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Salen CARLOS y
la duquesa DIANA
DIANA:
¡Tristeza sin ocasión!
Llámela
vueseñoría
natural
melancolía.
CARLOS:
Duquesa, tenéis razón;
triste sin causa me siento.
DIANA: ¿Cuándo
vos serlo soléis,
si no
es, duque, que lo estéis
de algún nuevo pensamiento?
Siempre la melancolía
es
efeto natural,
y desde
el principio mal
que con
la sangre se cría.
Ésta
es imaginación,
no
propia naturaleza;
Llamadla, duque, tristeza
que
habrá tenido ocasión.
CARLOS:
Tristeza o melancolía,
yo
estoy sin gusto.
DIANA: Será
de
alguno nuevo.
CARLOS: Ya está
cansada
vueseñoría.
Vase CARLOS
DIANA: La
que llega a cansar a su marido
no ha menester en las celosas
flechas
averiguar testigos de
sospechas,
ni
hacer linces los ojos ni el oído.
Ni
importará sacar contra su olvido
de Amor las paces una vez deshechas,
con suspiros, con
lágrimas y endechas,
agua
del alma y fuego del sentido.
Excusar
de él querellas me parece;
haga su
curso Amor, que es apetito,
y
aquello que le privan apetece,
que
si estrecharle a celos solicito
es
prisión en que más se ensoberbece,
y añadirá
a un delito otro delito.
Sale ROBERTO
ROBERTO: Aquí
la duquesa está.
Siempre
que por no encontrarla
determino barajarla
más
veces la encuentro.
DIANA: Ya
viene en su busca Roberto,
y de
encontrarme le pesa;
ROBERTO: Ya me
[ha] visto la duquesa.
DIANA:
(¿Habrán hecho algún concierto
Aparte
para
sus melancolías?)
ROBERTO: ¿No
estaba, señora, aquí
el
duque, mi señor?
DIANA: Sí,
Roberto. ¿Qué le querías?
ROBERTO: Yo,
servir a su excelencia;
llamóme, y vine a buscarle.
DIANA: ¿Adónde
quieres llevarle?
¿Hay
nueva dama en Cosencia?
¿Ha
venido fruta nueva
a la
corte a que llevar
al
duque, que en el lugar
antes
que nadie la prueba?
¿Tráesle recado o papel
de
alguna impresa que alcanzas?
¿Hay ya
nuevas esperanzas?
¿Muéstrase menos crüel?
¿Dice que hablará esta noche
al
duque, cuando dormido
esté el
padre o el marido?
¿Quiere
joyas, pide coche?
¿Qué
tenemos?
ROBERTO: Vueselencia
hacerme
merced solía.
DIANA: ¡Qué
gentil hipocresía!
Ya me
falta la paciencia.
¿Qué merced
os he de hacer,
si sé que sois su
alcahuete?
ROBERTO: Que a
vueselencia respete
siempre
forzoso ha de ser;
pero
miente el lisonjero,
vueselencia me perdone,
que de
envidia mal me pone
con
quien agradar espero
más
que al duque mi señor,
porque
ven que en su privanza
tanto
mi ventura alcanza.
Antigua
plaga y rigor
de
criados a señores,
que en
viendo alguna ocasión,
como no los oigan, son
lisonjeros y habladores.
No tienen penas
pequeñas,
por los
chismes que engendraron,
los
primeros que inventaron
los
escuderos y dueñas.
¡Mal
haya tan mala gente,
aunque
entre con ellos yo!
DIANA:
¿Cuándo, Roberto, se vio
condenarse el delincuente
sino
es dándole tormento?
ROBERTO: Esos
músicos cobardes
hacen
en palacio alardes,
sin él,
de culpas de viento.
DIANA:
Roberto, lo que yo veo
no lo
he menester oir.
ROBERTO: ¿Qué es
lo que quiere decir
vuecelencia?
DIANA:
Que deseo
que
al duque no divertáis;
que sé
que os sirve la caza
de
estratagema y de traza
para lo
que deseáis,
y
que sabéis, con achaque
de
socorrer un neblí,
perderos los dos, y ansí,
sin que otro ninguno os
saque
de
rastro en más de seis días
donde
más gusto tenéis,
libres
os entretenéis
a costa
de penas mías.
