|
Salen CLEMENCIA
y ENRIQUE
CLEMENCIA: Mi
hermana me dijo a mí
que,
interpretando razones
de
contrarias intenciones,
la
amáis.
ENRIQUE:
Es, señora, ansí;
que,
como Carlos procura
con
cartas, más negociadas
que por el rey deseadas,
desbaratar mi ventura
y no
lo repugnáis vos,
hallo
en vuestro desengaño
el remedio de mi daño;
y,
compitiendo los dos,
me
parece que es prudencia
--
antes que en celos me ofusque --
que en
madama Beatriz busque
lo que
peligra en Clemencia.
CLEMENCIA:
Cuando él, duque, os compitiera
y
entrada en mi pecho hallara
que el
paso os dificultara,
¿mejor
salida no fuera
--
a ser amante de ley --
sus ardides desmentir
que por Beatriz competir
con un infante y un rey?
Confesarlo ansí es forzoso.
En
efeto, hacéis alarde
de ser
el primer cobarde
que se
retira celoso;
aunque os tendréis por feliz
si en
tan loca competencia
sois
tímido por Clemencia
y
animoso por Beatriz.
ENRIQUE:
Cuando yo no interesara
más
medras de mis intentos
que el
causaros sentimientos
con que
mi amor se repara,
fue
ardid, señora, discreto
fingir
haceros agravios;
que tal
vez suelen ser sabios
los celos. Mostré, en efeto,
que a vuestra hermana servía,
y fue
admirable mi aviso,
pues mi
amor por su orden quiso
probar
lo que en vos tenía.
Ya
que lo sé, a vuestros pies,
dándoos
gracias, perdón pido;
sosegad
vos mi sentido,
porque os ame más después.
¿De veras que no
estimáis
a
Carlos? ¿Que os resistís?
¿Que en
fin, cuando me admitís,
sois mujer y no os mudáis?
CLEMENCIA: Mi
inclinación no consiente
mudanzas; que la firmeza
es en
mí naturaleza,
si en
las otras accidente.
Yo
quise desde el instante
que di
principio al querer
a quien
mi esposo he de ser,
y nunca
mudé de amante.
Carlos -- desvanezca o no
promesas a su cuidado --
persona
trae a su lado
que en
mi pecho despertó
desvelos de más momento.
ENRIQUE: ¿Cómo
es eso?
CLEMENCIA:
¿Qué teméis?
A don
Gabriel le debéis
amistades, que si os cuento,
dudaréis satisfacerlas
en llegando a ponderarlas;
el
principio de pagarlas
es,
duque, el agradecerlas.
Haceldo ansí; que él ha sido
a quien
fe mi pecho da.
ENRIQUE: ¿A don
Gabriel?
CLEMENCIA: El será,
si me
entiende, preferido
a
muchos...Quiero decir,
en
materia de consejos.
ENRIQUE: Estaba
de eso tan lejos,
viéndole a Carlos servir,
que,
aunque me lo certifique
vuestro
crédito, y sea ansí...
CLEMENCIA: Cada
cual hace por sí
antes
que por otro, Enrique.
ENRIQUE: Pues
él en eso ¿qué hace
por
sí? ¿Qué es lo que medró?
CLEMENCIA: ¿No es
el amigo otro yo
que a
dos almas satisface
con
sola una voluntad,
si a un
mismo fin se encamina?
ENRIQUE: Ansí es
bien que se difina
el
amigo.
CLEMENCIA:
Y su amistad
¿no puede ser tal con vos
que se
verifique en él
tal
fineza?
ENRIQUE:
¿Don Gabriel
contra
su dueño? Por Dios,
que
ha de quedar asombrado
quien tal imposible oyere.
CLEMENCIA: Cuanto más por vos hiciere,
os tendrá más obligado.
ENRIQUE: Poco
abona su opinión
quien
esa cuenta da de ella.
CLEMENCIA: Como
por eso atropella,
si es viva,
una inclinación.
Experimentad la mía,
disculpando a don Gabriel,
que yo
os juro que por él
dejara
una monarquía.
