José María de Pereda
Sotileza

VIII. El armador de la «Montañesa»

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VIII.
El armador de la «Montañesa»

    -Perfectamente, señor don Pedro; todo lo que usted me cuenta, todas las noticias que me da, junto con los resultados obtenidos, prueba de nuevo que la Montañesa es una finquita más que regular; en lo que no tiene poca parte la mano de su administrador, que la trae y la lleva por esos mares de Dios con una suerte rara. Verdaderamente, tiene usted mano de ángel. Hasta los huracanes, una vez empujándole y otras deteniéndole, parece que están a su servicio, a fin de que el buque llegue a puerto en hora de sazón para el negocio de la casa... Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella, y... a propósito de azares de la mar: ¿persiste usted en hacer marino al único hijo que tiene?

     Decía así don Venancio Liencres, comerciante rico y armador de la Montañesa, hablando con su capitán al día siguiente de lo narrado en el capítulo anterior, en el triste y empolvado departamento señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una casa del Muelle. Rato hacía que estaban solos allí los dos: el comerciante, mal vestido y peor sentado en el sillón de paja de su pupitre, sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y muestras de azúcar, harinas y cacao, y el capitán en el sofá roñoso de enfrente, debajo del retrato de la Montañesa, igual al que tenía él en su casa, y de un papel con los Días de correo a la semana, clavado en la pared con tachuelas amarillas, sobre un ribete de ligueta encarnada.

     Mientras el comerciante hablaba así, manoseaba, con notorio cariño, después de haberle plegado cuidadosamente, el extracto de cuentas del último viaje de la fragata, que apresuradamente, y para gobierno suyo, le habían hecho en el contiguo departamento, cuya puerta de comunicación había cerrado el capitán, por encargo de don Venancio, después de entrar por ella.

     Bitadura se quedó un poco suspenso por la pregunta del comerciante, tan inesperada como extraña para él. Inesperada, porque era la primera vez que aquel hombre le hablaba de su hijo; extraña, porque jamás se le había ocurrido que Andrés pudiera seguir otra carrera que la de marino. Por eso, sin salir de su medio asombro, respondió con esta otra pregunta:

    -Y si no le hago marino, ¿qué va a ser?

    -Cualquier cosa... Todo es preferible a esa carrera de azares, en que el hombre de mejor corazón y de más suerte no puede conseguir jamás lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea marino: la vida de familia. Bien lo sabe usted.

    -Cierto es eso -respondió el capitán, devorando un suspiro y frunciendo el entrecejo, como si el comerciante le hubiera acertado en el rinconcito en que él guardaba el único secreto de su corazón.

    -Además -añadió don Venancio Liencres - , no se halla usted, con respecto al porvenir de su hijo, en el caso de otros compañeros de profesión: usted, por haber obtenido buenos frutos de su carrera y por no tener más que un hijo, puede darle a escoger entre lo que más le guste.

    -Nada le gusta tanto como la carrera de marino -se apresuró a replicar el capitán.

    -O escoger usted mismo -continuó el comerciante, fingiendo no haber oído la réplica - lo más conveniente para él; porque las inclinaciones de los niños obedecen por lo común a caprichos del momento... a fantasías pasajeras de la imaginación, al contagio de los entusiasmos de otro... Ya usted me entiende.

   -Sí que le entiendo, señor don Venancio -dijo Bitadura con una fuerza de atención y una seriedad poco imaginables en el descuidado marino que el día antes bailaba la sopimpa en su casa con Madruga - ; pero puesto a escoger carrera para Andrés, ¿qué escojo? ¿La de picapleitos?

    -¡Bah!

    -¿La de matasanos?

    -¡Puf!

    -¿La de procurador?... ¿La de escribano?... ¿La de catedrático?...

    -¡Horror!... Nada de eso, don Pedro amigo, nada de eso: es la peste del mundo, y, además, una miseria... ¡Abogados, médicos... curiales, literatos! ¡Pu! Bambolla y hambre... A cosa más sólida debe aspirar un padre para su hijo... Y ríase de los que le digan que no sólo de pan viven las gentes; que esto suelen decirlo los que nunca han logrado hartar el estómago. ¡Pan, pan ante todo, mi señor don Pedro!; es decir, ¡pesetas, muchas pesetas!, que lo demás, ello solo se viene a la mano. Mire usted, hombre: mi padre guardaba ganado en el monte, y mi madre sallaba maizales a jornal; yo no tuve otros estudios que los que pudo darme el maestro del pueblo: las cuatro reglas, una bastardilla mediana y el Catecismo. Pues con esto solo y mucha paciencia, y hoy barriendo el almacén y andando a escobazos con los ratones que mordían los sacos de harina, y después haciendo casi lo mismo en el escritorio, y luego corriendo las hojas, y copiando algunas cartas y llevando muchas al correo, y ¡aguantando y aguantando! y ¡adelante y adelante!, hoy dependiente, mañana un poquito más, al otro día mucho más alto... y en fin, aquí me tiene usted. Me dieron la mujer que pedí cuando se me antojó casarme; cónsul del Tribunal de Comercio he sido, no cuántas veces; alcalde, siempre que me ha dado la gana, y no gasto coche porque no le necesito, y el único que hay en el pueblo no sale más que los días que repican fuerte. ¿En qué se me conoce que no he resobado de muchacho los bancos de las aulas con el trasero?; o, por lo menos, ¿qué diferencia de cultura halla usted entre las dos docenas de personas que pasan aquí por principales, y yo? Quiero decir con esto que el comercio es el alma de los pueblos, la miga de todas las cosas, la mejor y más digna carrera para la juventud, con doble motivo cuando ésta no necesita pasar por las estrecheces por que yo pasé para llegar adonde he llegado. ¿Me entiende el señor don Pedro?

     El señor don Pedro entendía perfectamente al señor don Venancio; y, porque le entendía, se permitió apuntar algunas observaciones no desprovistas de fundamento, tales como la del riesgo de pasarse la vida empeñado en las ingratas tareas del escritorio, y llegar a viejo sin haber salido de pobre, ni visto el mundo ni aprendido cosa alguna de lo que hay o de lo que se enseña en él.

    -¡Desatinos, desatinos! -decía don Venancio Liencres a cada reparo que, a su manera, le hacía Bitadura, deseoso, evidentemente, de ponerse de acuerdo con el modo de discurrir del comerciante; el cual remachó sus argumentos con la fuerza de este otro -: El comercio de Santander es, hoy por hoy, pan de flor; poco, pero bueno; y oro molido llegará a ser si la codicia no nos ciega, si no hacemos locuras... como esa que se ha echado a volar estos días, con referencia a no quién que habló del caso no dónde: la de que podrían ser convenientes un camino de hierro entre Alar y Santander, a imitación del que se está haciendo entre Aranjuez y Madrid, y una línea de vapores entre este puerto y la isla de Cuba. ¡Caminos de hierro! ¡Vapores! Aventuras de loco; calaverada de gente levantisca que tiene poco que perder, y quiere probar fortuna con caudales de los incautos, para venir a parar a aquello de «aquí yace un español que, estando bueno, quiso estar mejor». Y vuelvo a mi tema: si nos arreglamos con lo que tenemos, y no nos lanzamos en aventuras descabelladas, como esa del ferrocarril y de los vapores (que, a Dios gracias, no pasa de una idea de estrafalario, comentada por cuatro desocupados), el maravedí que aquí se siembre en el comercio, con un poco de cariño y de inteligencia, da la peseta bien cumplida en el primer agosto. ¿Se va usted enterando, señor don Pedro?

     Don Pedro se iba enterando, en efecto, y, por lo mismo, se atrevió a decir al comerciante, que, aun aceptando como el Evangelio todo lo que exponía, quedaba la dificultad material de poner a Andresillo en ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba tan arrimado a ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué valedores tenía? ¿Adónde se arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le metía?

    -Vamos a eso -respondió don Venancio, que hablando de aquellas cosas estaba en su púlpito natural, porque no entendía pizca de otras, amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto de la carrera de Andrés - . Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que dos hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerlo al escritorio en cuanto pase el verano. Que trabajen juntos y se hagan buenos amigos: un mismo estímulo puede animar a los dos, pues si el hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre, en esa vida tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés Calandres. Que pasaba los años, y los niños aplicados llegaban a comerciantes entendidos, y usted y yo a retirarnos a descansar: aquí quedaba su caudal de usted, acrecentado por los intereses o por el beneficio de los negocios, si había preferido usted que ese caudal pasara de la humilde categoría de una cuenta corriente con interés, a la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba usted de comprenderme, señor don Pedro?

    -Sí, señor -respondió éste, sin disfrazar el vivo interés con que trataba el punto - . Pero y si, después de metido en el comercio, resulta que no le toma ley o no sirve para el paso, ¿qué hago yo con mi hijo?

    -Pues, ¡canastos! -replicó el comerciante - , si después de hecho marino resulta que se marea, o se ahoga, o sale un perdido y vende el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio, holgazán y torpe, como hay muchos?...

    -Tiene usted razón, señor don Venancio -respondió con prontitud Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.

    -¡Vaya si la tengo! -exclamó el comerciante, repantigándose en el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin extrañarse de él.

    -Creo que hemos de entendernos -añadió Bitadura, levantándose - . Por lo pronto, le agradezco a usted con todo corazón el interés que se toma por la suerte de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré en responderle con mayor claridad... No lo extrañe usted. Las cosas que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca mejor así el rumbo que traen, que atracándose a ellas.

     En esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el comerciante; y, como estaba algo conmovido, al decir por despedida: «a la orden de usted, señor don Venancio», don Venancio vio las estrellas, por una razón que se le alcanzaría al más torpe al observar cómo, momentos después de salir Bitadura, se soplaba el comerciante los dedos, cárdenos y como pegados unos a otros; detalle que prueba, a lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano a hombres como aquél, si están algo conmovidos.

     Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto el señor don Venancio Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al rico comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en su caja de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la lotería o se le comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba tanto el hombre del daca-y-toma en que los marinos gozaban poco las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se mostraba ahora tan sensible a esas pequeñeces, de las cuales jamás le había oído hablar, como si las considerara género de mal comercio para su corazón? ¿Por qué en lo referente a ellas discurría lo mismo que Andrea?... ¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fue un punto luminoso en la oscuridad de los razonamientos del capitán, mientras iba camino de su casa... «¿Apostamos dos cuartos -se dijo - a que mi mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella también las razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto, combatiendo mi propósito de hacer marino a mi hijo? De cualquier modo, y sean de quienes fueren esas razones, están muy en su lugar y yo no debo desatenderlas porque no se me hayan ocurrido a mí.»

     Efectivamente, la capitana había conspirado contra los planes de su marido en el escritorio de don Venancio Liencres. Cada pena negra que pasaba, y pasaba muchas la infeliz durante las larguísimas ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las veleidades del mar o los rigores de extraños climas, y, ¿por qué ocultarlo?, por su cariño de esposo amante (que lo era en verdad, y a toda prueba, el bueno de Bitadura), cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea, volvía los ojos del alma a su hijo, y otra pena mayor le resultaba de ello, al considerar que a las ausencias del capitán habría que añadir pronto las del agregado... ¡y las dos ausencias a un tiempo!..., ¡y ella sola, enteramente sola, en su casa, temiendo por la vida de los dos! Muchas veces había intentado hablar con este tema a su marido, y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes; pero de allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía a barato, le salía al encuentro con una cuchufleta, pegándole una papuchadita y mordiéndole luego los carrillos, o tapándole la boca con un beso, después de haberla dado tres vueltas en el aire, entre sus brazos de hierro, en la misma postura que coloca un padrino a su ahijado mientras el cura le pone la sal en los labios. Pero Andrés iba creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía temiendo lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio a don Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del corazón, tan común en todas las madres cuando abogan por la causa de sus hijos, expuso al comerciante sus temores, sus deseos y sus fervientes súplicas para que, guardando, mientras fuera posible, el secreto de aquellas gestiones, tratara de desarraigar en su marido la idea que tanto la atormentaba a ella.

     Don Venancio Liencres era un hombre completamente insignificante; intus et foris; pero en los casos dudosos, tenía el buen instinto de inclinarse a lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era sana; además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular siquiera, tomaba los que le ofrecían en cualquier parte; y los tomaba con amor, porque se pagaba muchísimo de que las gentes le tuvieran en algo, haciendo algo que no hicieran los demás. Estimaba cordialmente al capitán; conocía de vista a su hijo, y hasta le parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de consideración hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana; pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y aun se conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la prometió, de todas veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de cuenta propia, llegó con su amparo hasta donde ha visto el curioso lector; y todavía hubiera llegado más allá, si mayor esfuerzo se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud sola de sus razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del capitán.

     Esta vez fue Bitadura quien sacó, tan pronto como llegó a casa, la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la capitana no ignoraba de dónde venía su marido, a las primeras palabras de éste se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el enfadado; pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los extremos de la boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó el hecho con todos sus pormenores, y un aire de resignación bastante falsificado también.

    -¡Nos veremos sobre ese particular! -exclamó Bitadura, paseándose por la sala, siempre de espaldas a su mujer, braceando mucho y taconeando más - . ¡Ir con los secretos de familia a casa de los vecinos!... ¡Eso no se hace!

     Andrea, que le miraba a hurtadillas y le vio tan empeñado en no dar la cara, comenzó a pasear detrás de él, pero muy cerquita, y le dijo, según iba andando, con acento de estudiada humildad:

    -Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo acertar, ya lo sabes: el cuchillo eres y la carne soy; conque corta por donde quieras.

    -¡Sí, señora! -respondió Bitadura volviéndose de pronto - . ¡Sí que cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá! ¡Siéntese usted aquí!

     Y sentándose él en el sofá, la sentó a ella sobre sus rodillas.

    -¡Míreme usted a la cara!... ¡Venga esa pitorruca!

     Y le dio un mordisco en la nariz.

    -¡Vengan esas orejinas!

     Y se las mordió también.

    -Y ahora, para acabar primero, vaya todo este brazado de carne por el balcón abajo.

     Y tomó a su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón, y diciendo: «¡a la una!, ¡a las dos!, ¡a las tres!», columpiándola al mismo tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia adentro, y la estampó en la cara media docena de besos.

    -Toma..., por habladora..., por cuentera... y porque me da la gana.

     Andrea se reía como si la hicieran cosquillas, y tomaba aquellos castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que Bitadura le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los papeles. No tenía las fuerzas de su marido para columpiarle en sus brazos; pero la intención era buena y, en fin, hizo lo que pudo en testimonio de su agradecimiento.

 

 


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