17. [El cuidado de los huéspedes, pobres y de todos los viandantes] se confíe a un hermano de los más discretos y benignos que los escuche, y, según le pareciere conveniente, les ofrezca el consuelo de la caridad. Pregúnteles, con todo, a los que cree que deben ser admitidos, si están dispuestos a conformarse con lo que se sirve a los hermanos. Por supuesto, no conviene admitir a nadie a comidas exquisitas y costosas. Pero todo lo que se haya de dar, dese con alegría, y a nadie se devuelva ofensa por ofensa. Si alguien, sobre todo religioso, viene a hospedarse, se le reciba con bondad, y se le atienda caritativamente, según las posibilidades de la casa.
Sin embargo, no se dará a los huéspedes avena ni otra cosa en su lugar si se encuentran en una ciudad o poblado o donde esté en venta, a menos que los huéspedes sean religiosos, o tales que no la tengan a mano ni puedan comprarla. Pero si los huéspedes no la hubieran encontrado en venta y la hubiera en casa en que se les ha recibido, se les proporcione a un precio justo.