ENRIQUE:
¿Cómo por él?
CLEMENCIA:
Pues ¿no dejo
la
herencia casi de Francia
con el
de Orliens, a su instancia?
Inclínome a su consejo,
de
suerte, duque, os prometo,
que
toda mi libertad
pende
de su voluntad.
ENRIQUE: El
español es discreto,
y si
yo alcanzo por él
que os
inclinéis a mi amor,
le seré
eterno deudor.
CLEMENCIA: Id,
Enrique, hablad con él;
experimentad verdades
que antes de mucho admiréis;
solicitadle, y veréis
prodigios entre amistades,
que
no poco han de importaros.
Decid
que siga la traza
que
amor y su ingenio enlaza;
que alguna vez saldrán claros
los
cielos, hasta aquí obscuros,
pues
para los animosos
principios dificultosos
prometen fines seguros;
y
que esto le aviso yo
para
vuestro buen suceso.
ENRIQUE: Pues
¿no sabré yo algo de eso?
CLEMENCIA: Por
agora, Enrique, no.
ENRIQUE: Pues
¿es razón que el tercero
alcance
más que el amante?
CLEMENCIA: El
medio que es importante
para los fines que espero,
con
vos me requiere muda,
y toda lenguas con él.
Si os regís por don
Gabriel,
presto
saldréis de esa duda;
que
hemos dispuesto los dos
cierta traza sin testigos,
con que
quedéis muy amigos
mi
padre, Carlos y vos.
Sólo
este fin me reporta
en los
labios el secreto;
vos veréis, duque, en efeto,
lo que a los dos nos
importa.
ENRIQUE:
Alto; si por don Gabriel
se han
de allanar competencias,
voy a alentar sus agencias.
CLEMENCIA: Nuestro
amor estriba en él.
Diréisle, pues le confío
que os industrie y aconseje,
que por
señas no lo deje,
pues hartas con vos le envío.
ENRIQUE: Obedecer y callar.
Voy.
CLEMENCIA: ¿Oís? y que en los dos
sabrá aquello, yendo vos,
de
acertar y no acertar.
Vase ENRIQUE
CLEMENCIA:
Confuso parte, No es mucho
que, si
imita mis acciones,
participe confusiones,
cuando
yo con tantas lucho.
Si
señas tienen de ser
del
gallardo español prueba,
señas
Enrique le lleva
con que
me pueda entender.
¿Qué
modo hallara yo agora
para
sosegar desvelos
y
conocer de mis celos
la
oculta competidora?
Si
yo conociese el dueño
que
inadvertida perdió
el
papel que ocasionó
los
riesgos en que me empeño,
facilitara el cuidado
que confusa dificulto;
porque
el enemigo oculto
más
daña que el declarado.
Ahora bien, aquí le hallé;
vuélvole al mismo lugar;
que
escondida he de sacar
quién
la perdidosa fue.
Echa el papel
en el suelo
Dudo
en mi hermana y mi prima,
si bien
con más fundamento
en la
segunda; mi intento
a nuevas cosas me anima.
Cualquiera que pase de
ellas,
en
viéndole le ha de alzar;
y, si
le perdió, ha de dar
muestras de gusto, y por ellas
quedaré informada yo.
Las dos
estaban agora
en esa
cuadra; no ignora
trazas
quien celosa amó.
Sale FELIPO
FELIPO:
Clemencia, de tu elección
pende
la paz de mi estado;
palabra
a Enrique le he dado;
Carlos
te tiene afición;
ama a
Beatriz el de Francia;
ya tú
sabes su poder;
consultar es menester
cosas
de tanta importancia.
De
tu entendimiento fío
riesgos
que a tu arbitrio dejo.
CLEMENCIA: En el
tuyo mi consejo,
siendo
tuyo, será mío.
FELIPO: Ven,
y estudiemos los dos
lo que
se ha de hacer en esto.
CLEMENCIA: (¿Hay
estorbo más molesto Aparte
que el
presente? Ciego dios,
mal podréis averiguar
quién
es mi competidora,
si dejo
el papel agora
y me
obligan a ausentar.
