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Que empieza desde los treinta años hasta los
cuarenta poco más o menos
Cuando
yo empezaba a estrenar las fortunas, los deleites, las abundancias, las
monerías y los dulcísimos agasajos con que lisonjean a un mozo mal entretenido
y bien engañado los juegos, las comedias, las mujeres, los bailes, los jardines
y otros espectáculos apetecidos; y cuando ya gozaba de los antojos del dinero,
de las bondades de la salud y de las ligerezas de la libertad, poseyendo todos
los ídolos de mis inclinaciones sin el menor susto, estorbo ni moderación,
porque ni me acordaba de la justicia, las enfermedades, las galeras, la horca,
los hospitales, la muerte, ni de otros objetos de los que ponen la tristeza, el
dolor, la fatiga y otros sinsabores en el ánimo, salí de la corte para
entretejerme segunda vez en la nebulosa piara de los escolares, adonde sólo se
trata del retiro, el encogimiento, la esclavitud, la porquería, la pobreza y
otros melancólicos desaseos, que son ayudantes conducentes a la pretensión y la
codicia de los honores y las rentas.
Vivía
mal hallado y rabioso con esta inútil abstracción, y muy aburrido con las
consideraciones de lo empalagoso y durable de esta vida; pero por no faltar a
mi palabra ni a la manía de los hombres que juzgan por honor indispensable el
cautiverio de una ocupación violenta, en la que muchas veces ni se sabe ni se
puede cumplir, juré permanecer en ella contra todos los ímpetus de mi
inclinación.
Desenojaba
muchos días a mis enfados huyendo de las molestas circunspecciones del hábito
talar a las anchuras y libertades de la aldea; trataba con agasajo, pero sin
confianza, a los de mi ropaje. Iba paladeando a mi desabrimiento, con las
huelgas del país, los ratos que vacaba de mis tareas escolásticas y, en los
asuetos, marchaba a Madrid a buscar los halagos de las diversiones en que
continuamente se hundía mi meditación. Con estos pistos y otros muerdos
que le tiraba al curso, fui pasando hasta que la costumbre me hizo agradable lo
que siempre me proponía aborrecible.
Luego que entré en Salamanca, hice las
diligencias de leer a la cátedra de Humanidad; y sabiendo que estaba empeñado
en su lectura y en su posesión mi primer maestro, el doctor don Juan González
de Dios, desistí del gusto y la conveniencia que había aprehendido en mi
instancia. Yo quería esconder el hediondo nombre de astrólogo con el apreciable
apellido de catedrático de otra cualquiera de las disciplinas liberales; pero
contemplando utilidad más honrada la de no servir de estorbo al que me ilustró
con los primeros principios de la latinidad y las buenas costumbres, me rendí a
quedarme atollado en el cenagoso mote del Piscator.
Por este cortesano motivo determiné leer a la
cátedra de Matemáticas; hice mi pretensión con irregularidad y sin apetito a
quedarme por maestro, porque me gritaban las dulces grescas, las sabrosas
bullas, los deleites urbanos y las licencias alegres de la corte, que las
apetecía en aquel tiempo con más ansia que todos los honores y comodidades del
mundo. Salió otro opositor a dicha cátedra, y éste esperaba más felicidad en la
multitud de los votos, persuadido a que por sus años maduros, su encogimiento,
su moderación y sus acciones juiciosas o impedidas, y a la vista de mis
inquietudes, escándalos y libertades, sería más justo acreedor al premio y a
las aceptaciones. Trabajaron
sobradamente mis enemigos, ya ponderando las virtudes del uno, ya las malicias
y los vicios del otro, y ya asegurando que la tropelía de mi genio y la poca
sujeción de mi espíritu produciría notables inquietudes en la pacífica unión de
los demás doctores; y temiendo que yo podía aventajarle en las noticias de la
ciencia o en los lucimientos de los ejercicios, intentaron que no se leyese en
público, sino que nos comprometiésemos los dos opositores a las serenidades de
un examen secreto. Resistíme poderosamente a esta novedad, diciendo con
soberbia cautelosa que no había examinadores tan oportunos que pudiesen
sentenciar en nuestras habilidades y aptitudes; además de que mi intención no
era la de ser catedrático, sino la de hablar en público para desmentir a los
que me habían marcado de ignorante y cumplir con las prevenciones de los
edictos, que éstos pedían una hora de lección de puntos en el Almagesto
de Ptolomeo, argumento de los opositores, y sufrir tercer examen en el claustro
pleno de la Universidad; que esto se había de ejecutar; y faltando al
cumplimiento de alguna de estas circunstancias, o a la más venial providencia o
costumbre de la escuela en orden a la oposición de cátedras, daría parte al rey
y le suplicaría que me permitiese leer en los patios, ya que se trataba de
cerrar los generales.
Serenóse,
con mi resistencia y mi razón, la mañosa novedad que quiso introducir la débil
congregación de algunos miembros descarriados de aquel robustísimo y
sapientísimo senado. Tomé puntos la víspera de Santa Cecilia del año mil
setecientos y veinte y seis; elegí de los tres que se encargan a la suerte y
ventura, explicar el segundo, que fue el movimiento de Venus en el Zodíaco, y,
al día siguiente, al cumplir las veinticuatro horas del término prescrito por
las leyes de la Universidad, marché a las escuelas mayores con algún miedo,
mucha desvergüenza y culpable satisfacción.