Esto
y otras cosas sé,
aquí y
fuera del lugar,
que se
pueden remediar,
o yo
las remediaré.
ROBERTO: Mire vueselencia bien
que me
está tratando mal;
que al
duque le soy leal
y a
vueselencia también;
que
más que a mí no es razón
dar crédito a aduladores;
mas ya es plaga en los señores
la primera información.
DIANA: Esto
sé de cierta ciencia.
Procurad vos que se impida,
que os
haré quitar la vida
por
vida de su excelencia.
Vase la duquesa
DIANA
ROBERTO: ¡Oh,
palacio cruel, casa encantada,
laberinto de engaños y de antojos,
adonde
todo es lengua, todo es ojos;
cualquier cosa es mucho y todo es nada.
Galera donde rema gente honrada
y anda
la envidia en vela haciendo enojos;
hospital de incurables, que a
hombres cojos
das siempre una esperanza
por posada.
Calma del tiempo, sueño de los días;
pues son viento las pagas de tus gajes;
vano manjar de camaleones
buches.
Sean tus escuderos chirimías;
órganos tus lacayos y tus pajes;
tus dueñas y doncellas
sacabuches.
Sale CARLOS
CARLOS:
Pues, Roberto, ¿dónde vas?
ROBERTO: A
pedirle a vueselencia,
para
dejarle, licencia.
CARLOS: ¿Qué
dices?
ROBERTO:
No pienso más
servirle en toda mi vida.
Más quiero
estarme en mi casa
que
aguardar la dicha escasa
de una
esperanza perdida.
No
lo pasaré muy bien;
mas con
mi pobre caudal
vendré
a hallarme en menos mal
y más dichoso
también,
que
me basta el no servir
y la
quietud por riqueza.
CARLOS:
Vaguidos traes de cabeza;
gana me
das de reír,
y en
el estado en que estoy
no es
pequeña maravilla.
ROBERTO: Rico
con una escudilla
como el
filósofo voy,
que
le pareció después
que le
sobraba advirtiendo
uno que
estaba bebiendo
con la
mano.
CARLOS: No me des
más
pesadumbres, Roberto,
pues
sabes que nadie alcanza
conmigo
mayor privanza.
ROBERTO: Que me
haces mercedes, cierto;
pero
es con grande embarazo,
que
quien sirve a señor ya
casado
es como el que está
malo
del hígado y bazo;
que
lo que aprovecha al uno
suele
hacer al otro daño.
CARLOS: Ha sido
el ejemplo extraño.
ROBERTO: Pues yo
no seré importuno
en
aplicar el ejemplo.
CARLOS: Ya
estoy aguardando, di.
ROBERTO: En mi
señora y en ti
bazo e
hígado contemplo.
Tú
eres el hígado, y ella
ha de
ser por fuerza el bazo;
remedios de agrado trazo
ayudado
de mi estrella,
de
entretener y servirte,
y el
bazo, que es mi señora,
sospechas y celos llora
de
agradarte y divertirte;
y si
dejándote a ti,
al bazo
quiero agradar
con
pretenderle llevar
chismes
de aquí para allí,
luego el hígado está malo
y anda
en mudanzas de luna
el
hombre en baja fortuna,
aquí el
mando y allí el palo.
Ya
el bazo mucho se enfría,
ya el
hígado se calienta,
ya la
opilación se aumenta,
ya se
engendra hidropesía;
uno
es flaco y otro es fuerte,
y ambos
a dos embarazo,
y ando
con hígado y bazo
entre
la vida y la muerte.
CARLOS: ¿Qué
es lo que te ha sucedido
de
nuevo?
ROBERTO:
Llamóme agora
alcahuete, mi señora;
dándome
de prometido,
por
lo menos de la vida,
tan
escasas esperanzas,
que me
estorban tus privanzas.
CARLOS: De
celos está perdida.
ROBERTO: Pues
¿hay novedad agora
con
repentina afición?
CARLOS:
Memorias pasadas son
que el
alma por sueños llora.
ROBERTO:
¿Cómo memorias pasadas?
CARLOS: Ninfa
me tiene sin mí.
