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Capítulo 4 VIDA DE ORACIÓN
64 Unidos en la oración de
Cristo
Jesús, en diálogo con el Padre, 1 nos enseña a escuchar a Dios y a responderle. 2 Pendiente del Padre 3 en la
aceptación de su condición de Hijo encarnado y del designio de salvación que
debe realizar, le expresa su anhelo y amor, su alabanza y gratitud, su angustia
y gozo en el Espíritu. 4
Vivimos nuestra oración como una gracia de
participación en la oración de Cristo.
65 El Espíritu ora en
nosotros
Toda oración cristiana brota de un corazón
atento al Espíritu Santo, que nos introduce en la intimidad trinitaria y nos
permite exclamar con el Hijo: ¡Abba, Padre! 1
El recogimiento y el silencio interior son
necesarios para permanecer atentos al Espíritu, que habita 2 y ora en nosotros. 3
66 Fuentes de nuestra
oración
La Palabra de Dios, meditada en la Sagrada
Escritura y celebrada en la liturgia, es manantial permanente de nuestra
oración. El trabajo, los acontecimientos, las llamadas de nuestros Hermanos, de
la Iglesia y del mundo 1 alimentan también nuestra oración cotidiana.
67 Orar con María
María es para nosotros modelo de oración.
Virgen de la Anunciación, acoge la Palabra de Dios. 1 Mujer bendita entre todas, exulta de gozo en Dios,
su Salvador. 2 Sierva fiel, vive su sí hasta la Cruz. 3 Madre, confronta en su corazón los hechos de su Hijo
con las palabras de la Escritura. 4 En Caná 5 hace valer su intercesión y en el Cenáculo ora con
la Iglesia. 6
Nosotros, Hermanos Maristas, al orar con
María participamos en su alabanza, acción de gracias e intercesión.
68 Con el Padre Champagnat
El Padre Champagnat, por el ejercicio de la
presencia de Dios, 1 llegó a vivir en oración continua, aun en medio de
las ocupaciones más absorbentes. Recurría sin cesar a Dios.
Nunca, decía, me atrevería a emprender nada
sin antes habérselo encomendado a Dios mucho tiempo. 2 Al celebrar la Eucaristía y en las frecuentes
visitas al Santísimo Sacramento, su fe profunda le hacía casi sensible la
presencia de Jesús. Se dirigía a María con la confianza de un niño. 3
En la formación de los Hermanos insistía,
con frecuencia, sobre la oración, a la que llamaba el punto capital. 4 Su ejemplo nos enseña a convertir nuestra vida en
oración.
69 En torno a la mesa del
Señor
La Eucaristía es el corazón de nuestra vida
consagrada. En ella nuestra comunidad refuerza su unidad, 1 alimenta su dinamismo y entra en comunión con la
Iglesia visible e invisible.
Participamos cada día del Sacrificio
Eucarístico 2 en comunidad; escuchamos la Palabra, recibimos el
Cuerpo de Cristo 3 y adoramos al Señor, presente en el Santísimo
Sacramento. 4 De esta manera, nos vamos identificando cada vez más
con Jesús, 5 que se ofrece de continuo al Padre, y, como él,
entregamos nuestra vida por los demás. 6
69.1 Los días en
que no podemos tener misa, hacemos una celebración de la Palabra, durante la
cual comulgamos.
69.2 Es muy de
desear que el domingo participemos en una misa de la parroquia, a fin de
manifestar nuestra unidad con el pueblo de Dios en torno a Cristo resucitado.
70 Orar con el pueblo de
Dios
Cristo asegura que está en medio de quienes
se reúnen en su nombre. 1 Al celebrar la liturgia de las horas, 2 concordamos nuestra oración con la de Jesús,
especialmente por los salmos, 3 que él también rezaba.
Con la Iglesia, tributamos a Dios alabanza en nombre de toda la creación y
participamos en la intercesión que el Hijo presenta al Padre. 4
Esta liturgia, celebrada en comunidad,
mantiene y renueva nuestra oración personal. 5 Bien
celebrada, es un testimonio para quienes rezan con nosotros.
