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Salen LISAURO
de labrador y CANDADO
LISAURO: No
pongo en cosa, Candado,
mi
gusto que me le dé;
contra
mí se ha conjurado
todo el
mundo, ¿adónde iré
para no
ser desdichado?
Que
la amistad ponga trato
con el
interés, ya ha sido
ley del
mundo sin recato
no me
espanta del olvido
del
amigo que es ingrato.
Pero
que también persigan
las
cosas inanimadas,
a un
desdichado, y que sigan
leyes
en vicio fundadas,
que a
la ingratitud obligan,
esto
me asombra y me espanta;
hasta
la tierra que piso
parece
que se levanta
contra
mí. Cuanto diviso,
aire,
fruto, piedra, planta,
parece que se conjura
y con
semblante inclemente
huye de
mi desventura.
Para mí
llora la fuente
cuando
reírse procura.
Ya
en tu casa me aborrecen
tus hijos y tu mujer;
mis desdichas lo merecen.
CANDADO: ¿Pues qué hicieran a saber
quién
eres y lo que ofrecen
los
que tu ventura escasa
persiguen?
LISAURO:
Tu esposa dice
que
desde que entré en tu casa
cuanto
tiene es infelice:
los
trigos el cierzo abrasa,
cómese el lobo al ganado,
y, en
fin, viñas, prados, gente,
todo
por mí ha desmedrado.
CANDADO:
Parécense extrañamente
la tiña
y el desdichado.
Como
es la mala fortuna
tiña y
peste, donde llega
no deja
cosa ninguna,
sarna
que luego se pega
su
contagión importuna.
Pero
si en tiempo apestado
se
conoce la lealtad
del
amigo y del criado
y es
peste tu enfermedad,
no te
ha de dejar Candado,
por
más que el tiempo crüel
apartarme de ti crea,
pues cuando por ti y por
él,
rico y dichoso no sea,
a lo
menos seré fiel.
Candado soy y cerrado
para
guardarte, y aunque eres
infeliz
y desdichado,
mientras
que tú no la abrieres,
mi
lealtad va con candado.
Mira
del modo que intentas
favorecer a tu esposa;
porque
con nuevas tormentas
la
riqueza poderosa
maquina
trazas violentas.
Lelio, que por bien no alcanza
la
posesión de su amor,
abre
puerta a la venganza,
y en
los brazos del rigor
alimenta su esperanza.
Porque
no pueda salir
de
Venecia, hace guardar
su
casa, sin permitir
irla
nadie a visitar.
LISAURO: Menos
mal fuera morir.
Pues
¿qué come, si es que tiene
ya mi
esposa que comer?
Todo
contrario me viene;
¿luego
no podrá vender
el
diamante?
CANDADO:
Ni conviene,
que
quien le quitó la hacienda
mejor
quitará el diamante.
LISAURO: ¡Ay cara y hermosa prenda!
Muera
tu esposo delante
de tus
ojos y no ofenda
mi
desdicha de esa suerte
tu
constancia no rendida;
yo voy
a morir y a verte,
que por
remediar tu vida
quiero
que me den la muerte.
CANDADO:
¿Estás sin seso, señor?
LISAURO: Morir
quiero.
CANDADO:
Desear
la
muerte más es temor
y
flaqueza que alcanzar
nombre digno de valor.
LISAURO: ¿No
podré ver a Fulgencia
otra
vez dando disfraz
que me
lleve a su presencia?
CANDADO: Nunca
el capitán sagaz
tienta,
si tiene prudencia,
la fortuna poco fuerte
dos
veces, porque si funda
en la
primera su suerte,
suele
estar en la segunda
la
celada de su muerte.
Yo
iré a Venecia cual suelo,
que soy
menos conocido
y me es
más piadoso el cielo.
Del
carbón que hemos cocido
haré
cargas, venderélo,
y
dándole el precio de él
a
Fulgencia, que conmigo
no será
Lelio crüel,
ni
creerá que a un su enemigo
cubre
mi tosco buriel.
Dándome entrada segura
remediaré su pobreza,
daré
alivio a su hermosura,
y
alentaré su firmeza
mientras tu destino dura.
Esto
quiero, y es razón
que
aqueste gusto me des.
LISAURO: ¡Ay
leal Efestión!
