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Empieza desde los diez
años hasta los veinte
Don Juan González de Dios, hoy doctor en
Filosofía y catedrático de Letras Humanas en la Universidad de Salamanca,
hombre primoroso y delicadamente sabio en la gramática latina, griega y
castellana, y entretenido con admiración y provecho en la dilatada amenidad de
las buenas letras, fue mi primer maestro y conductor en los preceptos de
Antonio de Nebrija. Es Don Juan de
Dios un hombre silencioso, mortificado, ceñudo de semblante, extático de
movimientos, retirado de la multitud, sentencioso y parco en las palabras,
rígido y escrupulosamente reparado en las acciones y, con estas modales y las
que tuvo en la enseñanza de sus discípulos, fue un venerable, temido y
prodigioso maestro.
Para
que aprovechase sin desperdicios el tiempo, me entregaron totalmente mis padres
a su cuidado, poniéndome en el pupilaje virtuoso, esparcido y abundante de su
casa. Poco aficionado y felizmente medroso, cumplía con las tareas del estudio
y los demás ejercicios que tenía impuestos la prudencia del maestro para hacer
dichosos y aprovechados a sus pupilos. Procuraba poner en la memoria las
lecciones que me señalaba su experiencia, con bastante trabajo y porfía, porque
mi memoria era tarda, rebelde y sin disposición para retener las voces. El
temor a su aspecto y a la liberalidad del castigo vencía en mi temperamento
esta pereza o natural aversión, que siempre estuvo permanente en mi espíritu, a
esta casta de entretenimientos o trabajos. La alegría, el orgullo y el bullicio
de la edad me los tenía ahogados en el cuerpo su continua presencia.
Interiormente hallaba yo en mí muchas disposiciones para ser malo, revoltoso y
atrevido, pero el miedo me tuvo disimuladas y sumidas las inclinaciones. La
rigidez y la opresión importan mucho en la primera crianza; el gesto del
preceptor a todas horas sobre los muchachos les detiene las travesuras, les
apaga los vicios, les sofoca las inconsideraciones y modera aun las inculpables
altanerías de la edad. A la vista del maestro ningún muchacho es malo, ninguno
perezoso; todos se animan a parecer aplicados y liberales; y la repetición y el
vencimiento les va trocando las inclinaciones y haciendo que tomen el gusto a
las virtudes. Regañando interiormente, lleno de hastío y disimulando la
inapetencia a los estudios y a la doctrina, tragué tres años las lecciones, los
consejos y los avisos; y, a pesar de mis achaques, salí bueno de costumbres y
medianamente robusto en el conocimiento de la gramática latina. De muchos niños se cuenta que estudiaron esta gramática
en seis meses y en menos tiempo. Yo doy gracias a Dios por la crianza de tan
posibles penetraciones, pero creo lo que me parece. Lo que aseguro es que en mi
compañía cursaban cuatrocientos muchachos las aulas de Trilingüe, y a todos nos
tocó ser tan rudos que el más ingenioso se detuvo al mismo tiempo que yo, y
otros permanecieron por muchos días. Es verdad que estos adelantamientos y
milagros se los he oído referir a sus padres, y como éstos son partes tan
apasionadas de sus hijos, se puede dudar de sus ponderaciones. Adelanta
poco un niño en saber la gramática de corta edad; es gracia que sirve para el
entretenimiento, pero es muy poca la disposición que adquiere para la
inteligencia de las facultades superiores. No pierde tiempo el que gasta tres o
cuatro años entre los Horacios, los Virgilios, los Valerios y los Ovidios;
entre tanto, crece la razón, se dilata el conocimiento, se madura el juicio, se
reposa el ingenio y se preparan sin violencia el deseo, la atención y la porfía
para vencer las dificultades.
Más allá del uso de la razón ha de pasar el
que toma la tarea de los estudios. El silogizar no es para niños. Nada malogra el que se detiene hasta los
quince o diez y seis años entretenido en las construcciones de los poetas. Hasta
aquí hablo con los que han de seguir los estudios para oficio y para ganancia.
Los que no han de comer de las facultades, en cualquier tiempo, edad y ocasión
que las soliciten, caminan con ventura; porque es todo adelantamiento cuanto
emprenden, gracia cuanto saben y virtud cuanto trabajan.
