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Sale ENRICO,
emperador, y SOLDADOS con escalas y
espadas desnudas
ENRICO: ¡Ea,
nobles alemanes,
hecha
está la batería!
Muestren hoy mis capitanes
que en
galas y bizarría
son
fuertes, como galanes.
No
os asombre el muro alto,
de
valor y esfuerzo falto,
pues
cuando no hubiera escalas,
la fama
os diera sus alas.
TODOS: ¡Ea!
¡Al asalto! ¡Al asalto!
ENRICO:
¡Arriba, amigos, arriba,
que ya
la gente tirana
de
esfuerzo y valor se priva!
¡Viva
la fama alemana!
UNO: ¡Viva
Enrique cuarto!
TODOS: ¡Viva!
Sale MARCIÓN, armado a lo
gracioso
MARCIÓN:
¡Viva lo que Dios quisiere,
y viva Marción también,
que es
un borracho el que muere!
ENRICO: ¡Ea,
soldados!
MARCIÓN:
¿No ven
que
quedo se está? Si quiere
que
el soldado fuerte sea,
justo es
que a su dueño vea
que la
bandera enarbola.
Todo
amo manda con "hola,"
todo
emperador con "ea."
¡Cuerpo de Cristo! consejos
deje, y
hazañas celebre
quien honra
soldados viejos,
que si
el capitán es liebre,
los soldados son conejos.
A MARCIÓN
ENRICO: ¿Qué
vos, soldado, aquí?
¿cómo
no subís?
MARCIÓN: Subí,
y siendo,
señor, soldado,
ya
pienso que soy quebrado,
y busco
un braguero. Fui
al
asalto y confusión,
y
huyendo de su apretura,
no
quise hacer la razón,
que
brindan con confitura
de
bellaca digestión.
Manteles puestos consuelan
mesas,
que el manjar revelan
sobre
bufetes seguros,
pero no
lienzos de muros,
que
golpes se desmantelan.
"Brindis," dijo un artillero;
"Caraus," respondí, "patrón,"
y el
maldito tabernero,
diciendo, "haced la razón,"
desató
en lugar de cuero
un esmeril,
que reparo
pecho
por tierra al amparo
de un
foso en el campo nuevo;
y
respondile, "No bebo
en
ayunas de lo caro."
"Pues vaya este perdigón,"
replicó, y al punto arruga
un
mosquete el bellacón.
Yo
dije, "Está sin pechuga,
y hoy hago yo colación."
Dile lugar por la
yerba,
y él
replicó, "Pues reserva
su vida;
mientras que ayuna,
allá va
aquesta aceituna
y esta
naranja en conserva."
Arrojóme de repente
dos
pellotas enramadas,
y
respondíle, "Pariente,
aquesas
nueces moscadas
vendedlas con aguardiénte."
"Que me place," dijo luego,
y como
el caballo griego,
un
infierno junto arroja;
mas
diciendo, "El diablo coja
letuario
envuelto en fuego."
Retiréme a las barreras,
que no
es poca valentía,
porque
si entre tus banderas
hoy
juega la artillería,
yo soy
hombre muy de veras.
ENRICO: Vos
sois un cobarde.
MARCIÓN: Y tal,
que no
hallaréis igual;
pero
todo hombre de bien
come lo
que le está bien,
y no lo
que le hace mal.
Sale al muro BRUNO, y enarbola una
bandera con las
armas del imperio
ENRICO:
¡Bravo valor! ¿Quién ha sido
aquel
soldado valiente,
el
primero que ha subido
al
muro, para que afrente
al
enemigo vencido?
Las águilas que enarbola,
blasón
de la augusta bola,
por su
alférez le tendrán.
MARCIÓN: ¡Vitor
Bruno, capitán!
Y a
quien le pesare, cola.
ENRICO:
¿Bruno se llama?
MARCIÓN:
Y mi dueño
que la
pluma por la lanza
trocó,
y en tiempo pequeño,
si en
escuelas fama alcanza,
aquí es
un Marte aguileño.
No
fue Hércules con Caco
tan
valiente, ni de Baco
tan
grande valor publico.
UNOS:
¡Victoria! ¡Victoria!
OTROS: Enrico.
TODOS: ¡Viva
Enrico!
OTROS:
¡Al saco, al saco!
