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Hermanos Maristas
Constituciones y Estatutos (FMS)

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  • Capítulo 2 CONSAGRACIÓN
    • EL CONSEJO EVANGÉLICO DE CASTIDAD
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EL CONSEJO EVANGÉLICO DE CASTIDAD

19 Tras las huellas de Cristo virgen

Jesucristo da sentido y valor al celibato vivido por el Reino.

Quiso nacer de María Virgen y vivir dedicado enteramente a las cosas de su Padre. Manifestó con ello su entrega total a Dios y la universalidad de su amor redentor.

En sus relaciones humanas, más amplias que las tradicionales de su ambiente y época, 1 Jesús se muestra hombre íntegro y perfectamente casto.

Lo descubrimos y contemplamos respetuoso con todos y sensible a cualquier miseria, sencillo y bondadoso, capaz de suscitar lo mejor en el corazón de aquellos con quienes se encuentra.

20 El voto de castidad

Por el consejo evangélico de castidad, Jesús nos llama a vivir como él, enteramente para Dios y para los demás. Nuestro compromiso en el celibato por el Reino de los Cielos 1 es respuesta a aquella llamada y anuncio de este Reino; realiza en la tierra la unión con Dios sin mediación conyugal y nos hace vivir como hermanos de todos. 2

Al emitir el voto de castidad, aceptamos el don del Padre 3 y nos comprometemos en una relación de amor, única y sin reservas, con Cristo; renunciamos al amor conyugal y a la paternidad humana, y vivimos la continencia perfecta en el celibato. 4

 

21 Tras las huellas de María

Como el Padre Champagnat, buscamos en la Virgen un guía y un apoyo para el aprendizaje de la vida de castidad. 1 Ella es la mujer que, por vez primera en la historia, vivió la virginidad en razón inmediata de Cristo. 2 Y el Espíritu Santo la hizo fecunda.

Al acogerla en nuestra casa,3 aprendemos a amar a todos y así llegamos a ser también signos vivos de la ternura del Padre.

Acogemos con un corazón abierto y disponible a los jóvenes que la obediencia nos confía. María nos inspira una respuesta desinteresada a las llamadas de la juventud y una solicitud constante por ella.

22 En el misterio de la Iglesia

El voto de castidad nos inserta más profundamente en el misterio de la Iglesia.

Los esposos cristianos significan las bodas de Cristo con su Iglesia; 1 por nuestro celibato expresamos la realidad de estas bodas, anunciando la llegada de un mundo en el que Dios será todo en todos. 2

La fidelidad de los esposos nos estimula a amar al Señor con todo nuestro ser. Nuestro celibato, vivido con alegría, anima a los esposos a permanecer unidos hasta la muerte, puede iluminar a quienes circunstancias de la vida no han permitido contraer matrimonio e impulsa a la donación total de sí mismos a los que el Señor llama, como a nosotros, a la vida consagrada.

23 En el seno de la comunidad

Nuestra comunidad es el campo de aplicación más cercano del amor universal al que nos hemos comprometido. Este amor se expresa también en la acogida que dispensamos a cuantos se acercan a nosotros.

El amor a nuestros Hermanos ha de ser sencillo y cordial, atento para adivinar sus dificultades, lo bastante humilde para compartir sus alegrías y suficientemente generoso para entregarnos a todos.

La vida fraterna es apoyo excelente para el desarrollo pleno de nuestra castidad. 1 En los momentos en que la soledad del celibato nos resulte pesada, cada uno debe poder contar con la comprensión de los Hermanos. Su amistad favorece nuestro equilibrio personal. El espíritu de fe y la confianza recíproca facilitan la apertura, el intercambio y, si fuera necesario, la interpelación.

23.1 La acogida en comunidad será sencilla y prudente, decidida de común acuerdo. Quedarán garantizados los tiempos de oración, trabajo y descanso, indispensables a la vida comunitaria. (cf 62)

24 Castidad y amistad

La castidad bien vivida abre nuestros corazones a la amistad, don de Dios y rostro humano de su amor. 1 Como consagrados, amamos como a hermanos y hermanas en el Señor a aquellos con quienes nos encontramos.