Salí del pupilaje detenido, dócil, cuidadoso y
poco castigado, porque viví con temor y reverencia al maestro. Gracias a Dios,
no mostré entonces más inquietudes que tal cual fervor de los que se perdonan
con facilidad a la niñez. Fui bueno porque no me dejaron ser malo; no fue
virtud; fue fuerza. En todas las
edades necesitamos de las correcciones y los castigos, pero en la primera son
indispensables los rigores. Una de las más felices diligencias de la buena
crianza es coger a los muchachos un maestro grave, devoto y discreto, a quien
teman e imiten. Muchos mozos hay malos porque no tienen a quien temer, y muchos
viejos delincuentes porque están fuera de la jurisdicción de los azotes. El
maestro y la zurriaga debían durar hasta el sepulcro, que hasta el sepulcro
somos malos, y de otro modo no se puede hacer bondad con el más bien
acondicionado de los hombres. Los años, la prudencia, la honra y la dignidad
son maestros muy apacibles, muy cuidadosos y muy parciales de nuestros antojos
y apetitos; el zurriago es el maestro más respetoso y más severo, porque no
sabe adular y sólo sabe corregir y detener. Murió pocos años ha el maestro de
mis primeras letras, y lo temí hasta la muerte; hoy vive el que me instruyó en
la gramática, y aún lo temo más que a las brujas, los hechizos, las apariciones
de los difuntos, los ladrones y los pedigüeños, porque imagino que aún me puede
azotar; estremecido estoy en su presencia y a su vista no me atreveré a subir
la voz a más tono que el regular y moderado. Ello, parece disparate proferir
que se hayan de criar los viejos con azotes, como los niños; pero es disparate
apoyado en la inconstancia, soberbia, rebeldía y amor propio nuestro, que no
nos deja hasta la muerte. Ahora me estoy acordando de muchos sujetos que, si
los hubieran azotado bien de mozos y los azotaran de viejos, no serían tan
voluntariosos y malvados como son. En todas edades somos niños y somos viejos,
mirando a lo antojadizo de las pasiones; en todo tiempo vivimos con inclinación
a las libertades y a los deleites forajidos, y valen poco para detener su furia
las correcciones ni las advertencias. El palo y el azote tiene más buena gente
que los consejos y los agasajos; finalmente, en todas edades somos locos, y el
loco por la pena es cuerdo.
Pasé
desde mi pupilaje al colegio de Trilingüe, en donde me vistieron una beca que
alcanzó mi padre de la Universidad de Salamanca. Fui examinado, como es
costumbre, en el claustro de diputados de aquella Universidad; y, según la
cuenta, o me suplieron como a niño o correspondí a satisfacción de los
examinadores, porque no faltó voto. Empecé la tarea de los que llaman estudios
mayores, y la vida de colegial a los trece años, bien descontento y enojado,
porque yo quería detenerme más tiempo con el trompo y la matraca, pareciéndome
que era muy temprano para meterme a hombre y encerrarme en la melancolía de
aquel casarón. Estaba de rector del colegio, en la coyuntura de mi entrada, un
clérigo virtuoso, de vida irreprehensible, pero ya viejo, enfermo y aburrido de
lidiar con los jóvenes, que se creían encerrados en aquella casa. Sus achaques,
la vejez y los anteriores trabajos lo tenían sujeto a la cama muchas horas del
día y muchos meses del año; y, con esta seguridad y el ejemplo de otros colegiales
amigos del ocio, la pereza y las diversiones inútiles, iba insensiblemente
perdiendo la inocencia y amontonando una población de vicios y desórdenes en el
alma. Halléme sin guardián, sin celador y sin maestro, y empezó mi espíritu a
desarrebujar las locuras del humor y las inconsideraciones de la edad con
increíble desuello y insolencia.
El gusto de mis padres y el apoyo del clérigo
rector me destinaron para que estudiase la Filosofía; y señalándome el maestro
a quien había de oír, que fue el padre Pedro de Portocarrero, de la compañía de
Jesús, comencé esta carrera descuidado y menos medroso, porque ya me
consideraba libre de los castigos, dueño de mi voluntad y señor absoluto de mis
acciones y disparates. Acudía tarde e ignorante a las conferencias, miraba sin
atención las lecciones, retozaba y reñía con mis condiscípulos (no obstante las
reverendas de la beca colorada), metíme a bufón y desvergonzado con los nuevos
y profesé de truhán, descocado y decidor con todos, sin reservar las gravedades
del maestro. Seguía en el aula, a pesar de las correcciones, avisos y asperezas
del lector, este género de alegrías peligrosas, y en el colegio continuaba con
mis compañeros otros desórdenes y libertades que bastaron para hacerme holgazán
y perdulario.
