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ACTO SEGUNDO
Sale LELIO
quitándole a LISARDA, su esposa,
unas joyas, y
BRITÓN
LELIO: Por
vida de los dos, que no las quiero
para
jugar. Lisarda, no me enojes;
he
menester un poco de dinero,
e
importa que esas joyas te despojes
para
empeñarlas, no para venderlas.
LISARDA: En
lindo tiempo, por mi fe, me coges;
deseo debes de tener de verlas
empleadas mejor en otro cuello
más digno que no yo de mi
oro y perlas.
Es
dama al uso, que tendrá el cabello
negro,
que ya no se usan hebras de oro,
y si es
moreno el rostro será bello.
LELIO: ¡Oh,
qué pesada estás¡ Porque te adoro
te
atreves a enojarme.
LISARDA: ¿Es ojizarca?
Pero
ojinegra es, que no lo ignoro;
en
los tiempos del Dante y del Petrarca
los ojos zarcos eran los mejores,
adorados del príncipe y
monarca,
y a los negros rasgados dan favores;
que las bellezas son como
el vestido,
que
mudan con la hechura los colores.
LELIO: Quítate ya esas joyas, que he tenido
mucha paciencia. ¡Ea!
LISARDA: ¿Qué es aquesto?
¿Cuándo, Lelio, el respeto me has perdido?
Dos
años ha que el yugo nos ha puesto
del conyugal amor la iglesia santa,
tirando
a su coyunda el carro honesto,
voluntad me has mostrado siempre tanta,
que a cuantas damas hay envidia
he dado.
Pues ¿qué mudanza mi ventura
espanta?
De
un mes acá te veo tan trocado,
que, si
antes a las nueve te acostabas,
volver
sueles al alba disfrazado.
Apenas, Lelio, de comer acabas
cuando,
antes que levanten los manteles,
tomas
la capa que antes olvidabas.
Jugaste, y aunque pocas veces sueles
gastar
el tiempo en esto, ya has perdido
el
dinero, la plata y los doseles,
y no tan malo, si en el juego ha sido
esta
pérdida sola y no en desvelos
que
sospecho te traen desvanecido;
que
el juego que hay peor es el de celos,
pues
pierden con la vida la paciencia.
LELIO:
¿Quieres, Lisarda, no llorarme duelos?
Ni
el juego ni el amor me da licencia
para quitarte joyas que no he dado,
pues las trajo tu dote por
herencia;
salí fïador, estoy
ejecutado,
no
quiero que entre en casa la justicia
y lo
sepan tu tío y mi cuñado;
otras joyas habrá de más codicia
que
comprarte prometo. Acaba, amores.
LISARDA: Ya esa
fïanza vino a mi noticia,
deuda es que tiene muchos
acreedores,
y aunque su honra es ya
dita quebrada,
se
empeñan más por ella sus deudores.
No
estoy, Lelio, en tu amor tan descuidada,
que aunque callo y consiento, no trasnoche
celosa
con razón, y desvelada.
Bien
piensas tú que del disfraz de anoche
tan
ignorante estoy que no he sabido
la
negra traza de la silla o coche.
Autor de este entremés debe haber sido
aqueste
bienaventurado.
BRITÓN: ¡Bueno!
Yo he
de tener la culpa. Si ha perdido,
Britón le hizo perder; si del sereno
le
duele la cabeza, este bellaco
de
Britón es la causa; si el moreno
se
emborracha con vino o con tabaco,
Britón
le dio a beber; si falta en casa
alguna cosa,
BRITÓNcillo es caco.
No
lo puedo sufrir, de raya pasa,
un año
ha que te sirvo, hagamos cuenta,
diez reales cada mes me das por
tasa,
aquí está el papelillo
en que se asienta
lo que recibo; débesme once reales
menos
tres cuartos, no tengo otra renta,
páguenmelos y adiós, y sean cabales.
LELIO: ¿Estás
sin seso?
BRITÓN: Estoy muy enojado
y harto de llevar ya tus atabales.
A un
hombre como yo bien opinado
no es
razón que le llamen alcahuete.
¿Hanme
visto llevar algún recado?
¿Cuándo te traje yo carta o billete?
Siempre el rosario traigo en cuello
o mano,
dentro mi faltriquera no se mete.
......................... [ -ano]
De fray
Luis, y porque veas si miento,
estas
hojas dirán si soy cristiano.