Salen MILARDO y SOLDADOS
MILARDO: Si tu augusta majestad
pretende gozar despojos,
de esta
rendida ciudad,
yo he visto dos soles rojos
de más divina beldad.
No
es digno su resplandor
sino de
un emperador;
mas si
no los goza Enrico,
premia
hazañas, te suplico,
de
Milardo con mi amor.
Cuando el oro a todos sobre,
merezca
yo que posea
belleza
que mi fe cobre,
que no
es bien que presa sea
de un
soldado humilde y pobre.
Por
sólo aqueste interés,
pídeme
hazañas después
a
medida de tu gusto.
Salen BRUNO y VISORA
BRUNO: Un
soldado, invicto augusto,
sus labios honra a tus pies.
ENRICO: No
están, Bruno, bien premiados
ansí,
ni su fama abonas,
que yo
los vi levantados
hacer
de muros coronas,
por tu esfuerzo conquistados.
Brazos tengo con que honrarte,
si a
falta de los de Marte,
los de un emperador son
bastantes.
BRUNO: Por tal blasón,
otra vez quiero besarte
tus
sacros pies; pero ¿quien
te dijo
mi nombre?
ENRICO: Den,
a pesar de olvidos viles,
los pinceles y buriles
fama y nombre a cuantos
ven
las
hazañas que este día
te
ilustran, y no te asombres
que
sepa tu nombre; fía
de mí,
que inmortales nombres
te ha
de dar tu valentía.
Reparando en VISORA
¡Qué belleza celestial!
BRUNO: De tu
valor imperial
es sólo
merecedora.
ENRICO: ¿Cómo
te llamas?
VISORA: Visora.
ENRICO: Dí,
serafin celestial.
Cuando sólo conquistaras,
Bruno,
esta sin par belleza,
hazañas
aventajaras
de
cuantas la fortaleza
celebra en bronces y en aras.
Di quién eres pues que
das
mientras que triunfando estás
la fama que noble adquieres,
porque
cuanto menos fueres,
yo
pienso ensalzarte más.
BRUNO:
Colonia, augusta ciudad,
César y
monarca invicto,
tan
ilustre entre modernos,
tan
celebrada de antiguos,
es mi
patria, y tengo en ella
un
padre prudente y rico,
de
sangre calificada
entre
ilustres y patricios.
Nací
solo, vinculando
el amor, que repartido
suele
ser en otros padres
menos,
siendo más los hijos.
Estudié
felicemente,
dando
muestra en mis principios
de
fertilizar con letras
la fama que adquieren libros.
Graduéme de maestro;
llevé
entre ingenios divinos,
cátedras que autorizaron
mis
años entretenidos.
Gustara
mi viejo padre
que
echara por el camino
de la
iglesia, por tener
algunos
deudos obispos;
pero,
Amor, más poderoso,
rayo
dios, gigante niño,
para
cuya resistencia
suelen
ser diamantes vidros,
sujetó
mis verdes años
al más
hermoso prodigio
que
encareció la belleza
entre
sus dulces hechizos.
Evandra, ilustre, si pobre,
destruición de mi albedrio,
prisión
de mi libertad
y
cárcel de mis sentidos
enamorándome honesta,
multiplicó desvaríos,
tiranizó libertades,
y dió
materia a suspiros.
Quíseme casar con ella;
pero mi
padre, ofendido
de ver
malograr mis letras,
ya con
consejos prolijos,
ya con
ruegos paternales,
ya con
enojos fingidos
y maldiciones
de veras,
impedir
mi intento quiso.
Entre
amenazas y miedos
en su
presencia me dijo,
"Plegue a Dios te sea traidor,
Bruno ingrato, el más
amigo,
la
prenda por quien me dejas
te quite a tus ojos mismo;
ella te desprecie,
odiosa,
pagando
amor con olvido."
¡Ay,
Diosl ¡qué bien se cumplió!
No pasaron, señor, siglos,
años y horas, que los cielos,
con desdeñoso castigo,
en fe
de estas maldiciones,
el
conde Próspero, indigno
de la
amistad profanada,
que le
llamaba Zopira,
enamorado
de Evandra
y ella
del estado rico,
que
interesó con quererle,
dando a
sus quejas oídos,
juntáronse en yugo ciego,
dejando
desvanecidos
deseos,
entre esperanzas
de seis
años de servicios.