Huyendo muchos días de la aula y no estudiando
ninguno, llegué arrastrando hasta las últimas cuestiones de la Lógica. Viendo
el lector que perdía el tiempo y que no me enmendaban los consejos ni me
contenían las correcciones ni las amenazas, citó una tarde a mi padre y al
rector del colegio para argüirme, avergonzarme y reprehenderme en su presencia.
Yo tuve noticia de esta prevención por un condiscípulo; y antes que llegasen a
cogerme en la junta, rompí delante del lector los cartapacios que le había mal
escrito y le dije, con osada deliberación, que no quería estudiar. Apretóme en respuesta unas cuantas
manotadas y mandó que me agarrasen los demás muchachos, los que me tuvieron
asido hasta que llegaron el rector y mi padre. Metiéronme a empujones en un apartamiento
de la sacristía, que llaman la trastera, y allí me hicieron los cargos y las
datas. Aconsejábanme a coces y advertíanme a gritos; yo recogía de mala gana
los unos y los otros. Hice el sordo, el sufrido y el enmendado; y
después que salí de sus uñas, hice también el propósito de no volver a la aula
y, como era malo, lo cumplí puntualmente. Y éstas han sido todas las lecciones, los actos, los cursos y los
ejercicios que hice en la Universidad de Salamanca. Unos retazos lógicos muy
mal vistos fueron todos los adornos y elementos de mis estudios.
Considere
el que ha llegado hasta aquí leyendo la materia de que se hacen los doctores y
los hombres que escriben libros de moralidades y doctrinas, y verá que la
necedad del vulgo y la fortuna particular de cada uno tienen en su antojo la
mayor parte de sus conveniencias, sus créditos y sus exaltaciones. Yo sé de mí
que gozo un vulgar ingenio, desnudo de la enseñanza, la aplicación, los libros,
los maestros y de todo cuanto debe concurrir a formar un hombre medianamente
erudito; y me han cacareado las obras y las palabras, a pesar de mis
confesiones, mis rudezas, mis descuidos y las continuas burlas y desprecios con
que las he satirizado. Arrimé desde este suceso la Lógica y cogí nuevo horror a
las ciencias, de modo que en cinco años no volví a ver libro alguno de los que
se rompen en las Universidades. Las novelas, las comedias y los autores
romancistas me entretuvieron la ociosidad y el retiro forzado; y éstos me
dejaron descuidadamente en la memoria tal cual estilo y expresión castellana
con que me bandeo para darme a entender en las conversaciones, los libros y las
correspondencias.
Hundido
en el ocio y la inquietud escandalosa, y sin haberme quedado con más obligación
que la de asistir a la cátedra de Retórica, que era la advocación de mi beca,
proseguí en el colegio, sufrido y tolerado de la lástima y del respeto a mis
pobres padres. En este arte no adelanté más que la libertad de poder salir de
casa y algún bien que a mi salud le pudo dar el ejercicio. Era el
catedrático el doctor Don Pedro de Samaniego de la Serna. Los que conocieron al
maestro y han tratado al discípulo podrán discurrir lo que él me pudo enseñar y
yo aprender. Acuérdome que nos leía a mí y a otros dos colegiales por un libro
castellano, y éste se le perdió una mañana viniendo a escuelas; puso varios
carteles, ofreciendo buen hallazgo al que se lo volviese. El papel no pareció,
con que nos quedamos sin arte y sin maestro, gastando la hora de la cátedra en
conversaciones, chanzas y novedades inútiles y aun disparatadas.
Los años me iban dando fuerza, robustez, gusto
y atrevimiento para desear todo linaje de enredos, diversiones y disparates, y
yo empecé con furia implacable a meterme en cuantos desatinos y despropósitos
rodean a los pensamientos y las inclinaciones de los muchachos. Aprendí a bailar, a jugar la espada y la pelota,
torear, hacer versos, y paré todo mi ingenio en discurrir diabluras y enredos
para librarme de la reclusión y las tareas en que se deben emplear los buenos
colegiales de aquella casa. Abría puertas, falseaba llaves, hendía candados, y
no se escapaba de mis manos pared, puerta ni ventana en donde no pusiese las
disposiciones de falsearla, romperla o escalarla.