¿Alzaréle? Pero no;
que si
mi padre lo ve,
el
crédito arriesgaré
que mi
recato ganó.
¿Qué
he de hacer? Poco dichosa
soy en amores.
FELIPO: ¿No vienes?
CLEMENCIA: Sí,
señor.
FELIPO:
Discreción tienes,
que es milagro,
siendo hermosa;
busquemos los dos salida
a
confusión tan crüel.
CLEMENCIA:
(Volveos a perder, papel;
Aparte
que más
que vos voy perdida.)
Vanse. Sale BEATRIZ
BEATRIZ:
Perdíle y, sin él confusa,
desvanezco mi sentido.
¿Si
acaso se me ha caído
por
aquí? No tiene excusa
mi
descuido. Echéle menos
agora;
guardéle aquí.
Señalando la
manga
No sé cuándo le perdí;
sé mi
desgracia a lo menos.
¿Si
le halló mi padre? ¡Cielos!
¿Si
alcanzó a saber por él,
con
riesgo de don Gabriel,
mi
osadía y sus desvelos?
Negaré disimulada,
aunque
la vida me cueste.
Mas
¡válgame Dios! ¿No es éste?
Álzale
¡Ay
prenda tan mal guardada
cuanto con gusto adquirida!
No
saldréis más de mi pecho.
¡Qué de agravios que os he hecho!
Vos seáis bien parecida.
Cuando agora por aquí
con
Armesinda pasé,
se me
cayó; ya podré,
temores, volver en mí.
Salen CARLOS y don GABRIEL. Hablan aparte a la
puerta
CARLOS: Yo
sé que, dándome celos,
la he
de volver a adorar.
GABRIEL: Tu
estraño modo de amar
tendrá
pocos paralelos.
CARLOS:
Gabriel, madama está aquí.
GABRIEL:
Comencemos tu quimera;
yo la
llego a hablar.
CARLOS: Espera;
déjame
primero a mí
que
con ella te introduzga
en
España poderoso,
y que
me muestre celoso
porque
a tu amor se reduzga,
y tú después llegarás.
GABRIEL: Voyme, pues.
CARLOS: Ve y vuelve luego.
GABRIEL: Más que
el amor eres ciego.
CARLOS: ¿Qué
quieres? No puedo más.
Vase don
GABRIEL
CARLOS:
Madama, si os desobligo
y a
vuestra hermana pretendo,
es
porque ofendido entiendo
que
truje mi mal conmigo.
Quiero
de suerte a un amigo,
y
queréisle tanto vos,
que,
puesto que sabe Dios
lo que
me cuesta olvidaros,
no os he he amar, por amaros
y daros gusto a los dos.
BEATRIZ: Duque, ¿qué decís? Volved
por vuestro seso y por
mí;
no os
precipitéis ansí,
y en
más mi opinión tened.
Vuestra
mudanza ofended,
pero
no, Carlos, mi fama.
¿Qué
amigo es ése?
CARLOS: Madama,
no
disimuléis conmigo;
[................-igo]
y él
correspondiente os ama.
Pródigo intento y cortés
lograr
con él una hazaña;
tendrá
que envidiar España
desde
hoy el valor francés.
BEATRIZ:
Acabemos ya; ¿quién es
sujeto
tan ponderado?
CARLOS: Duque
que a Castilla ha dado
sangre
real; duque, en efeto,
de
Nájara, que en secreto
es mi
igual y es mi criado.
BEATRIZ:
¡Válgame Dios! ¿Don Gabriel
es
duque? ¿Es tan gran señor?
CARLOS: En los
ojos vuestro amor
os
lleva el alma tras él.
BEATRIZ: A lo
menos, si es más fiel
que vos y menos mudable,
fuera ingratitud culpable
no
amarle, cual presumís;
mas vos ¿de qué colegís
defecto en mí tan notable?
CARLOS:
(Mintamos un poco, amor; Aparte
que va
hallando esta quimera
más
celos que yo quisiera.)
Fïado
de mi valor,
hasta
el mínimo favor
me
comunica.
