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Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

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  • Canto XI
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Canto XI

Acábanse las fiestas y diferencias, y caminando Lautaro sobre la ciudad de Santiago, antes de llegar a ella hace un fuerte, en el cual metido, vienen los españoles sobre él, donde tuvieron una recia batalla.

Cuando los corazones nunca usados

 

a dar señal y muestra de flaqueza

 

se ven en lugar público afrentados,

 

entonces manifiestan su grandeza,

 

fortalecen los miembros fatigados,

5

despiden el cansancio y la torpeza,

 

y salen fácilmente con las cosas

 

que eran antes, Señor, dificultosas.

 

Así le avino a Rengo, que, en cayendo,

 

tanto esfuerzo le puso el corrimiento,

10

que, lleno de furor y en ira ardiendo,

 

se le dobló la fuerza y el aliento:

 

y al enemigo fuerte, no pudiendo

 

ganarle antes un paso, agora ciento

 

alzado de la tierra lo llevaba,

15

que aun afirmar los pies no le dejaba.

[210]

Adelante la cólera pasara

 

y hubiera alguna brega en aquel llano,

 

si, receloso de esto, no bajara

 

presto de arriba el hijo de Pillano,

20

que de Caupolicán traía la vara,

 

y él propio los aparta de su mano:

 

que no fue poco, en tanto encendimiento

 

tenerle este respeto y miramiento.

 

Siendo desta manera sin ruïdo

25

despartida la lucha ya enconada,

 

le fue a Rengo su honor restituïdo,

 

mas quedó sin derecho a la celada:

 

aún no estaba del todo difinido,

 

ni la plaza de gente despejada,

30

cuando el mozo Orompello dijo presto:

 

Mi vez ahora me toca, mío es el puesto.

 

Que bramando entre sí se deshacía

 

esperando aquel tiempo deseado,

 

viendo que Leucotón ya mantenía,

35

del tiro de la lanza no olvidado:

 

con gran desenvoltura y gallardía

 

salta el palenque y entra el estacado,

 

y en medio de la plaza, como digo,

 

llamaba cuerpo a cuerpo al enemigo.

40

La trápala y murmurio en el momento

 

creció, porque parando el pueblo en ello,

 

conoce por allí cuán descontento

 

del fuerte Leucotón está Orompello:

 

témese que vendrán a rompimiento,

45

mas nadie se atraviesa a defendello,

 

antes la plaza libre les dejaron

 

y los vacíos lugares ocuparon.

[211]

El pueblo, de la lucha deseoso,

 

la más parte a Orompello se inclinaba;

50

mira los bellos miembros y el airoso

 

cuerpo que a la sazón se desnudaba,

 

la gracia, el pelo crespo y el hermoso

 

rostro, donde su poca edad mostraba,

 

que veinte años cumplidos no tenía,

55

y a Leucotón a fuerzas desafía.

 

Juzgan ser desconformes los presentes

 

las fuerzas de estos dos por la aparencia;

 

viendo del uno el talle y los valientes

 

niervos, edad perfeta y experiencia;

60

y del otro los miembros diferentes,

 

la tierna edad y grata adolecencia;

 

aunque a tal opinión contradecía

 

la muestra de Orompello y osadía:

 

que, puesto en su lugar, ufano espera

65

el son de la trompeta, como cuando

 

el fogoso caballo en la carrera

 

la seña del partir está aguardando;

 

y cual halcón, que en la húmida ribera

 

ve la garza de lejos blanqueando,

70

que se alegra y se pule ya lozano,

 

y está para arrojarse de la mano.

 

El gallardo Orompello así esperaba

 

aquel alegre son para moverse,

 

que, de ver la tardanza, imaginaba

75

que habían impedimentos de ofrecerse.

 

Visto que tanto ya se dilataba,

 

queriendo a su sabor satisfacerse,

 

derecho a Leucotón sale animoso,

 

que no fue en recebirle perezoso.

80 [212]

En gran silencio vuelto el rumor vano,

 

quedando mudos todos los presentes,

 

en medio de la plaza, mano a mano,

 

salen a se probar los dos valientes.

