Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Alonso de Ercilla y Zúñiga
La Araucana

IntraText CT - Texto

  • Canto XV
Anterior - Siguiente

Pulse aquí para desactivar los vínculos a las concordancias

Canto XV

En este quinceno y último canto se acaba la batalla en la cual fueron muertos todos los araucanos, sin querer alguno dellos rendirse. Y se cuenta la navegación que las naos del Perú hicieron hasta llegar a Chile; y la grande tormenta que entre el río Maule y el puerto de la Concepción pasaron.

¿Qué cosa puede haber sin amor buena?

 

¿Qué verso sin amor dará contento?

 

¿Dónde jamás se ha visto rica vena

 

que no tenga de amor el nacimiento?

 

No se puede llamar materia llena

5

la que de amor no tiene el fundamento;

 

los contentos, los gustos, los cuidados,

 

son, si no son de amor, como pintados.

 

Amor de un juicio rústico y grosero

 

rompe la dura y áspera corteza;

10

produce ingenio y gusto verdadero,

 

y pone cualquier cosa en más fineza:

 

Dante, Ariosto, Petrarca y el Ibero,

 

amor los trujo a tanta delgadeza;

 

que la lengua más rica y más copiosa,

15

si no trata de amor, es desgustosa.

[286]

Pues yo, de amor desnudo y ornamento,

 

con un inculto ingenio y rudo estilo,

 

¿cómo he tenido tanto atrevimiento,

 

que me ponga al rigor del crudo filo?

20

Pero mi celo bueno y sano intento,

 

esto me hace a mí añudar el hilo,

 

que ya con el temor cortado había,

 

pensando remediar esta osadía.

 

Quíselo aquí dejar, considerado

25

ser escritura larga y trabajosa,

 

por ir a la verdad tan arrimado

 

y haber de tratar siempre de una cosa;

 

que no hay tan dulce estilo y delicado,

 

ni pluma tan cortada y sonorosa,

30

que en un largo discurso no se estrague,

 

ni gusto que un manjar no le empalague.

 

Que si a mi discreción dado me fuera

 

salir al campo y escoger las flores,

 

quizá el cansado gusto removiera

35

la usada variedad de los sabores:

 

pues como otros han hecho, yo pudiera

 

entretejer mil fábulas y amores;

 

mas, ya que tan adentro estoy metido,

 

habré de proseguir lo prometido.

40

Al lombardo dejé y al araucano

 

donde la guerra andaba más trabada,

 

que vienen a juntarse mano a mano,

 

la espada alta y la maza levantada:

 

de malla está cubierto el italiano,

45

el indio la persona desarmada,

 

y así como más suelto y más ligero,

 

en descargar el golpe fue el primero.

[287]

El membrudo italiano, como vido

 

la maza y el rigor con que bajaba,

50

alzó el escudo en alto, y recogido

 

debajo dél, el golpe reparaba:

 

por medio el fuerte escudo fue rompido,

 

y en modo la cabeza le cargaba,

 

que, batiendo los dientes, vio en el suelo

55

las estrellas más mínimas del cielo.

 

El brazo descargó, que alto tenía,

 

sobre el valiente bárbaro el lombardo,

 

pensando que dos piezas le haría,

 

según era del ánimo gallardo:

60

pero Rengo, que punto no perdía,

 

como una onza ligera y suelto pardo,

 

un presto salto dio a la diestra mano,

 

de suerte que el cuchillo bajó en vano.

 

Tras esto el diestro bárbaro rodea

65

la poderosa maza, de manera

 

que acertarle de lleno, no al Andrea,

 

pero un duro peñasco deshiciera.

 

Igual andaba entre ellos la pelea,

 

aunque temo yo a Rengo a la primera

70

vez que el cuchillo baje, si le halla,

 

que habrá fin con su muerte la batalla.

 

Mas con destreza y gran reportamiento,

 

desnudo de armas y de esfuerzo armado,

 

entra, sale y revuelve como el viento,

75

que en maña y ligereza era extremado:

 

hace siempre su golpe, y al momento

 

le halla el enemigo así apartado,

 

que aunque el cuchillo de dos brazas fuera,

 

alcanzar a herirle no pudiera.