Era
grave delito en mi tiempo romper de noche la clausura y tomar de día la capa y
la gorra, y todas las noches y los días quebrantaba a rienda suelta estos
preceptos. Mi cuarto más parecía garito de ladrón que aposento de estudiante,
porque en él no había más que envoltorios de sogas, espadas de esgrima,
martillos, barrenos y estacones. Di en hurtar al rector y colegiales las
frutas, los chorizos y otros repuestos comestibles que guardaban en la despensa
y en sus cuartos. Gracias a Dios que me contuve en ser ratero de estas
golosinas, porque los deseos de enredar, reír y burlarme eran desesperados, que
fue providencia del cielo no acabar en vicio execrable lo que empezó por huelga
tolerada. Las trazas, las ideas y las invenciones de que yo usé para hacer
estos hurtillos y abrir las puertas para huir de la sujeción y la clausura no
las quiero declarar, porque el manifestarlas más sería proponer vicios que
imitasen los lectores incautos que referir pueriles travesuras. Lo que puedo
asegurar es que en las vidas de Dominico Cartujo, Pedro Ponce y otros
ahorcados, no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles
como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia. En la memoria de mis
coetáneos duran todavía muchos sucesos que se recuerdan muchas veces en su
tertulias. El que los quisiere saber, acuda a sus noticias, que las relaciones
pasajeras de una conversación no dejan tan perniciosos deseos en los espíritus
como las que introducen las hojas de un impreso.
Acompañábanme
a estas picardigüelas unos amigos forasteros y un confidente de mi propio paño,
tan revoltosos, maniáticos y atrevidos los unos como los otros. Callo sus
nombres porque ya están tan enmendados que unos se sacrificarán a ser obispos y
otros a consejeros de Castilla, y no les puede hacer buena sombra la crianza
que tuvieron conmigo treinta años ha. En todo cuanto tenía aire de locura,
descuaderno y disolución ridícula nos hallábamos siempre muy unidos, prontos,
alegres y conformes. Hicimos compañía con los toreros y, amadrigados con esta
buena gente, fuimos indefectibles alegradores en las novilladas y torerías, que
son frecuentes en las aldeas de Salamanca. Profesé de jácaro y me hice al
traje, al idioma y a la usanza de la picaresca con tal conformidad, que más
parecía hijo de Pedro Arnedo que de Pedro de Torres. Para todos los
desconciertos de los que siguen tan licenciosa y airada vida tuve disposiciones
en mi genio y en mi salud; y, menos el vino (que hasta ahora no lo he probado)
y el tabaco de hoja, todos los demás vicios que componen un desvergonzado
jifero los miraba y padecía en el último grado de la disolución.
Pasaba
en el desorden de los viajes y en el matadero muchos días y, por la noche, era
el primer convidado a los bailes, los saraos y las bodas de todas castas.
Entretenía a los circunstantes con la variedad de muchas bufonadas y tonterías,
que se dicen vulgarmente habilidades, y aventajaba en ellas a cuantos
concurrían en aquellos tiempos al reclamo de tales holgorios y funciones.
Disfrazábame treinta veces en una noche, ya de vieja, de borracho, de amolador
francés, de sastre, de sacristán, de sopón, y me revolvía en los primeros
trapos que encontraba que tuviesen alguna similitud a estas figuras.
Representaba varios versos que yo componía a este propósito y arremedaba con
propriedad ridículamente extraordinaria los modos, locuciones y movimientos de
estas y otras risibles y extravagantes piezas. Tenía bolsa de titiritero y
jugaba, con prontitud y disimulado, las pelotillas, los cubiletes y los demás
trastos de embobar los concursos. Acompañaba con la guitarra un gran caudal de
tonadillas graciosas y singulares, y danzaba con ligereza y con aire toda la
escuela española, ya con castañeta, ya con la guitarra, ya con la espada y el
broquel, dando sobre estos trastos variedad y multitud de vueltas, que no me
pudo imitar ninguno de los mancebos que andaban entonces en la maroma de las
locuras, deseosos de parecer bien con estas gracias, habilidades o desenfados.
Finalmente, yo olvidé la gramática, las súmulas, los miserables elementos de la
lógica que aprendí a trompicones, mucho de la doctrina cristiana y todo el
pudor y encogimiento de mi crianza, pero salí gran danzante, buen toreador,
mediano músico y refinado y atrevido truhán.