Para
expresar con alguna viveza los extremados regocijos, los locos aplausos y las
increíbles aclamaciones que hizo Salamanca en esta ocasión en honra del más
humilde de sus hijos, era más decente otra pluma más libre, menos sospechosa y
más autorizada que la mía, pues, aunque ninguna de las que hoy vuelan en el
público es más propensa a la claridad de las verdades que la que yo gobierno,
no obstante, en las causas tan propias, se descuida insensiblemente el amor
interesado. Pero, pues este lance es el más digno y más honrado de mi
vida, y no es oportuno solicitar a otro autor que lo escriba, lo referiré con
la menor jactancia y vanagloria que pueda.
A las nueve de la mañana fui a entrar en el
general de cánones de las escuelas mayores, y a esta hora estaban las
barandillas ocupadas de los caballeros y graduados del pueblo, y los bancos tan
cogidos de las gentes que no cabía una persona más. En este día faltaron todas las ceremonias que se
observan indefectibles en estos concursos y ejercicios. Los rectores de las
comunidades mayores y menores y sus colegiales estaban en pie en los vacíos que
encontraron. Los plebeyos y los escolares ya no cabían en la línea del patio
frontero al general, y los demás ángulos y centro estaban cuajados de modo que
llegaba la gente hasta las puertas que salen a la iglesia catedral. El
auditorio sería de tres a cuatro mil personas, y los distantes, que no podían
oír ni aun ver, otros tantos. Nunca se vio en aquella Universidad, ni en
función de esta ni otra clase, un concurso tan numeroso ni tan vario. A empujones de los ministros y bedeles
entré a esta hora, condenado a estar expuesto a los ojos y a las murmuraciones
de tantos hasta las diez en punto, que era la hora de empezar. Subí a la
cátedra, en la que tenía una esfera armiliar de bastante magnitud, compases,
lápiz, reglas y papel, para demostrar las doctrinas. Luego que sonó la primera
campanada de las diez, me levanté y, sin más arengas que la señal de la cruz y
un dístico de Santa Cecilia, cuya memoria celebraba la Iglesia en aquel día,
empecé a proponer los puntos que me había dado la suerte, los que extendí con
alguna claridad y belleza, no obstante de estar remotísimo de las frases de la
latinidad. Concluí la hora sin angustia, sin turbación y sin haber padecido
especial susto, encogimiento ni desconfianza, al fin de la cual resonaron
repetidos vítores, infinitas alabanzas y amorosos gritos, durando las
entonaciones plausibles y la alegre gritería casi un cuarto de hora, celebridad
nunca escuchada ni repetida en la severidad de aquellos generales. Serenóse el
rumor del aplauso, y en la proposición de títulos y méritos, que es costumbre
hacer, mezclé algunas chanzas ligeras (que pude excusar), pero las recibió el
auditorio con igual gusto y agasajo. Arguyóme mi coopositor; y entre los
silogismos se ofrecieron otros chistes que no quiero referir, por repetidos y
celebrados entre las gentes, y porque no encuentro yo con el modo de contar
gracias mías sin incurrir en el necio deleite de una lisonja risible y una
vanidad muy desgraciada.
Finalizóse
el acto y volvió a sonar descompasadamente la vocería de los vítores; y,
continuando con ella, me llevó sobre los brazos hasta mi casa una tropa de
estudiantes que asombraban y aturdían las calles por donde íbamos pasando. Esta
aceptación y universal aplauso hizo desmayar a mis enemigos en las diligencias
de oscurecer mi estudio y destruir mi opinión y mi comodidad.
Pasados
tres días tuvo su ejercicio mi coopositor; llenó su hora, y quedó el auditorio
en un profundo silencio. Antes de
poner el primer silogismo, mirando a la Universidad que estaba en las
barandillas, dije que me diese licencia para argüir fuera de los puntos, porque
no había leído a ellos el que estaba en la cátedra, pues, habiéndole tocado
leer de los eclipses de la luna, había hecho toda su lección sobre la tierra,
disputando de su redondez, magnitud y estabilidad; y añadí que le mandase
bajar, que yo subiría a leer de repente. Fue locura, soberbia y
fanfarronada de mozo, pero lo hubiera cumplido. Argüí, finalmente, a los puntos
de su estudiada lección; precipitóme la poca consideración de mancebo a soltar
algunos equívocos y raterías; y acabado el argumento (porque dijo el opositor
que se daba por concluido), sonaron otra vez muchos vítores a mi nombre y
cayeron horrorosos silbos y befas sobre mi desdichado opositor.
La moderación humilde y el disimulo prudente y
provechoso que se debe observar en las alabanzas propias, le están regañando a
mi pluma las soberbias y presuntuosas relaciones de este suceso; la integridad
de la obra y la disculpable ambición a los decentes aplausos me empujan también
a describir con alguna distinción la multitud de sus mayores circunstancias;
pero, pues he determinado callar algunas, concluiré las que pertenecen a este
asunto con más aceleración y más miseria. Faltó, pues, el examen de las facultades matemáticas en el claustro pleno,
para hacer cabal la función. Yo sé el motivo de este defecto, y sé
también que es importante no decirlo.