Laudes constituyen la oración de la mañana,
y vísperas, la de la tarde.
70.1 Fieles a la
tradición marista, comenzamos habitualmente el día por la Salve u otro saludo mariano,
seguido de las invocaciones acostumbradas en el Instituto y del ofrecimiento
diario. (RC IX/3; V 353-354)
70.2 Ponemos
cuidado en animar la oración comunitaria y empleamos los medios que la
favorecen.
70.3
Circunstancialmente, invitamos a compartir nuestra oración a personas
allegadas, amigos, jóvenes, antiguos alumnos, otras comunidades religiosas.
71 La meditación en
nuestra vida de apóstoles
Nuestra relación de amor con Cristo, Dueño y
Señor de nuestras vidas, ha de ser cultivada a diario. Asimismo, la eficacia de
nuestra acción apostólica exige que estemos íntimamente unidos a Aquél que nos
envía. 1
En la meditación, encuentro personal con el
Señor, 2 aprendemos poco a poco a contemplar con mirada de fe
nuestra vida, las personas y los acontecimientos. Encontramos en ella
inspiración y aliento para continuar la acción a la que Jesús nos llama. A su
vez, la acción nos lleva de nuevo a la oración, que recoge así las penas y
alegrías, las angustias y esperanzas de quienes pone Dios en nuestro camino.
Seguros de la ternura del Padre,
perseveramos en la meditación con fe y entereza, a pesar de las dificultades
que podamos encontrar en ella, 3 le dedicamos
diariamente media hora, por lo menos, y la prolongamos durante el día por el
ejercicio de la presencia de Dios. 4
71.1 Corresponde
a cada comunidad crear las condiciones que ayuden a sus miembros a aprovechar
bien el tiempo de la meditación.
71.2 A lo largo
del día dedicamos tiempos gratuitos de recogimiento, preferentemente ante el
Santísimo, para reavivar nuestro amor a Cristo e intimidad con Él. (V 335-337;
R II/19; VIII/1 y 7)
72 Conversión del corazón
La oración y la ascesis desapegan
progresivamente nuestro corazón de cuanto le impide ser de Dios.
Cada día, al caer de la tarde, dedicamos
unos momentos para hacer la revisión de la jornada: 1 agradecemos al Padre los signos de su amor, pedimos
perdón por nuestras faltas y renovamos nuestro deseo de fidelidad con un acto
de abandono filial.
Esta revisión, así como las celebraciones
penitenciales comunitarias, nos hacen comprender mejor el sentido del
sacramento de la reconciliación, que recibimos a menudo y con fe. 1 Hacemos de este encuentro personal con Cristo un
acto de conversión. 2
72.1 Las
celebraciones penitenciales comunitarias, hechas con periodicidad, son ocasión
privilegiada para reconocernos colectivamente pecadores y expresar nuestro
deseo de reconciliación con el Señor y con los Hermanos.
73 Revitalización
espiritual
La lectura espiritual y el estudio
religioso, 1 realizados en actitud de oración, son medios
indispensables para robustecer la fe. Son alimento de la cultura religiosa y
nos capacitan para impartir la catequesis. Cada uno tiene el derecho y el deber
de dedicarles tiempo suficiente.
El acompañamiento personal es importante
para nuestro crecimiento en la vida espiritual. Se hace necesario para
ayudarnos a atravesar las pruebas de ciertas etapas de la vida.
El retiro anual 2 nos brinda la ocasión de reavivar en nosotros el
espíritu de la consagración. Periódicamente, las jornadas de recolección
restituyen a nuestra vida activa su unidad interior.
73.1 Cada
comunidad prevé el tiempo y los medios para salvaguardar la lectura espiritual
y el estudio religioso.
73.2 Anualmente
hacemos retiro espiritual durante una semana, según las indicaciones del
Hermano Provincial. La comunidad o la Provincia fijan los días de recolección.
