TERCERA
JORNADA
[Sale] Don ANTONIO
D. [ANTONIO]:
En la sazón del erizado invierno,
desnudo el árbol de su flor y fruto,
cambia en un pardo desabrido luto
las
esmeraldas del vestido tierno.
Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,
vuelve a cobrar el general tributo,
y al
árbol seco, y de su humor enjuto,
halla
con muestras de verdor interno.
Torna el pasado tiempo al mismo instante
y punto que pasó; que no lo arrasa
todo,
pues tiemplan su rigor los cielos.
Pero no le sucede así al amante,
que
habrá de perecer si una vez pasa
por
él la infernal rabia de los celos.
[Sale] Don FRANCISCO
D. FRANCISCO:
Siempre han de herir los vientos,
amigo, en cualquier sazón
los
ayes de tu pasión,
los ecos de tus lamentos.
D. [ANTONIO]:
Si acaso quiero entonar
alguna voz de alegría,
siento que la lengua mía
se me
pega al paladar.
A
mi angustia, a mi dolencia
no
dan alivio los cielos:
que
no le tienen los celos,
ni le
consiente la ausencia.
D. FRANCISCO:
No hay extremo sin su medio,
ni es
eterna humana suerte:
sólo
no tiene la muerte
en la
vida algún remedio.
Naturaleza compuso
la
suerte de los mortales
entre
bienes y entre males,
como
nos lo muestra el uso.
Esta verdad sé bien yo,
sin
que en probarla porfíe:
ayer
lloraba el que hoy ríe,
y hoy
llora el que ayer rió.
D. [ANTONIO]:
¡Oh, qué filósofo vienes,
don
Francisco!
D. FRANCISCO: Yo confieso
que
lo soy por el progreso
de tus males y tus bienes.
Dame los brazos y
albricias.
D. [ANTONIO]: Los
brazos veslos aquí,
y las
albricias de mí
llevarás, si las codicias;
pero yo no sé de qué
me las pides.
D.
FRANCISCO: Yo las pido
de que el Amor ha
entendido
los quilates de tu fe,
y te la quiero
premiar
con
entregarte a Marcela.
D. [ANTONIO]: Sé
que es burla, y llevaréla
con
tu gusto y mi pesar;
pero no sé qué te mueve
a
hacer burla de un amigo
tal
como yo.
D. FRANCISCO:
Verdad digo,
y
escucha, que seré breve.
Su padre de Marcela...
D. [ANTONIO]: ¡Oh
nombres cordialísimos
de
Marcela y su padre!
D. FRANCISCO:
Escucha: no seas tonto.
D. [ANTONIO]: Escucho
y soylo.
D. FRANCISCO: Es[t]a mañana, estando
en
misa en San Jerónimo,
al
salir de la iglesia
me
tomó por la mano.
D. ANTONIO: ¡Oh dulce toque!
D. FRANCISCO: ¿Qué
toque dulce puede
dar
la mano de un viejo?
Traslúceseme, amigo,
que
así estáis vos en vos, como en el cuento.
D. [ANTONIO]:
Luego, ¿no fue Marcela
la
que os tocó la mano?
D. FRANCISCO: Que
no, sino su padre.
D. ANTONIO: No
entendí bien. Seguid, que estoy suspenso.
D. FRANCISCO: Las
pacíficas plantas
de
las olivas verdes
fueron testigos ciertos
destas
palabras que deciros quiero.
D.
[ANTONIO]: ¡Oh santísimos orbes
de todas las esferas,
a quien inteligencias
supernas rigen, mueven y
gobiernan!
Haced que estas razones
en mi provecho sean;
lleguen a mis oídos,
siquiera esta vez sola, alegres nuevas.
D. FRANCISCO: ¡Por
vida juro! ¡Muérdome
la
lengua! ¡Voto a Chito,
que
estoy por...! ¡Lleve el diablo
a
cuantos alfeñiques hay amantes!
¡Que
un hombre con sus barbas,
y con
su espada al lado,
que
puede alzar en peso
un
tercio de once arrobas de sardinas,
llore, gima y se muestre
más
manso y más humilde
que
un santo capuchino
al
desdén que le da su carilinda...!
D. [ANTONIO]:
Paréntesis es éste
que
se lleva colgada
de cada razón suya
mi
alma aquí y allí.
D. FRANCISCO: Pues otro queda.
Pidióle a una fregona
un
amante alcorzado
le
diese de su ama
un
palillo de dientes, y ofrecióle
por
él cuatro doblones;
y la
muchacha boba
trújole de su amo,
que
era viejo y sin muelas, el palillo.