Votóse
entre setenta y tres graduados, que tanto era el número de los doctores, y tuve
en mi favor setenta y uno. Mi coopositor tuvo un voto, y el otro se
encontró arrojado de la caja. Estaban
las escuelas y las calles vecinas rodeadas de estudiantes gorrones, cargados de
armas y esperando con más impaciencia que los pretendientes la resolución de la
Universidad. Y, luego que la declaró el secretario, dispararon muchas bocas de
fuego, soltaron las campanas de las parroquias inmediatas, echaron muchos
cohetes al aire y me acompañó hasta casa un tropel numeroso de gentes de todas
esferas, repitiendo los vivas y los honrados alaridos sin cesar un punto.
A
la noche siguiente salió a caballo un escuadrón de estudiantes, hijos de
Salamanca, iluminando con hachones de cera y otras luces un tarjetón en que iba
escrito con letras de oro sobre campo azul mi nombre, mi apellido, mi patria y
el nuevo título de catedrático. Pusieron
luminarias los vecinos más miserables y en los miradores de las monjas no
faltaron las luces, los pañuelos ni la vocería. Alternaban músicas y vítores
por todos los barrios y pareció la noche un día de juicio.
Este
fue todo el suceso y todo este clamor, aplauso, honra y gritería hizo Salamanca
por la gran novedad de ver en sus escuelas un maestro rudo, loco, ridículamente
infame, de extraordinario genio y de costumbres sospechosas. Cada hora se escuchaban
en aquellas aulas doctísimas lecciones y admirables proyectos de escolares
prudentes, ingeniosos y aplaudidos, y cada día se ven empleados en las
cátedras, obispados y garnachas, excelentes sujetos de singular virtud, ciencia
y conducta, y con ninguno ha hecho semejantes ni tan repetidas aclamaciones. Averigüen
otros la razón o deslumbramiento de este vulgo, mientras yo le doy con esta
memoria nuevas gracias y me quedo con singulares gratitudes.
Más dócil, más erguido y más sesudo que lo que
yo esperaba de mi cabeza, empecé la nueva vida de maestro, enseñando con
quietud, cariño y seriedad a una gran porción de oyentes que se arrimaron a mi
cátedra los primeros cursos, quizá presumiendo que, entre las lecciones
matemáticas, había de resolver algunas coplas o ingeniosidades de chacorrero
espíritu que todos han presumido en mi humor, gobernándose por las violentas y
burlonas majaderías de mis papeles. Fuese por esta causa o por la de probar los
fundamentos y principios en que estriba un estudio tan misterioso, temido y
olvidado, yo logré ver muchas veces lleno de curiosos a mi general en la hora
que explicaba. Los cosarios a escribir la materia siempre fueron pocos; pero en
el número de entrantes y salientes puedo contar a todos los mancebos que envían
sus padres a seguir otras ciencias que dan más honra y más dinero, pero menos
descanso y más peligro. Nunca se oyeron en mi aula las bufonadas, gritos y
perdiciones del respeto con que continuamente están aburriendo a los demás
catedráticos los enredadores y mal criados discípulos. A los míos les advertí
que aguantaría todos los postes y preguntas que me quisiesen hacer y dar sobre
los argumentos de la tarde, pero que tuviese creído el que se quisiera
entrometer a gracioso que le rompería la cabeza, porque yo no era catedrático
tan prudente y sufrido como mis compañeros.
Un salvaje ocioso, hombre de treinta años,
cursante en Teología y en deshonestidades, me soltó una tarde un equívoco
sucio, y la respuesta que llevó su atrevimiento fue tirarle a los hocicos un
compás de bronce (que tenía sobre el tablón de la cátedra), que pesaba tres o
cuatro libras. Su fortuna - y la mía - estuvo en bajar con aceleración la
cabeza, y esta mañosa prisa lo libró de arrojar en tierra la meollada. Este
disparate puso a los asistentes y mirones en un miedo tan reverencial que nunca
volvió otro alguno a argüirme con gracias.
Continuaba sin pesar desacomodado los cursos
en mi Universidad, y los veranos y vacaciones huía de las seriedades de la
escuela a desenojarme del encogimiento y tristeza escolástica a Madrid y a
Medinaceli, adonde me hospedaba con gusto, con regalo y sin ceremonia mi íntimo
amigo Don Juan de Salazar, que ya descansa en paz. Pasaban sin sentir por mí
los días y los años, dejándome gustoso, sin desazón, sin achaques y entretenido
con las muchas diversiones que se me ofrecían en los viajes, en la corte y en
la casa de este y otros amigos de mi humor, de mi cariño y de todo mi genio. Era Don Juan de Salazar (que fue el que me
arrastraba entonces más que otro todo mi cuidado y amor) un caballero
discretísimo, sabio, alegre y aficionado a la varia lectura, inteligente en los
chistes de la matemática, en los entretenimientos de la historia, en las
delicadezas de la filosofía y en las severidades de la jurisprudencia. Montaba
a caballo con arte, con garbo y seguridad; hacía pocos, pero buenos versos; era
muy práctico y muy frecuente en la campiña, en el monte y en la selva; mataba
un par de perdices, un jabalí y un conejo con donaire, con destreza y sin fatiga,
y era, finalmente, buen profesor de todas las artes de caballero, de político,
de rústico y de cortesano. Vivíamos muchas temporadas en una sabrosísima
amistad y ocupación, ya en su librería, que era varia, escogida y abundante, ya
en el monte, en el dulce cansancio de la caza, y en el estrado de su mujer,
doña Joaquina de Morales, mi señora, donde sonaban los versos, la conversación,
los instrumentos músicos y toda variedad de gracias y alegrías. Representábanse
entre nosotros, los familiares y vecinos, diferentes comedias y piezas cómicas
(que algunas están en mi segundo tomo de poesías) en los días señalados por
alguna celebridad eclesiástica, política o de nuestra elección.
