sus haciendas y casas sustentaran,

 

y en la justa demanda fenecieran:

 

de mil desabrimientos no gustaran,

 

ni al terrero del vulgo se pusieran;

 

del vulgo, que jamás dice lo bueno,

15

ni en decir los defectos tiene freno.

[148]

Pero de un bando y de otro contemplada

 

la diferencia en número de gentes,

 

la ciudad sin reparos, descercada,

 

con otra infinidad de inconvenientes:

20

y el ver puestas al filo de la espada

 

las gargantas de tantos inocentes,

 

niños, mujeres, vírgenes sin culpa,

 

será bastante y lícita disculpa.

 

Si no es disculpa y causa lo que digo,

25

se puede atribuir este suceso

 

a que fue del Señor justo castigo,

 

visto de su soberbia el gran exceso:

 

permitiendo que el bárbaro enemigo,

 

aquél que fue su súbdito y opreso,

30

los eche de su tierra y posesiones,

 

y les ponga el honor en opiniones.

 

Bien que en la Concepción copia de gente

 

estaba a la sazón, pero gran parte

 

de barba blanca y arrugada frente,

35

inútil en la dura y bélica arte,

 

y poca de la edad más suficiente

 

a resistir el gran rigor de Marte

 

y a la parcial fortuna, que se muestra

 

en todos los sucesos ya siniestra.

40

¿Quién podrá con el bando lautarino,

 

viendo que su opinión tanto crecía,

 

y la fortuna próspera el camino

 

en nuestro daño y su provecho abría?

 

No piensa reparar hasta el divino

45

cielo y arruïnar su monarquía,

 

haciendo aquellos bárbaros bizarros,

 

grandes fieros, bravezas y desgarros.

[149]

Pues el pueblo de Penco desolado

 

y de la fiera llama consumido,

50

dije como a gran priesa había llegado

 

un indio mensajero, conocido,

 

que por Caupolicán era enviado;

 

y habiendo de su parte encarecido

 

la gran batalla, digna de memoria,

55

las gracias les rindió de la vitoria.

 

Dijo también, sin alargar razones,

 

que el general mandaba que partiese

 

Lautaro con los prestos escuadrones,

 

y en el valle de Arauco se metiese,

60

donde el senado y junta de varones

 

tratase lo que más les conviniese;

 

pues en fértil valle hay aparejo

 

para la junta y general consejo.

 

En oyendo Lautaro aquel mandato,

65

levanta el campo, sin parar camina,

 

deja gran tierra atrás, y en poco rato

 

al monte Andalicano se avecina:

 

y por llegar con súbito rebato

 

el camino torció por la marina,

70

ganoso de burlar al bando amigo,

 

tomando el nombre y voz del enemigo.

 

Tanto marchó, que al asomar del día

 

dio sobre el general súbitamente,

 

con una baraúnda y vocería

75

que puso en arma y alteró la gente:

 

mas vuelto el alboroto en alegría,

 

conocida la burla claramente,

 

los unos y los otros sin firmarse

 

sueltas las armas corren a abrazarse.

80 [150]

Caupolicán alegre, humano y grave,

 

los recibe, abrazando al buen Lautaro,

 

y con regalo y plática süave

 

le da prendas y honor de hermano caro:

 

la gente, que de gozo en sí no cabe,

85

por la ribera de un arroyo claro,

 

en juntas y corrillos derramada,

 

celebra de beber la fiesta usada.

 

Algún tiempo pasaron después de esto

 

antes que el gran senado fuese junto,

90

tratando en su jornada y presupuesto

 

desde el principio al fin sin faltar punto:

 

pero al término justo y plazo puesto

 

llegó la demás gente, y todo a punto,

 

los principales hombres de la tierra

95

entraron en consulta a uso de guerra.