Va a sacar un
libro de la faltriquera y saca envuelta
al rosario una
baraja de naipes,que se le cae
LISARDA: Muy
bien lo dicen, pues de ciento en ciento
te
salen a abonar descuadernadas
como tu
vida; y quién te da sustento
de ésas y de otras cartas
despachadas;
por el infierno debes ser
correo.
BRITÓN: ¡A
afrentarme salistes desolladas!
¡Volveos al nido, que en mi muerte creo,
que de vosotras, en lugar de tablas,
he de hacer ataúd, según deseo
que andéis conmigo
siempre!
LELIO: En vano
entablas
dilaciones; del cuello el oro quita,
que pierdo tiempo mientras tanto me
hablas.
Quita las perlas.
LISARDA: ¿Qué furor te
incita?
¿No
están mejor al cuello de tu esposa
que no
al cuello...
LELIO: ¿De quién?
LISARDA: De
Margarita?
LELIO: No
digas necedades, si celosa
estás;
que es tan honrada como bella
Margarita, y doncella generosa.
LISARDA: Será
virgen y madre, si es doncella,
que de
Valerio dicen que ha parido.
LELIO:
Mientes, y toma; acordaráste de ella.
Dale un bofetón
LISARDA: ¡Ay,
cielos!
BRITÓN: Más me pesa, que has
rompido
la sarta.
LELIO:
Los anillos le he quitado
y los
zarcillos.
BRITÓN: Su pirata has sido.
LELIO: Coge
las perlas.
BRITÓN: ¿No me ves bajado,
cual fraile en Gloria patri?
Sale ROSELIO
ROSELIO: ¿Qué es
aquesto?
Lisarda, ¿de qué lloras?
LISARDA: He quebrado
la
sarta de las perlas en que he puesto
todo m¡
gusto.
BRITÓN:
(No hay más linda pieza Aparte
que una
mujer para mentir de presto.)
ROSELIO: No
es esa la ocasión de tu tristeza;
que no
eres tú, sobrina, tan liviana
que por
eso des muestras de tristeza.
¿Qué
es eso del carrillo? Mas la grana
en que
se tiñe el daño que recelas
y tu
honrada respuesta me hizo llana.
Lelio,
¿hasla dado?
LELIO: ¿Yo?
ROSELIO: Deja
cautelas.
Britón,
¿qué es esto?
BRITÓN: Es una niñería,
un
dolorcillo que le dio de muelas.
ROSELIO:
¿Calláis los dos? A la sospecha mía
doy
crédito; la cara de Lisarda
es un
papel que a mi venganza envía,
tinta es la sangre que la letra aguarda,
con
cinco plumas la escribió el villano
valiente con mujeres que acobarda.
LISARDA: Por
mi fe que te engañas.
ROSELIO: Jura en
vano,
que ya
en la plana de tu rostro veo
el
renglón riguroso de la mano.
¡Ah
Lelio, Lelio! ¿Es éste el justo empleo
que
hace en ti de Lisarda que te adora?
LISARDA: No ha
reñido conmigo.
ROSELIO: Ya lo veo.
LELIO: Si
la he reñido, ¿qué tenemos ahora?
Quitéla
estos zarcillos y estas perlas
que
llevo, a una mujer; quiso, habladora,
por
resistirme consentir romperlas,
y dile
el bofetón que te ha ofendido;
estas las joyas son, si quieres verlas.
ROSELIO: ¿Por
qué la tratas mal?
LELIO: Soy su
marido.
ROSELIO: Una vez
sola pone el que es honrado
la mano
en su mujer: si infame ha sido.
No le quites el oro que no has dado.
Vuélveselo, o si no...
LELIO: Aparta viejo,
si no
quieres...
ROSELIO: La sangre se me ha
helado;
mas no por eso que me injuries dejo.
Has de darle las perlas.
LELIO: ¡Buen aviso!
Pagarte
a coces quiero ese consejo.
Derríbale y
dale de coces
LISARDA: ¿A
mi tío?
LELIO:
Él se tiene lo que quiso.
ROSELIO: Soy
tierra; en fin, atréveste a la tierra.
LELIO: Pues si
eres tierra con razón te piso.
BRITÓN: Hoy
reina alguna suegra, todo es guerra.
Vanse los dos, LELIO y BRITÓN
ROSELIO: ¿A
mí en el suelo y de coces?
Lisarda, dame una espada.