ROBERTO: ¿Con
eso sales aquí?
CARLOS: Pienso
que fueron soñadas
las
glorias que gocé entonces,
y
envidio, Roberto, agora,
pues su
ausencia me enamora.
ROBERTO: La
afición tienes de gonces,
que
la vuelves a mil partes.
Arpón de amor te has tornado;
no te entenderá un
tejado.
CARLOS: Tiene Amor extrañas artes,
Roberto, de perseguir
al que
de él piensa que sale
libre
cuando al viento iguale
y ufano
piensa vivir.
Después que llegué a Cosencia,
Roberto, con las memorias
de
tantas sonadas glorias
pierdo
el seso y la paciencia;
que
el ausencia las más veces
acrecienta la pasión
y
despierta el afición.
ROBERTO: De más
colores pareces
que
el arco que pinta el cielo.
CARLOS: El Amor me ha condenado
la
ingratitud en cuidado
y la
mudanza en recelo;
loco
estoy, Ninfa me abrasa;
¿qué
haré, Roberto?
ROBERTO: No sé,
que al
bazo dañar podré.
CARLOS: Eso de
límite pasa.
Deja
necedades ya,
acude
al remedio mío.
ROBERTO: Por
fuerza habrá de ser frío
para el
calor con que está,
del
hígado vuecelencia,
olvidos
son menester.
CARLOS: Esos
¿cómo pueden ser
si más
me abraso en su ausencia?
ROBERTO: Pues
al remedio acudamos
del
clavo que uno a otro saca.
CARLOS: Ésa no
es buena triaca
para mi veneno.
ROBERTO: Vamos
a
verla.
CARLOS:
Ése es el mejor.
ROBERTO: Cuando
es tan grave dolencia
aplica
al dolor de ausencia
ungüento de ojos, Amor.
Mas
¿con qué traza ha de ser
si mi
señora por traza,
ha
condenado la caza
con que
la pudieras ver
a
costa de otro neblí,
puesto
que así no podías
gastar allá muchos días?
CARLOS: Pues
ello ha de ser ansí.
Yo he de fingir que he tenido
del rey mañana una carta
en que
me manda que parta
a
Nápoles. Advertido
que con diligencia sea,
que en
la corte mi persona
a cosas
que a la corona
son
importantes, desea,
y
así con pocos criados,
y por
la posta, saldré
de
Cosencia, y fin daré
con
Ninfa a tantos cuidados,
que
ya me tienen a pique
de
morir; y claro está
que a
mis disculpas dará
crédito
que certifique
la
fineza de mi amor.
ROBERTO:
¿Piensas hablarla verdad
en lo
que a tu calidad
toca?
CARLOS:
Ya fuera rigor,
Roberto, el fingido trato.
ROBERTO: ¿Y el
casamiento?
CARLOS: No sé.
Vamos,
que yo trataré
como no
parezca ingrato
y
estará toda sospecha
segura
con lo que trazo.
ROBERTO: (¡Plega
a Dios no dañe al bazo Aparte
lo que
al hígado aprovecha!)
Vanse. Salen por el monte abajo, ALEJANDRO y
CÉSAR, de salteadores, y todos los que puedan,
y NINFA
detrás con bastón y de bandolero
NINFA: Éste es buen puesto por hoy.
En los que he mandado estén
esos soldados con quien
dando
guerra a Italia estoy
y al
mundo; que aunque la humana
sangre
toda de él vertiera,
satisfecha no estuviera
mi
hidrópica sed tirana;
y siendo
eterna homicida,
no
tendrá con la que vierte
mayor
amigo la muerte,
mayor
contrario la vida.
Que
con la fiereza extraña
que al
paso esperando estoy
un
risco, un escollo soy
de
aquel mar, de esta montaña;
tanto, que llego a temer
que han
de venirme a faltar
vidas
que poder quitar,
muertes
que poder hacer;
y de mi cólera fiera
pienso,
de crueldad armada,
que no
he de quedar vengada
cuando
todo el mundo muera.
ALEJANDRO:
Quien mira tu gentileza
publica, Ninfa, que bajas
a matar
con dos ventajas:
de
hermosura y fortaleza;
que
dando a los enemigos
muerte
fiera con tus manos,
con tus
ojos soberanos,
no
perdonas los amigos.