BEATRIZ:
En efeto,
¿no hay
entre los dos secreto?
CARLOS: A
persuadirme se anima
que fue
por él el enigma
de
"entiéndame el más discreto."
Presentóme por testigo
del
amor que le mostráis
señas
que disimuláis,
y él
conjetura conmigo.
Si
algunas de éstas os digo,
ya
graves y ya risueñas...
BEATRIZ: Duque,
¿qué decís de señas?
CARLOS: Señas
le apuran el seso.
BEATRIZ: Pues él
¿alábase de eso?
CARLOS:
(Mentira, en mucho me empeñas.) Aparte
BEATRIZ:
¿Señas os ha dicho a vos
que en
mí alientan su esperanza?
CARLOS: La
amistad todo lo alcanza,
y es
mucha la de los dos.
BEATRIZ: ¿Yo señas? (¡Válgame Dios! Aparte
En
hombre que es tan perfeto
¿puede
caber tal defeto?)
CARLOS: Por él,
en fin, determino
que
mude mi amor camino;
tanto
su amistad respeto.
BEATRIZ: Sois
vos todo gentilezas
que él os podrá agradecer,
mas no yo, pues llego a ver
mi agravio en vuestras
finezas.
¡Ay
cielos! Si da en flaquezas
como
ésas, presumirá
señas que dicho os habrá.
CARLOS: Muchas
me contó, aunque oscuras,
y por
esto no seguras,
que
averiguando en vos va.
BEATRIZ: ¿Muchas y oscuras decís?
CARLOS: Todo su
pecho me fía.
BEATRIZ: (¿Qué escucháis, desdicha mía? Aparte
Necias
industrias, ¿qué oís?)
CARLOS: Parece
que lo sentís
como
ofendida.
BEATRIZ:
¿Qué mucho,
si mis
desdoros escucho
en quien
ansí os engañó?
CARLOS: O le
amáis, madama, o no.
BEATRIZ: (¡Con
qué de congojas lucho!) Aparte
En
fin, ¿es duque?
CARLOS: Y marqués
de
Aguilar.
BEATRIZ: No sé qué hiciera
de mi
libertad, si fuera,
en vez
de español, francés.
CARLOS: (Alto,
celoso interés, Aparte
ya os
hizo mi amor lugar.)
BEATRIZ: Pero
podréisle afirmar
que
alcanzara ventajoso
suertes
que merece airoso,
y
pierde por no callar.
Vase
CARLOS: Buscaban celos mis daños
que a mi amor diesen
desvelos
y,
andando a caza de celos,
encontré con desengaños.
El que
por medios estraños
en
nuevos riesgos se arroja,
cuando
coja
el
fruto que yo cogí,
échese
la culpa a sí;
porque
siempre el que se ofusca
en
peligros que aborrece,
si
desdichas apetece,
halla
más de las que busca.
Vase. Salen
FELIPO y ARMESINDA
FELIPO: Esto
es lo consultado
por
Clemencia, y de ti tiene cuidado
de suerte que te estima
con
afectos de hermana más que prima.
Condesa
de Bles eres;
si al
duque Enrique por esposa adquieres,
y yo le
persüado
que, olvidando
a Clemencia, trueque estado
y amor en ti, podemos
mudar en paces guerras que
tememos.
ARMESINDA: Señor,
en vueselencia
libré,
muertos mis padres, la obediencia
que a ellos les debía;
mi voluntad es tuya más
que mía;
mas
cosas de ese porte,
no es
justo que la prisa las acorte.
Consúltelas despacio,
pues
sobran consejeros en palacio,
que
mirarán prudentes
si se
atajan con eso inconvenientes;
y yo
del mismo modo
entretanto veré si me acomodo
a
disponer deseos
tan
libres en mi edad de esos empleos.
FELIPO: Tu
discreción, sobrina,
merece
admiración por peregrina.
Yo voy
a consultarlos;
tú eres
la paz del rey, de Enrique y Carlos.
