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Empieza desde los
veinte años, poco más o menos, hasta los treinta, sobre meses menos o
más
Por desarmar de las maldiciones, de los apodos
y las cuchufletas con que han acostumbrado morder los satíricos de estos
tiempos a cuantos ponen alguna obra en público; por encubrir con un desprecio
fingido y negociante mi entonada soberbia; por burlarme sin escrúpulo y con
sosiego descansado de la enemistad de algunos envidiosos carcomidos; y por
reírme, finalmente, de mí proprio y de los que regañan por lo que no les toca
ni les tañe, puse en mi cuerpo y en mi espíritu las horribles tachas y
ridículas deformidades que se pueden notar en varios trozos de mis vulgarísimos
impresos.
Muchas torpezas y monstruosidades están dichas
con verdad, especialmente las que he declarado para manifestar el genio de mis
humores y potencias; pero las corcovas, los chichones, tiznes, mugres y lagañas
que he plantado en mi figura, las más son sobrepuestas y mentirosas, porque me
ha dado la piedad de Dios una estatura algo más que mediana, una humanidad
razonable y una carne sólida, magra, enjuta, colorada y extendida con igualdad
y proporción, la que podía haber mantenido fresca más veranos que los que
espero vivir, si no la hubieran corrompido los pestilentes aires de mis locuras
y malas costumbres. Pues para que sea verdad cuanto se vea en esta historia (que
hoy tiene tantos testigos como vivientes), pondré en este pedazo de mi Vida la
verdadera facha, antes de proseguir con las revelaciones de mis sucesos, acasos
y aventuras. Pintaréme como aparezco hoy, para que el que lea rebaje, añada y
discurra cómo estaría a los veinte años de mi edad.
Yo tengo dos varas y siete dedos de persona;
los miembros que la abultan y componen tienen una simetría sin reprehensión; la
piel del rostro está llena, aunque ya me van asomando hacia los lagrimales de
los ojos algunas patas de gallo; no hay en él colorido enfadoso, pecas ni otros
manchones desmayados. El cabello (a pesar de mis cuarenta y seis años) todavía
es rubio; alguna cana suele salir a acusarme lo viejo, pero yo las procuro
echar fuera. Los ojos son azules, pequeños
y retirados hacia el colodrillo. Las cejas y la barba, bien rebutidas de un
pelambre alazán, algo más pajizo que el bermejo de la cabeza. La nariz es el
solecismo más reprehensible que tengo en mi rostro, porque es muy caudalosa y
abierta de faldones: remata sobre la mandíbula superior en figura de coroza,
apagahumos de iglesia, rabadilla de pavo o cubilete de titiritero, pero,
gracias a Dios, no tiene trompicones ni caballete, ni otras señales farisaicas.
Los labios, frescos, sin humedad exterior, partidos sin miseria y rasgados con
rectitud. Los dientes, cabales, bien cultivados, estrechamente unidos y libres
del sarro, el escorbuto y otros asquerosos pegotes. El pie, la pierna y la mano
son correspondientes a la magnitud de mi cuerpo; éste se va ya torciendo hacia
la tierra y ha empezado a descubrir un semicírculo a los costillares, que los
maldicientes llaman corcova. Soy, todo junto, un hombrón alto, picante
en seco, blanco, rubio, con más catadura de alemán que de castellano o
extremeño. Para los bien hablados, soy bien parecido; pero los marcadores de
estaturas dicen que soy largo con demasía, algo tartamudo de movimientos y un
si es no es derrengado de portante. Mirado a distancia, parezco melancólico de
fisonomía, aturdido de facciones y triste de guiñaduras; pero, examinado en la
conversación, soy generalmente risueño, humilde y afectuoso con los superiores,
agradable y entretenido con los inferiores, y un poco libre y desvergonzado con
los iguales. El vestido (que es parte esencialísima para la similitud de los
retratos) es negro y medianamente costoso, de manera que ni pica en la
profanidad escandalosa ni se mete en la estrechez de la hipocresía puerca y
refinada. El paño primero de Segovia, alguna añadidura de tafetán en el verano
y terciopelo en el invierno, han sido las frecuentes telas con que he arropado
mi desvaído corpanchón. El corte de mi ropa es el que introduce la novedad, el
que abraza el uso y antojo de las gentes y, lo más cierto, el que quiere el
sastre. Guardo en la figura de abate
romano la ley de la reforma clerical, menos en los actos de mis escuelas, que
allí me aparezco con los demás catones envainado en el bonete y la sotana, que
son los apatuscos de doctor, las añadiduras de la ciencia y la cobertera de la
ignorancia. A diligencias de los criados voy limpio por de fuera y, con los
melindres de mis hermanas, por de dentro; porque, a pesar de mi pereza y mi
descuido, me hacen remudar el camisón todos los días. Llevo a ratos todos los
cascabeles y campanillas que cuelgan de sus personas los galanes, los ricos y
los aficionados a su vanidad: reloj de oro con sus borlones que van besando la
ingle derecha, sortijón de diamantes, caja de irregular materia con tabaco
escogido, sombrero de Inglaterra, medias de Holanda, hebillas de Flandes y
otros géneros que, por gritones y raros, publican la prolijidad, la locura, el
antojo, el uso y el aseo. Mezclado entre los duques y los arcedianos, ninguno
me distinguirá de ellos, ni le pasará por la imaginación que soy astrólogo ni
que soy el Torres que anda en esos libros siendo la irrisión y el mojarrilla de
las gentes.
He
sido el espanto y la incredulidad de los que buscan y desean conocer mi figura,
porque los más pensaban encontrarse con un escolar monstruoso, viejo, torcido,
jorobado, cubierto de cerdones, rodeado de una piel de camello o malmetido en
alguna albarda, como hábito proprio de mi brutalidad. Éste soy, en Dios y en mi
conciencia; y por esta copia y la similitud que tiene mi gesto con la cara del
mamarracho que se imprime en la primera hoja de mis almanaques, me entresacará
el más rudo, aunque me vea entre un millón de hijos de Madrid.
El
genio, el natural o este duende invisible (llámese como quisieren) por cuyas
burlas, acciones y movimientos rastreamos algún poco de las almas, anda copiado
con más verdad en mis papeles, ya porque cuidadosamente he declarado mis
defectos, ya porque a hurtadillas de mi vigilancia se han salido, arrebujados
entre las expresiones, las bachillerías y las incontinencias, muchos pensamientos
y palabras que han descubierto las manías de mi propensión y los delirios de mi
voluntad. Desmembrado y escasamente repartido se encuentra en algunas planas el
cuerpo de mi espíritu; y para cumplir con el asunto que me he tomado, juntaré
en breves párrafos algunas señas de mi interior, para que me vea todo junto el
que quisiere quedar informado de lo que soy por dentro y por fuera.
Tengo,
como todos los hijos de Adán, hígado, bazo, corazón, tripas, hipocondrios,
mesenterio y toda la caterva de rincones y escondrijos que asegura y demuestra
la docta Anatomía. Estos son (según aseguran los filósofos naturales) los nidos
y las chozas donde se esconden y retiran los apetitos revoltosos, los afectos
inescrutables y las pasiones altaneras y porfiadas. Dicen que habitan en
estas interiores cavernas de la humanidad; y lo benigno, lo furioso, lo dócil y
lo destemplado, lo arguyen de la disposición, textura, cualidad y temperamento
de la parte. La pintura es galana, vistosa y posible; pero yo no sé si es
verdadera. Lo cierto es que, salga del hígado, del bazo o del corazón, yo tengo
ira, miedo, piedad, alegría, tristeza, codicia, largueza, furia, mansedumbre y
todos los buenos y malos afectos y loables y reprehensibles ejercicios que se
pueden encontrar en todos los hombres juntos y separados.
