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ACTO SEGUNDO
Sale AMÓN,
vistiéndose, muy
melancólico,
con ropa y montera, y ELIAZER y JONADAB
JONADAB: No
lo aciertas, gran señor,
en levantarte.
AMÓN:
Es la cama
potro
para la paciencia.
ELIAZER: Un
discreto la compara
a los
celos.
AMÓN:
¿De qué modo?
ELIAZER: De la
suerte que regalan
cuando pocos, si son muchos,
o
causan flaqueza o matan.
AMÓN: Bien has dicho. ¡Hola!
JONADAB: Señor.
AMÓN: Dadle cien escudos.
ELIAZER: Pagas
como príncipe, no solo
las obras, más las palabras.
AMÓN: ¿Qué es
esto?
JONADAB:
Darte aguamanos.
AMÓN: Si con
fuego me lavara
pudiera
ser que estuviera
mejor,
pues me abrasa el agua.
Dime
algo que me entretenga.
¿Qué es
la causa de que callas
tanto,
Eliazer?
ELIAZER: No sé cómo
darte
gusto; ya te enfadas
con que
hablando te diviertan,
ya
darte música mandas,
ya a
los que te hablan despides,
y riñes
a quien te canta.
JONADAB: Ésta tu
melancolía
tiene,
señor, lastimada
a toda
Jerusalén.
ELIAZER: No hay
caballero ni dama
que a
costa de alguna parte
de su
salud, no comprara
la
tuya.
AMÓN:
¿Quiérenme mucho?
ELIAZER: Como a
su príncipe.
AMÓN: Basta.
No me
habléis más en mujeres.
¡Pluguiera a Dios que se hallara
medio
con que conservar
la
naturaleza humana
sin
haberlas menester
¿Vino
el médico?
JONADAB: ¿No mandas
que
ninguno te visite?
AMÓN: Si
supieran como parlan,
no
estuviera enfermo yo.
ELIAZER: No
estudian, señor, palabra;
sangrar
y purgar son polos
de su
ciencia.
AMÓN:
Y su ganancia.
JONADAB: Todo es
seda, ámbar y mulas;
si dos
de ellos envïara
a
Egipto o Siria, David,
con
solas plumas, mataran
más que
su ejército todo.
ELIAZER:
Juntáronse ayer en casa
de
Délbora, seis doctores,
que ha
días que está muy mala,
para
consultarse entre ellos
la
enfermedad, y aplicarla
algún
remedio eficaz.
Apartáronse a una sala,
echando
la gente de ella;
dióle
gana a una crïada,
que
bastaba ser mujer,
de
escuchar lo que trataban;
y
cuando tuvo por cierto
que del
mal filosofaban,
de la
enferma, y experiencias
acerca
de él relataran,
oyó
preguntar al uno,
"Señor doctor, ¿qué ganancia
sacará
vuesa merced
una con
otra semana?"
Respondió, "cincuenta escudos,
con que
he comprado una granja,
veinte
aranzadas de viñas,
y un
soto en que tengo vacas;
pero no
me descontenta
el buen
gusto de las casas
que
tuvo vuesa merced."
Dijo
otro, "Son celebradas.
No sé
qué hacer del dinero
que
gano. ¡Cosa extremada
es ver
que, sin ser verdugo
porque
matamos nos pagan!"
"Dejan eso," replicó
otro,
"y decid de qué traza
os fué
en el juego de anoche."
"Perdí, son suertes voltarias,
pero
¿tenéis muchos libros?"
"Doscientos cuerpos no bastan,
con
cuatro dedos de polvo,
que ni
ellos hablan palabra
ni yo
las que encierran miro.
Ostentación e ignorancia
nos han
dado de comer;
más ha
de cuatro semanas
que no
hojeo, si no son
pechugas de pavos, blancas,
lomos de gazapos tiernos
y con pimienta y naranja,
perdiz,
pichón y vaquita,
-- así a la ternera
llaman
los hipócritas
al uso --
Pero lo
parlado basta;
vamos a
ver nuestra enferma,
que
estará muy confïada
en
nuestra consulta." Fueron
y dijo el de mayor barba,
"Lo que se saca de
aquí
es que
al momento se haga
una
fricación de piernas,
y por
todas las espaldas
la
echen catorce ventosas,
las
tres o cuatro sajadas.