Ni te
vence el interés
ni te
obliga la opinión
de la fingida amistad;
quisiera Alejandro ser
para
pagar tu lealtad.
CANDADO: El
carbón voy a poner;
hoy
entrará en la ciudad,
sufre tu infeliz estado;
que
aquél, si fuere animoso
estará,
aunque despreciado,
más
cerca de ser dichoso
que
fuese más desdichado.
Vase
LISAURO:
Correspondencias y tratos
en
Italia tenía yo,
con mercaderes que, ingratos,
la
necesidad buscó
sus
partidas y contratos.
Pues
si es verdad lo que digo,
los
amigos, ¿dónde están,
que
siempre andaban conmigo?
Mas las hormigas no van
a las eras si no hay trigo.
El que ve la
golondrina
en el
verano labrar
casa
firme, ¿no imagina
cuán de
asiento quiere estar
por su
huéspeda y vecina?
¿No
parece el nido eterno
que ha
fortalecido tanto?
¿No le
alegra el canto tierno?
Pues
nido, hospedaje y canto
todo lo
deja al invierno;
que me quejo, pues, en vano
si mi
invierno va conmigo.
Faltó
el sol y faltó el grano;
si es
golondrina el amigo,
él
volverá en el verano.
Sale VERINO Y
DIODORO
VERINO: El duque
de nuevo ha echado
de
Ferrara a los bandidos
que
Venecia ha desterrado;
y así
somos compelidos
a sacar
de aqueste estado
a
nuestro padre Honorato,
cuya
vejez afligida
remediar, Diódoro, trato.
DIODORO: ¿Cómo,
si contra su vida
se
conjura el cielo ingrato?
VERINO: Rico
en Ferrara vivía
con el
crédito y hacienda
que por
Lisauro tenía,
cuya nobleza no ofenda
jamás
la Fortuna impía.
Pero
hala vuelto a perder
como el
crédito ha faltado
de
Lisauro, y no ha de haber
otro
Lisauro estimado
que le vuelva a socorrer.
También él anda por todo
desterrado y afligido,
y,
aunque donde habita ignoro,
por su
vida ha prometido
diez
mil escudos de oro
el
veneciano senado,
volviendo a la patria y tierra
a
cualquiera desterrado
que le
lleve.
LISAURO:
(¡Tanta guerra, Aparte
cielos,
contra un desdichado!
Pero
¿qué es esto? ¿No veo
a
Diodoro y a Verino?
O me
engaña mi deseo
o en
ellos el favor vino
que en
otros hallar no creo.
A su
padre di la vida
con la
hacienda y libertad
que
ahora lloro perdida.
¿Es
mucho de esta amistad
que los
réditos les pida?)
Quiero llegar.
DIODORO: Avisado
está mi
padre que aquí
venga a
hablarnos.
LISAURO: (Ea, cuidado, Aparte
¿qué
teméis? ¿Llegaré? Sí
Mas no,
que soy desdichado.
Y
aunque Verino y Diodoro
de mi
amistad son testigos,
lo que en ellos tengo ignoro,
que más
querrán por amigos
diez
mil ducados de oro.)
DIODORO:
¿Eres Lisauro?
LISAURO: Solía;
ya soy
pelota del tiempo
que
hasta el cielo subía
sirviendo de pasatiempo
a la
Fortuna algún día.
Ya
me ha abatido de traza
que,
despedazada y rota,
según
lo que me amenaza,
si del
tiempo fui pelota,
ya soy
de la muerte chaza.
De
cuantos amigos tengo,
o por
mejor decir, tuve,
sólo a
descubrirme vengo
a los
dos. Dudoso estuve;
mas ya
mi dicha prevengo
en vosotros, que el valor
que os
ilustra y ennoblece
y el
ofrecido favor
a
vuestro padre, merece
que
satisfagáis mi amor.
VERINO: La
mayor satisfacción,
Lisauro,
es la natural;
a esto
inclina la razón
y la
deuda filïal,
que es
precisa obligación.
Mi
padre está desterrado;
a quien
te lleve a Venecia
vivo,
el destierro han alzado;
en
tanto, Lisauro, precia
darte
la muerte el Senado.
Cógenle por
detrás y átanle a un
árbol
DIODORO:
Perdona, que a la amistad
siempre
el amor se antepone
del
padre.
LISAURO:
¡Ah infames! Soltad,
si no
queréis que pregone
la fama
vuestra crueldad.