Él
dio lo prometido,
y, engastándole en oro,
se lo
colgó del cuello,
cual
si fuera reliquia de algún santo.
Gemía
ante él de hinojos,
y al
palo seco y suyo
plegarias envïaba
que en su empresa dudosa le ayudase.
¿Y el
otro presumido,
que
va a las embusteras
del
cedacillo y habas,
y da
crédito firme a disparates?
¡Cuerpo del mundo todo!
Descubra el hombre siempre
tal valor y tal brío,
que le muestren varón a
todo trance.
No se
ande con esferas,
con
globos y con máquinas
de
inteligencias puras;
atienda, espere, escuche, advierta y mire,
o lo
que en daño suyo,
o en
su pro, sus amigos
quisieren descubrirle.
D. [ANTONIO]:
Atiendo, espero, escucho, advierto y miro.
D. FRANCISCO: Digo,
pues, que don Pedro,
el
padre de Marcela,
me
dijo estas palabras...
D. [ANTONIO]: ¿Es
mucho que te diga que apresures
la
comenzada plática,
de
cuyo fin depende
o mi vida o mi muerte?
D. FRANCISCO:
Díjome, en fin...
D. [ANTONIO]: ¡Primero vendrá el mío!
D. FRANCISCO:
¡Colérico, enfadoso
está!
D. [ANTONIO]:
¡Cuerpo del mundo!
Acaba,
don Francisco,
que
está pendiente el alma de tu boca.
D. FRANCISCO: Dijo
que yo sea parte,
como
que él nada entiende,
que a
Marcela, su hija,
se la
demandes por mujer.
D. [ANTONIO]: ¿Qué escucho?
¿Búrlaste, amigo, o quieres
con
falsas esperanzas
entretener las mías?
D. FRANCISCO: No
burlo, juro a Dios: verdad te digo.
D. [ANTONIO]: Dame
esos pies.
D. FRANCISCO: Levanta.
D. [ANTONIO]: Y
pídeme en albricias
el
alma, y te la diera,
si ya
a Marcela dado no la hubiera.
Mas
dime, dulce amigo:
¿tocaste, por ventura,
el
cuerpo de don Pedro?
¿Viste si era fantasma o no?
D. FRANCISCO: Perdido
estás
desa cabeza.
D. [ANTONIO]: ¿Que
era don Pedro Osorio,
el
padre de Marcela?
D. FRANCISCO: El
mismo.
D. [ANTONIO]:
¡El mismo!
D. FRANCISCO: El mismo. ¿Qué es
aquesto?
D. [ANTONIO]: A
tanta desventura
está
el corazón hecho,
que
no puede dar crédito
a las dichosas nuevas que le
intimas;
pero
habrá de creerte,
en fe
que tú las dices:
que
el buen amigo vemos
que
es pedazo del alma de su amigo.
D. FRANCISCO: Busca
a don Pedro Osorio,
y
pídele a su hija
por
legítima esposa.
D. ANTONIO:
¿Dónde la tiene?
D. FRANCISCO: En Santa Cruz la tiene:
un
monesterio santo,
que
está puesto muy cerca
de
Torrejón y Cubas,
orden
del rico capitán de pobres.
D. [ANTONIO]: ¿Qué
le movió llevarla
a
tanto encerramiento?
D. FRANCISCO: No me
metí en dibujos,
no le
pregunté nada; sólo estuve
atento a su demanda,
y,
con la ligereza
posible, vine a darte
la
dulce que has oído alegre nueva.
[Salen] MARCELA y CRISTINA
MARCELA: Llega, Cristina, y dile
lo
que quieres.
CRISTINA: Ocúpame
el
rostro la vergüenza,
y
enmudece la lengua.
MARCELA: ¡Qué melindres!
Tomarte has con un toro
y con
un hombre armado,
¿y de
mi hermano tiemblas?
D. [ANTONIO]: Pues, hermana,
¿queréis alguna cosa?
¿Mandáis que os sirva en algo?
Pedid
a vuestro gusto,
que
estoy en ocasión de hacer mercedes.
MARCELA: En
nombre de Cristina,
os
pido deis licencia
para
que aquesta noche
os
hagan una fiesta los de casa;
Muñoz
y Dorotea,
Torrente con Ocaña.
CRISTINA: Y
nuestro buen vecino
el
barbero también, y la barbera,
que
canta por el cielo
y baila
por la tierra,
con
otro oficial suyo,
nos
tienen de ayudar; dígalo todo.
MARCELA:
Dígolo todo, y digo,
hermano, que yo gusto
que
esta fiesta se haga.