80 [288]

Mil golpes por el aire arroja en vano

 

el furioso italiano embravecido,

 

viendo cómo desnudo un araucano

 

y él armado, le tiene en tal partido:

 

la izquierda junta a la derecha mano,

85

y apretando la espada, de corrido

 

al bárbaro arremete, altos los brazos,

 

pensando dividirle en dos pedazos.

 

El araucano con mañoso brío,

 

baja la maza, firme lo esperaba,

90

mas el cuerpo hurtó con un desvío

 

al tiempo que el cuchillo derribaba:

 

así que el brazo y golpe dio en vacío,

 

y de la fuerza inmensa que llevaba,

 

el gran cuchillo sustentar no pudo,

95

quedando allí con sólo medio escudo.

 

Pues como tal lo vio, suelta la maza,

 

cerrando el presto bárbaro de hecho,

 

y cuerpo a cuerpo así con él se abraza,

 

que le imprime las mallas en el pecho;

100

no por esto el lombardo se embaraza,

 

mas piensa dél así haber más derecho,

 

y con brazos durísimos lo afierra,

 

creyendo levantarlo de la tierra.

 

Lo que el valiente Alcides hizo a Anteo

105

quiso el nuestro hacer del araucano;

 

mas no salió fortuna a su deseo,

 

y así el deseado efeto salió en vano:

 

que el esforzado Rengo de un rodeo

 

lo lleva largo trecho por el llano,

110

sobre los cuerpos muertos tropezando,

 

siempre con más furor sobre él cargando.

[289]

Andrea, de empacho ardiendo en rabia viva,

 

sintiéndose de un hombre así apurado,

 

firme en el suelo con los pies estriba,

115

cobrando esfuerzo del honor sacado,

 

y de manera sobre Rengo arriba

 

que de tierra lo lleva levantado,

 

que era de fuerza grande y de gran prueba,

 

bastante a comportar la carga nueva.

120

Yo vi, entre muchos jóvenes valientes

 

sobre pruebas de fuerza porfiando,

 

trabar él una cuerda con los dientes,

 

asiendo cuatro della, y estribando

 

todos a un tiempo a parte diferentes,

125

a su pesar llevarlos arrastrando;

 

y de solos los dientes se valía,

 

que las manos atrás presas tenía.

 

Y con facilidad y poca pena,

 

la mayor bota o pipa que hallaba,

130

capaz de veinte arrobas, de agua llena,

 

de tierra un codo y más la levantaba;

 

y suspendida sin verter, serena,

 

la sed por largo espacio mitigaba,

 

bajándola después al suelo llano

135

como si fuera un cántaro liviano.

 

Aconteció otras veces, barqueando

 

ríos en esta tierra caudalosos,

 

ir la corriente el ímpetu esforzando

 

a desbravar en riscos peñascosos,

140

arrebatando el barco, no bastando

 

la fuerza de los remos presurosos,

 

y él, cubierto de malla como estaba,

 

luego animoso al agua se arrojaba;

[290]

y una cuerda en la boca, revolviendo

145

al furioso raudal el duro pecho,

 

los pies y fuertes brazos sacudiendo,

 

rompía por la canal casi derecho,

 

remolcando la barca y resistiendo

 

el ímpetu del agua, del estrecho

150

la sacaba a la orilla en salvamento,

 

haciendo otras mil cosas que no cuento.

 

A Rengo aquí también sobrepujaba,

 

que no fue de su fuerza menor prueba;

 

pero Rengo, que en ira se abrasaba,

155

viendo que sin firmarse alto lo lleva,

 

hizo por fuerza pie y sobre él tornaba,

 

sacando la vergüenza fuerza nueva;

 

pero al cabo los dos se desasieron,

 

y otra vez a las armas acudieron.

160

Y comienzan de nuevo el fiero asalto

 

como si descansaran todo el día,

 

ora presto por bajo, ora por alto,

 

sin miedo el uno al otro acometía:

 

Rengo, que de armadura estaba falto,

165

con tal destreza y maña se regía,

 

que sostiene en un peso aquella guerra,

 

no perdiendo una mínima de tierra.

 

Con presteza una vez tal golpe asienta

 

al valiente cristiano por un lado,

170

que toda la persona le atormenta,

 

según que fue de fuerza muy cargado:

 

otro redobla, y otro, y a mi cuenta

 

al cuarto, que bajaba más pesado,

 

el astuto italiano se desvía,

175

y de una punta al bárbaro hería.