Pónganla en el corazón
un
socrocio, y fomentada
con
manteca de azahar,
tenga
en el cielo esperanza
que la
consulta de hoy
la ha
de dar muy presto sana."
Diéronles doscientos reales
y
volviéronse a su casa
bien
medrados de la junta
como te
he contado.
AMÓN: Calla,
relator
impertinente,
que me
atormentas y cansas.
¿Es posible que hables tanto?
ELIAZER: ¿Tú,
señor, no me lo mandas?
Si
callo, te doy pesar;
en
hablando me amenazas.
Dios te
de sosiego y gusto.
AMÓN: ¿Qué es
aquello? ¡Hola! ¿quién canta?
JONADAB: Músicos
que recibistes
para
que sus consonancias
tu
melancólico humor
alivien.
AMÓN:
¡Industria vana!
Cantan desde
adentro
MÚSICOS: "Pajaricos
que hacéis al alba
con lisonjas alegre salva,
cantadle a Amón,
que
tristezas le quitan la vida
y no
sabe si son de amor,
y no
sabe si de amor son."
AMÓN: Hola, Eliazer, Jonadab,
¡echadlos por las ventanas!
¡Dadlos muerte! ¡Sepultadlos!
Haciendo ataúd las tablas
de sus necios
instrumentos
tendrán
sepultura honrada,
como
gusanos de seda
en sus capullos.
JONADAB: ¡Qué extraña
pasión de melancolía!
AMÓN: ¿No
imitan en una casa
a su
señor los crïados?
¿Yo
llorando y ellos cantan?
¿Mi
enfermedad les alegra?
Dichos y sale
un MAESTRO de armas
ELIAZER: Aquí
está el maestro de armas
que
viene a darte lección.
AMÓN: Dadme,
pues, la negra espada,
aunque
pues se queda en blanco
mi
nunca verde esperanza,
mejor
que la espada negra
pudiera
jugar la blanca.
MAESTRO: Vuelva
el cielo, gran señor,
los
colores a tu cara,
que la
tristeza marchita
con la
salud que te falta.
AMÓN: Retórico impertinente,
el que
es diestro jamás habla;
jugad
las armas callando
o no os
preciéis de las armas.
MAESTRO:
Perdóneme vuestra alteza.
Dije en
la lección pasada
que con
estas dos posturas
al
enemigo se ganan
medio
pie de tierra.
AMÓN: Siete,
que son
los que a un cuerpo bastan;
cuando
os haya muerto a vos,
darán quietud á mis ansias.
Da tras el
MAESTRO
MAESTRO: ¿Qué es
que hace vuestra alteza?
AMÓN:
Castigar vuestra arrogancia.
Necios,
el mal que me aflige
siendo
de amor, no se saca
con bélicos instrumentos.
Morid todos, pues me matan
invisibles enemigos.
Corre detrás de todos
MAESTRO:
Huyamos, mientras se amansa
el
frenesí de su furia.
Huyen todos
AMÓN: Si
hubiera armas que mataran
la memoria que me aflige,
¡qué buenas fueran las armas!
Hola, Eliazer, Jonadab,
Josepho, Abiatar, Sisara.
¿No hay
quien venga a dar alivio
al
tormento que me abrasa?
Salen ELIAZER y JONADAB
JONADAB: Gran señor, sosiégate.
AMÓN:
¿Cómo? Si es quimera mi alma
de
contradicciones hecha,
de
imposibles sustentada.
¿No
estaba en la cama yo?
¿Quién
me ha cubierto de galas?
Desnudadme presto, presto.
ELIAZER: Tú te
vistes y levantas
contra
la opinión de todos.
AMÓN: Mentís.
JONADAB:
Desnúdale y calla.
AMÓN: ¿Yo
sedas en vez de luto?
¡Ay, libertad malograda!
¿Muerta
vos y yo de fiestas?
Sayal negro, jerga basta,
os tienen de hacer desde hoy
las obsequias lastimadas.
Suenan cajas dentro
¿Qué es esto?
JONADAB:
Gran señor, viene
tu
padre, rey y monarca
de las
doce ilustres tribus,
entre clarines y cajas,
triunfando a Jerusalén
después que por tierra
iguala
del
idólatra Amonita
las ciudades rebeladas.
Sálenle, con bendiciones,
músicas, himnos y danzas
a recibir a sus puertas,
cubiertas de cedro y
palma,
los cortesanos alegres,
y la
victoria lo cantan
con que
triunfó de Golias
sus
agradecidas damas.
Sal a
darle el parabién,
y con
su célebre entrada
suspenderás tu tristeza.
AMÓN: Al
melancólico agravan
el mal,
contentos ajenos.
Idos
todos de mi casa,
dejadme
a solas en ella,
mientras veis que me acompañan
desesperación, tristeza,
locura,
iniposibles, rabia,
pues
cuando mi padre triunfe
muerte
me darán mis ansias.
Vase AMÓN
JONADAB:
¡Lastimoso frenesí!
ELIAZER: ¿Que no
se sepa la causa
de
tanto mal?
JONADAB:
¿Si es de amor?
ELIAZER: A
serlo, ¿quién rehusara
a quien
hereda este reino?
JONADAB: No sé,
por Dios. Mas, pues, calla
la
ocasión de su tristeza,
o Amón
está loco o ama.
Vanse. Salen,
marchando con mucha
músíca, por una
puerta JOAB, ABSALÓN,
ADONÍAS y tras
ellos, DAVID, viejo coronado; por otra
puerta salen TAMAR, BERSABÉ, MICOL y SALOMÓN. Dan
vuelta y dice..
DAVID: Si
para el triunfo es lícito, adquirido
después
de guerras, levantar trofeos,
premio,
si muchas veces repetido,
aliento
de mis bélicos deseos;
si tras
desenterrar del viejo olvido
de asirios, madianitas, filisteos,
de Get y de Canán victorias
tantas,
inexausta materia a plumas
santas;
si después que en los brazos
guedejudos
del líbico león, fuerzas bizarras
hipérboles venciendo, hicieron
mudos
elogios, que el laurel
convierte en parras,
y en juvenil edad miembros desnudos,
galas haciendo las
robustas garras
del oso
informe entre el crespado vello
como
joyas sus brazos me eché al cuello;
en
fin, si tras hazañas adquiridas
en la
robusta edad, que Amor dilata,
gravada
en su memoria las heridas,
ejecutoria de quien honras trata,
agora a
esta pequeña reducidas,
cuando
a mi edad el tiempo paga en plata
el oro
que le dió juventud leda,
que,
pues se trueca y pasa ya es moneda,
por
solo una corona que he quitado
al Amonita rey de los cabellos;
cuatro
coronas mi valor premiado
en
vuestros ocho brazos gana bellos,
quisiera, con sus círculos honrado,
que brotaran de aqueste otros tres
cuellos,
y hecha Jerusalén de Amor teatro,
viera un amante con
coronas cuatro.
Ya
Rábata, que corte incircuncisa
del
Amonita fue, rüínas solas
ofrece
al tiempo que caduco pisa
montes altivos de cerúleas olas;
ya la tristeza
trasformada en risa,
muerta
Belona, cuatro laureolas
lisonjean mi gozo con sus lazos,
reduciendo mi cuello a vuestros brazos.
Micol querida, que por tantos años
a
indigno poseedor diste trofeos,
da
envidia a la venganza, a Amor engaños,
al
tiempo que contar, y a mí deseos;
dadme
entre esos abrazos desengaños
como yo a vuestras aras filisteos,
sus
prepucios al rey incircuncisos,
plumas
al sabio y a la fama avisos.
Discreta Abigaíl, a quien el cielo
gracia
de aplacar cóleras ha dado
del
bárbaro pastor en el Carmelo,
premio
no merecido ni estimado,
en esos
brazos, polos del consuelo,
en
quien vive mi amor depositado,
descanse mi vejez, que pues los goza
si largos años cuenta ya está moza.
Hermosa Bersabé, ninfa del baño,
que sirviéndoos de espejo en fuentes
frías,
brillando el sol en
ellas, de un engaño
dieron
causa a un pequé, lágrimas mías,
ya se
restaura en vos el mortal daño
del
malogrado por leal Urías,
pues
dais quien edifique templo al Arca,
paz a
los tiempos y a Israel monarca.
Y
vos, mi Salomón, noble sujeto,
en
quien vos ciencia infusa deposite,
de la
fábrica célebre Arquitecto
que la
gloria de Dios en niebla imite,
el
Líbano de Hirau grato y discreto
cedros
os corta donde eterna habite
la
incorrupción que el tiempo no maltrata,
con oro
os sirve Ofir, Tarsis con plata.
