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JORNADA TERCERA
[Sale] un CIUDADANO y el PRIOR
CIUDADANO [1]:
Oigan los cielos y la tierra entienda
tan
nueva y tan estraña maravilla,
y su
paternidad a oílla atienda;
que, puesto que no pueda referilla
con
aquellas razones que merece,
peor
será que deje de decilla.
Apenas a la vista se le ofrece
doña
Ana al padre Cruz, sin la fe pura
que a
nuestras esperanzas fortalece,
cuando, con caridad firme y segura,
hizo
con ella un cambio de tal suerte,
que
cambió su desgracia en gran ventura.
Su alma de las garras de la muerte
eterna arrebató, y volvió a la vida,
y de
su pertinacia la divierte;
la cual, como se viese enriquecida
con
la dádiva santa que el bendito
padre
le dio sin tasa y sin medida,
alzó al momento un piadoso
grito
al
cielo, y confesión pidió llorando,
con
voz humilde y corazón contrito;
y, en lo que antes dudaba no dudando,
de
sus deudas dio cuenta muy estrecha
a
quien agora las está pagando;
y
luego, sosegada y satisfecha,
todos
los sacramentos recebidos,
dejó
la cárcel de su cuerpo estrecha.
Oyéronse en los aires divididos
coros de voces dulces, de
manera
que quedaron suspensos
los sentidos;
dijo al partir de la mortal carrera
que las once mil vírgines estaban
todas en torno de su
cabecera;
por los ojos las almas distilaban
de gozo y maravilla los
presentes,
que
la süave música escuchaban;
y, apenas por los aires
transparentes
voló de la contrita pecadora
el
alma a las regiones refulgentes,
cuando en aquella misma feliz hora
se
vio del padre Cruz cubierto el rostro
de
lepra, adonde el asco mismo mora.
Volved los ojos, y veréis el
monstruo,
que lo es en santidad y
en la fiereza,
cuya
fealdad a nadie le da en rostro.
[Sale] el padre CRUZ, llagado el rostro y las manos;
tráenle dos CIUDADANOS
de los brazos, y fray ANTONIO
CRUZ:
Acompaña a la lepra la flaqueza;
no me
puedo tener. ¡Dios sea bendito,
que
así a pagar mi buen deseo empieza!
PRIOR:
Por ese tan borrado sobreescrito
no podrá conoceros, varón santo,
quien no os mirare muy de hito en
hito.
CRUZ:
Padre Prior, no se adelante tanto
vuestra afición que me llaméis con nombre
que
me cuadra tan mal, que yo me espanto.
Inútil fraile soy, pecador hombre,
puesto que me acompaña
un buen deseo;
mas
no dan los deseos tal renombre.
CIUDADANO [1]:
En vos contemplo, padre Cruz, y leo
la paciencia de Job, y su presencia
en
vuestro rostro deslustrado veo.
Por la ajena malicia la inocencia
vuestra salió, y pagó tan de contado,
cual
lo muestra el rigor desta dolencia.
Obligástesos hoy, y habéis pagado
hoy.
CRUZ:
A lo menos, de pagar espero,
pues
de mi voluntad quedé obligado.
CIUDADANO 2: ¡Oh,
en la viña de Dios gran jornalero!
¡Oh caridad, brasero y fragua
ardiente!
CRUZ:
Señores, hijo soy de un tabernero;
y si
es que adulación no está presente,
y
puede la humildad hacer su oficio,
cese
la cortesía, aquí indecente.
ANTONIO: Yo,
traidor, que a la gula, en sacrificio
del alma, y a la hampa, engendradora
de
todo torpe y asqueroso vicio,
digo
que me consagro desde agora
para limpiar tus llagas y
curarte,
hasta
el fin de mi vida o su mejora;
y no
tendrá conmigo alguna parte
la vana adulación, pues, de contino,
antes
rufián que santo he de llamarte.
Con
esto no hallará ningún camino
la vanagloria para hacerte guerra,
enemigo casero y repentino.
CIUDADANO 2:
Venistes para bien de aquesta tierra.
¡Dios os guarde mil años, padre amado!
CIUDADANO 1: ¡Sólo
en su pecho caridad encierra!
CRUZ:
Padres, recójanme, que estoy cansado.
Éntranse todos, y salen dos demonios [SAQUIEL y VISIEL:];
el uno con figura de oso, y el otro como quisieren. (Esta
visión fue
verdadera, que ansí se cuenta en su historia)
SAQUIEL: ¡Que
así nos la quitase de las manos!