Casáronse al fin los dos,
y
viéndome aborrecido
de mi
padre, de mis deudos,
y lo
que es más, de mí mismo,
salí a
buscar muerte honrosa,
creyendo hallar el olvido,
de
celos desesperados,
entre
armados enemigos.
Supe
que aquesta ciudad,
rebelde
al valor invicto
de tu
majestad cesárea,
temor del planeta quinto,
te
negaba la obediencia,
y sus
infieles vecinos,
armándose contra ti,
despreciaban tus edictos;
que con
tu campo imperial
la ponías cerco y sitio,
honrando con tu presencia
tus
alemanes presidios.
Alistéme por soldado,
batióle
el muro prolijo,
postrando montes de piedra,
abortos
del fuego en tiros.
Hízose
la batería,
y
publicaron los bríos
de tu
venganza el asalto,
de los rebeldes castigo.
Celos y amor con desprecio
pudieron tanto conmigo,
que
desesperado y loco,
alentado de los gritos
con que
animabas cobardes,
no
hazañas, mas desatinos,
me
subieron el primero
sobre
los muros altivos
de la rebelde ciudad,
y sobre
el mayor castillo
las
águilas imperiales
puse,
si amante, atrevido.
Bajé al
saco, codicioso,
y
mientras despojos ricos
robaba
el atrevimiento,
llorando viejos y niños,
en el
más noble palacio
que
ilustra con edificios
la ya
rendida ciudad,
entro,
y de rodillas miro
a los
pies de un vil soldado
el
asombro peregrino
de esta
belleza hechicera,
si
hermosuras son hechizos.
Determinaba forzarla
sin
refrenar sus suspiros
torpezas que en pechos viles
se
rinden al apetito.
Impedíselo, piadoso,
pedísela, comedido,
a
rescate, y respondióme
soberbio y desvanecido.
Pero
yo, que de ordinario
al noble
acero remito
lo que
la lengua no alcanza,
de amor
y vida le privo.
La
noble presa consuelo,
su
honor precioso redimo;
pagado
en perlas que llora
y
ensartan preciosos hilos.
Supe
que era única prenda
del más
ilustre vecino
de esta
ciudad, que a tus armas
muerto,
pagó sus delitos;
y
juzgando su belleza
por
intercesor, benigno,
contra
tu enojo severo,
a tus pies, augusto invicto,
la presento, confïado
que
premiando este servicio,
y
consolando estos ojos,
perdonarás los rendidos.
ENRICO: Con muchas obligaciones,
Bruno, noble, has adquirido
el favor que hacerte
pienso,
de tus nobles partes digno.
Hidalga sangre te
ilustra,
letras
te han engrandecido,
hazañas te dan valor,
despojos me has ofrecido
merecedores de premios,
no sé
si diga divinos,
pues me
confieso, aunque César,
de tu
cautiva, cautivo.
Siendo,
pues, Bruno famoso,
cuerdo,
sabio, bien nacido,
valeroso y liberal,
justo
es ser agradecido,
y
honrar mi paz y mi guerra
desde
este punto contigo.
Acreditando privanzas,
que en
ti ilustrar determino,
gobierna mi augusto estado,
y entre
las armas y libros,
da
consejos y haz hazañas,
reparte
cargos y oficios.
Esa divina hermosura
en tu
lealtad deposito;
sé
alcaide de ese tesoro
y ángel
de ese paraíso.
Celos
de la emperatriz
temo
que han de ser castigo
del
amor con que me abrasa.
No la
vea, que imagino
que la
vida han de quitarla
mis
forzosos desatinos,
puesto
que a quererlo el cielo,
le
agradeciera propicio.
Si en
las sienes de Visora
pudiera
el laurel invicto
de mi
corona ufanarse,
o la
que al sol dora signos.
Mi
esposa, Bruno, es aquésta
que a
recibirme ha venido
desde
mi corte imperial.
Mientras que favores finjo
con que
a los suyos engañe,
sirve a
quien el alma humillo;
guárdamela cuidadoso,
y haz
que tenga amor a Enrico.
Vase el emperador
ENRICO
BRUNO: ¡Oh, maldiciones dichosas!
¡Oh, amorosos laberintos,
en los fines provechosos,
si fieros en los principios!
¡Oh, desdenes bien premiados!