Escribía
también, ya en los ratos que le sobraban a mis deleites, ya por las posadas,
por huir siempre del ocio, por burlarme del mundo y por juntar moneda, los
papelillos que hoy se van cosiendo en tomos grandes. De las sátiras que
arrojaban contra ellos y contra mí, hacía también divertimiento, risa y
chanzoneta. Burlábame de ver sus autores cargados de envidia y de lacería más
que de razón, intentando quitarme el sosiego, la libertad y el aplauso.
Alegrábame mucho siempre que me soltaban algunos papelones maldicientes, porque
al instante se seguía la mayor venta de mis papeles, y el especial regocijo de
ver sus autores encorajados e iracundos contra un mozo picarón, que se le daba
un ardite de toda Constantinopla.
Lleno
de risa y de desprecio contra la necedad de estos furiosos y provocativos
salvajes, rodeado de los requiebros de los aficionados a mis boberías, embebido
en la variedad de gustos y festejos, con bastantes abundancias de fortuna y sin
conocer la cara al sinsabor, al mal ni al quebranto, viví cinco años, que
fueron los intermedios desde que entré en la cátedra hasta que recibí el grado
de doctor. Detúveme en proporcionarme a tan honroso empleo por estar más
desatado para mis aventuras, porque consideraba como estorbo impertinente a mis
correrías la sujeción a los claustros, a las fiestas, a las conclusiones y
otros encargos de este apreciabilísimo carácter. Medroso a las leyes y
estatutos que mandan despojar de los títulos y rentas de maestro al que no se
gradúa en determinado tiempo, hube de rendirme a las ordenanzas y al
cumplimiento de las obligaciones, con bastante dolor de mis altanerías. Tomé el
grado el jueves de ceniza del año de mil setecientos y treinta y dos, en el que
no hubo especialidad que sea digna de referirse; sólo que el martes antes, que
lo fue de carnestolendas, salió a celebrarlo con anticipación festiva el barrio
de los olleros, imitando con una mojiganga en borricos el paseo que por las
calles públicas acostumbra hacer la Universidad con los que gradúa de doctores.
Iban representando las facultades, sobrevestidos con variedad de trapajos y
colores, llevaban las trompetas y tamborilillos los bedeles, reyes de armas y
maestros de ceremonias, y concluyeron la festividad y la tarde con la corrida
de toros con que se rematan los serios y costosos grados de aquella escuela.
Díjose entonces que yo iba también entre los de la mojiganga, disfrazado con
mascarilla y con una ridícula borla y muceta azul; pero dejémoslo en duda, que
el descubrimiento de esta picardigüela no ha de hacer desmedrada la historia.
Con
la circunspección en que me metí y con la mayor quietud a que me sujeté
empezaron a engordar mis humores, a circular la sangre con más pereza, a
llenarse de cocimientos errados el estómago y a rebutirse los hipocondrios de
impurezas crudas, de tristísimos humos y de negras afecciones. Subieron a ser
males penosos todas estas indisposiciones desde el día veinte de enero del año
de treinta y dos, que pasé a las inclementes injurias del aire y la nieve en el
puerto de Guadarrama, en los montes que tiene el conde de Santisteban entre Las
Navas y Valdemaqueda.
Diré
brevemente el suceso. Yo perdí el camino y, al anochecer, rogué a un pastor,
que venía de una de las casas de los guardas de aquel sitio, que me pusiese en
la calzada real. Recibí erradas las señas, y después de haber dejado el carril
que seguía a la distancia que el pastor me dijo, entré en otra carretera
bastantemente trillada y reducida. Caminábamos sumidos en el rebozo de
la capa mi criado y yo, huyendo del azote del aire y la nieve, y a corto trecho
de mí oigo un grito suyo, que dijo: «Señor, que me ha tragado la tierra.»
Revolvíme con prontitud para socorrerle y, al tomar media vuelta sobre la
derecha, se hundió mi caballo con un estruendo terrible y dio conmigo en
tierra, lastimándome con curable estrago, todo un muslo. Salí como pude y, a
pesar de las oscuridades de la noche, percibí que había sacado mi caballo una
pierna atravesada de unos clavos de hierro, introducidos en dos trancas
horrorosas de madera, a quien llaman cepos los cazadores de los lobos. Acudí a
mi criado y lo hallé tendido debajo de su animal, que estaba también cogido en
otro cepo. Hice muchas diligencias
para ver si podía quitarles las pesadas cormas y, como en mi vida había visto
semejante artificio, no encontré con los medios de librar de él a mis caballos.