¡Que
así la mies tan sazonada nuestra
la
segase la hoz del tabernero!
¡Reniego
de mí mismo, y aun reniego!
¡Y
que tuviese Dios por bueno y justo
tal
cambalache! Estúvose la dama
al
pie de cuarenta años en sus vicios,
desesperada de remedio alguno;
llega estotro buen alma, y dale luego
los
tesoros de gracia que tenía
adquiridos por Cristo y por sus
obras.
¡Gentil razón, gentil
guardar justicia,
y
gentil igualar de desiguales
y
contrapuestas prendas: gracia y culpa,
bienes de gloria y del infierno males!
VISIEL: Como
fue el corredor desta mohatra
la
caridad, facilitó el contrato,
puesto que desigual.
SAQUIEL: Desa manera,
más
rica queda el alma deste rufo,
por
haber dado cuanto bien tenía,
y
tomado el ajeno mal a cuestas,
que
antes estaba que el contrato hiciese.
VISIEL: No sé
qué te responda; sólo veo
que
no puede ninguno de nosotros
alabarse que ha visto en el infierno
algún
caritativo.
SAQUIEL: ¿Quién lo duda?
¿Sabes qué veo, Visiel amigo?
Que
no es equivalente aquesta lepra
que
padece este fraile, a los tormentos
que
pasara doña Ana en la otra vida.
VISIEL: ¿No
adviertes que ella puso de su parte
grande arrepentimiento?
SAQUIEL: Fue a los fines
de su
malvada vida.
VISIEL: En un instante
nos
quita de las manos Dios al alma
que
se arrepiente y sus pecados llora;
cuanto y más, que ésta estaba enriquecida
con
las gracias del fraile hi de bellaco.
SAQUIEL: Mas
deste generoso, a lo que entiendes,
¿qué
será dél agora que está seco
e
inútil para cosa desta vida?
VISIEL:
¿Aqueso ignoras? ¿No sabes que conocen
sus
frailes su virtud y su talento,
su
ingenio y su bondad, partes bastantes
para
que le encomienden su gobierno?
SAQUIEL:
¿Luego, será prior?
VISIEL: ¡Muy poco dices!
Provincial le verás.
SAQUIEL: Ya lo adivino.
En el jardín está; tú no te muestres,
que
yo quiero a mis solas darle un toque
con
que siquiera a ira le provoque.
[Vanse]. Sale[n]
fray ÁNGEL y fray ANTONIO
ANTONIO: ¿Qué
trae, fray Ángel? ¿Son huevos?
ÁNGEL:
Hable, fray Antonio, quedo.
ANTONIO:
¿Tiene miedo?
ÁNGEL: Tengo miedo.
ANTONIO: Déme
dos de los más nuevos,
de los más frescos, le digo,
que me los quiero sorber
así,
crudos.
ÁNGEL:
Hay que hacer
primero otra cosa, amigo.
ANTONIO:
Siempre acudes a mi ruego
dilatando tus mercedes.
ÁNGEL: Si estos huevos comer puedes,
veslos aquí, no los niego.
Muéstrale dos bolas de argolla
ANTONIO:
¡Oh coristas y novicios!
La
mano que el bien dispensa
os
quite de la despensa
las cerraduras y quicios;
la yerba del pito os dé,
que
abre todas cerraduras,
y
veáis, estando a escuras,
como
el luciérnago ve;
y, señores de las llaves,
sin
temor y sobresalto,
deis
un generoso asalto
a las cosas más süaves;
busquéis hebras de
tocino,
sin
hacer del unto caso,
y en
penante y limpio vaso
deis dulces sorbos de vino;
de almendra morisca
y pasa
vuestras mangas se vean llenas,
y jamás muelas ajenas
a las vuestras pongan tasa;
cuando en la tierra
comáis
pan y
agua con querellas,
halléis empanadas bellas
cuando a la celda volváis;
hágaos la paciencia escudo
en
cualquiera vuestro aprieto;
mándeos un prior discreto,
afable y no cabezudo.
ÁNGEL:
Deprecación bien cristiana,
fray
Antonio, es la que has hecho;
que
aspiró a nuestro provecho
es cosa también bien llana.
Grande miseria pasamos
y a
sumo estrecho venimos
los
que misa no decimos
y los
que no predicamos.
[ANTONIO]:
¿Para qué son esas bolas?
ÁNGEL: Yo
las llevaba con fin
de
jugar en el jardín
contigo esta tarde a solas,
en las horas que nos dan
de recreación.