Siquiera por descubrirme
a los dos y por fïarme
de vuestra lealtad no
firme
habíades de guardarme,
no
prenderme y perseguirme.
VERINO:
Somos hijos; el amor
puede
más que la amistad;
mi
padre pide favor.
LISAURO: ¿Y esto
es darle libertad?
Infamia diréis mejor,
y si
a la experiencia llego
de ver
pagar mal por bien,
desde
hoy diga el vulgo ciego,
"Haz mal sin mirar a quien,
haz
bien y guárdate luego."
Sale HONORATO
HONORATO: Aquí
mis hijos dijeron
que me
esperaban.
LISAURO: Atad
manos
que tan sueltas fueron
que su
hacienda y libertad
av
uestro padre ofrecieron.
HONORATO:
Hijos, ¿qué es esto?
DIODORO: Señor,
ya el
cielo ocasión ha dado
con
que, por nuestro favor,
a
Venecia restaurado
goces
tu hacienda y valor.
El senado ha prometido
libertad al que entregare
a
Lisauro foragido
y vivo
allá le llevare.
Hánosle
el cielo ofrecido
aquí, y aunque formes quejas
de que
le pagamos mal,
deudas y amistades viejas,
la obligación natural
nos cierra al fin las
orejas.
HONORATO: ¡A
poder desengendraros,
infames, por honra mía,
el ser
volviera a quitaros
que os
di! ¡Maldito sea el día
que
hijos pude llamaros!
¿La
vida que tengo yo
y la
vuestra no es toda una?
Pluguiera al cielo que no,
a pesar
de la Fortuna.
¿Lisauro no me la dio?
Pues
¿será paga debida,
desconocidos, villanos,
que
vida que dio la vida
a un
padre y a dos hermanos
hoy por
ellos sea vendida?
¿La vida ponéis en venta
de
Lisaura? ¿La lealtad
del
mundo que honrarle intenta?
¿Esto
es darme libertad
o es
darme perpetua afrenta?
¿Con
qué cara podré yo
a mi patria restaurado
ir?
Éste es quien vendió
ingratamente al senado
al que
la vida le dio.
¿Ya tenéis las lenguas mudas?
Pero si, que en tales
tratos
os convencerán mis dudas;
símbolos de los ingratos,
con
vosotros ya hay tres Judas.
¿Quién pudiera con dos lazos
daros
la muerte como a él?
Desate
mi amor los brazos,
Lisauro, de este cordel
para
que me den abrazos.
Desátale y dale
una espada
Y
para que aquesta espada
cobre
venganza debida,
su
muerte es bien empleada.
No son
mis hijos, la vida
les
quitad ya deshonrada.
LISAURO: A
tal nobleza y valor
no hay
satisfacción ni precio.
Con los
brazos es mejor
pagaros. El celo necio
de vuestros hijos fue amor.
Y aunque no hay obligación
natural por quien la
cuadre
a hacer
al hijo traición,
hijos
de tan noble padre
merecen
por él perdón.
Yo
os le doy, escarmentado
en mí
mismo; y porque siente
pena y
vergüenza el culpado
siempre
que tiene presente
a
persona que ha injuriado,
quiero con vuestra licencia
partirme.
HONORATO:
Cifróse en vos
la
lealtad y la prudencia.
LISAURO: Amigos,
adiós.
HONORATO: Adiós.
LISAURO: ¡Ay mi
querida Fulgencia!
Vase
HONORATO:
Quitaos delante de mí
afrenta de la virtud,
y de la
sangre que os di,
centro
de la ingratitud,
y no os
llaméis desde aquí
mis
hijos, que no merece
tal
nombre vuestra traición.
VERINO: Cordura
el callar parece
que
convence la razón.
DIODORO: Y la
traición enmudece.
Vanse. Salen LELIO y MARCIO
LELIO: He
publicado que Lisauro es muerto
y por
Venecia corre aquesta fama,
tanto
que no hay persona que por cierto
no la
publique.
MARCIO:
¡Pobre de quien ama!
LELIO: Antes
espero así salir al puerto
de mi
esperanza y obligar mi dama
a que,
muerto su esposo y mi enemigo,
su mal
remedie por casar conmigo.