 

Como cuando el lebrel y fiero alano,

85

mostrándose con ronco son los dientes,

 

yertos los cerros y ojos encendidos,

 

se vienen a morder embravecidos;

 

de tal modo los dos amordazados,

 

sin esperar trompeta ni padrino,

90

de coraje y rencor estimulados,

 

de medio a medio parten el camino,

 

y en un instante iguales, aferrados,

 

con extremada fuerza y diestro tino

 

se ciñeron los brazos poderosos,

95

echándose a los pies lazos ñudosos.

 

Las desconformes fuerzas, aunque iguales,

 

los lleva, arroja y vuelve a todos lados,

 

viéranlos sin mudarse a veces tales

 

que parecen en tierra estar clavados:

100

donde ponen los pies, dejan señales,

 

cavan el duro suelo, y apretados,

 

juntándose rodillas con rodillas,

 

hacen crugir los huesos y costillas.

 

Cada cual del valor, destreza y maña

105

usaba que en tal tiempo usar podía,

 

viendo el duro tesón y fuerza extraña

 

que en su recio adversario conocía:

 

revuélvense los dos por la campaña,

 

sin conocerse en nadie mejoría;

110

pero tanto de acá y de allá anduvieron

 

que ambos juntos a un tiempo en tierra dieron.

[213]

Fue tan presto el caer, y en el momento

 

tan presto el levantarse, por manera,

 

que se puede decir que el más atento,

115

a mover la pestaña, no lo viera:

 

ventaja ni señal de vencimiento

 

juzgarse por entonces no pudiera,

 

que Leucotón arrodilló en el llano

 

y Orompello tocó sola una mano.

120

En esto los padrinos se metieron,

 

y a cada lado el suyo retirando,

 

en disputa la lucha resumieron,

 

sus puntos y razones alegando:

 

de entrambas partes gentes acudieron,

125

la porfía y rumor multiplicando;

 

quién daba al uno el precio, honor y gloria;

 

quién cantaba del otro la vitoria.

 

Tucapelo, que estaba en un asiento

 

a la diestra del hijo de Pillano,

130

visto lo que pasaba, en el momento

 

salta en la plaza, la ferrada en mano;

 

y con aquel usado atrevimiento

 

dice: «El precio ganó mi primo hermano,

 

y si alguno esta causa me defiende,

135

harele yo entender que no lo entiende:

 

«La joya es de Orompello, y quien bastante

 

se halle a reprobar el voto mío,

 

en campo estamos, hágase adelante,

 

que en suma le desmiento y desafío

140

Leucotón con un término arrogante

 

dice: «Yo amansaré tu loco brío

 

y el vano orgullo y necio devaneo,

 

que mucho tiempo ha ya que lo deseo

[214]

«Conmigo lo has de haber, que comenzado

145

juego tenemos ya», dijo Orompello.

 

Responde Leucotón fiero y airado:

 

«Contigo y con tu primo quiero habello

 

Caupolicán en esto era llegado,

 

que del supremo asiento, viendo aquello,

150

había bajado a la sazón confuso,

 

y allí su autoridad toda interpuso.

 

Leucotón y Orompello, conociendo

 

que el gran Caupolicán allí venía,

 

las enconosas voces reprimiendo

155

cada cual por su parte se desvía:

 

mas Tucapel, la maza revolviendo,

 

que otro acuerdo y concierto no quería,

 

lleno de ira diabólica, no calla,

 

llamando a todo el mundo a la batalla.

160

Ruego y medios con él no valen nada

 

del hijo de Leocán ni de otra gente,

 

diciendo que a Orompello la celada

 

le den por vencedor y más valiente:

 

después, que en plaza franca y estacada

165

con Leucotón le dejen libremente,

 

donde aquella disputa se decida,

 

perdiendo de los dos uno la vida.

 

Puesto Caupolicán en este aprieto,

 

lleno de rabia y de furor movido,

170

le dice: «Haré que guardes el respeto

 

que a mi persona y cargo le es debido

 

Tucapel le responde: «Yo prometo

 

que por temor no baje del partido;

 

y aquel que en lo que digo no viniere,

175

haga a su voluntad lo que pudiere.