Acogemos su amor como expresión del amor de Dios, sabiendo sin embargo, que sólo Él puede colmar nuestra necesidad de amor.

Conscientes de nuestra fragilidad, estimamos en su justo valor la reserva y la vigilancia en nuestras relaciones humanas, y nos abstenemos de toda amistad exclusiva o posesiva.

24.1 En nuestra vida de castidad hemos de evitar un doble escollo: olvidar que el voto es una llamada al amor, y perder de vista lo específico de un consagrado.

Por un lado, tenemos que luchar contra la tendencia a cerrarnos a la amistad de los demás, especialmente a la de nuestros Hermanos. Por otro, hemos de practicar la prudencia. Esta debe guiar nuestras relaciones de amistad para que sean compatibles con la castidad consagrada y no nos alejen de la oración, del apostolado o de la comunidad. En caso necesario, comunicamos a nuestro Superior la dificultad en que nos hallemos.

 

25 Castidad, oración, sacramentos

Para alimentar nuestro trato amoroso con el Señor, somos fieles al encuentro con Él en la oración, especialmente en la meditación. Así, podremos asumir en paz la soledad inherente al celibato.

Al recibir a Jesús en la Eucaristía hallamos la fuerza para continuar por el camino emprendido, a pesar de las dificultades, que varían según las culturas, la índole personal y las etapas de la vida.

En las tentaciones y luchas nos abrimos a la acción de Cristo, que cura nuestras heridas, nos libera de nuestros deseos egoístas y nos hace hijos de la resurrección. 1 Recurrimos a la dirección espiritual y al sacramento de la reconciliación, fuente de amor renovado.

26 Castidad y ascesis

La ascesis cristiana, por las renuncias que supone, 1 nos ayuda a madurar en el amor.

Damos importancia a cuanto favorece nuestro equilibrio físico y psíquico. 2 Actuamos con lucidez y prudencia en la elección de esparcimientos, diversiones y medios de comunicación social. 3 Adecuamos nuestra conducta a la voz de una conciencia delicada. Aceptamos las dificultades de la vida, unidos a Cristo en su pasión. Purificamos nuestro corazón para pertenecerle totalmente y ser libres para amar a aquellos a quienes somos enviados.

26.1 Para lograr el dominio de los sentidos y del corazón, y asumir equilibradamente nuestro voto de castidad, empleamos los medios adecuados, especialmente:

- educación y formación psicológicas en el campo de la sexualidad, de la afectividad y de las relaciones humanas;

- vida comunitaria abierta y equilibrada.

 

27 Testimonio de vida

Nuestra castidad en el celibato consagrado es signo de contradicción para el mundo. Cuando practicamos el respeto a las personas, la pureza de vida y el amor misericordioso con quienes la sociedad menosprecia, atestiguamos valores evangélicos.

El celibato, vivido con generosidad, favorece nuestra realización personal, se convierte en manantial extraordinario de fecundidad espiritual para la familia humana, 1 nos hace más disponibles y amplía nuestra capacidad de amar.

Conscientes de que la castidad es fruto del Espíritu Santo, pedimos para todos los consagrados la gracia de que sean fieles en vivirla. Así experimentarán el gozo prometido a los corazones no divididos. 2

27.1 El sábado, u otro día elegido por la Provincia, ayunamos o hacemos una oración especial o practicamos un acto de caridad, para obtener, por intercesión de María, el don de la castidad.

Somos fieles a las prácticas particularmente apreciadas por nuestro Fundador, como la devoción a la Inmaculada Concepción y la consagración a María.




1 LG 53, 58 y 59


1 Jn 4/27


2 ET 13                                                                    


3 ET 15


4 c 599


1 Mt 19/12


2 Lc 1/38


3 Mt 2/14 y 21; Jn 19/27


1 V 412; C 259/7-8


2 PC 12/1


1 LG 11/2


1 PC 12/2


1 Jn 11/3-5


1 Lc 20/36


2 PC 12/2


3 c 666


1 Lc 9/23-24; Ga 5/24


2 1 Co 7/32-35





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