Revuelto
en esas malas costumbres y distracciones, gasté cinco años en el colegio, y al
fin de ellos volví a la casa de mis padres. Un mes poco más estuve en
ella mal contento con la sujeción, atemorizado del respeto y escasamente
corregido. Pero, a pesar de los
gritos que me daban mis camaradas y de los llamamientos de mis inclinaciones
traviesas, vivía más contenido y retirado. Leía, por engañar al tiempo y
entretener la opresión, tal cual librillo de los que por inútiles se habían
quedado del remate y desbarato de la tienda de mis padres, y especialmente me
deleitó con embeleso indecible un tratado de la esfera del padre Clavio, que
creo fue la primera noticia que había llegado a mis oídos de que había ciencias
matemáticas en el mundo. Algunas veces, a hurtadillas de la vigilancia de mis
padres y de mi obediencia, hice algunas salidas y escapatorias que se ordenaban
a correr las cazuelas y cubiletes de las pastelerías, a hurtar las copiosas
cenas de la capilla de Santa Bárbara, a introducirme con mis amigotes en las
casas de cualquiera de los barrios extraviados donde sonaba el panderillo o la
guitarra y a hacer burlas, embelecos y bufonadas con todo género de gentes y
personas. Desde este tiempo tomaron tal miedo a estos hurtos y tan soberbio
temor a los palos y pedradas que se levantaban entre los hurtados y ladrones,
que los graduados y ministros de la Universidad, por acuerdo suyo, repartían
las cenas a las tres de la tarde, quedándose sólo con los huevos, el jigote y
la ensalada, para cumplir con la ceremonia y el hambre de la noche.
Omito
el referir y particularizar las trazas y espantajos de que nos valíamos para
lograr las presas, por no hacer más prolija esta historia y por no recordar,
con las relaciones, los sentimientos y los enojos de muchos, que hoy viven, de
los que padecieron tan pesadas burlas. Parecíale a mi espíritu que eran pocas y
muy llenas de susto las libertades que se tomaba mi industria escandalosa,
aprovechándose del sueño, el descuido y las ocupaciones de mi padre, y traté en
mi interior de entregarme a todas las anchuras y correrías a que continuamente
estaba anhelando mi altanero apetito. Precipitado de mis imaginaciones, una
tarde que salieron al campo mis padres y hermanas y quedé yo en casa apoderado
de los pocos ajuares de ella, tomé una camisa, el pan que pudo caber debajo del
brazo izquierdo y doce reales en calderilla que estaban destinados para las
prevenciones del día siguiente; y, sin pensar en paradero, vereda ni destino,
me entregué a la majadería de mis deseos y a la necedad de la que llaman buena
ventura. Y una y otra acompañadas de la soltura de mis pies me pusieron aquella
noche en Calzada de Don Diego. Tomé posada en las gavillas de las eras; tumbado
entre las pajas empecé a sacar pellizcos de la provisión que llevaba en la
maleta de mi sobaco y, con el pan en la boca, me agarró un sueño apacible y
dilatado. Dormí hasta que el sol me caldeó los hocicos con alguna aspereza y
desperté arrepentido de haber dejado la acomodada pobreza de la casa de mis
padres por la cierta desgracia del que camina sin conocimiento y sin dinero.
Estuve un breve rato, mientras me sacudía de las pajas, lidiando contra las
razones y los aciertos de volverme; pero quedé vencido o del temor a las
reprehensiones que se me proponían o de los consejos de mi bribón apetito y,
rompiendo por los trabajos, calamidades y miserias que me pintó de repente la
consideración de mi cortedad y poca industria para buscar la comida, me
encaminé a Portugal, sin proponérseme descanso, parada ni oficio a que me había
de poner.
Entré
por Almeida, y por el camino iba discurriendo parar en Braga, en donde residía
un paisano en cuya franqueza ya libraba mi antojo el sustento, el ocio y la
diversión. Pasada la Ponte de Coba, encontré a un ermitaño que había algunos
años que rodaba por aquel pedazo de tierra, que llaman los portugueses Detras
de os montes; y oliéndome éste en la conversación que emprehendimos y en
los humos de mi bagaje que yo iba, como suelen decir, a buscar la vida, me
convidó con las solicitudes y mañas que él había encontrado para sostener la
suya. Propúsome el descanso, quietud, libertad y provechos de la tablilla, la
independencia de las gentes y peligros del mundo, los intereses y seguridades
de la soledad y el retiro; y sus ponderaciones y unos trozos de pernil que se
asomaban por las roturas de una alforja que llevaba su borrico me arrastraron a
probar la vida de santero.