[215]

«Guardarete respeto, si derecho

 

en lo que justo pido me guardares,

 

y mientras que con recto y sano pecho

 

la causa sin pasión de esto mirares:

180

mas si, contra razón, sólo de hecho,

 

torciendo la justicia lo llevares,

 

por ti y tu cargo, y todo el mundo junto,

 

no perderé de mi derecho un punto

 

Caupolicán, perdida la paciencia,

185

se mueve a Tucapel determinado;

 

mas Colocolo, viejo de experiencia,

 

que con temor le andaba siempre al lado,

 

le hizo una acatada resistencia

 

diciendo: «¿Estás, señor, tan olvidado

190

de ti y tu autoridad y salud nuestra

 

que lo pongas en sólo alzar la diestra?

 

«Mira, señor, que todo se aventura:

 

mira que están los más ya diferentes:

 

de Tucapel conoces la locura

195

y la fuerza que tiene de parientes;

 

lo que emendarse puede con cordura

 

no lo emiendes con sangre de inocentes:

 

dale a Orompello el contendido precio,

 

y otro al competidor de igual aprecio.

200

»Si por rigor y término sangriento

 

quieres poner en riesgo lo que queda,

 

puesto que sobre fijo fundamento

 

Fortuna a tu sabor mueva la rueda,

 

y el juvenil furor y atrevimiento

205

castigar a tu salvo te conceda,

 

queda tu fuerza más disminuida,

 

y al fin tu autoridad menos temida.

[216]

»Pierdes dos hombres, pierdes dos espadas

 

que el límite araucano han extendido,

210

y en las fieras naciones apartadas

 

hacen que sea tu nombre tan temido:

 

si agora han sido aquí desacatada,

 

mira lo que otras veces han servido

 

en trances peligrosos, derramando

215

la sangre propia y del contrario bando

 

Imprimieron así en Caupolicano

 

las razones y celo de aquel viejo,

 

que, frenando el furor, dijo: «En tu mano

 

lo dejo todo y tomo ese consejo».

220

Con tal resolución, el sabio anciano,

 

viendo abierto camino y aparejo,

 

habló con Leucotón que vino en todo,

 

y a los primos después del mismo modo.

 

Y así el viejo eficaz los persuadiera,

225

que en tal discordia y caso tan diviso,

 

lo que el mundo universo no pudiera

 

pudo su discreción y buen aviso:

 

fuelos, pues, reduciendo de manera

 

que vinieron a todo lo que quiso;

230

pero con condición que la celada

 

por precio al Orompello fuese dada.

 

Pues la rica celada allí traída

 

al ufano Orompello le fue puesta;

 

y una cuera de malla guarnecida

235

de fino oro a la par vino con ésta,

 

y al mismo tiempo a Leucotón vestida.

 

Todos conformes, en alegre fiesta

 

a las copiosas mesas se sentaron,

 

donde más la amistad confederaron.

240 [217]

Acabado el comer, lo que del día

 

les quedaba, las mesas levantadas,

 

se pasó en regocijo y alegría,

 

tegiendo en corros danzas siempre usadas,

 

donde un número grande intervenía

245

de mozos y mujeres festejadas;

 

que las pruebas cesaron y ocasiones

 

atento a no mover nuevas cuestiones.

 

Cuando la noche el horizonte cierra,

 

y con la negra sombra el mundo abraza,

250

los principales hombres de la tierra

 

se juntaron en una antigua plaza

 

a tratar de las cosas de la guerra,

 

y en el discurso dellas dar la traza,

 

diciendo que el subsidio padecido

255

había de ser con sangre redemido.

 

Salieron con que al hijo de Pillano

 

se cometiese el cargo deseado,

 

y el número de gente por su mano

 

fuese absolutamente señalado:

260

tal era la opinión del araucano

 

y tal crédito y fama había alcanzado,

 

que si asolar el cielo prometiera

 

crédito a la promesa se le diera.

 

Y entre la gente joven más granada

265

fueron por él quinientos escogidos,

 

mozos gallardos, de la vida airada,

 

por más bravos que pláticos tenidos:

 

y hubo de otros por ir esta jornada

 

tantos ruegos, protestos y partidos,

270

que excusa no bastó ni impedimento

 

a no exceder la copia en otros ciento.

[218]

Los que Lautaro escoge son soldados

 

amigos de inquietud, facinerosos,