Fingiré desposarme en secreto,
que en
público, recién muerto su esposo,
querrá
guardarle el luto y el respeto
a las
lenguas del vulgo licencioso;
y si
una vez mi amor pongo en efecto
y
aplaco aqueste fuego riguroso
que
entre esperanzas leves, entretengo
gozo a
Fulgencia y a mi hermano vengo.
MARCIO: La
traza es extremada, aunque indecente
a tu
valor.
LELIO:
¿Decencias, Marcio, pides?
¿No
sabes que es amor guerra inclemente
y que
en guerra son lícitos ardides?
No
repares en ese inconveniente
si con
la vara del peligro mides
el que
corre mi vida en verdes años,
si a
Fulgencia no gozan mis engaños.
Aquí
sus ojos vierten el tesoro
de las
Indias del sur de su hermosura
por su
fingido muerto; aquí la adoro,
y aquí
mi amor su libertad procura.
MARCIO: Quien
llora perlas, si con lienzos de oro
enjuga
el llanto, juzgará aventura
por
quien el oro la ofreció el verterlas,
porque son muy parientes oro y
perlas.
Pero a Efigencia, que
a su madre imita
en la
virtud, belleza y en el llanto,
sale al
encuentro.
Sale EFIGENCIA
EFIGENCIA:
(Amor, ¿cómo no os quita Aparte
el
poder que tenéis tormento tanto?
¿Al que
mató a mi padre y solicita
a mi
madre adoráis? ¡Parece encanto!
Un
padre muerto lloran mis desvelos;
Lelio
me causa amor, mi madre celos.
Pero
presente tengo a mi enemigo,
si así
llamar a quien adoro puedo.
Amor enredador, sed vos conmigo,
que me importa la vida cierto
enredo.)
LELIO: Bella
Efigencia, si por vos no obligo
a
vuestra madre, sin remedio quedo.
Vuestro
padre murió; Fulgencia hermosa
os pude
remediar siendo mi esposa.
EFIGENCIA:
Débéisme, Lelio, tanto, que he antepuesto
a mi
difunto padre vuestro gusto;
mi
madre por mi causa...
LELIO: Decid presto.
EFIGENCIA: En
medio de sus penas y disgusto
admite
vuestro amor casto y honesto.
LELIO: ¡Oh
nueva venturosa, oh premio justo
de
Jacob por Raquel perseverante!
¡Oh
venturoso fin de un firme amante!
EFIGENCIA: En
respuesta del vuestro, Lelio, envía
este papel,
no de su propia mano,
que no
quiere dar muestras en un día
tan
grandes, que su amor llaméis tirano;
pero
bastan que vengan de la mía.
LELIO: ¡Qué
tal escucho, cielo soberano!
MARCIO: ¿No te
lo dije yo? ¿Ves como el oro
enjuga
perlas?
LELIO:
De contento lloro.
EFIGENCIA: Este
diamante solo que ha quedado
perseverante entre la mucha hacienda
que nos
hizo quitar dux y senado,
sin que
su amor permita que se venda,
también
os le presenta.
LELIO: ¡Ya he llegado
al
colmo de mi dicha! ¡Oh rica prenda!
No por
la clara luz que en ti el sol cría,
sino
por el valor de quien te envía
la
boca pongo en ti una y mil veces.
EFIGENCIA: Fue la
joya primera que mi padre
la dio,
y en fe que suceder mereces
en su
amor y lugar, la da mi madre.
LELIO: Esta
cadena toma, pues me ofreces
tal
dicha, tanto bien; y porque os cuadre
mi gozo
a todos; escuchad ahora
lo que
escribe Fulgencia, mi señora.
Lee
"A
tanta perseverancia vuestra y desdicha
mía no
me puedo persuadir sino que el
cielo
está de vuestra parte y quiere que,
muerto
mi señor y esposo, sucedáis en su
lugar y
amor. Temeridad será el resistirle;
mas
sólo os suplico deis lugar a que el
sentimiento y luto cumpla con la obligación
que le
tengo y con las lenguas del vulgo,
que
bien podéis entretener deseos con
esperanzas
tan ciertas como la firmeza de
este
diamante, única prenda y bien estimada
de mi
primer esposo y ahora del que ha de
serlo
segundo. No escribo de mi mano,
porque
hasta dárosla tiembla de vergüenza.
Guárdeos el cielo y hágaos más dichoso que
vuestro
antecesor. Vuestra, Fulgencia."