LISARDA:
Sosiégate, no des voces,
que no
es justo sepan nada
los
vecinos.
ROSELIO:
Mal conoces
mi
condición, ¡vive el cielo!
¿De un
cobarde mal nacido?
LISARDA: Deja
las leyes del duelo,
que tú
la culpa has tenido
de que
te echase en el suelo.
ROSELIO: ¿Yo
la culpa en defender
tu injuria? ¿En mí un mozalbete
las
manos ha de poner?
LISARDA: Eso
tiene quien se mete
entre
marido y mujer.
¿Qué
tengo yo que no sea
de
Lelio?
ROSELIO:
¿A ti un bofetón?
LISARDA: Ni me
afrenta, ni me afea;
afeites
del honor son
con que
el amor se hermosea.
Es
mi esposo, hacerlo pudo.
ROSELIO: Hablas
al fin como honrada;
pero el
acero desnudo,
ya
jubilado en la espada
me
vengará.
LISARDA:
De eso dudo.
Vase. Sale VALERIO
ROSELIO:
¿Aquí estás? ¿Cómo te atreves
salir
en público así,
si por tus
costumbres leves
anda
Cleandro tras ti,
y
antiguos enojos mueves?
VALERIO:
Quiero hoy volverme al aldea
y he
menester que me des
unos
escudos.
ROSELIO:
Granjea
tu hacienda así, que después
no es
mucho que corta sea.
¿Cuántos los escudos son?
VALERIO:
Quinientos.
ROSELIO:
Pues ¿para qué?
VALERIO: Compro
cierta posesión.
ROSELIO: ¿Tú,
posesión? Ya yo sé
de tu
santa inclinación
la
posesión en que estriba
tu
liviana voluntad,
en
torpes vicios cautiva.
VALERIO: ¡Por
Dios que es una heredad!
ROSELIO: Si es
heredad, será viva.
VALERIO: ¡Oh,
que de ello que me cuesta
cualquier cosa que me das!
Digo
que es para una fiesta;
para
jugar. ¿Quieres más?
¡Una
mujer!
ROSELIO:
¡Y honesta!
VALERIO:
¿Tienes otro que te herede
más que
a mí y para que estimes
lo que
es justo, que acá quede?
Ya soy
hombre, no escatimes
lo que
mi edad me concede.
ROSELIO: ¿Tantos
pasos y argumentos
gastas,
si en darte me fundo,
los
reales cientos a cientos?
VALERIO: Más que
un hermano segundo
en
cobrar sus alimentos.
Si
me los tienes de dar,
¿para qué con esa flema
me los
haces desear?
ROSELIO: A ti y
Lelio un mismo tema
os hace locos de atar.
Ea, en mí las manos pon,
como hizo Lelio en tu
prima;
si te
parece razón,
mi cano
rostro lastima,
dame en
él un bofetón.
El oro y joyas me quita
con alborotos y voces,
y en
tierra me precipita,
darásme
otra vez de coces
por
amor de Margarita.
VALERIO:
¿Cómo es eso?
ROSELIO: A su mujer
las
joyas Lelio ha quitado
que no
le supo traer,
y un
bofetón le ha costado
el quererlas defender.
Y
porque yo, como tío,
sus
locuras reprendí,
fue
tanto su desvarío,
que puso los pies en mí.
¡Mira que valiente brío!
A
Margarita pretende;
para
ella las joyas son
con que
su interés entiende.
Si es
ésta la posesión
que tu
deshonra te vende,
cómprala, y cual Lelio yerra.
Echa a
mal mi hacienda
así y
de casa la destierra.
Písala
bien como a mí!
Lelio
me ha pisado en tierra.
Vase
VALERIO:
¿Lelio a mi padre ha injuriado?
¿Lelio
en Margarita -- ¡Cielos! --
emplea hacienda y cuidado?
¿Lelio
afrentas? ¿Lelio celos?
Mas
¿qué mucho si es cuñado?
Voyle a buscar, que mejor
satisfará a mi esperanza
que a
la lengua mi valor.
Daré de
un golpe venganza
a mi
padre y a mi amor.
Vase. Salen LEONELA y MARGARITA
LEONELA:
¡Buena traza!
MARGARITA: No más silla.
LEONELA:
¿Escarmentarás desde hoy?
MARGARITA: Triste
desde anoche estoy;
alcánzame esa almohadilla
que
la labor entretiene,
olvidaré pesadumbres.