D. [ANTONIO]: Digo
que soy contento, y doy licencia
para
que el cielo rompa
en
diferentes lenguas
y en
fiestas diferentes
las
cataratas del placer, y salga
a
playa mi contento.
D. FRANCISCO: Y aun, a ser necesario,
haré
yo mi figura.
[D. ANTONIO]: Y aun
yo, que soy valiente recitante.
CRISTINA: Mil
años, señor, vivas;
mil
regocijos buenos
el
corazón te ocupen.
Hacerme
tengo rajas esta noche.
D. [ANTONIO]: El
término decente
de
honestidad se guarde,
Cristina.
CRISTINA:
¡Bueno es eso!
Bailaremos a fuer de palaciegos.
D. [ANTONIO]: Vamos,
amigo.
D. FRANCISCO: Vamos;
aunque don Pedro agora
no
está en Madrid.
D. [ANTONIO]: ¿Pues, dónde?
D. FRANCISCO: A
Santa Cruz es ido,
y
volverá mañana.
D. [ANTONIO]: Vamos
a dar al cielo
gracias porque ha mirado mi buen celo.
[Vanse] Don FRANCISCO y Don ANTONIO
MARCELA:
Mira, Cristina, que sea
el
baile y el entremés
discreto, alegre y cortés,
sin
que haya en él cosa fea.
CRISTINA:
Hale compuesto Torrente
y
Muñoz, y es la maraña
casi
la mitad de Ocaña,
que
es un poeta valiente.
El baile te sé decir
que
llegará a lo posible
en ser dulce y apacible,
pues tiene que ver y
oír:
que ha de ser baile cantado,
al
modo y uso moderno;
tiene
de lo grave y tierno,
de lo
melifluo y flautado.
Es lacayuno y pajil
el entremés, y me admira
de verle una tiramira
que
tiene de fregonil.
MARCELA: La
fiesta será estremada.
CRISTINA: Basta
que agradable sea.
MARCELA: ¿Sabe
el dicho Dorotea?
CRISTINA:
Ninguno no ignora nada
de lo que a su parte toca.
Dame,
señora, lugar,
que
nos hemos de ensayar.
MARCELA:
Vamos.
CRISTINA:
De gusto voy loca.
[Vanse]. Salen
TORRENTE y OCAÑA, cada uno con un garrote
debajo del brazo
TORRENTE:
Señor Ocaña, a esta parte,
que
está más llano el camino.
OCAÑA: Por
esta vez, peregrino
traidor, no pienso de honrarte
con darte el lado derecho,
porque he de tomar el tuyo.
Desas ceremonias huyo,
lánguidas y sin provecho;
adondequiera voy
bien,
al
diestro o siniestro lado,
y no
quiero, acomodado,
que
otros lugares nos den
del que me cupiere acaso,
y sé yo, señor Torrente,
que
tiene de lo imprudente
hacer
destas cosas caso.
TORRENTE:
¿Es daga aquese garrote,
señor
Ocaña?
OCAÑA: Es un palo
que
por martas lo señalo
para
ablandar un cogote.
¿Y es puñal aquese vuestro?
TORRENTE: Es
una penca verduga
que
las espaldas arruga
del
maldiciente más diestro.
OCAÑA: Luego, ¿vais a castigar
algún
maldiciente?
TORRENTE: Sí.
OCAÑA: Pues
no pasemos de aquí,
que
yo también he de dar
doce palos a un bellaco,
socarrón, traidor, y miente.
TORRENTE: Si lo
dices por Torrente,
daré
destierro a este saco,
y haré en calzas y en jubón,
ya con el palo o sin
él,
que
confieses ser tú aquel
desmentido y socarrón.
OCAÑA:
Tente, Torrente; ¿estás loco?,
ten tus cóleras a raya,
si quieres que yo me
vaya
en
las mías poco a poco.
¿Han de fenecer aquí,
por gustos de mozas viles,
dos Héctores, dos
Aquiles?
TORRENTE:
Mueran. ¿Qué se me da a mí?
OCAÑA:
¡Vive Dios!, que Cristinilla
me
mandó te apalease;
a lo
menos, te reglase
la
una y otra mejilla
con una navaja aguda:
que
es, si en ello mirar quieres,
entre
las crudas mujeres,
la
más insolente y cruda.
Lo mismo a mí me mandó
que a
ti.
TORRENTE:
Sin duda, ansí es.
OCAÑA: ¿Y
saldrá con su interés?
TORRENTE: Amigo
Ocaña, eso no.
Vivamos para beber,
pues
para beber vivimos,
y estos dijes y estos mimos
con otros se han de
entender
de más tiernas intenciones
y de más sufribles lomos;
no con nosotros, que
somos
malos
sobre socarrones.
