Pedro Antonio de Alarcón
El sombrero de tres picos

- XXIII -

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XXIII -

Otra vez el desierto y las consabidas voces

   La única aventura que le ocurrió a la navarra en su viaje desde el molino al pueblo, fue asustarse un poco al notar que alguien echaba yescas en medio de un sembrado.

   -¿Si será un esbirro del Corregidor? ¿Si irá a detenerme? -pensó la Molinera.

   En esto se oyó un rebuzno hacia aquel mismo lado.

   -¡Burros en el campo a estas horas! -siguió pensando la señá Frasquita - . Pues lo que es por aquí no hay ninguna huerta ni cortijo... ¡Vive Dios que los duendes se están despachando esta noche a su gusto! Porque la borrica de mi marido no puede ser... ¿Qué haría mi Lucas, a media noche, parado fuera de camino? ¡Nada! ¡nada! ¡Indudablemente es un espía!

   La burra que montaba la señá Frasquita creyó oportuno rebuznar también en aquel instante.

   -¡Calla, demonio! -le dijo la navarra, clavándole un alfiler de a ochavo en mitad de la cruz.

   Y, temiendo algún encuentro que no le conviniese, sacó también su bestia fuera del camino y la hizo trotar por otros sembrados.

   Sin más accidente, llegó a las puertas del Lugar, a tiempo que serían las once de la noche.

 


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