Yo he probado todos los vicios y todas las
virtudes, y en un mismo día me siento con inclinación a llorar y a reír, a dar
y a retener, a holgar y a padecer, y siempre ignoro la causa y el impulso de
estas contrariedades. A esta alternativa de movimientos contrarios he oído
llamar locura; y si lo es, todos somos locos, grado más o menos; porque en
todos he advertido esta impensada y repetida alteración. A la mayor o menor
altura de los afectos y a la más furiosa o sosegada expresión de las pasiones,
llaman genio, natural o crianza la mayor parte de la comunidad de las gentes; y
si el mío se ha de conocer por las más repetidas exaltaciones del ánimo, aquí
las pondré con la verdad que las examino, apartando por este breve rato el
sonrojo que se va viniendo a mi semblante.
Soy regularmente apacible, de trato sosegado,
humilde con los superiores, afable con los pequeños y, las más de las veces,
desahogado con los iguales. En las conversaciones hablo poco, quedo y moderado,
y nunca tuve valor para meterme a gracioso, aunque he sentido bullir en mi
cabeza los equívocos, los apodos y otras sales con que sazonan los más
políticos sus pláticas. Hállome felizmente gustoso entre toda especie, sexo y
destino de personas; sólo me enfadan los embusteros, los presumidos y los
porfiados; huyo de ellos luego que los descubro, con que paso generalmente la
vida dichosamente entretenido. Tal cual resentimiento padece el ánimo en las
precisas concurrencias, donde son inexcusables los pelmazos, los tontos y otras
mezclas de majaderos que se tropiezan en el concurso más escogido; pero éste es
mal de muchos y consuelo mío. Sufro
sus disparates con conformidad y tolerancia, y me vengo de sus desatinos con la
pena que presumo que les darán mis desconciertos. Soy dócil y manejable en un
grado vicioso y reprehensible, porque hago y concurro a cuanto me mandan, sin
examinar los peligros ni las resultas infelices; pero bien lo he pagado, porque
las congojas y desazones que he padecido en este mundo no me las han dado mis
émulos, mis enemigos ni la mala fortuna, sino es mi docilidad y mi franqueza.
Mi
dinero, mis súplicas, mi representación tal cual es, mi casa y mis ajuares, los
he franqueado a todos, sin exceptuar a mis desafectos. Lo más de mi vida, ya en
los pasajes de mis aventuras y ya en las avenidas de mis abatimientos, la he
pasado comiendo a costa ajena, huésped honrado y querido en las primeras casas
del reino; y, pudiendo ser rico con estos ahorros y las producciones de mis
tareas, siempre andan iguales los gastos y las ganancias. He derramado entre
mis amigos, parientes, enemigos y petardistas, más de cuarenta mil ducados que
me han puesto en casa mis afortunados disparates. En veinte años de escritor he
percibido a más de dos mil ducados cada año, y todo lo he repartido, gracias a
Dios, sin tener a la hora que esto escribo más repuestos que algunos veinte
doblones que guardará mi madre, que ha sido siempre la tesorera y repartidora
de mis trabajos y caudales. Si a algún envidiosillo o mal contento de mis
fortunas le parece mentira o exageración esta ganancia, véngase a mí, que le
mostraré las cuentas de Juan de Moya y las de los demás libreros, que todavía
existen ellas y vivo yo y mis administradores.
Es
público, notorio y demostrable mi desinterés; tanto que ha tocado en perdición,
desorden y majadería. He trabajado de balde y con continuación para muchos que
han hecho su fama y su negocio con los desperdicios de mis fatigas. Habiendo sido el número de mis tareas
bastantemente copioso, son más las que están en la lista de las regaladas que
en la de las vendidas. Sobre el caudal de mis pronósticos y mis necedades, ha
tenido letra abierta el más retirado de mi amistad y el más extraño de mi
conocimiento. El dicho Moya, que es el depositario de mis mercadurías y
disparates, jurará que le tengo dada orden para que no recatee mis papeles y
que los dé graciosamente al que llegare a su tienda sin más recomendación que
la de una buena capa.
Siendo
(como diré más adelante, además de lo dicho) el escritor más desdichado y pobre
de esta era, me he conducido, en las ciento y veinte dedicatorias que se pueden
ver en mis librillos, con bizarría tan gloriosa que he desmentido los créditos
de petardo con que regularmente se miran estos cultos. Nunca miré a más fines
ni a más esperanzas que al agradecimiento, la veneración y el adorno de la
obra. Al tiempo que expresaba mis rendimientos, escondía mi persona; y, las más
de las veces, dedicaba a los héroes más elevados, a los ausentes, o a quien yo
contemplaba que estuviese muy fuera de la retribución y que la ausencia o el
retiro dificultasen las comunes satisfacciones. Mis deseos y mis sacrificios
fueron siempre puros, atentos, cortesanos y libres de las infecciones del
interés mecánico y la lisonja abominable. He puesto esta menudencia
impertinente para que se sepa que no tengo todas las condiciones de mal autor,
pues me falta la codicia con que muchos se sujetan a hacer las obras, confiados
alegremente en que el héroe a quien dedican les ha de pagar a lo menos la
impresión; y éstos no cortejan, que roban.
Hablo
gordo entre los que me tratan y conocen. Grite ahora el satírico que quisiere,
ponga los manchones que le elija su rabiosa infidelidad a mi pobreza y mi
desasimiento, que aquí estoy yo que sabré limpiarme y desmentirle con mis
operaciones y los testigos más memorables de la España.
Trato
a mis criados como a compañeros y amigos, y, al paso que los quiero, me estoy
lastimando de que los haya hecho la fortuna la mala obra de tener que servirme.
Jamás he despedido a ninguno; los pocos que me han acompañado, o
murieron en mi casa o han salido de ella con doctrina, oficio y conveniencia. Los actuales que me asisten no me han oído
reñir ni a ellos ni a otro de los familiares, y el más moderno tiene ocho años
en mi compañía. Todos comemos de un mismo guisado y de un mismo pan, nos
arropamos en una misma tienda, y mi vestido ni en la figura ni en la materia se
distingue de los que yo les doy. El que anda más cerca de mí es un negro
sencillo, cándido, de buena ley y de inocentes costumbres. A éste le pongo más
de punta en blanco, porque en su color y su destino no son reparables las
extravagancias de la ropa; yo me entretengo en bordar y en ingreír sus
vestidos, y logro que lo vean galán y a mí ocupado. Ni a éste ni a los demás
los entretengo en las prolijidades y servidumbres que más autorizan la vanidad
que la conveniencia; y aun siendo costumbre por acá entre los amos de mi
carácter y grado llevar a la cola un sirviente en el traje de escolar, en
ningún tiempo he querido que vayan a la rastra. Yo me llevo y me traigo solo
donde he menester; me visto y me desnudo sin adecanes; escribo y leo sin
amanuenses ni lectores; sirvo más que mando; lo que puedo hacer por mí no lo
encargo a nadie; y, finalmente, yo me siento mejor y más acomodado conmigo que
con otro. Si éste es buen modo de criar sirvientes o de portarse como
servidos, ni lo disputo, ni lo propongo, ni lo niego; yo digo lo que pasa por
mí, que es lo que he prometido, y lo demás revuélvanlo los críticos como les
parezca.