Disimula; vesla allí
donde
viene; disimula.
OCAÑA: Ésta
es la más mala mula
que
en mi vida rasqué o vi.
TORRENTE:
Contemporicémosla.
Quizá
mudará el rigor:
que
su mudanza en mejor
se ha
de poner en quizá.
[Sale] CRISTINA
CRISTINA:
Apostaré que están hechos
pedazos mis dos amantes,
que
revientan de arrogantes
y de coléricos pechos.
Pero allí están sosegados
más
que en misa. ¿Cómo es esto?
Aún
no se habrán descompuesto,
que
son rufos recatados.
TORRENTE:
Señora Cristina mía...
CRISTINA:
¿Tuya? ¡Bueno!
TORRENTE: Pues, ¿que no?
CRISTINA:
¿Quién a ti a Cristina dio?
TORRENTE: El
dinero y la porfía.
CRISTINA:
¿Qué dinero?
TORRENTE: Aquél que pienso
darte
en llegando la flota,
si no
es que, de puro rota,
da al
mar el usado censo.
CRISTINA:
¿Tú no me das algo, Ocaña?
OCAÑA:
Cristina, ¿yo no te he dado,
como poeta rodado,
del
entremés la maraña?
¿Hay día que no te cebe
con
dos cuartos y aun con tres?
CRISTINA: Si es
que sale el entremés
tal
que mi señor le apruebe,
yo me daré por pagada
y
satisfecha, que es más.
TORRENTE:
Cristina, ¿no nos dirás,
si es
que el caso no te enfada,
a
cuál de los dos más quieres?
CRISTINA: Es
injusta petición,
y
aquesa declaración
no la
han de hacer las mujeres
como yo; mas, si gustáis
que
por señas os lo diga,
haré
lo que a más me obliga
el
amor que me mostráis.
Muestra si traes un pañuelo,
Ocaña.
OCAÑA:
Sí traigo, y roto,
y te
le ofrezco devoto
con
sano y humilde celo.
CRISTINA: Toma
este mío, Torrente,
y con
esto he declarado
lo
que me habéis preguntado
honesta y discretamente.
Y
adiós; y venid, que es hora
de
ensayar el entremés.
[Vase] CRISTINA
TORRENTE: Si no
te aclaras después,
más
confuso estoy agora
que antes de hacer la pregunta.
OCAÑA: Pues
yo me aplico la palma,
que
en mi provecho mi alma
estas
razones apunta:
a
ti dio, sin darle nada,
y,
sin darme, a mí, tomó;
con
el darte, te pagó;
llevando, queda obligada
al pago que recibió.
TORRENTE: A quien
toman lo que tiene,
dan
muestra que se aborrece;
y en
el dar, claro parece
que más amor se contiene,
pues con las dádivas crece.
OCAÑA: La
verdad desta cuestión
quede a la mosquetería,
que tal hay que en él se cría
el
ingenio de un Platón.
Estos capipardos son
poetas casi los más,
y tal vez alguno
oirás
que a socapa dice cosas
que
parece, de curiosas,
que
las dicta Barrabás.
[Vanse] TORRENTE y OCAÑA.
Salen Don ANTONIO,
Don FRANCISCO, CARDENIO y MARCELA, y MUÑOZ
D. [ANTONIO]:
Quiera Dios que la fiesta corresponda
al
buen deseo de los recitantes.
MUÑOZ: Será
maravillosa, porque danza
nuestro vecino el barberito, ¡y cómo!
Asómase a la puerta del teatro CRISTINA, y
dice
CRISTINA:
Pónganse todos bien, que ya salimos.
MARCELA: ¿Han
venido los músicos?
CRISTINA: Ya tiemplan.
[Vase] CRISTINA.
Salen OCAÑA y TORRENTE, como
lacayos embozados
TORRENTE:
Paréceme que vas algo dañado,
Ocaña.
OCAÑA:
Cuando voy desta manera,
va el
juïcio en su punto. Tú no sabes
cómo
el calor vinático despierta
los espíritus muertos y dormidos.
De suerte voy que
pelearé con ciento,
sin
volver el pie atrás una semínima.
CARDENIO: No es
muy mala la entrada.
MUÑOZ: ¿Cómo
mala?
Digo
que es la mejor cosa del mundo.
Yo
soy su medio autor.
TORRENTE: Ocaña, ¿es éste
el
zagüán de la fiesta?
OCAÑA: No diviso;
que
tengo las lumbreras algo turbias
Adonde oyeres música, repara.
TORRENTE:
Escucha, que aquí sale[n] Cristina
y
Dorotea.