Bellísima Tamar, hija querida,
cárcel
del sol, en vuestras hebras preso,
dichosa mi victoria reducida
al
triunfo que con veros intereso,
¿cómo
estáis?
TAMAR:
Dando albricias a la vida
que vos
ausente en contingencia al seso,
gran
señor, puso.
ABIGAÍL: Y yo de mi deseo
pagando
costas, pues que sano os veo.
DAVID:
¿Estáis mi Abigaíl buena?
ABIGAÍL: A
serviros
dispuesta, gran señor, eternamente.
DAVID: ¿Ves
hermosa Micol?
MICOL: Tristes suspiros
en gozo
trueco, pues os veo presente.
DAVID: ¿Y vos,
mi Bersabé?
BERSABÉ: De ver veniros
tierno
en amores, si en valor valiente,
ríndoos
toda el alma por despojos,
que a
gozaros se asoma por los ojos.
DAVID: Ésta
corona, peso de un talento,
o
veinte mil ducados, rica y bella,
lo fue del Amonita, que os presento
alegre
en ver que sois la piedra de ella.
Mi
general Joab, merecimiento
de la
fama, que envidias atropella,
de mi
victoria la ocasión ha sido
valiente capitán, si comedido.
A
Rábata redujo a tanto aprieto,
que
cifrando su sed, asoló un pozo;
dejó su
asalto de llevar a efeto
y ser
ejecución de su destrozo,
por avisarme a lealtad sujeto,
que a
mis victorias aplicase el gozo
de esta
conquista que su fe publica
las
veces que Israel me la dedica.
Dadle las gracias de ella.
JOAB: En esas plantas,
puesta
la boca, quedaré premiado,
pues a mayores glorias me levantas
con
sólo el nombre -- ¡oh rey! -- de tu soldado.
Cuelga
ante el Arca con tus armas santas
trofeos
que a la envidia den cuidado,
y al
arpa dulce, de tu gusto abismo
cántate
las victorias a ti mismo.
DAVID:
Hablad a mi Absalón, a mi Adonías,
diestros en guerra, si en la paz galanes.
ABSALÓN: A tu
lado, señor, ¿qué valentías
podrán dar luz a ilustres capitanes?
SALOMÓN: Dadnos los brazos.
ABIGAÍL: Vieron nuestros días,
al
tremolar hebreos tafetanes,
juntar
en dos sujetos la ventura,
el
esfuerzo abrazando a la hermosura.
DAVID: Mi
Amón; mi mayorazgo; el primer fruto
de mi
amor ¿cómo está?
ABIGAÍL: Dando a tu
corte
tristeza en verle, a su pesar tributo,
priva a
la muerte que sus años corte,
llanto
a sus ojos, y a nosotras luto;
pues
callando su mal, no hay quien reporte
la
pálida tristeza que, enfadosa,
gualdas
siembra en su cara y hurta rosa.
SALOMÓN: No
hay médico tan célebre que acierte
la
causa de tan gran melancolía;
ni con
música o juegos se divierte,
ni va a
cazar, ni admite compañía.
BERSABÉ: A los
umbrales llama de la muerte
para
dar a tu reino un triste día.
ABIGAÍL:
Háblale, y el dolor que le molesta
aliviarás; su cuadra es, señor, ésta.
Corren una
cortina y descubren a AMÓN
sentado en una
silla y muy triste
DAVID: ¿Qué
es esto, amado heredero?
Cuando
tu padre dilata
reinos
que ganarte trata,
por ser
tú el hijo primero,
dejándote consumir
de tus imaginaciones,
¿luto
al triunfo alegre pones
que me
sale a recibir?
Diviértante los despojos
que
toda tu corte ha visto;
todo un
reino te conquisto,
alza a
mirarme los ojos;
llega a enlazar a mi cuello
los
brazos, tu gusto admita
esta
corona, que imita
el oro de tus cabellos.
¡Hijo! ¿No quieres hablarme?
Alza la
triste cabeza
si ya
con esa tristeza
no
pretendes acabarme.
ABSALÓN:
Hermano, ¿la cortesía
cuándo
no tuvo lugar
en
vuestro pecho, a pesar
de
cualquier melancolía?
Mirad que el rey, mi señor
y
padre, hablándoos está.
ADONÍAS: Si
Adonías causa da
a
conservar el amor
que
en vos mostró la experiencia,
por él
os ruego que habléis
a un monarca que tenéis
llorando en vuestra presencia.