Medrosos de no caer en otras trampas, y desesperados de no poder levantar del
suelo a nuestros animales, hicimos rancho, expuestos toda la larga noche a los
rigores y asperezas del frío y el viento. Con los pedernales de las pistolas,
pólvora y los trapos de una camisa que saqué de mi maleta, encendíamos lumbre,
pero luego se nos volvía a morir con la humedad. En esta tristísima fatiga, y
con el desconsuelo de no oír ni un silbo, ni un cencerro, ni seña alguna de
estar cercanos a algún chozo, majada o alquería, nos encontró la luz de la
mañana, a la que vimos el estrago y pérdida de nuestros rocinantes. Cargamos
con nuestras maletas a pie, y a breve rato dimos con el lobero; sacó éste los
pies de los caballos de los cepos; reconocimos que el uno tenía cortados los
músculos, nervios y tendones de la pierna, y que el otro solamente los tenía
atravesados. Guiónos a la casa de un guarda llamado Calabrés, y en su
chimenea nos reparamos del frío de la noche; nos dio para almorzar una gran
taza de leche, puso para comer una estupenda olla con nabos y tocino y, gracias
a Dios, pasamos felizmente el día. Murió
el un caballo, y el otro se curó con mucha dificultad en Las Navas; y en dos
jacos de alquiler de este lugar proseguimos nuestra derrota hasta Ávila de los
Caballeros, y en la casa del marqués de Villaviciosa acabé de convalecer de mi
tormenta con sus favores, sus regalos y mi conformidad.
Prólogo
fue del libro de mis desgracias esta melancólica aventura, porque detrás de
ella se vino paso a paso mi ruinoso destierro, en el que padecí prolijas
desconveniencias, irregulares sustos y consideraciones infelices. Pero fui, al
mismo tiempo, tan afortunadamente dichoso que vi sobre mí una lástima universal
de los nacionales y extraños, una aclamación increíble y un amor tan honrado
que jamás aspirara a presumir.
Si
yo pudiera poner en esta escritura, sin irritar a los actores y testigos que
todavía han quedado en el mundo, las particulares menudencias y circunstancias
que estoy deteniendo en mi pluma, creo que sería este pasaje el único que
pusiese alguna enseñanza, algún gusto y dilatada estimación en esta historia.
Yo conozco que es importante que estén ocultos los primeros principios y muchas
circunstancias de los medios y los fines de este escandaloso suceso, por lo que
determino contentar al lector con instruirle en las verdades más públicas, para
que pueda entretenerse sin el resentimiento de los fabricantes de mi pasada
penalidad. Es cierto que en los libros de las novelas, ya fingidas, ya
certificadas, y en los lances cómicos inciertos o posibles, no se encuentra
aventura tan prodigiosa ni tan honrada como la que me arrojó a padecer los
rigores de un largo y enfadoso destierro. El que quisiere quedar instruido,
registre algunos papeles míos que con facilidad se tropiezan en las librerías,
y hallará (aunque revueltos con estudiada confusión) los motivos de mi
ignominia y mi desgracia.
En
las dedicatorias a mis almanaques de los años de 34 y 35, hechas a los
excelentísimos señores marqués de la Paz y don Josef Patiño, que aún duran en
el libro intitulado Extracto de los pronósticos de Torres, está
patente mi inocencia y embozada con los rodeos de una astucia loable la raíz
principal de las conjuraciones que labraron mis desconsuelos y desdichas. En dos
membretes impresos en Bayona de Francia, el uno dictado por don Juan de
Salazar, compañero en la conturbación, en la fatalidad, la fuga y la fatiga, y
el otro proferido por mí al rey nuestro señor, suplicando a su piedad con
lastimosos y rendidos ruegos para que nos oyese su justicia, aparecen también
algunas luces de la clara verdad de este suceso. En estos papeles, en la
representación que los ministros hicieron a su real majestad y en la confesión
de don Juan consta solamente que, provocado este caballero de las injurias de
un clérigo poco detenido, se dejó coger de las insolencias de la cólera y,
abochornado de sus azufres, tiró de la espada y abrió con ella en los cascos
del provocante un par de roturas de mediana magnitud.
Dicen
que fue el herido con las manos en la cabeza, no a curarse, sino a solicitar la
ira de un contrario poderoso, en cuya confianza y valimiento apoyaba su
reprehensible temeridad. Arbitraron (para prevenir con más eficacia sus
rencores y nuestras pesadumbres) que con las heridas frescas partiese quejoso a
informar al presidente de Castilla. Así lo hizo el buen sacerdote, y marchó
colérico, sanguino, con las dos faltriqueras en los cascos, y ante su tribunal
dijo que aquellas heridas se las había impreso don Juan de Salazar, y añadió,
finalmente, que don Diego de Torres había tenido la culpa. Éste es todo el
hecho público y ésta es la historia que se cantaba en aquel tiempo. Los
antecedentes, motivos y crueles asechanzas que pusieron a don Juan en la
precisión de examinar ciertas osadías del herido y otras diligencias de sus
alianzas, quedarán encubiertas hasta el fin del mundo. Lo que yo aseguro, ahora
que estoy libre y por la misericordia de Dios perdonado de las sospechas en que
impusieron al ánimo piadoso del rey, es que no consentí la menor tentación ni
tuve la más leve culpa en orden a la estocada del clérigo, ni hablé jamás ni en
chanza ni en veras, ni con la insinuación ni con el deseo, en semejante asunto;
y en todos los ardides, probanzas y juramentos con que intentó la malicia
destruir mi fidelidad, mi honor y buena correspondencia, juro por mi vida que
fueron falsos, y esto juraré a la hora de mi muerte.
Deseo con ansia sacar a mi discurso de este
atolladero. Crea el lector lo que gustare, y véngase conmigo a saber (si le
agrada) lo que ya puedo decir con verdad, con descanso, sin peligro y sin
ofensa.