La valentía del corazón, la quietud del
espíritu y la serenidad de ánimo que gozo muchos años ha, es la única parte que
se le puede envidiar a mi naturaleza, mi genio o mi crianza. De niño tuve algún temor a los cuentos espantosos,
a las novelas horribles y a las frecuentes invenciones con que se estremecen y
se espantan las credulidades de la puerilidad y los engaños de la juventud y la
vejez. Pero ya ni me asustan los calavarnarios, ni me atemorizan los difuntos,
ni me produce la menor tristeza la posibilidad de sus apariciones. Crea
el que lee que, según sosiega la tranquilidad de mi espíritu, sospecho que no
me inquietaría mucho ver ahora delante de mí a todo el purgatorio. Este valor
(que más parece desesperado despecho) aseguro que es hijo de una resignación
cristiana pues, siendo Dios el único dueño de mi vida, sé que estoy debajo de
sus disposiciones y providencias, y es imposible rebelarme a sus decretos. Para
el día que determine llamarme a juicio, estoy disponiendo con su ayuda mi
conformidad, y no me acongoja que el aviso sea a palos, a pedradas, a médicos,
a cólicos o difuntos; sea como Su Majestad fuere servido, que a todo estoy
pronto y resignado. Por la soledad, la noche, el campo y las crujías
melancólicas, me paseo sin el menor recelo, y nunca se me han puesto delante
aquéllas fantasmas que suele levantar en estos sitios la imaginación corrompida
o el ocio y el silencio, grandes artífices de estas fábricas de humo y
ventolera.
Las
brujas, las hechiceras, los duendes, los espiritados y sus relaciones,
historias y chistes, me arrullan, me entretienen y me sacan al semblante una
burlona risa, en vez de introducirme el miedo y el espanto. Varias veces
he proferido en las conversaciones que traigo siempre en mi bolsillo un doblón
de a ocho, que en esta era vale más de trescientos reales, para dárselo a quien
me quiera hechizar, o regalársele a una bruja, a una espiritada que yo examine,
o al que me quisiere meter en una casa donde habite un duende. Me he convidado
a vivir en ella sin más premio que el ahorro de los alquileres; y hasta ahora
he pagado las que he vivido, y discurro que mi doblón me servirá para misas,
porque ya creo, que me he de morir sin verme hechizado ni sorbido.
Yo me burlo de todas estas especies de gentes,
espíritus y maleficios, pero no las niego absolutamente; las travesuras que he
oído a los historiadores crédulos de mi tiempo, todas han salido embustes; yo
no he visto nada, y he andado a montería de brujos, duendes y hechiceros lo más
de mi vida. Algo habrá; sea en hora buena y haya lo que hubiere. Para que no me
coja el miedo le sobra a mi espíritu la contemplación de lo raro, lo mentiroso
de las noticias y la esperanza de que no he de ser tan desgraciado que me toque
a mí la mala ventura y el mochuelo; y cuando sea tan infeliz que me pille el
golpe de alguna de las dichas desgracias, me encaramo en mi resignación
católica; y mientras llega el talegazo, me río de todos los chismes y patrañas
que andan en la boca de los crédulos y medrosos y en la persuasión de algunos
que comercian con este género de drogas. Tengo presente al Torreblanca, al
padre Martín del Río en sus Desquisiciones mágicas, y muy en la memoria
los actos de fe que se han celebrado en los santos tribunales de la
Inquisición, en los que regularmente se castigan más majaderos, tontos y
delincuentes en el primer mandamiento de la Ley de Dios, que brujos y
hechiceros; y venero los conjuros con que la Santa Madre Iglesia espanta y
castiga a los diablos y los espíritus; y todo me sirve para creer algo,
disputar poco y no temer nada.
En el gremio de los vivientes no encuentro
tampoco espantajo que me asuste. Los
jácaros de capotillo y guadejeño, y el suizo con los bigotones, el sable y las
pistolas, son hombres con miedo; y el que justamente presumo en ellos me quita
a mí el que me pudieran persuadir sus apatuscos, sus armas y sus juramentos.
Los mormuradores, los maldicientes y los satíricos, que son los gigantones que
aterrorizan los ánimos más constantes, son la chanza, la irrisión y el
entretenimiento de mi desengaño y de mi gusto. El mayor mal que éstos pueden
hacer es hablar infamemente de la persona y las costumbres; esta diligencia la
he hecho yo repetidas veces contra mí y con ellos, y no he conocido la menor
molestia en el espíritu; y después de tantas blasfemias, injurias y
maldiciones, me ha quedado sana la estimación; tengo, bendito sea Dios, mis
piernas y mis brazos enteros y verdaderos; no me han quitado nunca la gana del
comer, ni la renta para comprarlo, con que es disparate y necedad acoquinada
vivir temiendo a semejantes fantasmones.
En
la cofradía de los ladrones, que es dilatadísima, hay muchos a quien temer,
pero anda regularmente errado el temor, de modo que estamos metidos entre las
ladroneras y tenemos miedo a los lugares en que no hay robos ni a quien robar.
En los caminos, en los montes y en los despoblados habita todo nuestro espanto
y nuestro miedo, y allí no hay qué hurtar, ni quien hurte. Yo he rodado mucha
parte de Francia, todo Portugal, lo más de España, y cada mes paso los puertos
de Guadarrama y la Fonfría, y hasta ahora no he tropezado un ladrón. Algunos
hurtos veniales suceden en los montes; pero los granados, los sacrílegos y los
más copiosos se hacen en las poblaciones ricas, que en ellas están los bienes y
los ladrones. Y a los pocos que ruedan los caminos, y a los muchos que trajinan
en las ciudades, jamás los temí, porque astrólogo ninguno ha perecido en sus
manos, ni hay ejemplar de que se les antoje acometer agente tan pelona.
Finalmente,
digo con ingenuidad que no conozco el miedo y que esta serenidad no es bizarría
del corazón, ni atrevimiento del ánimo, sino es desengaño y poca credulidad en
las relaciones y en los sucesos, y mucha confianza en Dios, que no permite que
los diablos ni los hombres se burlen tan a todo trapo de las criaturas. Los que
producen en mi espíritu un temor rabioso, entre susto y asco, enojo y fastidio,
son los hipócritas, los avaros, los alguaciles, muchos médicos, algunos
letrados y todos los comadrones. Siempre que los veo me santiguo, los dejo
pasar, y al instante se me pasa el susto y el temor. Con estas
individualidades, y las que dejo descubiertas en los sucesos pasados, y las que
ocurrirán en adelante, me parece que hago visible el plan de mi genio. Ahora
diré brevemente del ingenio, que también es pieza indispensable en esta vida.
Mi ingenio no es malo, porque tiene un mediano
discernimiento, mucha malicia, sobrada copia, bastante claridad, mañosa
penetración y una aptitud generalmente proporcionada al conocimiento de lo
liberal y lo mecánico. Aunque han salido al público tantas obras que pudieran
haber demostrado con más fidelidad lo rudo o lo discreto, lo gracioso o lo
infeliz de mi ingenio, es rara la que puede dar verdaderas y cumplidas señales
de su entereza, de su bondad, de su miseria o de su abundancia, porque todas
están escritas sin gusto, con poco asiento, con algún enfado y con
precipitación desaliñada. Yo bien sé que alcanzo más y discurro mejor que lo
que dejo escrito, y que si mi genio hubiera tenido más codicia a los intereses,
más estimación a la fama o lo que se dice aura popular, y si mi pobreza no
hubiera sido tan porfiada y revoltosa, serían mis papeles más limpios, más
doctrinales, más ingeniosos y más apetecibles. Atropelladas salieron siempre mis obras desde mi bufete a las imprentas, y
jamás corregí pliego alguno de los que me volvían los impresores, con que todos
se pasean rodeados de sus yerros y mis descuidos. Yo los aborrezco porque los
conozco; y si hoy me fuese posible recogerlos, los entregaría gustosamente al
fuego, por no dejar en el mundo tantos testigos de mi pereza y de mi
ignorancia, y tantas señales de mi locura, altanería y extravagante condición.