A
ratos espoleando arena y a veces subido sobre el burro, caminaba yo con mi
nuevo y primero amo hacia las cuestas de Mundín, donde me dijo que tenía su
habitación y, no lejos de ella, la ermita que cuidaba. Era el ermitaño un hombre devoto, de buen juicio,
desengañado, discreto, humilde, de corazón arrogante y liberal, y de un
espíritu tan valiente que nunca vio al miedo, ni entre la multitud, ni entre la
soledad, ni entre las relaciones ni los asombros. Fue en Barcelona guarda mayor
y administrador de rentas reales, y fue el hombre temido entre las asperezas de
Cataluña por su valor, su cortesía y su buen modo. Retiráronlo del bullicio del
mundo las tiranías de una ingratitud; y cuerdamente piadoso consigo, temiendo
las continuaciones y las cautelosas asechanzas que le había empezado a poner la
fortuna para derribarlo, se ocultó de sus reveses en las olvidadas situaciones
del despoblado. Libraba el sustento a los trabajos de su demanda y ganaba el
pan con escasa fatiga y dichosa recreación. Los ratos que le sobraban después
de buscar el alimento, los lograba rezando, leyendo y meditando con despejada
ternura, devota y atenta alegría. Venerábanle en todos los pueblos vecinos con
honrados aprecios, porque, además de no ser enfadoso como los regulares
demandantes ni pedigüeño importuno, sino un pobre garbosísimo y desinteresado,
era cortesanamente apacible y muy gracioso en la conversación, la que seguía en
cualquiera asunto de los civiles, limpia de adulaciones, hipocresías, embustes
y necias lisonjas.
Estuvo
aprovechando la vida algunos años este venerable hombre en la quietud de la
soledad, hasta que lo sacó de ella una carestía y hambre común en aquellos
países, a la que se siguió la pestilencia y la muerte de muchas personas y
ganados. Llegó a guarecerse a Salamanca, en donde tuve la honra y el gusto de
verle segunda vez y él el consuelo de encontrarme menos loco, más acomodado y
viviendo con alguna honra en el pueblo donde nací. Viéndole viejo,
fatigado e inútil para proseguir los afanes de la demanda, le rogué que se
quedase hasta morir en mi casa; y, habiendo aceptado un breve rincón de ella
para su retiro, lo llamó Dios a otro apartamiento más conforme, más santo y más
oportuno para su costumbre y devoción. Llámase este humildísimo hombre Don Juan
del Valle. Vive hoy y asiste en la portería de San Cayetano de Salamanca, en
donde sirve de ejemplo y alegría a cuantos ven su afable y devoto rostro. Los
padres de este observantísimo colegio le aman, conocen y tratan con respeto
cariñoso. Vive contentísimo, porque le dan la comida y el entierro. No ha
querido recibir nunca dineros ni más alhajas que alguna chupa, capa o calzones
viejos, cuando ha tenido gran necesidad de cubrirse. Yo le guardo un amor
paternal y una reverencia respetosa, sin atreverme a hacerle más ruegos que los
que le encargo de que me encomiende a Dios.
Llegamos a la ermita, y sacando de un arcón un
saco viejo, capilla y alpargatas, mandó que lo trocase por mi ropa, lo que hice
prontamente, y la guardó en el mismo paraje donde había sacado los atavíos de
santero. Me encargó las obligaciones de atizar la lámpara, barrer la ermita y
cuidar del borrico; diome un par de desengaños y muchos consejos, los que
remató con la saetilla de «haz aquello que quisieras haber hecho cuando
mueras», y quedé una fantasma de beato tan propria, que me podía equivocar con
el más pajizo padre del yermo.
Cobré
con su presencia el rubor y la humildad que habían arrojado de mi corazón los
malos ejemplos y mis cavilaciones. A su vista respiraba cobarde,
confundido y respetoso. Le amaba y le temía con especial inclinación y cuidado.
Trabajaba con gusto y deseaba dárselo con todas mis operaciones y trabajos. Los
ratos que me dejaban libres la lámpara, la escoba y el borrico, los entretenía
leyendo varios libros devotos que repasaba muy a menudo mi padre ermitaño. Y en estos oficios permanecí cuatro meses,
sin haberme disgustado ni los recuerdos de mis travesuras ni la mudanza de mis
libertades a estas solitarias opresiones. Agradable con mis correspondencias y
satisfecho de mi conducta, me enviaba a la recaudación de las limosnas
mensuales con que le socorrían algunas personas aficionadas a la ermita y al
ermitaño. Tratábame com mucho amor y con total confianza, y ambos vivíamos
contentos, pagados y dichosos, porque el trabajo no era mucho, la diversión
bastante, la comida más que moderada y el descanso regular, porque la noche
toda la pasábamos en quietud y suspensión, sin más fatiga que leer o rezar dos
horas y dormir seis o siete.