Los que tomaron el coraje, la voz y los
poderes del herido dieron cuenta al rey, probando el delito sin nuestra
confesión, examen ni disculpa; y temerosos de que la providencia regular nos
pusiese en prisión, salimos de Madrid al Esquileo de Sonsoto y Trescasas, en
donde esperamos ocultos la resolución de la consulta. Llegó, como mala nueva,
breve y compendiosa, sin haber padecido la más leve detención en el viaje desde
Sevilla (donde estaba a esta sazón la corte) hasta el Real Consejo. Contenía el
real orden pocas palabras, porque sólo mandaba que, por ciertas causas, fuese
don Juan de Salazar por seis años al presidio del Peñón y don Diego de Torres
extrañado sin término de los dominios de España.
Nos dio esta buena noticia el clérigo
caritativo de la cabeza rota, que a un tiempo le hacía su buen corazón parcial
con el arrepentimiento de la injuria y la venganza, y con la enemistad furiosa
de nuestros contrarios y enemigos. Antes que las diligencias judiciales nos
encontraran en donde pudiesen notificarnos el real decreto, huimos, aconsejados
del temor y la reverencia del Esquileo de Sonsoto, con la deliberación de no
parar hasta Francia.
El
día 12 de mayo, a las dos de la tarde, salimos del expresado lugar, a caballo y
con el alivio de seiscientos doblones y dos criados que nos servían con
puntualidad y con cariño. Llegamos al anochecer a la Granja del Paular de
Segovia, donde nos regaló y consoló tres días el venerable padre don Luis
Quílez, procurador de aquella silenciosa comunidad de vivientes
bienaventurados. Dadas desde allí todas las prevenciones e industrias para
lograr los avisos y las cartas que informasen de nuestra vida y nuestros
negocios, y advirtiendo a los criados que nos tratasen como amigos y camaradas,
trocados los nombres, el de don Juan de Salazar en Bernardo de Bogarín y el mío
en Manuel de Villena, tomamos la bendición de aquellos enterrados religiosos y
nuestra derrota, con alguna melancolía, pero felizmente conformes con los
trabajos y el paradero con que nos tenía amenazados el odio y la fortuna. Enderezamos
nuestro destino a la Francia. Eran las ermitas y conventos de frailes nuestro
refugio, sagrado y abrigo; y cuando estos lugares no se proporcionaban a la
regularidad de las jornadas, se disponía el rancho en las campañas, y sobre la
tierra de Dios, que estaba bien mullida de las lluvias, asentábamos los catres,
los aparadores y los repuestos, que lo eran las mantas y albardones de nuestros
caballos, que iban bien almidonados de mataduras y costrones. Los avisos
frecuentes que nos dieron de la corte eran que habían salido en nuestra
solicitud varias requisitorias, encargando a los intendentes, corregidores o
alcaldes de cualquier pueblo que nos aprisionasen y detuviesen en el lugar
donde pudiésemos ser habidos. En los mesones, en los conventos y otros parajes
en donde nos cogía el mediodía, la noche y la gana de comer, se mezclaba
nuestra astucia y curiosidad en la conversación de los peregrinos, los arrieros
y otros concurrentes, preguntando qué había de nuevo en Madrid, y entre las
novedades salía al punto a danzar nuestra tragedia. Mormurábamos de nosotros mismos con cuantos se nos
ponían delante. Afeábanse las ligerezas de los hechos, maldecíanse los
escándalos de los delincuentes y se glosaba sobre el asunto con libertad
extraordinaria. Nosotros atizábamos con disimulo importante el fuego de la
mormuración, y especialmente cuando el relator era algún crítico aficionado a
la poca caridad o algún hipócrita de los que quitan los créditos por amor de
Dios y las honras por el bien de las almas.
Divertía
mucha parte de nuestros sustos y desvelos este juguete y la ridícula variedad
con que oíamos referir nuestra lastimosa historia. Unos aseguraban que nos
vieron ahorcados; otros, que ya comíamos el bizcocho de munición en las
Alhucemas, y muchos se mantenían en la verdad de nuestra fuga. El suceso
se contaba en cada sitio de diferente modo y sustancia. Decíase por unos que
una dama principal era el agente y motivo de nuestra desolación; por otros, que
una comedia satírica representada contra el gobierno, y los más aseguraban que
por haber muerto a un cura y herido a otro; y a estas mentiras las rodeaban de
unas circunstancias tan infames e imposibles que más nos producían la risa que
el enfado. La ignorancia de nuestras personas puso también a muchos en una
curiosidad aventurada y a nosotros en nuevos y evidentes peligros.
En Burgos nos marcaron por frailes apóstatas,
porque en un convento de aquella ciudad nos oyeron argüir en filosofía y
teología; y como esta acción era extraña del traje corto y picaresco que
elegimos para disimularnos, se persuadieron los oyentes a que nuestro estudio y
modestia no podía salir de otro lugar que de los claustros religiosos. Entre
los que no nos trataban pasamos plaza de contrabandistas, gobernando su
presunción por los informes del vestido, del gesto y de las armas. La
pesadumbre con que caminábamos no era mucha, porque la esperanza de que llegaría
(aunque tarde) el conocimiento de mi inocencia y el perdón de la destemplanza
de mi amigo, el gusto de ir viendo países nuevos y gentes no tratadas, el
alivio de los seiscientos doblones que llevábamos en nuestros bolsillos y los
buenos caballos que nos sufrían y autorizaban, nos iban templando la mayor
prolijidad de nuestras penas, enojos y fatigas.
