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Yo nací entre las cortaduras del papel y los
rollos del pergamino en una casa breve del barrio de los libreros de la ciudad
de Salamanca, y renací por la misericordia de Dios en el sagrado bautismo en la
parroquia de San Isidoro y San Pelayo, en donde consta este carácter, que es
toda mi vanidad, mi consuelo y mi esperanza. La retahíla del abolorio que
dejamos atrás está bautizada también en las iglesias de esta ciudad, unos en
San Martín, otros en San Cristóbal y otros en la iglesia catedral, menos los
dos hermanos, Roque y Francisco, que son los que trasplantaron la casta. Los Villarroeles, que es la derivación de
mi madre, también tiene de trescientos años a esta parte asentada su raza en
esta ciudad, y en los libros de bautizados, muertos y casados, se encontrarán
sus nombres y ejercicios.
Criéme,
como todos los niños, con teta y moco, lágrimas y caca, besos y papilla. No
tuvo mi madre en mi preñado ni en mi nacimiento antojos, revelaciones, sueños
ni señales de que yo había de ser astrólogo o sastre, santo o diablo. Pasó sus
meses sin los asombros de las pataratas que nos cuentan de otros nacidos, y yo
salí del mismo modo, naturalmente, sin más testimonios, más pronósticos ni más
señales y significaciones que las comunes porquerías en que todos nacemos
arrebujados y sumidos. Ensuciando pañales, faldas y talegos, llorando a
chorros, gimiendo a pausas, hecho el hazmerreír de las viejas de la vecindad y
el embelesamiento de mis padres, fui pasando hasta que llegó el tiempo de la
escuela y los sabañones. Mi madre cuenta todavía algunas niñadas de aquel
tiempo: si dije este despropósito o la otra gracia, si tiré piedras, si
embadurné el vaquero, el papa, caca y las demás sencilleces que refieren todas
las madres de sus hijos; pero siendo en ellas amor disculpable, prueba de
memoria y vejez referirlas, en mí será necedad y molestia declararlas. Quedemos
en que fui, como todos los niños del mundo, puerco y llorón, a ratos gracioso y
a veces terrible, y están dichas todas las travesuras, donaires y gracias de mi
niñez.
A los cinco años me pusieron mis padres la
cartilla en la mano y, con ella, me clavaron en el corazón el miedo al maestro,
el horror a la escuela, el susto continuado a los azotes y las demás angustias
que la buena crianza tiene establecidas contra los inocentes muchachos. Pagué
con las nalgas el saber leer, y con muchos sopapos y palmetas el saber
escribir; y en este Argel estuve hasta los diez años, habiendo padecido cinco
en el cautiverio de Pedro Rico, que así se llamaba el cómitre que me retuvo en
su galera.
Ni
los halagos del maestro, ni las amenazas, ni los castigos, ni la costumbre de
ir y volver de la escuela pudieron engendrar en mi espíritu la más leve afición
a las letras y las planas. No nacía esta rebelión de aquel común alivio que
sienten los muchachos con el ocio, la libertad y el esparcimiento, sino de un
natural horror a estos trastos, de un apetito proprio a otras niñerías más
ocasionadas y más dulces a los primeros años. El trompo, el reguilete y la matraca
eran los ídolos y los deleites de mi puerilidad, cuanto más crecía el cuerpo y
el uso de la razón, más aborrecía el linaje de trabajo.
Aseguro
que, habiendo sido mi nacimiento, mi crianza y toda la ocupación de mi vida
entre los libros, jamás tomé alguno en la mano deseoso del entretenimiento y la
enseñanza que me podían comunicar sus hojas. El miedo al ocio, la necesidad y
la obediencia a mis padres me metieron en el estudio y, sin saber lo que me
sucedía, me hallé en el gremio de los escolares, rodeado del vade y la sotana. Cuando niño, la ignorancia me apartó de la
comunicación de las lecciones; cuando mozo, los paseos y las altanerías no me
dejaron pensar en sus utilidades; y cuando me sentí barbado, me desconsoló
mucho la variedad de sentimientos, la turbulencia de opiniones y la
consideración de los fines de sus autores.
A
los libros ancianos aún les conservaba algún respeto; pero después que vi que
los libros se forjaban en unas cabezas tan achacosas como la mía, acabaron de
poseer mi espíritu, el desengaño y el aborrecimiento. Los libros gordos, los
magros, los chicos y los grandes, son unas alhajas que entretienen y sirven en
el comercio de los hombres. El que los cree, vive dichoso y entretenido;
el que los trata mucho, está muy cerca de ser loco; el que no los usa, es del
todo necio. Todos están hechos por
hombres y, precisamente, han de ser defectuosos y oscuros como el hombre. Unos
los hacen por vanidad, otros por codicia, otros por la solicitud de los
aplausos, y es rarísimo el que para el bien público se escribe. Yo soy
autor de doce libros, y todos los he escrito con el ansia de ganar dinero para
mantenerme. Esto nadie lo quiere confesar; pero atisbemos a todos los
hipócritas, melancólicos embusteros que suelen decir en sus prólogos que por el
servicio de Dios, el bien del prójimo y redención de las almas dan a luz
aquella obra, y se hallará que ninguno nos la da de balde, y que empieza el
petardo desde la dedicatoria, y que se espiritan de coraje contra los que no se
la alaban e introducen.