Toda
la reparación de mi vida y la cobranza de mis perdidos talentos había
encontrado en la presencia, en el trato y ejemplares acciones de este
desengañado varón, y todo me lo volvió a quitar mi desdicha, mi flaqueza y mi
poco juicio. Descuidóse en relinchar un poco mi juventud en una ocasión que
habían venido a visitar el santuario unas familias portuguesas, estando ausente
mi amo y mi maestro; y, medroso de que descubriese la incontinencia de unas
licenciosas, indiferentes y equívocas palabras que le solté a una muchachuela
que venía en la tropa, traté de huir de la aspereza con que ya me presumía
reñido de la cordura de mi maestro y castigado del terrible rigor con que me
pintaba a su semblante mi conocimiento, mi delito y su prudente queja. Y antes
que se restituyese a la ermita, saqué mi ropa del arcón donde estaba depositada
y, dejando el reverendo saco, marché acelerado con los temores de que no me
encontrase en el camino de Coimbra, adonde me prometían mis ignorancias y
antojos alegre paradero.
Sin
el susto del encuentro que temía, y sin haber padecido más descomodidades que
las que por fuerza ha de pasar el que camina a pie y sin dinero, llegué a la
celebérrima Universidad de Coimbra. Presenté a mi persona en los sitios más
acompañados del pueblo y, ensartándome en las conversaciones, persuadí en ellas
que yo era químico y mi primer ejercicio el de maestro de danzar en Castilla.
Contaba mil felicidades de mis aplicaciones en una y otra facultad. Mentía a
borbollones, y la distancia de los sucesos y mi disimulo - y las buenas
tragaderas de los que me oían -, hicieron creíbles y recomendables mis
embustes. Confiado en las lecciones que había tomado en Salamanca del arte de
danzar y en unas recetas desparramadas de un médico francés que tenía en la
memoria, me vendí por experimentado en uno y otro arte.
El
ansia de ver el hombre nuevo (que es general en todas gentes y naciones) me juntó
alegres discípulos, desesperados enfermos y un millón de aclamaciones necias,
hijas de la sencillez, de la ignorancia y del atropellamiento de la novedad. Yo
sembraba unturas, plantaba jarabes, injería cerotes y rociaba con toda el agua
y los aceites de mi recetario a los crónicos, hipocondríacos y otros enfermos
impertinentes, raros y cuasi incurables. Recogía el mismo fruto que los demás
doctores sabios, afortunados y estudiosos, que era la propina, el crédito, la
estimación, el aplauso y todos los bienes e inciensos que les da la inocencia y
la esperanza de la sanidad. En orden a los sucesos tuve mejor ventura o más
seguro modo para lograrlos favorables que el Hipócrates, porque a éste y
cuantos siguieron y siguen sus aforismos y lecciones, se les murieron muchos de
los que curaban, otros salían a puerto y otros se quedaban con los achaques. De
mis emplastados y ungidos ninguno se murió, porque las recetas no tenían virtud
para sanar ni para hacer daño; algunos sanaban con la providencia de la naturaleza
y a los más se les quedaba en el cuerpo el mal y la medicina y la aprehensión
les hacía creer algún alivio. Fui, no obstante mi necesidad, mi arrojo e
ignorancia, un empírico considerado y más prudente que lo que se podía esperar
de mi cabeza y mis pocos años, porque no me metí con enfermo alguno de los
agudos, ni tuve el atrevimiento de administrar purgantes, ni abonar ni maldecir
las sangrías. Bien penetraba mi poca filosofía lo peligroso de éstos y lo poco
importante de mis apósitos; y con esta seguridad y conocimiento vivíamos todos,
mis dolientes con sus achaques y yo con sus alabanzas y dineros.
En
la danza también tuve que trabajar; pero en ésta con más satisfacción y sin
ningún peligro, porque era más diestro en los compases que los médicos en sus
curaciones y vivía fuera de las congojas de que me capitulasen de necio en el
ejercicio. A pocos días era ya la celebridad y conversación de los
melancólicos, los desocupados y noveleros. Y con sus solicitudes y
aprehensiones, arribé a juntar algunas monedas de oro, buenas camisas y un par
de vestidos que me engalanaban y prometían mi poco seso.
La
ridícula historia de unos indiscretos celos de un destemplado portugués, cuya
infame sospecha es digna de que se quede enterrada en el silencio y el olvido,
me obligó a dejar Coimbra y tomar seguridad en la ciudad de Oporto, adonde me
mantuve gastando en figura de caballero lo que había ganado en ocho meses a
hacer cabriolas con los pies y las manos.