No quiero poner aquí el montón de angustias
que padecimos a ratos en nuestro viaje, ya producidas del miedo de no dar en
una prisión, ya del cuidado que nos acosaba el espíritu con la memoria de
nuestras casas y familias, porque no se me aburran los lectores con la
vulgaridad de la relación de unos lances tan indefectibles que se los puede
presumir el más rudo; imagínelos el que lea, y quedará menos enojado con su
discurso que con la torpeza de mis enfadosas expresiones.
Llegamos a Bayona de Francia, y en esta ciudad
nos detuvimos algunos días esperando en las cartas los consuelos de alguna
serenidad y arrepentimiento de los conjurados que se habían enardecido contra
nuestra quietud. Nos certificaron los avisos de los agentes de Madrid el mal
estado de nuestra libertad y las pocas esperanzas que por entonces podíamos
tener en orden a reconciliarse los ánimos de los unos y los otros; y mi amigo,
que llevaba al cuidado de su discreción las resoluciones de las dos voluntades,
determinó que al punto partiésemos a París. Halló pronta mi obediencia, mi
amistad y mi gusto; y al día siguiente marchamos, persuadidos a que el favor
del señor marqués de Castelar, que se hallaba embajador de España en aquella
corte, sería el único medio y remedio contra las adversidades que nos empezaban
a perseguir.
Reconociendo
con puntualidad las ciudades, caseríos y villajes intermedios, llegamos a
Burdeos, en donde nos encontró un criado de don Juan, que traía cartas más
recientes que las que recibimos en Bayona. Tuvo con ellas la mala novedad de
que le habían embargado sus bienes, y que los enemigos adelantaban a tal
extremo sus rencores, que habían irritado sumamente a los jueces; y, por
último, le persuadían a volverse a España a presentarse a la justicia, porque
éste sólo era el único modo de volverse a su hacienda, casa y opinión. Con este
aviso y este consejo mudó el propósito de continuar las jornadas a París, consultando
conmigo sus deliberaciones. Y como yo no me había quedado con más obligación ni
más voluntad que la de conformarme a sus ideas, asentí en ésta sin la menor
repugnancia ni disputa. Cargaron sobre don Juan todas las resoluciones y las
diligencias judiciales, porque, como era público que mis muebles no podían
valer para pagar un alguacil, ni mis raíces para satisfacer un pedimento, ni mi
persona podía ser útil sino para añadir un estorbo a la cárcel y un comedero
más a la cofradía de la Misericordia, no se acordaron de ella para nada.
Don
Juan embargado y yo sin embargo, nos volvimos desde Burdeos para España con el
dolor de las malas nuevas de nuestra libertad y con el sentimiento de no ver a
París, adonde nos guiaba aún más el gusto que la esperanza de nuestros alivios.
A entender en los medios y las astucias de no ser sorprendidos de las rondas de
las aduanas, a cuya estratagema y desvelo estaba cometida nuestra prisión, y a
imprimir los dos memoriales de que ya hice memoria en los párrafos antecedentes,
paramos segunda vez en Bayona. Desde allí remitimos a Sevilla (donde a esta
sazón estaba la corte) trescientos memoriales a diferentes señoras, señores,
ministros y agentes para que solicitasen el buen despacho de nuestras súplicas,
que todas se encaminaban a que el rey nos oyese en justicia, que se nos
examinase en el tribunal que su piedad y su rectitud se dignase de elegir. La
resulta fue que a don Juan se le oyese en justicia, y mi nombre no apareció
para nada en el decreto.
Disfrazados
en el traje de arrieros (que ésta fue la resolución que pensamos por oportuna
para escaparnos de las rondas) con los vestidos de unos mercaderes de
Fuentelaencina que casualmente tropezamos en Bayona, salimos de ella,
capitulando llegar a un tiempo mismo a su lugar y satisfacer en las aduanas los
derechos que se pagan al rey por los géneros extraños. Ellos, galanamente
adornados con nuestros vestidos y caballos, y nosotros, sorbidos en unos
coletos mugrientos, en mangas de camisa, con los botines abigarrados, la vara
en el cinto, gobernando los ramales de seis mulos y gruñendo votos y porvidas,
nos desaparecimos de Bayona por diferentes carriles, sin más diferencia que una
hora de tiempo. Fuimos pasando por los lugares donde paraban las requisitorias;
nos encontramos muchas veces con las rondas, y ninguno de los jueces ni los
guardas nos pudo descubrir ni aun sospechar, porque es cierto que íbamos
discretamente disfrazados. Con dos horas de diferencia (sin habernos acaecido
aventura singular en el viaje) llegamos a Fuentelaencina, entregamos los
machos, los géneros y la cuenta, y dimos mediana razón de nuestras personas y
muchas gracias a los mercaderes. Despedidos de ellos, discurrió mi amigo
en que el medio más seguro para empezar a tratar de nuestro negocio era el
dividirnos. En esto quedamos, y don Juan se cargó con el cuidado de asistir a
mi madre y darla quinientos reales cada mes, lo que cumplió como caballero y
hombre de bien, que sabía mi inocencia y la injusticia que los enemigos me
habían hecho en quitarme la opinión, la comida y la libertad. Engendró en los
contrarios algunos celos esta liberalidad; pero sepan los que hoy viven que,
después que volví de mi destierro a mis honores y a mis conveniencias, pagué a
don Juan toda la cantidad con que su garboso genio remedió la desventura en que
mi madre quedaba; y aunque no lo dio con el fin de la cobranza, yo lo recibí
con el deseo de la satisfacción.