Vase
ARMESINDA:
Examine voluntades
y haga
Felipo experiencia,
entretanto que en Clemencia
mis
celos sacan verdades
si
quiere al español más
que
obedecer a mi tío;
que después, pues no soy río,
bien puedo volverme
atrás.
Sale BEATRIZ sin
ver a ARMESINDA
BEATRIZ: ¿Es
posible que tan grave,
tan
cuerdo, tan ententido,
tan
discreto y bien nacido
--
cuando lo que importa sabe --
duque don Gabriel Manrique
el secreto encomendado
y en fe
de noble jurado
con
Carlos le comunique?
No,
sospechas, no lo creo;
miente
Carlos; conjeturas
serán
las que, mal seguras,
-- porque
mude de deseo --
le
inquietan la voluntad.
Como en
mis ojos ha visto
lo que
en la lengua resisto,
querrá
sacar la verdad
con
mentiras que le impone.
Anda el
español buscando
las
señas con que le mando
que sus
dichas ocasione;
ocupa, cuando le asisto,
los ojos y el alma en mí;
y saca Carlos de aquí,
porque
a los dos nos ha visto
con
descuido cuidadoso,
celos
de causas pequeñas.
Mas
¡decir lo de las señas!
Aquí el
culparle es forzoso.
Lo
mismo que acuso abono;
y,
entre el sí y el no confusa,
hallo
el agravio en la excusa
y,
condenando, perdono.
Sale CLEMENCIA
sin ver ni a BEATRIZ ni a
ARMESINDA
CLEMENCIA: Si Armesinda lleva bien
el dar a Enrique la mano,
salió mi recelo vano;
poco mis sospechas ven.
Si rehusa este concierto,
dándose por ofendida,
don Gabriel la trae perdida
y mi temor salió cierto.
ARMESINDA: Prima, en notable cuidado
hoy mis aumentos te ven;
darte puedo el parabién
de consejera de estado.
Tu padre, que dificulta
riesgos que nacen de nuevo,
me afirma lo que te debo;
quedaréle a tu consulta
deudora, que es circunstancia
mucha que a Enrique se rinda
la libertad de Armesinda
porque Beatriz reine en Francia.
BEATRIZ: (¿Cómo es esto de reinar? Aparte
¿Otra vez vuelve este miedo?
Desde aquí escucharlas puedo.)
CLEMENCIA: ¿Qué quieres? Séte afirmar
que te estimo de manera
que por ti me desposeo
del duque.
ARMESINDA: ¿Ya yo no veo
que eres mi casamentera?
Débote voluntad tanta
que no admites y te pesa
ser con Enrique duquesa,
por ser con Carlos infanta.
CLEMENCIA: Prima, reales intereses
efectuólos la ambición;
prométote que no son
mis pensamientos franceses.
ARMESINDA: Serán españoles, prima.
CLEMENCIA: ¿Cómo?
ARMESINDA: Pues ¿no han de tener
alguna patria?
CLEMENCIA: ¿Es querer
pedirme celos?
ARMESINDA: Enigma
es ésta que tu amor traza,
y cuando piensas que está
secretísima, anda ya
a pregones por la plaza.
CLEMENCIA: ¿Estás en ti?
ARMESINDA: No te asombres;
que debe ser tu beldad
alcalde de la hermandad
que prende en los campos
hombres.
BEATRIZ: (¡Ay cielos! Todo se sabe. Aparte
El español fementido
pródigo indiscreto ha sido;
perjuro dejó sin llave
secretos y confïanzas.)
ARMESINDA: Alcaide fue tu cuidado
del cuarto en que, retirado,
diste a riesgos confianzas.
¡Qué ingeniosa te apercibes
de torno, tiniebla y salas!
¡Qué sazonada regalas,
qué misteriosa que escribes!
Ya yo he visto los papeles,
cifras de tu estraño
amor.
BEATRIZ: (Todo lo ha dicho el traidor.) Aparte
ARMESINDA: No hay para que te receles;
que ya el español me fía
secretos encomendados,
porque tercie en sus cuidados.
Luego ¿piensas, prima mía,
que no me reveló |