[291]

La espada le atraviesa el brazo fuerte

 

abriéndole en el lado una herida;

 

mas fue tal su ventura y diestra suerte

 

que no le privó el golpe de la vida:

180

el bárbaro en ponzoña se convierte,

 

y con braveza fuera de medida,

 

con el fiero enemigo fue en un punto,

 

descargando la maza todo junto.

 

El italiano en alto el medio escudo

185

alzó, por recoger el golpe extraño;

 

pero del todo resistir no pudo,

 

aunque se reparó parte del daño;

 

batiole la cabeza el golpe crudo,

 

y cual si el morrión fuera de estaño

190

y no de fuerte pasta bien templado,

 

así de aquella vez quedó abollado.

 

Dos o tres pasos dio desvanecido

 

del golpe el italiano, vacilando,

 

perdida la memoria y el sentido,

195

y anduvo por caer titubeando:

 

la sangre por el uno y otro oído

 

le reventó en gran flujo, como cuando

 

revienta de abundancia alguna fuente,

 

y en pie se tuvo bien difícilmente.

200

Pero vuelto en su acuerdo, que se mira

 

lleno de sangre y puesto en tal estado,

 

más furioso que nunca, ardiendo en ira

 

de verse así de un bárbaro tratado,

 

el brazo con el pie diestro retira

205

para tomar más fuerza, y el pesado

 

cuchillo derribó con tal ruïdo

 

que revocó en los montes del sonido.

[292]

Rengo, que el gran cuchillo bajar siente

 

y el ímpetu y furor con que venía,

210

cruzando la alta maza osadamente,

 

al reparo debajo se metía:

 

no fue la asta defensa suficiente

 

por más barras de acero que tenía,

 

que a tierra vino della una gran pieza,

215

y el furioso cuchillo a la cabeza.

 

Fue este golpe terrible y peligroso,

 

por do una roja fuente manó luego,

 

y anduvo por caer Rengo dudoso,

 

atónito y de sangre casi ciego:

220

el italiano allí no perezoso,

 

viendo que no era tiempo de sosiego,

 

baja otra vez el gran cuchillo agudo

 

con todo aquel vigor que dalle pudo.

 

En medio de la frente en descubierto

225

hiere al turbado Rengo el italiano,

 

y hubiérale de arriba a abajo abierto,

 

si no torciera al descargar la mano:

 

el golpe fue de llano y como muerto

 

vino al suelo tendido el araucano;

230

y el cuchillo del golpe atormentado

 

por tres o cuatro partes fue quebrado.

 

Crino, que volvió el rostro al gran ruïdo

 

del poderoso golpe y la caída,

 

viendo al valiente Rengo así tendido,

235

pensó que era pasado de esta vida:

 

y, de amistad y deudo conmovido,

 

la espada de su propio amo homicida,

 

que en Penco Tucapel ganado había,

 

en venganza del bárbaro esgrimía.

240 [293]

Pasa al Andrea de un golpe el estofado

 

no reparando en él la cruda espada,

 

que, rompiendo la malla por el lado,

 

le penetró hasta el hueso la estocada:

 

vuelve con un mandoble, y recatado

245

Andrea, viendo venir la cuchillada,

 

fue tan presto con él por resistirle,

 

que no le dejó tiempo de herirle.

 

Sin darle más lugar, con él se afierra,

 

donde en satisfacción de la herida,

250

alzándole bien alto de la tierra,

 

de espaldas le tendió con gran caída;

 

y por dar presto fin a aquella guerra

 

la espada le quitó y luego la vida;

 

metiéndose tras esto por la parte

255

que andaba más sangriento el fiero Marte.

 

Hiende por do el montón ve más estrecho;

 

¡triste de aquel que allí con él se junta!

 

Uno parte al través, otro al derecho,

 

otro al sesgo, otro ensarta de una punta;

260

otros que tiende, aún no bien satisfecho,

 

a coces los quebranta y descoyunta:

 

brazos, cabezas por el aire avienta

 

sin término, sin número, ni cuenta.

 

El buen Lasarte con la diestra airada

265

en medio del furor se desenvuelve,

 

pasa el pecho a Talcuen de una estocada,

 

y sobre Titaguan furioso vuelve: