Victor Hugo
El Rey se divierte

Acto primero

Escena IV

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Escena IV

Dichos, el REY y TRIBOULET

TRIBOULET. (Continuando una conversación.) -Es una rara monstruosidad que haya sabios en la corte.

REY. -Eso puedes decírselo a mi hermana la reina de Navarra, que quiere rodearme de sabios.

TRIBOULET. -Debo deciros, señor, que he bebido menos que vuestra majestad; por lo que para juzgar con acierto de las cosas y de los resultados de todo, os llevo una ventaja, o por mejor decir dos: no estar alegre y no ser rey. Antes que sabios, señor, traed aquí la peste y la fiebre amarilla.

REY. -Poco me halaga ese consejo.

TRIBOULET. -Porque vuestra hermana os aconseja mal al deciros que traigáis sabios; no os hace falta más que lo que tenéis: placeres, poder, conquistas y mujeres aéreas que perfumen vuestras fiestas.

REY. -Mi hermana Margarita me dijo una noche en voz baja que las mujeres no me satisfarán siempre, y que cuando me hastíe de ellas...

TRIBOULET. -¡Es una absurda medicina recetar sabios al que se hastía! Ya sabéis que la reina Margarita está siempre por los remedios radicales.

REY. -Pues bien, no traeré sabios; traeré cinco o seis poetas...

TRIBOULET. -Señor, si yo fuera lo que sois vos, tendría más miedo a un poeta que teme Belcebú a un hisopo rociado con agua bendita.

REY. -Cinco o seis nada más.

TRIBOULET. -Cinco o seis es tener una academia. Nos basta con Marot para envenenarnos a todos.

MAROT. -Muchas gracias.

TRIBOULET. -Las mujeres, señor, son lo único bueno que hay en el cielo y en la tierra; y ya que poseéis las que se os antojan, no volváis a acordaros de los sabios.

REY. -No creas que esa idea me roba el sueño.

Se ríe el grupo de los cortesanos que está en el fondo.

Creo que aquellos galanes se ríen de ti.

TRIBOULET. -Creo que se ríen de otro loco.

Se acerca a ellos el bufón y luego vuelve hacia el REY.

REY. -¿De quién se ríen?

TRIBOULET. -Del rey.

REY. -¿Y qué dicen?

TRIBOULET. -Que sois un avaro, y que los favores y el dinero van a parar a Navarra; que no hacéis nada por ellos.

REY. -Veo que están allí Montchenu, Brion y Montmorency.

TRIBOULET. -Pues ésos son los que murmuran.

. -Son insaciables: al uno le nombré almirante, al otro condestable y a Montchenu mayordomo de palacio. ¡Todavía no están contentos!...

TRIBOULET. -Todavía con justicia podríais proporcionarles algo.

REY. -¿Qué?

TRIBOULET. -La horca.

PIEUNE. (A los tres aludidos.) -¿Habéis oído lo que dice Triboulet?

BRION. -Sí.

MONTMORENCY. -Me la pagará.

MONTCHENU. -Es un miserable.

TRIBOULET. -Señor, debéis encontrar en el alma un vacío, que debe causarlo no tener a vuestro alrededor una mujer cuyas miradas os digan que no, pero cuyo corazón os diga que sí.

REY. -¡Qué sabes tú de eso!

TRIBOULET. -Que nos amen corazones deslumbrados, no es ser verdaderamente amados.

REY. -¿Qué sabes tú si hay o no hay mujer que me ame por mí mismo?

TRIBOULET. -¿Sin conoceros?

REY. -Sin conocerme. (No comprometeré a mi beldad del callejón de Bussy.)

TRIBOULET. -¿Es villana?

REY. -¿Por qué no?

TRIBOULET. -Desconfiad de las villanas y no os arriesguéis a amarlas. Los hombres de esta clase suelen ser feroces romanos, que en cuanto se pone la mano en su tesoro, nos dejan en la mano las señales; los locos y los reyes debemos concretarnos a las esposas y a las hermanas de los cortesanos.

REY. -Me daría por satisfecho con conseguir el cariño de la señora de Cossé.

TRIBOULET. -Tomáosle.

REY. -Eso es fácil de decir y difícil de lograr.

TRIBOULET. -Robémosla esta misma noche.

REY. -¿Y el conde?

TRIBOULET. -Le encerraremos en la Bastilla.

REY. -¡Oh, no!

TRIBOULET. -Pues para que no se queje, ascendedle a duque.

REY. -Es celoso como un plebeyo y rechazaría el título.

TRIBOULET. -Es un hombre que nos incomoda mucho, porque no se puede pagarle ni desterrarle.

M. DE COSSÉ, que se ha acercado por detrás, escucha la conversación. TRIBOULET se da una palmada en la frente y dice con alegría:

Hay un medio sencillo, cómodo y fácil que no cómo no se me ha ocurrido antes. Cortarle la cabeza.

M. DE COSSÉ retrocede asustado.

Finjamos que está metido en una conspiración con España o con Roma.

COSSÉ. -¡Jorobado de Satanás!

REY. (Riendo, halagando a COSSÉ.) -¿Por mi fe de caballero, qué has dicho? ¿Cortarle la cabeza?

COSSÉ. -¡Cortarme la cabeza!

TRIBOULET. -¿Y qué?

REY. (Bajo.) -No le desesperes.

TRIBOULET. -¡Qué diablos!, ¿para qué sirve ser rey, si no se puede satisfacer el menor capricho?

COSSÉ. (Estoy consternado.) -Yo te castigaré, tunante.

TRIBOULET. -No os temo. Me rodean poderosos, a los que hago la guerra, y la hago impunemente, porque todo lo que puedo arriesgar es una cabeza de loco. Lo único que temo es que la joroba me entre en el cuerpo, o que me caiga en la barriga, como a vos, porque me afearía mucho.

COSSÉ. (Echando mano de la espada.) -¡Miserable!

REY. -Deteneos, conde. Ven, bufón.

GORDES. -El rey se desternilla de risa.

PARDAILLAU. -Poco necesita para eso.

MAROT. -Es muy curioso un rey que se divierte.

En cuanto se alejan el REY y el bufón, se acercan los cortesanos al proscenio y persiguen a TRIBOULET Con Miradas de odio.

BRION. -Venguémonos del bufón.

TODOS. -Sí, Sí.

MAROT. -Está acorazado y no por dónde le podamos herir.

PIEUNE. -Yo os lo diré. Todos tenemos con él algún resentimiento y todos nos vengaremos. Esta tarde al anochecer acudid armados al callejón de Bussy, junto al palacio de Cossé.... y no hablemos ya más de él.

MAROT. -Ya comprendo.

PIEUNE. -¿Estamos de acuerdo?

TODOS. -Sí.

PIEUNE. -Vienen, ¡silencio!

Vuelven TRIBOULET y el REY rodeado de damas.

TRIBOULET. -(¿A quién jugaré una mala pasada? ¿Al rey?)

Entra un ujier.

UJIER. (Bajo a TRIBOULET.) -Un anciano vestido de negro, que dice que se llama Saint-Vallier, desea ver al rey.

TRIBOULET. -¡Pardiez! Déjale entrar. Que entre, que dará aquí un buen escándalo.

Ruido y tumulto en la puerta principal del fondo.

UNA VOZ. (Dentro.) ¡Quiero hablar al rey!

REY. -¿Quién se atreve a tanto?

Voz. -¡Quiero hablar al rey!

Un anciano vestido de luto se abre paso y se presenta delante del REY; los cortesanos, sorprendidos, se apartan.




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