Mira,
si a todos maltratas,
de qué
modo han de seguirte
los que
vienen a servirte,
si de
guerra y de paz matas.
Todos tus armas tememos,
porque vienen más armados
tus ojos que tus soldados;
pero ya que no podemos
escapar de ser despojos
de tu valor invencible,
enséñanos, si es posible,
a defender de tus ojos.
NINFA: Alejandro, yo te he hecho,
a ti y a César, mi honor
fïando
y viendo el valor
del uno
y el otro pecho,
capitanes de quinientos
hombres
que se me han llegado,
escogiendo por sagrado
de sus
vivos pensamientos
esta
montaña en que estoy
del
real camino y playa
más
vigilante atalaya,
donde
en mi venganza soy
un
esfinge cada día
dando, despeñando, muerte
a
cuantos su corta suerte
y
dichosa suerte mía
traen a morir a mis manos;
y lo
mismo te prometo
si me
pierdes el respeto
-- ¡por los cielos soberanos! --
porque no estoy con los hombres
tan
bien que he de perdonarlos.
Pues
ves que salgo a matarlos
aborresciendo sus nombres,
tus locos atrevimientos
puedes desde hoy refrenar,
porque sabré castigar
palabras y pensamientos.
ALEJANDRO:
Perdona si te ofendieron,
que a
tu valor no vencido
atrevimientos no han sido;
alabanzas solas fueron
que
yo estimo...
NINFA: No es materia
para
hablar en ello más.
ALEJANDRO: Con
razón airada estás.
CÉSAR: Hoy por
fuerza de la feria
de
Salerno han de pasar
percachos y mercaderes.
NINFA: No ofendáis a las mujeres;
los hombres podéis matar,
robándoles cuanto llevan,
que yo
solamente quiero
las
vidas. Tomá el dinero
vosotros y no se atrevan
a
hacer ofensa a ninguna
mujer,
porque colgaré
a quien
gusto no me dé.
Toda la
mala fortuna
corran los hombres, que son
los que me ofenden no más,
y escarmiente a los demás
mi
fiera satisfacción.
CÉSAR: De diferentes cabezas
tienes llenos estos tejos,
que parecen desde lejos
fruta
que dan sus malezas,
sin
las que ha tragado el mar.
NINFA: ¿A
cuántos di muerte ayer?
CÉSAR: Noventa
deben de ser.
NINFA: ¡Qué,
no pudieron llegar
a
ciento! Corta tarea;
yo la
llenaré otra vez,
que hoy
han de ser ciento y diez.
ALEJANDRO: No hay
quien de una mujer crea
extremo tan inhumano.
Dice dentro una
MUJER, lastimosa
MUJER:
¡Justicia, cielos, os pido!
NINFA: A ver
qué es ese ruido;
id
luego y no será en vano,
que
parecen de mujer
estas
quejas.
ALEJANDRO:
Los dos vamos
a
servirte.
CÉSAR:
Entre estos ramos
sin
duda deben de ser.
NINFA: Si
es mujer no permitáis
que la
ofendan.
ALEJANDRO:
Será ansí
como lo
mandas.
NINFA: O aquí
donde
estoy y donde estáis
colgaré al que la ofendiere
de un
roble.
ALEJANDRO:
¡Justo rigor!
NINFA: Y lo
demás no es valor,
sino
vileza.
Vanse ALEJANDRO
y CÉSAR, Sale POMPEYO
POMPEYO:
Si fuere
tan dichoso que a mi intento
corresponda mi crueldad,
hoy
gozo la libertad
sobre
las alas del viento.
NINFA:
¿Dónde vas, hombre?
POMPEYO: A buscarte,
si eres, Ninfa, la condesa.
NINFA: Aunque
ser quien soy me pesa,
quién
soy no puedo negarte.
¿Qué
quieres?