ANTONIO: ¿Y llevas
argolla?
ÁNGEL:
Y paletas nuevas.
ANTONIO:
¿Quién te las dio?
ÁNGEL: Fray Beltrán.
Se las envió su prima,
y él
me las ha dado a mí.
ANTONIO: Con las
paletas aquí
haré
dos tretas de esgrima.
Precíngete como yo,
y
entrégame una paleta,
y
está advertido una treta
que
el padre Cruz me mostró
cuando en la jácara fue
águila volante y diestra.
Muestra, digo; acaba, muestra.
ÁNGEL:. Toma,
pero yo no sé
de esgrima más que un jumento.
ANTONIO: Ponte
de aquesta manera:
vista alerta; ese pie, fuera,
puesto en medio movimiento.
Tírame un tajo volado
a la
cabeza. ¡No ansí;
que
ése es revés, pese a mí!
ÁNGEL: ¡Soy
un asno enalbardado!
ANTONIO:
Ésta es la brava postura
que
llaman puerta de hierro
los
jaques.
ÁNGEL:
¡Notable yerro
y
disparada locura!
ANTONIO:
Doy broquel, saco el baldeo,
levanto, señalo o pego,
repárome en cruz, y luego
tiro
un tajo de voleo.
[Sale] el padre CRUZ, arrimado a un báculo y rezando en
un
rosario
CRUZ:
Fray Antonio, basta ya;
no mueran
más, si es posible.
ÁNGEL: ¡Qué
confusión tan terrible!
CRUZ:
¡Buena la postura está!
No se os pueden embotar
las agudezas de loco.
ANTONIO:
Indigesto estaba un poco,
y quíseme ejercitar
para hacer la digestión,
que
dicen que es conveniente
el
ejercicio vehemente.
CRUZ: Vos tenéis mucha razón;
mas yo os daré un
ejercicio
con que os haga por la posta
digerir a vuestra costa
la
superfluidad del vicio;
vaya y póngase a rezar
dos horas en penitencia;
y puede su reverencia,
fray Ángel, ir a estudiar,
y
déjese de las tretas
deste
valiente mancebo.
ANTONIO: ¿Las
bolas?
ÁNGEL:
Aquí las llevo.
ANTONIO: Toma,
y lleva las paletas.
[Vanse] fray ANTONIO y fray ÁNGEL
CRUZ:
De la escuridad del suelo
te
saqué a la luz del día,
Dios
queriendo, y yo querría
llevarte a la luz del Cielo.
Vuelve a entrar SAQUIEL, vestido de oso. (Todo fue
ansí)
SAQUIEL:
Cambiador nuevo en el mundo,
por
tu voluntad enfermo,
¿piensas que eres en el yermo
algún
Macario segundo?
¿Piensas que se han de avenir
bien para siempre jamás,
con
lo que es menos lo más,
la
vida con el morir,
soberbia con humildad,
diligencia con pereza,
la
torpedad con limpieza,
la
virtud con la maldad?
Engáñaste; y es tan cierto
no
avenirse lo que digo,
que
puedes ser tú testigo
desta
verdad con que acierto.
CRUZ:
¿Qué quieres deso inferir,
enemigo Satanás?
SAQUIEL: Que
es locura en la que das
dignísima de reír;
que en el cielo ya no dan
puerta a que entren de rondón,
así
como entró un ladrón,
que entre también un rufián.
CRUZ:
Conmigo en balde te pones
a
disputar; que yo sé
que,
aunque te sobre en la fe,
me has de sobrar tú en razones.
Dime a qué fue tu
venida,
o
vuélvete, y no hables más.
SAQUIEL: Mi
venida, cual verás,
es a
quitarte la vida.
CRUZ:
Si es que traes de Dios licencia,
fácil
te será quitalla,
y más fácil a mí dalla
con
promptísima obediencia.
Si la traes, ¿por qué no pruebas
a
ofenderme? Aunque recelo
que
no has de tocarme a un pelo,
por muy mucho que te atrevas.
¿Qué bramas? ¿Quién
te atormenta?
Pero
espérate, adversario.
SAQUIEL: Es
para mí de un rosario
bala
la más chica cuenta.
Rufián, no me martirices;
tuerce, hipócrita, el camino.
CRUZ: Aun
bien que tal vez, malino,
algunas verdades dices.
Vase el demonio [SAQUIEL] bramando
Vuelve, que te desafío
a ti
y al infierno todo,
hecho valentón al modo
que
plugo al gran Padre mío.