Sólo me consuela en esta aflicción en que espero morir, la inocencia de mis
disparates, pues, aunque son soberbios y poderosamente plenarios, parece que no
son perjudiciales cuando la vigilancia del Santo Tribunal y el desvelo de los
reales ministros los ha permitido correr por todas partes, sin haber padecido
ellos la más pequeña detención, ni yo la más mínima advertencia. Doy gracias a
Dios que, habiendo sido tan loco que me arrojé a escribir en las materias más
sagradas y más peligrosas y profesando una facultad que vive tan vecina de las
supersticiones, no me despeñaron mis atrevimientos en las desgraciadas honduras
de la infidelidad, la ignorancia o el extravío de los preceptos de Dios, de las
ordenanzas del rey y de los establecimientos de la política y la naturaleza. Todo
lo debo a Su Majestad y al respeto con que he mirado a sus sustitutos en la
tierra. Basta de ingenio, y volvamos
a atar el hilo de las principales narraciones.
Dejé
esta ridícula historia en el lance de la vuelta de Portugal a Salamanca; y
prosigo afirmando que volví menos crédulo y menos obediente a los fáciles e
infelices consejos de la juventud, y más medroso de las calamidades que se
expone a padecer el que se entrega a los derrumbaderos de su ignorante y
antojadiza imaginación. Pasaba en casa de mis padres la vida, escondido y
retirado muchas horas, sin padecer resentimiento alguno en el ánimo, ni con la
mudanza a la reciente quietud, ni con la memoria de mis alegres travesuras.
Insensiblemente me hallé aborreciendo las fatigas de la ociosidad y muy
mejorado en el uso y descompostura de las huelgas y las diversiones, porque
asistía solamente a los festejos de las personas de distinción y de juicio, y
bailaba en los saraos y concursos que disponía el motivo honesto y la
celebridad prudente, graciosa y comedida. Ajustaba en ellos mis acciones a una
severidad agradable, de modo que se conociese que mi asistencia tenía más de
civilidad y de política que de esparcimiento grosero y voluntario. Di en el
extraño delirio de leer en las facultades más desconocidas y olvidadas y,
arrastrado de esta manía, buscaba en las librerías más viejas de las
comunidades a los autores rancios de la Filosofía natural, la Crisopeya, la
Mágica, la Transmutatoria, la Separatoria y, finalmente, paré en la Matemática,
estudiando aquellos libros que viven enteramente desconocidos o que están por
su extravagancia despreciados. Sin director y sin instrumento alguno (de los
indispensables en las ciencias matemáticas), lidiando sólo con las dificultades,
aprendí algo de estas útiles y graciosas disciplinas. Las lecciones y tareas a
que me sujetó mi destino y mi gusto las tomé al revés, porque leí la Astronomía
y Astrología, que son las últimas facultades, sin más razón que haber sido los
primeros librillos que encontré unos tratados de Astronomía escritos por Andrés
de Argolio, y otros de Astrología impresos por David Origano. A estos
cartapacios y a las conferencias y conversaciones que tuve con el padre D.
Manuel de Herrera, clérigo de San Cayetano y sujeto docto y aficionado a estos
artes, debí las escasas luces que aún arden en mi rudo talento y los
relucientes antorchones que hoy me ilustran maestro, doctor y catedrático en
Salamanca, cuando menos.
A
los seis meses de estudio salí haciendo almanaques y pronósticos, y detrás de
mí salieron un millón de necios y maldicientes blasfemando de mi aplicación y
de mis obras. Unos decían que las había hecho con la ayuda del diablo; otros
que no valían nada, y los más aseguraban que no podían ser hechuras de un
ingenio tan perezoso y escaso como el mío.
La
coyuntura desgraciada en que salieron a luz mis pronósticos, la brevedad del
tiempo en que yo me impuse en su artificio, la ignorancia y el olvido común que
se padecía de estas ciencias en el reino y, sobre todo, la indisposición y el
aborrecimiento a los estudios que contemplaban en mí cuantos interiormente me
trataban, tenían por increíble mi adelantamiento, por sospechosa mi fatiga y
por abominable mi paciencia. Estaban, veinte y cuatro años ha, persuadidos los
españoles que el hacer pronósticos, fabricar mapas, erigir figuras y plantar
épocas, eran dificultades invencibles, y que sólo en la Italia y en otras
naciones extranjeras se reservaban las llaves con que se abrían los secretos arcones
de estos graciosos artificios. Estaban mucho antes que yo viniera al mundo,
gobernándose por las mentiras del gran Sarrabal, adorando sus juicios y,
puestos de rodillas, esperaban los cuatro pliegos de embustes que se tejían en
Milán (con más facilidad que los encajes), como si en ellos les viniera la
salud de balde y las conveniencias regaladas. No vivía un hombre en el reino,
de los ocultos en las comunidades ni de los patentes en las escuelas públicas
que, como aficionado o como maestro, se dedicase a esta casta de predicciones y
sistemas. Todas las cátedras de las universidades estaban vacantes y se padecía
en ellas una infame ignorancia. Una figura geométrica se miraba en este tiempo
como las brujerías y las tentaciones de San Antón, y en cada círculo se les
antojaba una caldera donde hervían a borbollones los pactos y los comercios con
el demonio. Esta rudeza, mis vicios y mis extraordinarias libertades hicieron
infelices mis trabajos y aborrecidas con desventura mis primeras tareas.
Para
sosegar las voces perniciosas que contra mi aplicación soltaron los desocupados
y los envidiosos, y para persuadir la propiedad y buena condición de mis
fatigas, pedí a la Universidad la sustitución de la cátedra de Matemáticas, que
estuvo sin maestro treinta años y sin enseñanza más de ciento y cincuenta; y,
concedida, leí y enseñé dos años a bastante número de discípulos. Presidí al
fin de este tiempo un acto de conclusiones geométricas, astronómicas y
astrológicas; y fue una función y un ejercicio tan rato que no se encontró la
memoria de otro en los monumentos antiguos que se guardan en estas felicísimas
escuelas. Dediqué las conclusiones al excelentísimo señor príncipe de Chalamar,
duque de Jovenazo, que a esta sazón vivía en Salamanca gobernando de capitán
general las fronteras de Castilla.
El
concurso fue el más numeroso y lucido que se ha notado, y el ejercicio tuvo los
aplausos de solo, las admiraciones de nuevo y las felicidades de no esperado.
Con
esta diligencia y otros frutos que iban saliendo de mi retiro y de mi estudio,
acallé a los ignorantes que se escandalizaron de la brevedad y extrañeza de mi
aprovechamiento; pero empezó a revolverse contra mis producciones otra nueva
casta de vocingleros, de tan poderosos livianos, que hasta ahora no se han
cansado de gritar y gruñir, ni yo he podido taparles las bocas con más de
cuatro mil resmas de papel que les he tirado a los hocicos. Rompiendo con mis
desenfados por medio de sus murmuraciones, sátiras y majaderías, continuaba en
escribir papelillos de diferentes argumentos y en leer los tomos que la
casualidad y la solicitud me traía a las manos. Traveseaba con las musas muchas
veces, sin que me estorbasen sus retozos la lección de la Teología Moral, la
que estudiaba (más por precepto que por inclinación) en los padres
salmanticenses y en el compendio del padre Larraga, de los que todavía podré
dar algunas señas y bastantes noticias.
