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Salieron
de la ciudad de Soria, no sé si arrojados de la pobreza o de alguna travesura
de mancebos, Francisco y Roque de Torres, ambos hermanos de corta edad y de
sana y apreciable estatura. Roque, que era el más bronco, más fornido y más
adelantado en días, paró en Almeida de Sayago, en donde gastó sus fuerzas y su
vida en los penosos afanes de la agricultura y en los cansados entretenimientos
de la aldea. Mantúvose soltero y celibato, y el azadón, el arado y una
templada dieta, especialmente en el vino, a que se sujetó desde mozo, le
alargaron la vida hasta una larga, fuerte y apacible vejez.
Con los repuestos de sus miserables salarios y
alguna ayuda de los dueños de las tierras que cultivaba, compró cien gallinas y
un borrico; y con este poderoso asiento y crecido negocio empezó la nueva
carrera de su ancianidad. Siendo ya hombre de cincuenta y ocho años, metido en
una chía y revuelto en su gabán, se puso a arriero de huevos y trujimán de
pollos, acarreando esta mercaduría al Corrillo de Salamanca y a la Plaza de
Zamora. Era en estos puestos la
diversión y alegría de las gentes, y en especial de las mozas y los
compradores. Fue muy conocido y estimado de los vecinos de estas dos ciudades,
y todos se alegraban de ver entrar por sus puertas al sayagués, porque era un
viejo desasquerado, gracioso, sencillo, barato y de buena condición. Con la
afabilidad de su trato y la tarea de este pobre comercio, desquitaba las
resistencias del azadón y burló los ardides y tropelías de la ociosidad, la
vejez y la miseria. Vivió noventa y dos años, y lo sacó de este mundo (según
las señas que me dieron los de Sayago) un cólico convulsivo. Dejó a su alma por
heredera de su borrico, sus gallinas, sus zuecos y gabán, que eran todos sus
muebles y raíces; y hasta hoy que se me ha antojado a mí hacer esta memoria
nadie en el mundo se ha acordado de tal hombre.
Francisco,
que era más mozo, más hábil y de humor más violento, llegó a Salamanca y,
después de haber rodado todas las porterías de los conventos, asentó en casa de
un boticario; recibióle para sacar agua del pozo, lavar peroles, machacar
raíces y arrullar a ratos un niño que tenía. Fuese instruyendo insensiblemente
en la patarata de los rótulos, entrometióse en la golosina de los jarabes y las
conservas y, con este baño y algunas unturas que se daba en los ratos ociosos
con los Cánones del Mesué, salió en pocos días tan buen gramático y
famoso farmacéutico como los más de este ejercicio. Fue examinado y aprobado
por el reverendo tribunal de la Medicina, y le dieron aquellos señores su cedulón
para que, sin incurrir en pena alguna, hiciese y despachase los ungüentos, los
cerotes, los julepes y las demás porquerías que encierran estos oficiales en
sus cajas, botes y redomas. Murió su amo pocos meses después de su examen; y,
antes de cumplir el año de muerto, se casó, como era regular, con la viuda, la
que quedó moza, bien tratada y con tienda abierta; y, entre otros hijos,
tuvieron a Jacinto de Torres que, por la pinta, fue mi legítimo abuelo. Fue
Francisco un buen hombre, muy asistente a su casa, retirado y limosnero; murió
mozo, y creo piadosamente que goza de Dios.
Quedó mi abuelo Jacinto en poder de su madre y
crióse como hijo de viuda, libre, regalado, impertinente y vicioso. La libertad de la crianza y la violencia
de su genio lo echaron de su casa y, después de muchas correrías y estaciones,
paró en Flandes. Sirvió al Rey de poco, porque a los dos años del
asiento de su plaza, que fue de soldado raso, le envaró el movimiento de una
pierna un carbunco que le salió en una corva. Cojo, inválido y sin sueldo se
hallaba en Flandes; y, acosado de la necesidad, discurrió en elegir un oficio
para ganar la vida. Aprendió el de
tapicero y salió en él primoroso y delicado como lo juran varias obras suyas
que se mantienen hoy en Salamanca y otras partes. Ya maestro y hombre de
treinta y cuatro años, se volvió a su patria, asentó su rancho y puso sus
telares, su tabla a la puerta, con las armas reales, y su rotulón: Del rey
nuestro señor tapicero. Casó con María de Vargas, que fue mi abuela, y vivieron
muchos años con envidiable serenidad y moderada conveniencia, porque su oficio,
su economía y su paz les multiplicaba los bienes y el trabajo.