 

Llevaba el general aquel vestido

 

con que Valdivia ante él fue presentado;

 

era de verde y púrpura, tejido

 

con rica plata y oro recamado,

100

un peto fuerte, en buena guerra habido,

 

de fina pasta y temple relevado,

 

la celada de claro y limpio acero,

 

y un mundo de esmeralda por cimero.

 

Todos los capitanes señalados

105

a la española usanza se vestían,

 

la gente del común y los soldados

 

se visten del despojo que traían;

 

calzas, jubones, cueros desgarrados,

 

en gran estima y precio se tenían;

110

por inútil y bajo se juzgaba

 

el que español despojo no llevaba.

[151]

A manera de triunfos, ordenaron

 

el venir a la junta así vestidos

 

y en el consejo, como digo, entraron

115

ciento y treinta caciques escogidos:

 

por su costumbre antigua se sentaron,

 

según que por la espada eran tenidos.

 

Estando en gran silencio el pueblo ufano,

 

así soltó la voz Caupolicano.-

120

«Bien entendido tengo yo, varones,

 

para que nuestra fama se acreciente,

 

que no es menester fuerza de razones,

 

mas sólo el apuntarlo brevemente;

 

que, según vuestros fuertes corazones,

125

entrar la España pienso fácilmente,

 

y el gran Emperador, invicto Carlo

 

al dominio araucano sujetarlo.

 

»Los españoles vemos que ya entienden

 

el peso de las mazas barreadas,

130

pues ni en campo ni en muro nos atienden:

 

sabemos cómo cortan sus espadas,

 

y cuán poco las mallas los defienden

 

del corte de las hachas aceradas;

 

si sus picas son largas y fornidas,

135

con las vuestras han sido ya medidas.

 

»De vuestro intento asegurarme quiero,

 

pues estoy del valor tan satisfecho,

 

que gruesos muros de templado acero

 

allanaréis poniéndoles el pecho:

140

con esta confianza, yo el primero

 

seguiré vuestro bando y el derecho

 

que tenéis de ganar la fuerte España

 

y conquistar del mundo la campaña.

[152]

»La deidad de esta gente entenderemos

145

y si del alto cielo cristalino

 

deciende, como dicen, abriremos

 

a puro hierro anchísimo camino;

 

su género y linaje asolaremos:

 

que no bastará ejército divino,

150

ni divino poder, esfuerzo y arte,

 

si todos nos hacemos a una parte.

 

»En fin, fuertes guerreros, como digo,

 

no puede mi intención más declararse.

 

Aquél que me quisiere por amigo,

155

a tiempo está que puede señalarse:

 

ténganme desde aquí por enemigo

 

el que quisiere a paces arrimarse».-

 

Aquí dio fin y su intención propuesta,

 

esperaba sereno la respuesta.

160

Ceja no se movió, y aun el aliento

 

apenas al espíritu halló vía

 

mientras duró el soberbio parlamento,

 

que el gran Caupolicano les hacía.

 

Hubo en el responder el cumplimiento

165

y ceremonia usada en cortesía;

 

a Lautaro tocaba, y excusado,

 

Lincoya así responde levantado.-

 

«Señor, yo no me he visto tan gozoso

 

después que en este triste mundo vivo,

170

como en ver manifiesto el valeroso

 

intento tuyo, el ánimo y motivo:

 

y así, por pensamiento tan glorioso,

 

me ofrezco por tu siervo y tu cautivo:

 

que no quiero ser rey del cielo y tierra

175

si hubiese de acabarse aquí la guerra.