Dale vainicas,
y toma LEONELA randas
LEONELA: Cuando
a ella te acostumbres,
si amor
quiere, tan bien viene
a la
labor como al ocio;
pues
tal vez si le aprovecha,
hace de
la aguja flecha
con que
entabla su negocio.
MARGARITA: Como
es la materia blanda,
aunque se suele picar,
huélgase tal vez de andar
entre
la aguja y la holanda.
¿Has
las randas acabado?
LEONELA: No,
porque aunque son ligeros,
cánsanme cien majaderos
que haciendo un manoteado
enmarañan mi labor.
MARGARITA: Si un
majadero no más
da
tanto enfado, ¿qué harás
con
ciento juntos?
LEONELA: Mejor
son
éstos que están atados;
pues
menos tormento dieran
los
necios como estuvieran
del
modo que éstos colgados.
MARGARITA:
Leonela, ¿no es gentilhombre
Lelio?
LEONELA:
Tu pretendiente es
rico,
galán y cortés;
pero
como tiene nombre
de
casado, no me agrada.
Para mí
mucho ha perdido
en
serlo.
MARGARITA:
¿Por qué?
LEONELA: Un marido
que es
con carga tan pesada
ganapán del matrimonio,
sufre
mucho.
MARGARITA:
Bueno está.
LEONELA: Un
marido sufrirá
todo un
falso testimonio.
MARGARITA: ¿Por
qué, que estás importuna?
¿De todo has de mal decir?
LEONELA: Hombre
que puede sufrir
el
rüido de una cuna,
¿qué
diablos no sufrirá
al lado
de una mujer
que por
fuerza ha de tener
las inmundicias que ya
te constan?
MARGARITA:
Eso es sin duda.
LEONELA: ¿No
sufre más que un peñasco
hombre
que no tiene asco
de un
rostro con paño o muda?
MARGARITA:
Galán melindroso hicieras.
Amor
Lelio me ha mostrado,
liberal
me ha regalado
y me
agradan sus quimeras,
pues
Valerio es sospechoso,
y mi
padre de éste está
seguro;
tráemele acá,
que,
aunque el viejo es receloso,
cuando venga y le halle aquí,
no
faltará una mentira
que le
engañe.
LEONELA:
Si él suspira
y tú le
escuchas así,
voy
por él, servirte quiero.
MARGARITA: Que
varíe me has mandado;
sabré a
qué sabe un casado
pues ya
sé lo que es soltero.
LEONELA: A ambos puedes reducillos.
MARGARITA: ¿Dos
juntos? ¡Líbreme Dios!
LEONELA: Lo
bueno es de dos en dos,
que es
comer a dos carrillos.
Vase
MARGARITA: La
inclinación de mi edad
más
gusta oír cada día
sermón en la Compañía
que
misa en la Soledad.
Sola
estoy y no soy santa,
perdone
mi padre viejo
que no
hay gusto con consejo;
mas,
¡Válgame Dios! ¿quién canta?
Canta de dentro
VOZ: "Margarita,
Margarita,
maldita fuera mejor
que
te llamase Florencia,
pues
eres su maldición."
MARGARITA: ¿Quién
puede ser la que canta?
¡Ay
cielos, qué triste voz!
Los
cabellos me ha erizado,
palpítame el corazón.
¡Hola!
¿Quién canta allá dentro?
Pero
¡qué medrosa soy!
Alguna
de mis crïadas
es que
está haciendo labor.
Cante alegre o cante triste,
que el
uno y el otro son,
suspenden y avivan más
sentimientos del amor.
Canta
VOZ: "Margarita
te llamaron,
pero
no conforma, no,
con
tus obras tu apellido
con
tus vicios tu valor.
Libre te crïó tu madre
causando tu perdición,
¡Pobre de ella, cuál lo paga!
¡De
llamas es su prisión!"
MARGARITA: ¿Qué es
esto? ¿A mí se dedican
los
versos de esta canción?
¿Mi
libertad reprehenden?
¿Maldicen mi inclinación?
Éste es
mucho atrevimiento.
¿Cuándo
sufrí burlas yo?
Castigaré
en la crïada
este
agravio, ¡vive Dios!
¡Hola!
Florisa, Marcela,
Faustina, Audronio, León.
¿No me
responde ninguno?
¿Si
estoy soñando? Mas no,
no debe
de ser de casa
la
cantora o el cantor
que mi
vida satiriza.