De
este matrimonio salió Pedro de Torre, mi buen padre, María de Torres y Josef de
Torres. Éste murió carmelita descalzo en Indias, con opinión de escogido
religioso, y mi padre en Salamanca, habiendo vivido del modo que diré
brevemente.
Mi
padre, Pedro de Torres, estaba estudiando la Gramática latina cuando murieron
mis abuelos. Entraba en el estudio con desabrimiento, como todos los muchachos;
y luego que se vio libre y sin obediencia, se deshizo de Antonio Nebrija,
aburrió a su patria y fue a parar a la Extremadura. Sirvió en Alcántara a un
caballero llamado Don Sancho de Arias y Paredes, de quien hay larga generación,
buena memoria y loables noticias en aquel reino. Tres años estuvo en su casa
sin otro cuidado que acompañar al estudio a dos hijos de este caballero.
Aficionóse, como niño, a hacer lo que los otros; y, al mismo tiempo que sus
amos, se instruyó en los sistemas filosóficos de Aristóteles. Marchó a Madrid
no sé si voluntario o despedido; sólo supe que sus amos sintieron tiernamente
su ausencia, porque le amaban como a hijo. Cansado de solicitar conveniencias
ya para servir ya para holgar, como hacen todos los que se hallan sin medios en
la corte, se puso al oficio de librero. Aprendióle brevemente, y volvió a Salamanca, en donde asentó su tienda, que
en aquel tiempo fue de las más surtidas y famosas.
Casóse
con Manuela de Villarroel, y salimos de este matrimonio diez y ocho hermanos; y
sólo estamos hoy en el mundo mis dos hermanas, Manuela y Josefa Torres, y yo,
que todavía estoy medio vivo. El caudal y el trabajo de mis padres sostenía con
templanza y con limpieza la numerosa porción de hijos que Dios les había dado,
hasta que, por los años de setecientos y tres, se empezó a desmoronar la tienda
con las frecuentes faltas que mi padre hacía de su amostrador y sus andenes.
Fue
la causa haberle nombrado por procurador del Común, y poner en su desvelo la
ciudad de Salamanca la asistencia de los almacenes de pólvora, armas y otros
pertrechos, y dejar sólo a su cuidado los alojamientos de la tropa, que por
aquellas cercanías transitaba a la guerra de Portugal. Acabóse de arruinar la
librería con la duración de los nuevos encargos a que acudía mi honradísimo
padre, y el Real Consejo de Castilla, informado de la lealtad, celo, prontitud
y desperdicio de bienes y trabajo con que había servido al rey, mandó a la
ciudad que le diesen cuatrocientos ducados anuales y trescientos doblones, para
que por una vez se reforzase de sus pérdidas. Con esta ayuda de costa vivíamos
estrechos, pero sin trampas ni sensible miseria. Hechas las paces con Portugal,
reformaron con otros el triste sueldo de mi padre y quedó pobre, viejo y sin el
recurso a sus libros y tareas.
Era
yo a esta sazón un mozote de diez y ocho años, que sólo servía de estorbo, de
escándalo y de añadidura a la pobreza; y viendo que la extrema necesidad estaba
ya a los umbrales de nuestras puertas, dejé la compañía de mis padres, con la
deliberación de no permitir que la miseria y los desconsuelos se apoderasen de
su cansada vida. La piedad de Dios premió mis buenos deseos con la vista de sus
alivios. Fue el caso que marché a Madrid y a pocos días logré amistad con Don
Jacobo de Flon, superintendente entonces de la Renta del Tabaco de la Corona; y
la piedad de este caballero me dio cuatrocientos ducados con un título postizo
de visitador de los estancos de Salamanca para que mi padre comiese sin las
zozobras en que yo le dejé amenazado.
Pude
agregar a este anual socorro la administración de los estados de Acevedo del
excelentísimo señor conde de Miranda, mi señor, y, con su producto y los
forzosos repuestos de mis tareas, logró una feliz y descansada vejez.
Fue
mi padre hombre muy gracioso, de agradable trato y de conversación entretenida
y variamente docta. No salía de su tienda comprado o vendido libro alguno,
antiguo o moderno, que no lo leyese antes con cuidado e inteligencia. En la
historia fue famoso y puntualísimo, y en las facultades escolásticas entendía
más que lo que regularmente se presume de un lego con atención a otros
cuidados. Gozó de unos humores
apacibles, un ánimo suave, sosegado y continuamente festivo. Fue verdadero en
sus tratos, humilde en sus obras y palabras, y pacífico y conforme en todas las
adversidades. Murió de sesenta y ocho años, con ayuda de los médicos, de una
calentura ustiva que declinó en unas parótidas, que ellos llaman sintomáticas,
y en todo el tiempo de su enfermedad mantuvo la alegría y la gracia del genio,
pues hasta la última hora no dejó las preciosas agudezas de su buen humor.