¡Oh
letras venturosas, breve suma
de la
vitoria que mi dicha pinta!
¡Bendiga el cielo al que inventó la pluma,
el que
el papel halló, letras y tinta;
jamas
el tiempo viciador consuma
su
nombre ilustre, sino que en sucinta
y breve
historia en bronce esculpa y grabe
su nombre ilustre y su memoria
alabe!
MARCIO: A tu
dama celebra y deja ahora
las
letras, el papel y su alabanza.
LELIO: ¿Que
Fulgencia, Efigencia, es mi señora?
¿Que el
premio ofrece ser de mi esperanza?
A no
temer el alma que la adora
los
daños y el rigor de una tardanza,
perdiera el seso quien su amor contempla.
EFIGENCIA: Por eso
el gusto con pesares templa;
pero
no tanto, Lelio, que te impida
el
hablarla esta noche; si la ruegas
que de
la luna el resplandor despida,
y, pues
Amor es ciego, venga a ciegas,
yo haré
que a una ventana prevenida
puedas
hablarla, si a las doce llegas
con la
traza que pide el que es discreto.
LELIO:
Solícito vendré, solo y secreto.
EFIGENCIA: Pues
vete ahora, y quita inconvenientes
de
quien aquí te viere tan contento.
LELIO: Bien dices; tus consejos son prudentes,
grande es; mi obligación,
un casamiento
ilustre
te prometo. Adiós.
Vanse LELIO y
MARCIO
EFIGENCIA: No intentes
darme otro
esposo sino el que yo intento,
que es
a ti mismo. Amor ciego y desnudo,
a
enredos ciegos das un ciego nudo.
Adoro a Lelio, y finjo que mi madre
por
esposo le admite, cuando llora
más que Aganipe por mi muerto padre,
y más
que por Memón la fresca Aurora.
En su
nombre escribí, que aunque me cuadre
fama y
nombre, desde hoy, de enredadora,
ya
sabemos que amor no tiene hazañas,
sino
solos enredos y marañas.
El
diamante la hurté, que, en fin, no es nuevo
ser
ladrón el Amor; si a ser mi esposo
le
obligo, aquesta noche el premio llevo
que merece un ingenio cauteloso.
Quiérole mucho. A mucho, Amor, me atrevo.
Grande es mi ingenio,
pero provechoso;
pues si
es mi dueño Lelio, de Lisauro
guardo
el honor y su valor restauro.
Vase. Salen JULIO y DECIO y CANDADO
asido
JULIO: De
Lisauro sois criado
y
cómplice en su delito.
CANDADO: Lo
primero yo lo admito,
lo
segundo os ha engañado;
por
que yo ni a nadie he muerto
ni hice
tal bellaquería.
DECIO: ¿No
huisteis con él el día
que dio
muerte a Filiberto?
CANDADO:
¡Válanos Dios! Yo no huí,
sino
viendo que quedaba
sin amo
y que, se escapaba,
a mi
aldea me volví,
y
ahora traigo carbón
que
vender.
JULIO:
Venga al senado,
que eso
es mentira.
CANDADO: (Candado, Aparte
ya
estás en la tentación.)
JULIO: El
dux lo manda; ea, andemos.
Salen LELIO y
MARCIO
LELIO: Marcio,
no ama quien es cuerdo;
de
contento el seso pierdo.
MARCIO: El
Amor, todo es extremos.
LELIO: ¿Qué
es esto?
CANDADO: Señor: yo soy,
o fuí,
si a decirlo acierto,
criado
antaño del muerto
Lisauro. Hele visto yo
finar, y vengo a cobrar
lo que
el dux ha prometido
a quien
hubiere sabido
su
muerte. Entré en el lugar
y,
apenas en él me vi,
cuando aquestos dos alanos
me echaron ambas las manos;
hacen presa y pinta en mí.
LELIO:
¿Morir a Lisauro has visto?
CANDADO: Sí,
señor, por estos ojos
que tien de comer gorgojos;
ya habrá cenado con
Cristo.
LELIO:
Marcio, ¿hay ventura mayor?
¿Que la
muerte que he fingido
verdadera haya salido?
MARCIO: Está de
tu parte Amor.
No
me espanto.
LELIO: En mi servicio
quiero
que estés desde hoy;
dueño
de Fulgencia soy
y ser tu dueño codicio.
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