POMPEYO: Como he sabido
que,
ofendida y agraviada,
con la pistola y la espada
rayo de Calabria has sido
y que en ella son tus
hombres,
Ninfa, monstruo del Amor,
condesa
de Valdeflor
y
enemiga de los hombres,
y que en Calabria has juntado
todos
los más animosos
valientes y sediciosds,
yo, a
tu valor inclinado
y a
este famoso ejercicio
con que
matas tantos hombres
de tan
diferentes nombres,
porque
agradarte codicio
y
servirte juntamente,
colgada
dejo de un roble
a mi
mujer, que aunque es noble,
discreta, cuerda y prudente,
es propia mujer, en fin,
que le
basta por delito,
y al
viento en tu busca imito.
NINFA: Ha sido
para tu fin;
que
yo no amparo crueldad
contra
mujer, que ésa es sola
la impresa
que sigo. ¡Hola!
De ese
roble le colgad
adonde le puedan ver,
y la
misma muerte siga
con un
letrero que diga,
"Por traidor, a una mujer."
POMPEYO:
¡Señora!
NINFA:
Llevadle.
POMPEYO: El cielo
me
castiga justamente.
Salen ALEJANDRO
y CÉSAR, sacan a la
MUJER
ALEJANDRO: Ésta es
la mujer.
NINFA: Detente.
MUJER: Mayor
desdicha recelo.
NINFA: ¿No
la dejaste colgada?
ALEJANDRO: Con las
espadas cortamos
el
cordel cuando llegamos.
NINFA: La
intención ejecutada
merece el propio castigo
a su
pensamiento doble;
colgadle del mismo roble.
MUJER: Señora,
aunque es mi enemigo,
es
mi marido en efeto.
No le
matéis.
NINFA:
¿Qué mujer
llegar
pudo aborrecer
cuando tuvo amor perfeto?
Mi
ejemplo he mirado en ti;
levanta, mujer, no muera,
y será
la vez primera
que
hombre he perdonado aquí;
y
agradezca que ha traído
por padrino a una mujer,
que con
mirarse ofender
a ser
su vida ha venido,
que
no se escapara ansí.
POMPEYO: Beso tus pies, que yo voy
arrepentido y no estoy,
después
que te miro en mí,
que
te pintaban más fiera
de lo
que señales das.
NINFA: Soylo
con hombres no más
hasta
que un ingrato muera.
Tú
te quedarás conmigo
agora,
y a tu mujer
podrán
saldados volver
a su
lugar.
POMPEYO:
Pues contigo
seré
un Pompeyo, que así
es mi
nombre.
NINFA:
¿De adónde eres?
POMPEYO: De Casano.
NINFA:
Si no fueres
hombre
de importancia, aquí
no
te faltara castigo
como al
que a infamias se atreve
y no es
bien consigo lleve
tu
mujer a su enemigo.
MUJER: Como
muerte no le des,
hácesme muchas mercedes.
NINFA: Partirte a Casano puedes
luego.
MUJER:
Bésote los pies.
NINFA: Una
escuadra de soldados
haced
que baje con ella,
porque
no pueda ofendella
nadie.
ALEJANDRO:
Ya están aprestados.
MUJER: Dete
la Fortuna el bien
que
darte, señora, puede.
POMPEYO: Como yo
sin ella quede
viva
mil siglos, amén.
Llevan la
MUJER. Sacan un CORREO con una maleta
con
cartas
CÉSAR:
Entra, borracho.
NINFA: ¿Qué es eso?
CORREO: Mi mala
suerte.
CÉSAR:
Un correo.
NINFA: Días ha
que le deseo.
CÉSAR: Lleva
la maleta peso.
CORREO: Todas son cartas.
NINFA: Tú llevas
famosa mercadería
pues
vas la noche y el día
de
papel cargado y nuevas.
¿De dónde vienes?
CORREO: Señora:
de
Nápoles.
NINFA:
¿Qué se dice
allá de
mí?
CORREO:
Apenas hice
venta
en Nápoles un hora
cuando me hicieron con esto
partir
a Trento.
NINFA: Si fuera
a
esotro mundo, pudiera
ser que
llegaras mas presto.
CORREO: ¿De
qué suerte?
CÉSAR:
Hay un despacho
para el
infierno; ¿qué dudas?
CORREO: Debéis
de escribir a Judas,
que fue
calabrés.
CÉSAR: ¡Borracho!
¿quieres que te dé?
NINFA:
Abrid lueg |