Mi
madre, Manuela de Villarroel, vive hoy, cargada con setenta y cuatro años; pero
la fortaleza de sus humores y la robustez del genio arrastran la pesadumbre de
la edad sin penosa fatiga ni desazón desesperada. La memoria se le ha hundido
un poco, pero las demás potencias las usa con prontitud y con deleite. Mi madre
fue hija de Francisco de Villarroel, y éste sustentó una dilatada familia con
una tienda de lienzos que tenía en la plaza de Salamanca, unas viñas y una casa
bodega en el lugar de Villamayor, que son las únicas raíces que conocí en toda
mi generación.
Ya he destapado los primeros entresijos de mi
descendencia; no dudo que en registrando más rincones se encontrará más basura
y más limpieza, pero ni lo más sucio me dará bascas, ni lo más relamido me hará
saborear con gula reprehensible. Mis
disgustos y mis alegrías no están en el arbitrio de los que pasaron ni en las
elecciones de los que viven. Mi afrenta o mi respeto están colgados solamente
de mis obras y de mis palabras; los que se murieron nada me han dejado; a los
que viven no les pido nada, y en mi fortuna o en mi desgracia no tienen parte ni
culpa los unos ni los otros. Lo que aseguro es que pongo lo más humilde y que
he entresacado lo más asqueroso de mi generación, para que ningún soberbio
presumido imagine que me puede dar que sentir en callarme o descubrirme los
parientes. Algunos tendrían, o estarán ahora, en empleos nobles, respetosos y
ricos: el que tenga noticia de ellos, cállelos y descúbralos, que a mí sólo me
importa retirarme de las persuasiones de la vanagloria y de los engreimientos
de la soberbia. Los hombres todos somos unos: a todos nos rodea la misma carne,
nos cubren unos mismos elementos, nos alienta una misma alma, nos afligen unas
mismas enfermedades, nos asaltan unos mismos apetitos y nos arranca del mundo
la muerte. Aun en las aprehensiones que producen nuestra locura, no nos
diferenciamos cuasi nada. El paño que me cubre es un poco más gordo de hiladura
que el que engalana al príncipe; pero ni a él le desfigura de hombre lo delgado
ni lo libra de achaques lo pulido, ni a mí me descarta del gremio de la
racionalidad lo burdo del estambre. Nuestra raza no es más que una; todos nos
derivamos de Adán. El árbol más copetudo tiene muchos pedazos en las
zapaterías, algunos zoquetes en las cardas y muchos estillones y mendrugos en
las horcas y los tablados, y al revés, el tronco más rudo tiene muchas estatuas
en los tronos, algunos oráculos en los tribunales y muchas imágenes en los
templos. Yo tengo de todo y en todas partes, como todos los demás hombres; y
tengo el consuelo y la vanidad de que no siendo hidalgo ni caballero, sino
villanchón redondo, según se reconoce por los cuatro costados que he descosido
al sayo de mi alcurnia, hasta ahora ni me ha desamparado la estimación, ni me
ha hecho dengues ni gestos la honra, ni me han escupido a la cara ni al
nacimiento los que reparten en el mundo los honores, las abundancias y las
fortunas.
Otros,
con tan malos y peores abuelos como los que me han tocado, viven triunfantes,
poderosos y temidos; y muchos de los que tienen sus raíces en los tronos, andan
infames, pobres y despreciados. Lo que aprovecha es tener buenas costumbres,
que éstas valen más que los buenos parientes; y el vulgo, aunque es indómito,
hace justicia a lo que tiene delante. Los abuelos ricos suelen valer más que
los nobles; pero ni de unos ni de otros necesita el que se acostumbra a
honrados pensamientos y virtuosas hazañas. Un cristiano viejo, sano, robusto,
lego y de buen humor es el que debe desear para abuelo el hombre desengañado de
estas fantasmas de la soberbia; que sea procurador, abujetero o boticario, todo
es droga. Yo, finalmente, estoy muy contento con el mío, y he sido tan dichoso
con mis pícaros parientes que, a la hora que esto escribo, a ninguno han
ahorcado ni azotado, ni han advertido los rigores de la justicia, de modo
alguno, la obediencia al rey, a la ley y a las buenas costumbres. Todos hemos
sido hombres ruines, pero hombres de bien, y hemos ganado la vida con oficios
decentes, limpios de hurtos, petardos y picardías. Esta descendencia me
ha dado Dios y ésta es la que me conviene y me importa. Y ya que he dicho de
dónde vengo, voy a decir lo que ha permitido Dios que sea.
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