Acometióle
a mi padre a este tiempo la dichosa vocación de que yo fuese clérigo y, porque
no se le resfriasen los propósitos, solicitó una capellanía en la parroquia de
San Martín de Salamanca, cuya renta estaba situada en una casa de la calle de
la Rúa, y sobre esta congrua, que eran seiscientos reales al año, recibí, luego
que yo cumplí los veinte y uno de mi edad, el orden de subdiácono. En él he
descansado, porque después de recibido, paré más a mi consideración sobre las
obligaciones en que me metía, los votos y pureza que había de guardar y los
cargos de que había de ser responsable delante de Dios; y, atribulado y
afligido, me resolví a no recargarme (hasta tener más seguridad y satisfacción
de mis talentos) con más oficios que los que abracé con poco examen de mis
fuerzas y ninguna reflexión sobre las duraciones de su observancia.
Hasta
ahora no he sentido en mi alma aquella mansedumbre, devoción, arrebatamiento y
candidez que yo imagino que es indispensable en un buen sacerdote. Todavía
no me hallo con valor ni con serenidad para ascender al altísimo ministerio
cuyas primeras escalas estoy pisando indignamente, ni tampoco me ha acometido
el atrevimiento y la insolencia de meterme a desventurado oficial de misas.
He tenido hasta hoy un seso altanero,
importuno, desidioso y culpablemente desahogado. La vigilancia y la prudencia
que contemplo por precisa para conducirse en tan excelente dignidad, ni yo las
tengo, ni me atreveré a solicitarla sin tenerlas.
Nació también la pereza del ascenso a las
demás órdenes de un pleito que me puso un tristísimo codicioso sobre la
naturaleza de la congrua con que me había ordenado; y por no lidiar con el
susto y con el enojo de andar en los tribunales, siendo el susodicho de
los procuradores y los escribanos, hice dejación gustosa de la renta. Encargóse
del purgatorio el avariento litigante y yo me quedé con el voto de castidad y
el breviario, sin percibir un bodigo del altar. Por estos temores y el de no
parar en sacerdote mendicante, tuve por menos peligroso quedarme entretallado
entre la Epístola y el Evangelio, que atropellar hasta el sagrado sacerdocio
para vivir después más escandalosamente, sin la moderación, el juicio, el
recogimiento, decencia y severidad que deben tener los eclesiásticos. Mis
enemigos y los maldicientes han cacareado otras causas: el que pudiere
probarlas, hágalo mientras yo viva, y discurra y hable lo que quisiere, que por
mí tiene licencia y perdón para inquirirlas y propalarlas, que, gracias a Dios,
no soy espantadizo de injurias. Antes de cumplir
la edad prescrita por el concilio de Trento para obtener los beneficios curados
hice dos oposiciones a los del obispado de Salamanca. Confieso que la intención fue poco segura, porque
no me opuse por devoción ni por la permitida solicitud de las conveniencias
temporales, sino por contentar a mi soberbia, desvaneciendo las voces de mis
enemigos que publicaban que yo no conocía más facultad que la de hacer malas
coplas y peores calendarios, y por obedecer a mis padres, que ya me
consideraban beneficiado de una de las mejores aldeas del país. No obstante mi
torpe disposición, quiso la piedad de Dios o la caritativa diligencia de los
padres examinadores disponer que yo correspondiese en la Teología Moral con
satisfacción suya y honor mío, y logré que ambas veces me honrasen con la
primera letra. Todavía se refieren como dignas de alguna memoria algunas
respuestas mías, porque el ilustrísimo obispo y los padres examinadores,
informados de mi buen humor y prontitud, me hicieron algunas preguntas (después
del serio examen), o por probar mi genio o por divertirse un poco, y mis
precipitaciones fueron la celebridad de muchos ratos. Remítome a las noticias
que duran en los curiosos de mis ridiculeces, porque yo no sé declararlas sin
confusión y sin sonrojo.
Aparecióse
en este tiempo en la Universidad de Salamanca la ruidosa pretensión de la
alternativa de las cátedras y, como novedad extraordinaria y espantosa en
aquellas escuelas, produjo notables alteraciones y tumultuosos disturbios entre
los profesores, maestros y escolares de todas las ciencias y doctrinas.
Padecieron muchos el rencor particular de sus valedores, y con él, atraso de
sus conveniencias y otros daños desgraciadamente molestos a la quietud y a la
reputación. A mí, por más desvalido, por más mozo o por más inquieto, me
tocaron (además de otros disgustos) seis meses de prisión, padeciendo, por el
antojo de un juez mal informado, los primeros dos meses tristísimamente en la
cárcel, y los otros cuatro con mucha alegría, sobrada comodidad, crecido regalo
y provechoso entretenimiento en el convento de San Esteban, del orden del
gloriosísimo Santo Domingo de Guzmán. El motivo fue haber hecho caso de una
necia y mentirosa voz (sin poderse descubrir la voraz boca por donde había
salido) que me acusaba autor de unas sátiras que se extendieron en varias
coplas, y su argumento era herir a los que votaron en favor de la dicha
alternativa.
En
los seis meses de mi prisión se informó el Real Consejo, con exquisita
diligencia y madurez de todos los sucesos de este caso; y después de examinada
una gran muchedumbre de testigos y de un largo reconocimiento de letras y
papeles, encontró con la tropelía anticipada del juez, y, con él, la escondida
verdad de mi inocencia. Salí por real decreto libre y sin costas, añadiéndome,
por piedad o por satisfacción, la honra de que fuese vicerrector de la Universidad
todo el tiempo que faltaba hasta la nueva elección, por San Lucas.
Así
lo practiqué, y hice todos los oficios pertenecientes al rectorado con gusto de
pocos y especial congoja y resentimiento de muchos. No quiero descubrir más los
secretos de esta aventura, porque viven hoy infinitos interesados a quienes
puede producir algún enojo la dilatada relación de este suceso.
La
caudalosa conjuración que corrió contra mí después de este ruidoso caso y las
dificultades que puso a mis conveniencias la astucia revoltosa de los que
ponderaban con demasiada fuerza los ímpetus de mi mocedad y los disculpables
verdores de mi espíritu, me hicieron segunda vez insolente, libre y
desvergonzado, en vez de darme conformidad, sufrimiento, temor y enmienda
venturosa. Enojado con asperezas de las imprudentes correcciones, del odio mal
fingido y de las perniciosas amenazas de aquellos repotentes varones que se
sueñan con facultades para atajar y destruir las venturas de los pretendientes,
di en el mal propósito de burlarme de su respeto, de reírme de sus promesas y
de abandonar sus esperanzas. Di, finalmente, en la extrema locura de fiar de mí
y aburrir a éstas y a toda especie de personas. Volvíme loco rematado y
festivo, pero nada perjudicial, porque nunca me acometió más furia que la manía
de zumbarme de la severidad que afectaban unos, de la presunción con que vivían
otros y de los poderes y estimaciones con que sostienen muchos las reverencias
que no merecen.
Neguéme
a la solicitud de los beneficios, capellanías y asistencias, por no pasar por
las importunidades y sonrojos de las pretensiones; derrenegué de las cátedras y
los grados, y absolutamente de todo empleo, sujeción y destino, deliberado a
vivir y comer de las resultas de mis miserables tareas y trabajos.