OCAÑA:
Cáigome de sueño.
Salen DOROTEA y CRISTINA como fregonas
DOROTEA:
Aquesta tarde, Cristinica amiga,
pienso
bailar hasta molerme el alma.
CRISTINA: Y yo,
hasta reventar he de brincarme.
¡Cómo
tarda Aguedilla, la del sastre!
DOROTEA:
¿Díjote que vendría?
CRISTINA: Y Julianilla,
la
del entallador, con Sabinica,
que
sirve a la beata en Cantarranas.
DOROTEA: Todas
son bailadoras de lo fino.
En
fregando, vendrán.
CRISTINA: Como nosotras,
que
lo dejamos todo hecho de perlas.
De la
cena no curo: que mi amo
dos
huevos frescos sorbe, y a Dios gracias.
DOROTEA: El
mío nunca cena; que es asmático,
y con
dos bocadillos de conserva
que toma, se santigua y se va al lecho.
CRISTINA: Y tu
ama, ¿qué hace? ¿No se acuesta?
DOROTEA: No
toméis menos; puesta de rodillas
dentro de un oratorio, papa santos
dos horas más allá de los maitines.
CRISTINA:
También es mi señora una bendita,
y,
por nuestra desgracia, ellas son santas.
DOROTEA: Pues,
¿no es mejor, amiga, que lo sean?
CRISTINA: No;
ni con cien mil leguas. Si ellas fueran
resbaladoras de carcaño, acaso
tropezaran aquí, y allí rodaran;
y,
sabiendo nosotras sus melindres,
tuviéramos la nuestra sobre el hito:
ellas fueran las mozas, y nosotras
fuéramos las patronas a
baqueta,
como dice il toscano.
DOROTEA: Verdad dices;
que
el ama de quien sabe su crïada
tiernas fragilidades, no se atreve,
ni
aun es bien que se atreva, a darle voces,
ni a
reñir sus descuidos, temerosa
que
no salgan a plaza sus holguras.
CRISTINA: ¿Has
visto qué calzado trae Lorenza,
la
que sirve al letrado boquituerto?
¿Quién se le dio, si sabes?
DOROTEA: Un su
primo
donado, que es un santo.
CRISTINA: ¡Ay Dorotea,
cómo
los canonizas!
DOROTEA: Oye, hermana,
que
los músicos suenan, y el barbero,
gran
bailarín, es éste que aquí sale.
MUÑOZ: ¡Vive
el cielo!, que es cosa de los cielos
el
entremés.
OCAÑA:
Aquel viejo me enfada;
que
le he da dar, pondré, una bofetada.
[Salen] los MÚSICOS y el BARBERO, danzando al son deste
romance
[MÚSICOS]: De
los danzantes la prima
es
este barbero nuestro,
en el compás acertado,
y en las mudanzas ligero.
Puede danzar ante el
rey,
y
aqueso será lo menos,
pues alas lleva en los pies
y azogue dentro del
cuerpo.
Anda, aguija, salta y corre
aquí y allí como un trueno,
adóranle las fregonas,
respétanle los mancebos.
OCAÑA:
Oíganme, pido atención;
no
gusto destos paseos,
deste dar coces al aire
y
puntapiés a los vientos.
Toquen unas seguidillas,
y
entendámonos; y advierto
que
se juegue limpiamente,
y
sepan que no me duermo.
MUÑOZ: ¿Hay tal Ocaña en el mundo?
¿Hay tal lacayo en el
cielo?
BARBERO: Alto,
pues; vayan seguidas.
CRISTINA: Sí,
amigo, porque bailemos.
MÚSICOS: Madre,
la mi madre,
guardas me ponéis;
que si yo no me guardo,
mal me guardaréis.
TORRENTE:
Esto sí, ¡cuerpo del mundo!,
que
tiene de lo moderno,
de lo
dulce, de lo lindo,
de lo
agradable y lo tierno.
MÚSICOS: Dicen
que está escrito,
y
con gran razón,
que es la privación
causa de apetito.
Crece en infinito
encerrado amor;
por eso es mejor
que no me encerréis:
que si yo no me guardo
mal me guardaréis.
OCAÑA: Ya les he dicho que bailen
a lo templado y
honesto:
que no
gusto que se beban
de
las niñas el aliento.
BARBERO: ¡Por
vida del so lacayo,
que
nos deje, que aquí haremos
lo
que más nos diere gusto!
OCAÑA: Bailen: después nos veremos.
MÚSICOS: Es
de tal manera
la
fuerza amorosa
que a la más hermosa
vuelve en quimera.
El
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