¡Oh alma!, mira quién eres,
para
que del bien no tuerzas;
que
el diablo no tiene fuerzas
más
de las que tú le dieres.
Y, para que no rehúyas
de
verte con él a brazos,
Dios rompe y quiebra los lazos
que pasan las fuerzas tuyas.
Vuelve a [salir] fray ANTONIO con un plato de hilas y
paños
limpios
ANTONIO:
Éntrese, padre, a curar.
CRUZ:
Paréceme que es locura
pretender a mi mal cura.
ANTONIO: ¿Es
eso desesperar?
CRUZ:
No, por cierto, hijo mío;
mas
es esta enfermedad
de
una cierta calidad,
que
curarla es desvarío.
Viene del cielo.
ANTONIO: ¿Es posible
que
tan mala cosa encierra
el
cielo, do el bien se encierra?
Téngolo por imposible.
¿Estaráse ahora holgando
doña
Ana, que te la dio,
y
estaréme en balde yo
tu
remedio procurando?
[Sale] fray ÁNGEL
ÁNGEL: Padre Cruz, mándeme albricias,
que
han elegido prïor.
CRUZ: Si no
te las da el Señor,
de mí
en vano las codicias.
Mas, decidme: ¿quién salió?
ÁNGEL: Salió
su paternidad.
CRUZ: ¿Yo,
padre?
ÁNGEL:
Sí, en mi verdad.
ANTONIO:
¿Búrlaste, fray Ángel?
ÁNGEL: No.
CRUZ:
¿Sobre unos hombros podridos
tan
pesada carga han puesto?
No sé
qué me diga desto.
ANTONIO:
Cególes Dios los sentidos:
que si ellos te conocieran
como
yo te he conocido,
tomaran otro partido,
y
otro prïor eligieran.
ÁNGEL:
Ahora digo, fray Antonio,
que
tiene, sin duda alguna,
es
esa lengua importuna
entretejido el demonio;
que si ello no fuera ansí
nunca
tal cosa dijera[s].
ANTONIO: Fray
Ángel, no hablo de veras;
pero
conviene esto aquí.
Gusta este sante de verse
vituperado de todos,
y va
huyendo los modos
do
pueda ensoberbecerse.
Mira qué confuso está
por
la nueva que le has dado.
ÁNGEL:
Puesto le tiene en cuidado.
ANTONIO: El
cargo no aceptará.
CRUZ:
¿No saben estos benditos
como soy simple y grosero,
y
hijo de un tabernero,
y
padre de mil delitos?
ANTONIO:
Si yo pudiera dar voto
a fe
que no te le diera;
antes, a todos dijera
la vida que de hombre roto
en Sevilla y en Toledo
te vi
hacer.
CRUZ: Tiempo te queda:
dila,
amigo, porque pueda
escaparme deste miedo
que tengo de ser prelado,
cargo
para mí indecente:
que,
¿a qué será suficiente
hombre que está tan llagado
y
que ha sido un...?
ANTONIO: ¿Qué? ¿Rufián?
Que
por Dios, y así me goce,
que
le vi reñir con doce
de heria y de San Román;
y en Toledo, en las Ventillas,
con siete
terciopeleros,
él
hecho zaque, ellos cueros,
le
vide hacer maravillas.
¡Qué de capas vi a sus pies!
¡Qué
de broqueles rajados!
¡Qué
de cascos abollados!
Hirió
a cuatro: huyeron tres.
Para aqueste ministerio
sí
que le diera mi voto,
porque en él fuera el más doto
rufián de nuestro hemisferio;
pero para ser prïor
no le
diera yo jamás.
CRUZ: ¡Oh,
cuánto en lo cierto estás,
Antonio!
ANTONIO:
¡Y cómo, señor!
CRUZ: Así cual quieres te goces,
cristiano, y fraile, y
sin mengua,
que
des un filo a la lengua
y
digas mi vida a voces.
[Sale] el PRIOR y otro fraile de acompañamiento
PRIOR:
Vuestra paternidad nos dé las manos,
y
bendición con ellas.
CRUZ: Padres míos,
¿adónde a mí tal sumisión?
PRIOR: Mi
padre
es ya
nuestro prelado.
ANTONIO: ¡Buenos cascos
tienen,
por vida mía, los que han hecho
semejante elección!
PRIOR: Pues qué, ¿no es
santa?