Aunque
procuraba gastar el dinero con alguna dieta, llegó el caso de aniquilarse mi
caudal y de verme en la congoja de elegir nuevo camino para buscar la vida, con
la que andaba de perdición en perdición. No discurría en vereda en que no contemplase mil estorbos, enfados,
opresiones y descomodidades; y, pareciéndome más libre y más holgona la de
soldado, asenté plaza en el regimiento de los ultramarinos, en la compañía de
D. Félix de Sousa. Pagáronme razonablemente la entrada; tomó un sargento
las señas de mi figura con distinción bastante y menudencia, y le dije que mi
nombre era Gabriel Gilberto, y con este fingimiento corrí la temporada que
anduve vestido con la librea verde. El miedo a los palos, a las baquetas, al potro y a los demás castigos con
que se reprehenden las faltas menudas en la milicia, me hizo cumplir
exactamente con las obligaciones de soldado. Queríame mucho mi capitán,
y yo le pagaba el cariño con singular respeto y pronta asistencia a cuanto se
le ofrecía.
Trece meses estuve bastantemente gustoso en
este ejercicio y me parece que hubiera continuado esta honrada carrera si no me
hubieran arrancado del camino las persuasiones de unos toreros, hijos de
Salamanca, que pasaron a Lisboa a torear en unas fiestas reales que se hicieron
en aquella corte. Facilitaron los medios de la deserción, disfrazándome con la
jaquetilla, el sombrero a la chamberga y los demás arneses de la bribia; yo
consentí porque, aunque vivía gustoso, deseaba ver a mis padres y los muros de
mi patria. En el convento de San Francisco de Lisboa me despojé del uniforme y,
vestido con las sobras de un torero llamado Manuel Felipe, me encuaderné en la
tropa, y juntos todos tomamos el camino de Castilla, sin habernos sucedido
acaso alguno digno de ponerse en esta relación.
Al paso que me iba acercando a Salamanca, iba
creciendo en mi corazón el miedo y la vergüenza y otros embarazos que me
dificultaban la entrada a la casa y la vista de mis padres. Nunca me resolví a
que me viesen con la gentecilla con quien venía incorporado; y fingiendo con
mis camaradas que tenía precisión de detenerme algunas semanas en Ciudad
Rodrigo, me dejaron como a una legua distante de Valdelamula, libre del riesgo
que amenazaba a mi vida si me mantuviera en las posesiones de Portugal. Entré
en Ciudad Rodrigo y me volví a la ropa de estudiante, prestándome por entonces,
en la confianza de que lo pagarían mis padres, D. Juan de Montalvo lo que era
oportuno para ponerme delante de gentes de razón.
Escribí
a Salamanca a varios intercesores para que templasen el justo enojo de mis
padres y les persuadiesen lo desengañado que volvía de mis aventuras y
delirios; y el amor, la necesidad y la consideración de los peligros a que me
volvería a arrojar y los ruegos de los interlocutores, me facilitaron con
suavidad y con dulzura su cariño y acogimiento. Recibiéronme gustosos; yo me
eché a sus pies avergonzado y con propósitos de no darles más pesadumbres y
juré nuevamente mi obediencia. Las raras gentes que traté en las ridículas
aventuras de químico, soldado, santero y maestro de danza, el crecimiento de
los años y la mayor edad de la razón, me pasmaron un poco el orgullo, de modo
que ya tomaba algún asco a las desenvolturas y libertades que había aprendido
en la escuela de mi ociosidad y en las maestrías de mis amigotes. Ya conocía yo
que iban faltando de mi celebro muchas de aquellas cavilaciones y delirios que
me aguijoneaban a los disparates y los despropósitos. Desamparado, pues, mi
seso de algunas turbaciones y libre del mal ejemplo de mis compatriotas (que ya
faltaban todos de Salamanca), empecé una vida más segura y menos rodeada de
enredos, bufonadas y desvergüenzas.
No
fui bueno, pero a ratos disimulaba mis malicias. No dejé de ser muchacho, pero
ya era un mozo más tolerable y menos aborrecido de las gentes de buena crianza.
Era atento y cortesano exquisitamente con los mayores y los iguales y, con esta
diligencia y la de mi serenidad, fui ganando el cariño de los que antes me
aborrecían con razón y con extremo. Con estas disposiciones volví de Portugal a
mi patria. Las aventuras que fueron sucediendo a mi vida las verá el que leyere
u oyere el tercer Trozo que se sigue.
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