(c 663,5)
73.3 Siguiendo la
tradición del Instituto, el Viernes Santo es día de oración y recogimiento; el
último día del año se dedica a pedir perdón y a dar gracias. (V 317 y 334)
74 Culto a la Virgen María
Nuestro culto mariano, como el de la
Iglesia, 1 se expresa por el amor, la confianza y la
admiración, y tiende a la imitación de María en sus actitudes con Dios y con
los hombres. 2
A ejemplo del Padre Champagnat, acudimos a
María como el niño acude a su madre. 3 Estrechamos
nuestra relación con ella por la oración y el estudio de la doctrina mariana.
Sus principales celebraciones, en particular la Asunción, fiesta patronal del
Instituto, son tiempos privilegiados para intensificar la devoción a nuestra
buena Madre.
Diariamente alabamos a la Madre de Dios con
el rosario u otra práctica de piedad mariana, conforme a las orientaciones de
la Iglesia.4
74.1 Nos
esforzamos en preparar las fiestas marianas según el espíritu de la liturgia.
74.2 Celebramos el
mes de María en comunidad y, si es posible, con los alumnos u otros fieles. (V
345-346; R IV/11)
75 Devoción al Fundador
Discípulos del Padre Champagnat, le
expresamos nuestra piedad filial por el amor y la confianza en su intercesión. 1 Estudiamos su vida para comprender mejor sus
intenciones y empaparnos de su espíritu. 2 En todas
partes celebramos con fervor su fiesta litúrgica, para agradecer a Dios el
haber regalado a la Iglesia un apóstol de la juventud.
Nuestro amor al Fundador se extiende al
Hermano Francisco, a los Hermanos que nos han precedido y a los miembros y
obras del Instituto.
75.1 Mediante el
calendario religioso, recordamos, cada día, el aniversario de nuestros Hermanos
difuntos, las fechas importantes del Instituto y algún texto marista.
75.2 El 6 de
junio, día de Marcelino Champagnat, es una ocasión excelente para dar a conocer
su persona y su obra. Si es posible, celebramos la fiesta con nuestros alumnos,
con los miembros de los otros Institutos maristas y con la comunidad eclesial.
75.3 El 2 de
enero celebramos el aniversario de la fundación, en agradecimiento por el
regalo que el Instituto supone para la Iglesia y por el de nuestra vocación.
75.4 El 22 de
enero recordamos al Hermano Francisco.
76 En comunión con los
santos
Según la voluntad del Padre Fundador,
honramos a San José, primer patrono del Instituto. 1 El nos enseña la abnegación en el servicio. Le
pedimos que nos haga partícipes de su amor a Jesús y a María.
Tributamos un culto de amor, respeto y
confianza 2 a los ángeles custodios.
Honramos a los santos y santas, 3
que encarnan algún rasgo de la persona de Jesucristo, 4 el
modelo único.
77 Hombres de oración
La oración es para nosotros una necesidad
absoluta. 1 No se limita a los ejercicios de piedad, ni se
identifica con el trabajo apostólico: es presencia y comunión con Dios, que se
hace más cercano cuando atendemos a los demás. Poco a poco unifica nuestra vida
y llega a convertirse en oración continua, 2 que penetra
nuestra acción y se hace perceptible en nuestro rededor.
Cada uno de nosotros es el primer
responsable de su oración personal y corresponsable de la oración comunitaria.
77.1 La comunidad
organiza su oración según lo indicado en las Constituciones.
Para favorecer el
crecimiento espiritual de sus miembros, la comunidad evalúa periódicamente sus
formas de oración y permanece abierta a otros modos de orar capaces de
promoverlo.
77.2 Para los
días de asueto y vacaciones señalamos los momentos de oración comunitaria.
77.3 Aprovechamos
las vacaciones y ciertos períodos de la vida - enfermedad, ancianidad - para
dedicar más tiempo a la oración personal.
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