Los
despropósitos y necedades que haría un mozo zumbón, de achacoso seso,
desembarazado, robusto, sin miedo ni vergüenza y sin ansia a pedir ni a
pretender se las puede pintar el que va leyendo; porque yo contemplo algunos peligros
en las individuales relaciones, además de que ya se me han escapado de la
memoria los raros lances de aquella alegre temporada. Ahora me acuerdo
que, saliendo una tarde del general de Teología, abochornado de argüir, un
reverendo padre y doctor a quien yo miraba con algún enfado, porque era el que
menos motivo tenía para ser mi desafecto, le dije: «Y bien, reverendísimo, ¿es
ya lumen gloriae tota ratio agendi, o no? ¿Dejaron decididas las
patadas y las voces esa viejísima cuestión?» «Vaya noramala (me respondió), que
es un loco.» «Todos somos locos (acudí yo), reverendísimo: los unos por adentro
y los otros por afuera. A vuestra reverendísima le ha tocado ser loco por la
parte de adentro y a mí por la de afuera; y sólo nos diferenciamos en que
vuestra reverendísima es maniático triste y mesurado, y yo soy delirante de
gresca y tararira». Volvió a reprehender con prisa y con enojo mi
descompostura; y, mientras su reverendísima se desgañitaba con desentonados
gritos, estaba yo anudando en los pulgares unas castañuelas con bastante
disimulo, debajo de mi roto manteo; y, sin hablarle palabra, lo empecé a
bailar, soltando en torno de él una alegrísima furia de pernadas. Fuimos
disparados bastante trecho: él menudeando la gritería con rabiosas
circunspecciones, y yo deshaciéndome en mudanzas y castañetazos, hasta que se
acorraló en otro general de las escuelas menores que por casualidad encontró
abierto. Allí lo dejé aburrido y escandalizado, y yo marché con mi locura a
cuestas a pensar en otros delirios en los que (por algunos meses) anduve
ejercitado y ejercitando a todos la paciencia.
De esta burlona casta eran las travesuras con
que me entretenía y me vengaba del aborrecimiento y entereza de mis enemigos; y
ya, cansado de ser loco y, lo principal, afligido de ver a mis padres en
desdichada miseria y acongojados con la poca esperanza de la corrección de mi
indómito juicio y mis malas costumbres, determiné dejar para siempre a
Salamanca y buscar en Madrid mejor opinión, más quietud y el remedio para la
pobreza de mi casa.
Omito referir la fundación y extravagancias
del Colegio del Cuerno, porque no son para puestas al público tales locuras.
Sólo diré que esta ridícula travesura dio que reír en Salamanca y fuera de
ella, porque los colegiales eran diez o doce mozos escogidos, ingeniosos,
traviesos y dedicados a toda huelga y habilidad. Los estatutos de esta
agudísima congregación están impresos. El que los pueda descubrir tendrá qué
admirar, porque sus ordenanzas, aunque poco prudentes, son útiles, entretenidas
y graciosas. Hoy viven todavía dos colegiales, que después lo fueron mayores, y
hoy son sabios, astutos y desinteresados ministros del rey; otro está siendo
ejemplar de virtud en una de las cartujas de España; otro pasó al Japón con la
ropa de la compañía de Jesús; seis han muerto dichosamente corregidos, y yo
sólo he quedado por único índice de aquella locura, casi tan loco y delincuente
como en aquellos disculpables años.
Omito también las narraciones de otros enredos
y delirios, porque para su extensión se necesitan largos tomos y crecida
fecundidad, y paso a referir que dejé a mi patria, saliendo de ella sin más
equipajes que un vestido decente y sin más tren que un borrico que me alquiló
por pocos cuartos un arriero de Negrilla. Entré en Madrid, y como en pueblo que
había ya conocido otra vez, no tuve que preguntar por la posada de los que
llevan poco dinero. Acomodéme los
tres o cuatro días primeros entre las jalmas del borrico en el mesón de la
Media Luna de la calle de Alcalá, que fue el paradero de mi conductor; y en
este tiempo hice las diligencias de encontrar casa, y planté mi rancho en el
escondite de uno de los casarones de la calle de la Paloma. Alquilé media cama,
compré un candelero de barro y una vela de sebo que me duró más de seis meses,
porque las más noches me acostaba a escuras, y la vez que la encendía me
alumbraba tan brevemente que más parecía luz de relámpago que iluminación de
artificial candela. Añadí a estos ajuares un puchero de Alcorcón y un cántaro
que llenaba de agua entre gallos y media noche en la fuente más vecina, y un
par de cuencas, que las arrebañaba con tal detención la vez que comía que jamás
fue necesario lavarlas. Y éste era todo mi vasar, porque las demás diligencias
las hacía a pulso y en el primer rincón donde me agarraba la necesidad.
No
obstante esta desdichada miseria, vivía con algún aseo y limpieza, porque en un
pilón común que tenía la casa para los demás vecinos, lavaba de cuatro en
cuatro días la camisa, y me plantaba en la calle tan remilgado y sacudido que
me equivocaban con los que tenían dos mil ducados de renta. Padecí (bendito sea
Dios) unas horribles hambres, tanto que alguna vez me desmayó la flaqueza; y me
tenía tan corrido y acobardado la necesidad, que nunca me atreví a ponerme
delante de quien pudiese remediar los ansiones de mi estómago. Huía a las horas
del comer y del cenar de las casas en donde tenía ganado el conocimiento y
granjeada la estimación, porque concebía que era ignominia escandalosa ponerme
hambriento delante de sus mesas. Yo no sé si esto era soberbia u
honradez; lo que puedo asegurar es que, de honrado o de soberbio, me vi muchas
veces en los brazos de la muerte.
Una
de las primeras habitaciones, y la de mi mayor confianza y veneración, que
traté en Madrid fue la de Don Bartolomé Barbán de Castro, hoy Contador Mayor de
Millones. En ésta hacían una tertulia virtuosa y alegre los criados del
excelentísimo señor duque de Veragua y otros prudentes y devotos sujetos de los
que fui tomando la doctrina de aborrecer el mal hábito de mis locuras y
desenfados.
Aseguraba
en esta casa, en el agasajo de la tarde, la jícara de chocolate, y me servía de
alimento de todo el día. Y con este socorro y el que hallé después en casa de
Don Agustín González, médico de la real familia, que fue el desayuno de la
mañana, pasé algún tiempo sin especial molestia las rabiosas escaseces en que
me había puesto mi maldita temeridad.
Aconsejóme
este famoso físico, viéndome vago y sin ocupación alguna, que estudiase
medicina; y condescendiendo a su cariñoso aviso, madrugaba a estudiar y a comer
en su casa, porque a la mía el pan y los libros se asomaban muy pocas veces.
Estudié las definiciones médicas, los signos, causas y pronósticos de las
enfermedades, según las pinta el sistema antiguo, por un compendio del Dr.
Cristóbal de Herrera. Parlaba de las especulaciones que leía con mi maestro; y
desde su boca, después que recogía en la conferencia lo más escogido de su
explicación, partía al hospital y buscaba en las camas el enfermo sobre quien
había recargado aquel día mi estudio y su cuidado. De este modo, y conduciendo
de caritativo o de curioso el barreñón de sangrar de cama en cama, y observando
los gestos de los dolientes, salí médico en treinta días, que tanto tardé en
poner en mi memoria todo el arte del señor Cristóbal. Leí por Francisco Cypeio
el sistema reciente, y creo que lo penetré con más facilidad que los doctores
que se llaman modernos, porque para la inteligencia de esta pintura es
indispensable un conocimiento práctico de la Geometría y de sus figuras, y ésta
la ignoran todos los médicos de España. Llámanse modernos entre los ignorantes,
y han podido persuadir que conocen el semblante de esta ingeniosidad, sin más
diligencia que trasladar el recetario de los autores nuevos.