Muchos
libros hay buenos, muchos malos e infinitos inútiles. Los buenos son los que
dirigen las almas a la salvación por medio de los preceptos de enfrenar
nuestros vicios y pasiones; los malos son los que se llevan el tiempo sin la
enseñanza ni los avisos de esta utilidad; y los inútiles son los más de todas
las que se llaman facultades. Para instruirse en el idioma de la medicina y
comer sus aforismos basta un curso cualquiera, y pasan de doce mil los que hay
impresos sin más novedad que repetirse, trasladarse y maldecirse los unos a los
otros; y lo mismo sucede entre los oficiales y maestros que parlan y practican
las demás ciencias. Yo confieso que para mí perdieron el crédito y la
estimación los libros después que vi que se vendían y apreciaban los míos,
siendo hechuras de un hombre loco, absolutamente ignorante y relleno de
desvaríos y extrañas inquietudes. La lástima es -y la verdad - que hay muchos
autores tan parecidos a mí que sólo se diferencian del semblante de mis locuras
en un poco de moderación afectada; pero en cuanto a necios, vanos y
defectuosos, no nos quitamos pinta. Finalmente, la natural ojeriza, el
desengaño ajeno y el conocimiento proprio, me tienen días ha desocupado y
fugitivo de su conversación, de modo que no había cumplido los treinta y cuatro
años de mi edad cuando derrenegué de todos sus cuerpos; y una mañana que
amaneció con más furia en mi celebro esta especie de delirio, repartí entre mis
amigos y contrarios mi corta librería y sólo dejé sobre la mesa y sobre un sillón
que está a la cabecera de mi cama la tercera parte de Santo Tomás, Kempis, el
padre Croset, Don Francisco de Quevedo y tal cual devocionario de los que
aprovechan para la felicidad de toda la vida y me pueden servir en la ventura
de la última hora.
En
los últimos años de la escuela, cuando estaba yo aprendiendo las formaciones y
valor de los guarismos, empezaron a hervir a borbotones las travesuras del
temperamento y de la sangre. Hice algunas picardigüelas, reparables en aquella
corta edad. Fueron todas nacidas de falta de amor a mis iguales y de temor y
respeto a mis mayores. Creo que en estas osadías no tuvieron toda la culpa la
simplicidad, la destemplanza de los humores ni la natural inquietud de la
niñez; tuvo la principal acción en mis revoltosas travesuras la necedad de un
bárbaro oficial de un tejedor, vecino a la casa de mis padres, porque este
bruto - era gallego - dio en decirme que yo era el más guapo y el más valiente
entre todos los niños de la barriada, y me ponía en la ocasión de reñir con
todos, y aun me llevaba a pelear a otras parroquias. Azuzábame como a los
perros contra los otros muchachos, ya iguales, ya mayores y jamás pequeños; y
lo que logró este salvaje fue llenarme de chichones la cabeza, andar puerco y
roto y con una mala inclinación pegada a mi genio; de modo que, ya sin su
ayuda, me salía a repartir y a recoger puñadas y mojicones sin causa, sin
cólera y sin más destino que ejercitar las malditas lecciones que me dio su
brutal entretenimiento. Esta inculpable descompostura puso a mis padres en
algún cuidado y a mí en un trabajo riguroso, porque así su obligación como el
cariño de los parientes y los vecinos que amaban antes mis sencilleces,
procuraron sosegar mis malas mañas con las oportunas advertencias de muchos sopapos
y azotes que, añadidos a los que yo me ganaba en las pendencias, componían una
pesadumbre ya casi insufrible a mis tiernos y débiles lomos. Esta aspereza y la
mudanza del salvaje tejedor, que se fue a su país, y sobre todo la vergüenza
que me producía el mote de piel de diablo con que ya me vejaban todos
los parroquianos y vecinos, moderaron del todo mis travesuras y volví, sin
especial sentimiento, a juntarme con mi inocente apacibilidad.
Salí
de la escuela leyendo sin saber lo que leía, formando caracteres claros y
gordos, pero sin forma ni hermosura, instruido en las cinco reglillas de sumar,
restar, multiplicar, partir y medio partir y, finalmente, bien alicionado en la
doctrina cristiana, porque repetía todo el catecismo sin errar letra, que es
cuanto se le puede agradecer a un muchacho y cuanto se le puede pedir a una
edad en la que sola la memoria tiene más discernimiento y más ocasiones que las
demás potencias. Con estos principios, y ya enmendado de mis travesurillas,
pasé a los generales de la gramática latina en el colegio Trilingüe, en donde
empecé a trompicar nominativos y verbos con más miedo que aplicación. Los
provechos, los daños, los sentimientos y las fortunas que me siguieron en este
tiempo los diré en el segundo trozo de mi vida, pues aquí acabaron mis diez
años primeros, sin haber padecido en esta estación más incomodidades que las
que son comunes a todos los muchachos. Salí, gracias a Dios, de las viruelas,
el sarampión, las postillas y otras plagas de la edad, sin lesión reprehensible
en mis miembros. Entré crecido, fuerte, robusto, gordo y felizmente sano
en la nueva fatiga, la que seguí y finalicé como verá el que quiera leer u oír.
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