[153]

»Y en testimonio desto, yo te juro

 

de te seguir y acompañar de hecho;

 

ni por áspero caso, adverso y duro

 

a la patria volver jamás el pecho:

180

desto puedes, señor, estar seguro;

 

y todo faltará y será deshecho

 

antes que la palabra acreditada

 

de un hombre como yo por prenda dada.»-

 

Así dijo; y tras él, aunque rogado,

185

el buen Peteguelén, Curaca anciano,

 

de condición muy áspera enojado,

 

pero afable en la paz, fácil y humano;

 

viejo, enjuto, dispuesto, bien trazado,

 

señor de aquel hermoso y fértil llano,

190

con espaciosa voz y grave gesto

 

propuso en sus razones sabias esto.-

 

«Fuerte varón y capitán perfeto,

 

no dejaré de ser el delantero

 

a probar la fineza deste peto

195

y si mi hacha rompe el fino acero;

 

mas, como quien lo entiende, te prometo

 

que falta por hacer mucho primero

 

que salgan españoles desta tierra,

 

cuanto más ir a España a mover guerra.

200

»Bien será que, señor, nos contentemos

 

con lo que nos dejaron los pasados,

 

y a nuestros enemigos desterremos,

 

que están en lo más dello apoderados:

 

después, por el suceso entenderemos

205

mejor el disponer de nuestros hados.

 

Esto a mí me parece; y quien quisiere

 

proponga otra razón si mejor fuere.»-

[154]

Callando este cacique, se adelanta

 

Tucapelo, de cólera encendido,

210

y sin respeto así la voz levanta

 

con un tono soberbio y atrevido,

 

diciendo: «A mí la España no me espanta,

 

y no quiero por hombre ser tenido

 

si solo no arruïno a los cristianos,

215

ora sean divinos, ora humanos.

 

»Pues lanzarlos de Chile y destruirlos

 

no será para mí bastante guerra;

 

que pienso, si me esperan, confundirlos

 

en el profundo centro de la tierra;

220

y si huyen, mi maza ha de seguirlos,

 

que es la que deste mundo los destierra:

 

por eso no nos ponga nadie miedo,

 

que aún no haré en hacerlo lo que puedo.

 

»Y por mi diestro brazo os aseguro,

225

si la maza dos años me sustenta,

 

a despecho del cielo, a hierro puro

 

de dar desto descargo y buena cuenta,

 

y no dejar de España enhiesto muro;

 

y aun el ánimo a más se me acrecienta,

230

que después que allanare el ancho suelo,

 

a guerra incitaré al supremo cielo.

 

»Que no son hados, es pura flaqueza

 

la que nos pone estorbos y embarazos:

 

pensar que haya fortuna, es gran simpleza,

235

la fortuna es la fuerza de los brazos:

 

la máquina del cielo y fortaleza

 

vendrá primero abajo hecha pedazos,

 

que Tucapel en esta y otra empresa

 

falte un mínimo punto en su promesa.»-

240 [155]

Peteguelén, la vieja sangre fría

 

se le encendió de rabia, y levantado

 

le dice: «¡Oh arrogante! La osadía

 

sin discreción jamás fue de esforzado...»

 

Pero Caupolicán, que conocía

245

del viejo a tiempo el ánimo arrojado,

 

con discreción le ataja las razones,

 

haciendo proponer a otros varones.

 

Purén se ofrece allí, y Angol se ofrece

 

no con menor braveza y desatiento:

250

Ongolmo no quedó, según parece,

 

de mostrar su soberbio pensamiento:

 

del uno en otro multiplica y crece

 

el número en el mismo ofrecimiento.

 

Colocolo, que atento estaba a todo,

255

sacó la voz, diciendo de este modo.-

 

«La verde edad os lleva a ser furiosos,

 

¡oh hijos!, y nosotros los ancianos

 

no somos en el mundo provechosos

 

más de para decir consejos sanos;

260

que no nos ciegan humos vaporosos

 

del juvenil hervor y años lozanos:

 

y así, como más libres, entendemos

 

lo que siendo mancebos no podemos.

 

»Vosotros, capitanes esforzados,

265

de sola una vitoria envanecidos,

 

estáis de tal manera levantados,

 

que os parecen ya pocos los nacidos:

 

templad, templad los pechos alterados

 

y esos vanos esfuerzos mal regidos;

270

no hagáis de españoles tal desprecio,

 

que no venden sus vidas a mal precio.

[156]