El
que pensare que escribo sin justicia, hable o escriba, que yo le demostraré
esta innegable verdad. El saber yo la medicina y haberme hecho cargo de sus
obligaciones, poco fruto y mucha falibilidad, me asustó tanto que hice promesa
a Dios de no practicarla si no es en los lances de la necesidad y en los casos
que juré cuando recibí el grado y el examen. Sólo profesan la medicina los que
no la conocen ni la saben, o los que hacen ganancia y mercancía de sus récipes.
Esto parece sátira, y es verdad tan acreditada que tiene por testigos a todos,
y los mismos que comen de esta dichosa y facilísima ciencia.
Con
los socorros diarios de estas dos casas y con la amistad de un bordador que me
permitía bordar en su obrador gorros, chinelas y otras baratijas que se despachaban
a los primeros precios en una tienda portátil de la Puerta del Sol, vivía mal
comido, pero juntaba para calzar un par de zapatos y ponerme unos decentes
calzones y alguna chupa sacada del portal del mercader.
Entre
las amistades de este tiempo, gané la piedad de Don Jacobo de Flon, el que se
inclinó a mí con el motivo de hablarme y verme ejercitar algunas habilidades en
una concurrencia donde por casualidad nos juntamos. Ofrecióme su poder; y,
agradecido y deseoso de que mis padres tuviesen por mi mano algún alivio en sus
repetidas desgracias, le rogué que se acordase de ellos y que no se lastimase
de mis miserias, que yo era mozo y podía resistir los ceños de la fortuna, y
que la vejez de los que me criaron no tenía armas con que contrarrestar sus
impiedades. Movido de la lástima y de mis honradas súplicas, me dio la patente
de visitador del tabaco de Salamanca que dejo dicha en el resumen de la vida de
mi padre, y en ella, todos mis consuelos, descuidos y venturas.
Ya
mi inconstancia me traía, con la imaginación inquieta y cavilosa, trazando
artificios para buscar nuevas tareas, entretenimientos y destino. Pensaba unas
veces en retirarme de la corte a ver mundo; otras en meterme fraile, y algunas
en volverme a mi casa. Revolvióme los cascos y puso a mi cabeza de peor
condición la compañía de un clérigo burgalés, tan buen sacerdote que empleaba
los ratos ociosos en introducir tabaco, azúcar y otros géneros prohibidos; y,
oliendo éste que mi docilidad estaría pronta para seguir sus riesgos, aventuras
y despropósitos, me aconsejó que lo acompañase a sus ociosidades y
entretenimientos, ofreciendo que me daría una mitad de las ganancias, y para
salir de Madrid, armas, caballo y capotillos. Yo, sin pararme en considerar el
extravío, el riesgo y el fin, le solté la palabra de seguirle, ayudarle y
exponer mi vida a las inclemencias, rigores y tropelías que forzosamente se
siguen a tan estragado despeño.
La misericordia de Dios, que la usa con los
más rebeldes a sus avisos, estorbó tan infame determinación, apartando mi vida
de los insolentes riesgos en que la quiso poner mi loco despecho y maldita
docilidad. Por el medio más raro y estupendo que es imaginable, me libró Su
Majestad de las galeras, de un balazo, de la cárcel perpetua, del presidio o
del castillo de San Antón adonde fue a parar mi devoto burgalés. ¡Bendita sea
su benignidad y su paciencia! Escribirélo con la brevedad posible, porque es el
caso menos impertinente de esta historia.
Ya estaba yo puesto de jácaro, vestido de baladrón
y reventando de ganchoso, esperando con necias ansias el día en que había de
partir con mi clérigo contrabandista a la solicitud de unas galeras o en la
horca, en vez de unos talegos de tabaco que (según me dijo) habíamos de
transportar desde Burgos a Madrid, sin licencia del rey, sus celadores ni
ministros. Y una tarde muy cercana al día de nuestra delincuente resolución,
encontré en la calle de Atocha a Don Julián Casquero, capellán de la
excelentísima señora condesa de los Arcos. Venía éste en busca mía, sin color
en el rostro, poseído del espanto y lleno de una horrorosa cobardía. Estaba el
hombre tan trémulo, tan pajizo y tan arrebatado como si se le hubiera aparecido
alguna cosa sobrenatural. Balbuciente
y con las voces lánguidas y rotas, en ademán de enfermo que habla con el frío
de la calentura, me dio a entender que me venía buscando para que aquella noche
acompañase a la señora condesa, que yacía horriblemente atribulada con la
novedad de un tremendo y extraño ruido que tres noches antes había resonado en
todos los centros y extremidades de las piezas de la casa.
Ponderóme
el tristísimo pavor que padecían todas las criadas y criados, y añadió que su
ama tendría mucho consuelo y serenidad en verme y en que la acompañase en
aquella insoportable confusión y tumultuosa angustia. Prometí ir a besar
sus pies sumamente alegre, porque el padecer yo el miedo y la turbación era
dudoso, y de cierto aseguraba una buena cena aquella noche.
Llegó la hora, a la casa, entráronme hasta el
gabinete de su excelencia en donde la hallé afligida, pavorosa y rodeada de sus
asistentas, todas tan pálidas, inmobles y mudas que parecían estatuas. Procuré
apartar, con la rudeza y desenfado de mis expresiones, el asombro que se les
había metido en el espíritu; ofrecí rondar los escondites más ocultos y, con mi
ingenuidad y mis promesas, quedaron sus corazones más tratables. Yo cené con
sabroso apetito a las diez de la noche, y a esta hora empezaron los lacayos a
sacar las camas de las habitaciones de los criados, las que tendían en un salón
donde se acostaba todo el montón de familiares para sufrir sin tanto horror,
con los alivios de la sociedad, el ignorado ruido que esperaban. Capitulóse a
bulto entre los tímidos y los inocentes a este rumor por juego, locura y ejercicio
de duende, sin más causa que haber dado la manía, la precipitación o el antojo
de la vulgaridad este nombre a todos los estrépitos nocturnos.
Apiñaron
en el salón catorce camas, en las que se fueron mal metiendo personas de ambos
sexos y de todos estados. Cada una se fue desnudando y haciendo sus
menesteres indispensables con el recato, decencia y silencio más posible. Yo me
apoderé de una silla, puse a mi lado una hacha de cuatro mechas y un espadón
cargado de orín y, sin acordarme de cosa de esta vida ni de la otra, empecé a
dormir con admirable serenidad. A la
una de la noche resonó con bastante sentimiento el enfadoso ruido; gritaron los
que estaban empanados en el pastelón de la pieza; desperté con prontitud y oí
unos golpes vagos, turbios y de dificultoso examen en diferentes sitios de la
casa. Subí, favorecido de mi luz y de mi espadón, a los desvanes y azoteas, y
no encontré fantasma, esperezo ni bulto de cosa racional. Volvieron a mecerse y
repetirse los porrazos; yo torné a examinar el paraje donde presumí que podían
tener su origen, y tampoco pude descubrir la causa, el nacimiento ni el actor.
Continuaba, de cuarto en cuarto de hora, el descomunal estruendo y, en esta
alternativa, duró hasta las tres y media de la mañana. Once días estuvimos
escuchando y padeciendo a las mismas horas los tristes y tonitruosos golpes; y,
cansada su excelencia de sufrir el ruido, la descomodidad y la vigilia, trató
de esconderse en el primer rincón que encontrase vacío, aunque no fuese abonado
a su persona, grandeza y familia dilatada. Mandó adelantar en vivas diligencias
su deliberación, y sus criados se pusieron en una precipitada obediencia, ya de
reverentes, ya de horrorizados con el suceso de la última noche, que fue el que
diré.