SALOMÓN: No
agüéis tan alegre día.
TODOS: Príncipe, volved en vos.
DAVID: ¡Amón!
AMÓN: ¡Oh, válgame Dios,
qué impertinente porfía!
Alza la cabeza
muy triste
DAVID: ¿Qué
tienes, caro traslado
de este
triste original,
que en
alivio de tu mal,
de todo
el hebreo estado
la
mitad darte prometo?
Gózale y no estés así;
pon esos ojos en mí,
de todo mi gusto objeto.
No
se oscurezca el Apolo
de tu
cara; el mal despide.
¿Qué
quieres? ¡Háblame, pide!
AMÓN: Que os
vais y me dejéis solo.
DAVID: Si
en esto tu gusto estriba,
no te
quiero dar pesar;
tu
tristeza ha de causar
que yo
sin consuelo viva.
Aguado has el regocijo
con que
Israel se señala.
Pero
¿qué contento iguala
al
dolor que causa un hijo?
¿Qué
no mereciera yo
aunque
fingiéndolo fuera,
una
palabra siquiera
de
amor? ¿Dirásme que no?
¡Príncipe, un mirarme sólo!
¡Cruel
con mis canas eres!
¿Qué
has? ¿Qué sientes? ¿Qué quieres?
AMÓN: Que os
vais y me dejéis solo.
ABSALÓN: El
dejarle es lo más cuerdo,
pues
persuadirle es en vano.
DAVID: ¿Qué
vale el reino que gano,
hijos,
si al príncipe pierdo?
Vanse; y al
entrarse TAMAR, llámala
AMÓN y
levántase de la silla
AMÓN:
¡Tamar! ¡Ah, Tamar! Señora.
¡Ah, hermana!
TAMAR:
¡Príncipe mío!
AMÓN: Oye de
mi desvarío
la
causa que el rey ignora.
¿Quieres tú darme salud?
TAMAR: A estar
su aumento en mi mano,
sabe
Dios, gallardo hermano,
con
cuánta solicitud
hierbas y piedras buscara,
experiencias aprendiera,
montes
ásperos subiera,
filósofos consultara,
para
volver a Israel
un príncipe, que la muerte
pretende quitarle.
AMÓN: Advierte
que no
siendo tú crüel,
sin
piedras, drogas ni hierbas,
metales, montes o llanos,
está mi vida en tus manos,
y que
en ellas la conservas.
Toma
este pulso; en él pon
Tómale
los
dedos como instrumento,
a cuyo
encendido acento
conceptos del corazón
entiendas.
TAMAR:
Desasosiego
muestra.
AMÓN:
Cáusanle mis penas.
Sangre encierran otras venas;
en las mías todo es fuego
Tómale a TAMAR
las manos
¡Ay, manos que el alma toca,
Bésaselas
pagando
en besos agravios!
¡Quién
se hiciera todo labios
para
gloria de esta boca!
TAMAR: Por
ser tu hermana, consiento
los favores que me haces.
AMÓN: Y
porque ansí satisfaces
la pena
de mi tormento.
TAMAR: Dime
ya tu mal; acaba.
AMÓN: ¡Ay,
hermana, que no puedo!
Es
freno del alma el miedo.
Darte
parte de él pensaba...
pero... vete, que es mejor
morir
mudo. ¿No te vas?
TAMAR: Si
determinado estás
en eso,
sigo tu humor.
Voyme. Adiós.
AMÓN: ¡Crueldad extraña!
TAMAR: Oye,
vuelvo.
AMÓN:
Pero... vete.
TAMAR: Alto.
AMÓN:
Vuelve y contaréte
el
fiero mal que me engaña.
TAMAR: Si
de una hermana no fías
tu secreto, ¿qué he de hacer?
AMÓN: (De ser hermana y mujer, Aparte
nacen mis melancolías.)
¿Posible es que no has sacado
por el pulso mi dolor?
TAMAR: No sé
yo que haya doctor
que tal
gracia haya alcanzado.
Si
hablando no me lo enseñas,
mal tu
enfermedad sabré.
AMÓN: Pues,
yo del pulso bien sé
que es
lengua que habla por señas.
Pero
pues no conociste
por él
tanto desvarío,
en tu
nombre y en el mío,
hermana, mi mal consiste
¿No
te llamas tú Tamar?
TAMAR: Ese
apellido heredé.
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