¡Desengaños no entendidos!
¡Amistades mal pagadas!
Ya os adoro, ya os estimo.
Por vosotras honra adquiero,
a privanzas me sublimo,
cargos intereso honrosos,
mi sangre noble autorizo.
Si a logro pérdidas dan
tal ganancia, desde hoy digo
con César, que me perdiera
si no me hubiera perdido.
VISORA: Añade a esas dichas todas,
si a mi amor, Bruno, te
obligo,
la voluntad que te tengo,
y en vano honesta resisto.
Bruno, tu cautiva soy,
de atrévimientos lascivos
de un soldado me libraste,
de mi honor defensa has sido;
agora, pues, que deudora
la fama que has ofendido,
premios te ofrece del alma
que en medio del pecho cifro,
¿será razón que violentes
tan generosos principios,
y consientas que profane
lo que defendiste, Enrico?
No lo permitan los cielos,
ni el valor que he conocido
en tu invencible nobleza,
a quien mi esperanza rindo.
Padres ilustres me han dado,
si no dicha, nobles bríos
para defender mi fama,
que ya por tuya la estimo;
del soldado me libraste,
líbrame también de Enrico,
que no mudan la deshonra,
Bruno, sujetos distintos.
Mi dueño eres, sé mi esposo;
tesoros tengo infinitos
de la fuerza de la guerra
seguramente escondidos.
En la calidad te igualo,
y en el amor excesivo
te llevo tantas ventajas
como es el tuyo testigo.
Con honra, Bruno, me hallaste;
con ella también te pido
me dejes, o no te nombres
de honor y nobleza digno.
BRUNO: Visora, los desengaños
sonaron locos hechizos
en mí de promesas vanas,
que ya sepulta el olvido.
No más crédito engañoso,
no llantos de cocodrilos,
pues escapé, gloria al cielo,
seguro de sus peligros.
El emperador te adora;
es mi señor, yo le sirvo;
tú eres suya de derecho,
por despojo le has cabido.
No afrentan deshonras
reales;
pues tu fortuna lo quiso,
ama al César, y perdona.
MARCIÓN: (A eso voy y aqueso digo.) Aparte
VISORA: ¡Oh, avariento mercader!
¡Que el interés ha podido
tu valor poner en venta,
y la fama que te fío!
Pues mira bien lo que haces,
que si pierdo el honor mío
por tu causa, he de trocar
en rigores vengativos
el amor que te he mostrado.
BRUNO: Anda, y deja desatinos.
Vase
VISORA
MARCIÓN: ¿Y yo podréme volver
a mi lacayil oficio
y servirte?
BRUNO: Si, Marción;
que puesto que ingrato has sido,
quiero perdonar tus faltas.
MARCIÓN: Ya son chazas, señor mío;
pelota rasgada soy,
pero si medro un vestido,
vuelto a tu casa dirás.
vuelve a casa pan perdido.
Vanse
los dos. Salen la EMPERATRIZ, MILARDO y
acompañamiento
EMPERATRIZ: ¿Que es tan bella, Milardo, la cautiva?
MILARDO: Ojos deslumbra y ánimos derriba,
vencida vencedora,
a mí me hechiza, al César
enamora.
Si no ataja con tiempo sus
desvelos,
en el infierno de la envidia y
celos
llorará vuestra alteza
competencias de amor en su
belleza.
EMPERATRIZ: No
tendrá Enrico, a quien el alma he dado,
el gusto de su amor tan
estragado,
que puesto que en ausencia
cualquier belleza me haga
competencia,
ya que le he visto alegre, me
prometo
las ventajas de amor, siendo su objeto.
Pero ¿quién fue el soldado
que, atrevido, tal presa ha
presentado
al César, dando causa a mis
enojos,
materia a celos y a su amor
despojos?
MILARDO: Bruno, extranjero y ppbre,
porque soberbia la bajeza cobre,
más loco que valiente y animoso,
subió el primero al muro
temeroso,
enarbolando al viento,
águilas del imperio, en cuyo
asiento
fijando el estandarte, dio
materia
a su ventura y fin a su miseria,
pues obligado Enrico
a su esfuerzo o locura,
certifico
a vuestra majestad que le ha
entregado
en guerra y paz vuestro imperial
estado.
É:ste, rendido el muro,
a la |