Al
prolijo llamamiento y burlona repetición de unos pequeños y alternados
golpecillos, que sonaban sobre el techo del salón donde estaba la tropa de los
aturdidos, subí yo, como lo hacía siempre, ya sin la espada, porque me
desengañó la porfía de mis inquisiciones que no podía ser viviente racional el
artífice de aquella espantosa inquietud; y, al llegar a una crujía, que era
cuartel de toda la chusma de librea, me apagaron el hacha, sin dejar en alguno
de los cuatro pábilos una morceña de luz, faltando también en el mismo instante
otras dos que alumbraban en unas lamparillas en los extremos de la dilatada
habitación. Retumbaron, inmediatamente que quedé en la obscuridad, cuatro
golpes tan tremendos que me dejó sordo, asombrado y fuera de mí lo irregular y
desentonado de su ruido. En las piezas de abajo, correspondientes a la crujía,
se desprendieron en este punto seis cuadros de grande y pesada magnitud, cuya
historia era la vida de los siete infantes de Lara, dejando en sus lugares las
dos argollas de arriba y las dos escarpias de abajo, en que estaban pendientes
y sostenidos. Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo y, ganando en
cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la
escalera. Levanté mi figura y, aunque poseído del horror, me quedó la
advertencia para bajar a un patio, y en su fuente me chapucé y recobré algún
poco del sobresalto y el temor. Entré
en la sala, vi a todos los contenidos en su hojaldre abrazados unos con otros y
creyendo que les había llegado la hora de su muerte. Supliqué a la
excelentísima que no me mandase volver a la solicitud necia de tan escondido
portento, que ya no era buscar desengaños, sino desesperaciones. Así me lo
concedió su excelencia, y al día siguiente nos mudamos a una casa de la calle
del Pez, desde la de Foncarral, en donde sucedió esta rara, inaveriguable y
verdadera historia.
Dejo de referir ya los preciosos chistes y los
risibles sustos que pasaron entre los medrosos del salón y ya las agudezas y
las gracias que sobre los asuntos del espanto y la descomodidad se le
ofrecieron a Don Eugenio Gerardo Lobo, que era uno de los encamados en aquel
hospital del aturdimiento y el espanto, y paso a decir que su excelencia y su
caritativa y afable familia se agradaron tanto de mi prontitud, humildad y buen
modo (fingido o verdadero), que me obligaron a quedar en casa, ofreciéndome su
excelencia la comida, el vestido, la posada, la libertad y, lo más apreciable,
las honras y los intereses de su protección. Acepté tan venturoso partido y al
punto partí a rogar a mi clérigo contrabandista que me soltase la palabra que
le había dado de ser compañero en sus peligrosas aventuras, porque me prometía
más seguridad esta conveniencia, más honor y más duraciones que las de sus
fatales derrumbaderos. Consintió pesaroso a mi instancia; él se fue a sus
desdichados viajes y, en uno de ellos, lo agarró una ronda que le puso el
cuerpo por muchos años en el castillo de San Antón. Yo me quedé en la casa de
esta señora, quieto, honrado, seguro y dando mil gracias a Dios que, por el
ridículo instrumento de este duende o fantasma o nada, me entresacó de la
melancólica miseria y de las desventuradas imaginaciones en que tenía atollado
el cuerpo y el espíritu. Estuve en esta casa dos años, hasta que su excelencia
casó con el excelentísimo señor don Vicente Guzmán y fue a vivir a Colmenar de
Oreja. Yo pasé a la del señor marqués de Almarza, con el mismo hospedaje, la
misma estimación y comodidad, y en estas dos casas me hospedé solamente,
después que me echó el duende del angustiado casarón de la calle de la Paloma.
Vivía entretenido y retirado, leyendo las materias que se me proporcionaban al
humor y al gusto, y escribía algunos papelillos, que se los tiraba al público
para ir reconociendo la buena o mala cara con que los recibía.
Pasaron por mí estos y otros sucesos (que es
preciso callar) por el año de mil setecientos y veinte y tres y veinte y
cuatro, y, habiendo puesto en el pronóstico de éste la nunca bien llorada
muerte de Luis Primero, quedé acreditado de astrólogo de los que no me conocían
y de los que no creyeron y blasfemaron de mis almanaques. Padeció esta prolación la enemistad de muchos
majaderos, ignorantes de las lícitas y prudentes conjeturas de estos prácticos
y prodigiosos artificios y observaciones de la filosofía, astrología y
medicina. Unos quisieron hacer delincuente al pronóstico e infame y mal
intencionado al autor; otros voceaban que fue casualidad lo que era ciencia, y
antojo voluntario lo que fue sospecha juiciosa y temor amoroso y reverente; y
el que mejor discurría, dijo que la predicción se había alcanzado por arte del
demonio. Salieron papelones contra mí, y entre la turba se entremetió el médico
Martín Martínez, con su Juicio final de la Astrología, haciendo
protector de su escrito al excelentísimo señor marqués de Santa Cruz. Yo
respondí con las Conclusiones a Martín, dedicadas al mismo
excelentísimo señor, y otros papeles que andan impresos en mis obras; y quedó,
si no satisfecho, con muchas señales de arrepentido. Serenóse la conjuración,
despreció el vulgo las necias e insolentes sátiras y salí de las uñas de los
maldicientes sin en el menor araño en un asunto tan triste, reverente y
expuesto a una tropelía rigurosa. Quedamos asidos de las melenas Martín y yo;
y, desasiéndome de sus garras, salí con la determinación de visitar sus
enfermos y escribir cada semana para las gacetas la historia de sus difuntos. Viose
perdido, considerando mi desahogo, mi razón y la facilidad con que
impresionaría al público de los errores de su práctica en la que le iba la
honra y la comida. Echóme empeños, pidió perdones; yo cedí, y quedamos amigos.
Vino a esta sazón a ser presidente del Real
Consejo de Castilla el ilustrísimo señor Herrera, obispo de Sigüenza; y
aficionado a la soltura de mis papeles y a lo extraño de mi estudio, o
lastimado de mi ociosidad y de lo peligroso de mis esparcimientos, mandó que me
llevasen a su casa; y, en tono de premio, de cariño y ordenanza, me impuso el
precepto de que me retirase a mi país a leer a las cátedras de la Universidad, y
que volviese a tomar el honrado camino de los estudios. Díjome que parecía mal
un hombre ingenioso en la corte, libre, sin destino, carrera ni empleo, y sin
otra ocupación que la peligrosa de escribir inutilidades y burlas para
emborrachar al vulgo. Predicóme un poco, poniéndome a la vista su desagrado y
mi perdición, y me remató la plática con el pronóstico de una ruin y
desconsolada vejez, si llegaba a ella; porque la fama, la salud y el buen humor
se cansarían; y, a buen librar, me quedaba sin más arrimos que una muleta y una
mala capa, expuesto a los muchos rubores y escaso alivio que produce la
limosna.
Medroso a su poder, asustado del posible
paradero en una mala ventura y resentido de perder la alegre y licenciosa vida
de la corte, prometí la restitución a mi patria y oponerme a cualquiera de las
siete cátedras raras, que entonces estaban todas vacantes, por hallarme sin
medios ni modo para seguir las eternas oposiciones de las otras. Diome muchas
gracias, muchas honras y muchas promesas con su favor y su poderío. Besé su
mano, me echó su bendición y partí de sus pies, asustado y agradecido, triste y
temeroso, impaciente y cobarde, y, finalmente, lleno de sustos, confusiones y
esperanzas. Los nuevos sucesos,
acciones y aventuras que pasaron por mí en la nueva vida a que me sujeté en
Salamanca lo verá en el siguiente y penúltimo trozo de ella, el que no esté
cansado de las insipideces de esta lección.
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