Algún
vil murmurador
de los
de mi vecindad
me
piensa poner temor.
Digan;
allá se lo hayan.
Libres son y libre soy.
De la más santa murmuran;
del rey
como del pastor;
mas que
digan que mi madre,
porque
libre me crïó,
se
abrasa, esta es desvergüenza.
Sufrirlo será baldón,
castigarle será justo.
¡Hola!
Llamadme a Gascón,
ese
mozo de caballos.
Mas,
¿qué es esto? Loca estoy.
¿No hay
en Florencia mujeres
de mi
nombre y que no son
de más
benditas costumbres
ni más
honestas que yo?
Cantes de ellas y de mí,
que yo les daré desde hoy
materia para sus versos,
porque he de vivir peor.
Canta
VOZ: "No harás, porque antes de
mucho
el infernal cazador
que caza almas, con tus ojos
perderá tu posesión.
Aunque has perdido la cuenta,
de tu vida en un sermón,
por
las cuentas de un rosario,
borrará tus cuentas Dios.
A un
hombre puesto en un palo
has de tener tanto amor,
que has de perder el
juicio
en la vulgar opinión."
MARGARITA: ¿Cómo?
¿Yo a un ajusticiado?
¿A un
hombre en un palo yo?
¿Yo a
difuntos? ¿Yo sin seso?
Desmayos me da el temor.
¿Mujer
de mi calidad
ha de estar sin lo mejor
del
alma, que es el jüicio?
¿Yo
amante de quien perdió
la vida
en un palo vil?
No es
buena satisfacción
de mis
culpas deshonrarme.
Oerdonaráme el sermón.
Si
sermones han de ser
causa
de mi conversión,
no he
de oírlos en mi vida.
Intente
otros medios Dios,
que por
ése no haya miedo
que me coja, pues desde hoy
no he de oir sermón ni
misa.
Vuélvome a hacer mi labor.
¡Ay! Si
Leonela viniese,
si
entrase conversación
y
dejase de cantar
aquesta
agorera voz.
Canta
VOZ: "Margarita,
¿de qué sirve
hacer piernas contra Dios,
ni
tirar, cual dijo a Pablo,
coces contra el aguijón?
Si
de tu libre albedrío
siguieres la inclinación
y
sus vicios no dejares,
daránte mal galardón."
Descúbrese al
son de tristes instrumentos una
escalera de
flores, y al cabo una silla y corona de fuego
"En
el reino del espanto,
entre
fuego y confusión,
aquesta silla te espera
si
no excusas tu rigor.
Aunque por flores se sube,
que
el deleite es torpe flor,
éste
es el fruto que ofrecen
flores que de vicios son.
En
vez de oro tiene fuego,
brasas sus follajes son,
su
corona basiliscos,
azufre y pez es su olor."
MARGARITA: ¡Ay,
cielos; qué horrenda vista!
Leonela, Fabia, señor,
crïados, vecinos, gente,
¿ninguno me da favor?
Pues
que ninguno me ayuda,
matarme
será mejor.
¿No hay
cordel que sea
verdugo
de mi desesperación?
Al son de
música alegre se descubre una
escalera hecha
de rosarios, y sobre ella una silla muy hermosa y
sobre la silla
una corona de oro. Canta
VOZ: "El
cordel que te remedie
las
cuerdas divinas son
de
esta escala, donde sirve
cada
cuenta de escalón
por
ella, para que suba
hasta el cielo el pecador,
da
la mano poderosa
su
admirable devoción.
Silla y corona de rosas
es quien paga el fruto en flor
a
María, flor de gracia,
e
intenta tu conversión.
Teje
del rosal divino
del
rosario y su oración
las rosas de sus misterios,
si alcanzar quieres
perdón."
MARGARITA: ¡Oh,
qué belleza de silla!
El alma
me consoló,
encubrióse su hermosura,
la voz
dió fin a su voz.
Entre
el consuelo y tristeza,
la
esperanza y el temor,
me
tienen entre dos aguas
y me
cubre un frío sudor.
¡Cuánto
va de silla a silla,
válgame
el poder de Dios;
y de
corona a corona,
de reino
a reino! Venció
el
temor aquesta vez.
¡Viva
la virtud! Desde hoy,
salgan
los vicios de casa.
Salid
fuera, torpe amor.
Vase. Salen LELIO y VALERIO acuchillándose,
LEONELA dando
voces |