ANTONIO: A un
Job hacen prïor, que no le falta
si no
es el muladar y ser casado
para serlo del todo. ¡En fin: son frailes!
Quien
tiene el cuerpo de dolores lleno,
¿cómo
podrá tener entendimiento
libre
para el gobierno que requiere
tan
peligroso y trabajoso oficio
como
el de ser prior? ¿No lo ven claro?
CRUZ: ¡Oh
qué bien que lo ha dicho fray Antonio!
¡El
cielo se lo pague! Padres míos,
¿no
miran cuál estoy, que en todo el cuerpo
no tengo
cosa sana? Consideren
que
los dolores turban los sentidos,
y que
ya no estoy bueno para cosa,
si no
es para llorar y dar gemidos
a
Dios por mis pecados infinitos.
Amigo
fray Antonio, di a los padres
mi
vida, de quien fuiste buen testigo;
diles mis insolencias y recreos,
la inmensidad descubre
de mis culpas,
la
bajeza les di de mi linaje,
diles que soy de un tabernero hijo,
porque les haga todo aquesto junto
mudar
de parecer.
PRIOR: Excusa débil
es
ésa, padre mío; a lo que ha sido,
ha
borrado lo que es. Acepte y calle,
que
así lo quiere Dios.
CRUZ: ¡Él sea
bendito!
Vamos, que la experiencia dará presto
muestras que soy inútil.
ANTONIO:
¡Vive el cielo,
que
merece ser Papa tan buen fraile!
ÁNGEL: Que
será provincial, yo no lo dudo.
ANTONIO:
Aqueso está de molde. Padre, vamos,
que
es hora de curarte.
CRUZ: Sea en buen hora.
ANTONIO: Va a
ser prïor, ¿y por no serlo llora?
[Vanse]. Salen
LUCIFER, con corona y cetro, el más galán demonio y bien
vestido que ser pueda, y SAQUIEL y VISIEL, como
quisieren, de demonios
feos
LUCIFER:
Desde el instante que salimos fuera
de la
mente eternal, ángeles siendo,
y con
soberbia voluntad y fiera
fuimos el gran pecado aprehendiendo,
sin
querer ni poder de la carrera
torcer donde una vez fuimos subiendo,
hasta
ser derribados a este asiento,
do no
se admite el arrepentimiento.
Digo que desde entonces se recoge
la
fiera envidia en este pecho fiero,
de
ver que el cielo en su morada acoge
a
quien pasó también de Dios el fuero.
En mí
se extiende y en Adán se encoge
la
justicia de Dios, manso y severo,
y dél
gozan los hombres in eterno,
y mis
secuaces, deste duro infierno.
Y, no contento Aquél que dio en un palo
la
vida, que fue muerte de la muerte,
de
verme despojado del regalo
de mi
primera aventajada suerte,
quiere que se alce con el cielo un malo,
un
pecador blasfemo, y que se acierte
a
salvar en un corto y breve instante
un
ladrón que no tuvo semejante.
La pecadora pública arrebata
de
sus pies el perdón de sus pecados,
y su
historia santísima dilata
por
siglos en los años prolongados;
un
cambiador, que en sus usuras trata,
deja
a sola una voz sus intricados
libros, y por manera nunca vista
le
pasa a ser divino coronista.
Y
agora quiere que un rufián se asiente
en los ricos escaños de la gloria,
y que
su vida y muerte nos la cuente
alta,
famosa y verdadera historia.
Por
esto inclino la soberbia frente,
y
quiero que mi angustia sea notoria
a
vosotros, partícipes y amigos,
y de
mi mal y mi rancor testigos;
no para que me deis consuelo alguno,
pues
tenerle nosotros no es posible,
sino porque acudáis al oportuno
punto
que hasta los santos es terrible.
Este
rufián, cual no lo fue ninguno,
por
su fealdad al mundo aborrecible,
está
ya de partida para el cielo,
y
humilde apresta el levantado vuelo.
Acudid y turbadle los sentidos,
y entibiad, si es
posible, su esperanza,
y de
sus vanos pasos y perdidos
hacedle temerosa remembranza;
no
llegue alegre voz a sus oídos
que
prometa segura confïanza
de
haber cumplido con la deuda y cargo
que
por su caridad tomó a su cargo.
¡Ea!, que expira ya, después que ha hecho
prïor
y provincial tan bien su oficio,
que
tiene al suelo y cielo satisfecho,
y da
de que es gran santo gran indicio.
SAQUIEL: No
será nuestra ida de provecho,
porque será de |