Tristísimamente desconsolados, sin acertar con
las palabras de la despedida ni con las voces de los consuelos, nos dividimos,
tomando don Juan el camino de Madrid y yo el de Salamanca. Apenas llegó, se
presentó en la cárcel de Corte, y desde allá le colocaron en el convento de San
Felipe el Real, donde hizo judicialmente una declaración honrosa y verdadera de
todos los hechos; y vista por los señores del Real Consejo, de las órdenes de
quienes era súbdito por ser el delincuente caballero de la orden de Santiago,
fue absuelto de los seis años del Peñón, y nuevamente sentenciado a un año de
residencia en el convento de Uclés, de la misma orden.
Mientras don Juan estaba padeciendo los
enfados de los interrogatorios, las comisiones de los alguaciles, los consejos
de los impertinentes y la reclusión en aquella venerable casa, estaba yo
paseando las calles de Salamanca, lleno de dudas y sospechas, disponiendo la
conformidad a cuanto me quisiese remitir la Providencia, la desgracia o la
fortuna. Un mes estuve en esta suspensión, sin que mi jefe el maestrescuela, ni
el corregidor del lugar, ni otra ninguna persona me hablase una palabra en
orden a mis aventuras. Llegué a persuadirme que estaría perdonado o a que fue
ficción de mis enemigos la voz tan válida y acreditada del destierro; y una
mañana, cuando más olvidado vivía yo de mis desgracias, se entró por mis puertas
el alcalde mayor don Pedro de Castilla y me notificó la orden del rey, en que
su majestad se dignaba de que fuese extrañado de sus dominios. Salí en aquella tarde con dos corchetes y un
escribano, y en treinta horas me pusieron en Portugal, sujeto a las leyes del
señor don Juan V, el justiciero y piadoso monarca de aquel breve mundo.
Ya
tengo escrito este pasaje en la dedicatoria al excelentísimo marqués de la Paz,
en el pronóstico del año 1734; acudan a él los curiosos, pues es molestia
demasiadamente enfadosa repetir en estos pliegos lo que ya tengo escrito en
otras planas. Hallé, gracias a Dios, en los políticos y los rústicos de aquel
reino piadosísimas atenciones, dádivas corteses, lástimas graciosas y una
caridad imponderable. Ni en el escrupuloso genio de los portugueses ni en la
delicadeza de mi estimación produjo el más leve perjuicio el mal olor de
delincuente con que ya estaban apestados, ni el contagio de infame con que me
presenté a sus ojos, llevando sobre mí el sayo de capitalmente condenado.
Recibiéronme, gracias a Dios, con un gozo y un agasajo que jamás pude presumir.
Rodando las aldeas, caseríos y ermitas cercanas a las hermosas ciudades de
Coimbra, Villa-Real y Lamego, anduve cuatro meses bien divertido y regalado en
las casas de los curas, los fidalgos, los jueces, los médicos y otras personas
de gusto y conveniencias. Repasaba muchos ratos felizmente gustoso, con la
memoria y la narración de mis anteriores aventuras, cuando me vieron aquellos
montes con el ropón de ermitaño.
Los
recuerdos del dichoso don Juan del Valle eran frecuentes asuntos de las
conversaciones, siendo gozo de los que le trataron y fatiga bien empleada de
los que no lo conocieron la repetición de sus virtudes escondidas. Parlaba con
los abades y los hidalgos instruidos (de que hay abundancia en aquel reino) de
los sistemas de la filosofía reciente; componíamos el mundo de los átomos, de
la materia sutil, de la estriada y globulosa; regañábamos con Aristóteles, y se
decía entre nosotros que no supo explicar un fenómeno de la naturaleza; y con
la repetición de los disparates de Cartesio, de las presunciones de Regis y las
vanidades de los que hoy garlan en el mundo, con sus librillos repletos de
rayas, círculos y figuras, los tenía ansiosamente embelesados. Resollaba con
los médicos muchas pataratas astrológicas; disculpaba los embustes, astucias y
engaños de su facultad y lo dudoso de sus juicios y recetas, pero con tal
advertencia que no los enojase mi poca fe y el escarnio con que me quedo contra
la credulidad de los que no piensan que hay muerte y que para todo hay remedio.
Echaba mis párrafos de política, de áulica, de guerra y de cuanto imaginaba
oportuno a la inclinación de los oyentes. Aseguro al que lee que en mi
vida he hablado ni tan varia ni tan disparatadamente como entonces; pero era
disculpable mi garrulidad, porque la precisión de tenerlos gustosos y parciales
hizo alborotar con demasía a mi natural silencio.
Con este trato humilde, agradable y astuto vivía
en aquellos cortos lugares, hasta que, cansado de su brevedad, me mudé a
Coimbra, adonde no pude detenerme sino muy poco tiempo, por causa de que aún
vivía (aunque muy viejo y postrado) el majadero celoso que me dio motivo para
dejar la vez primera que la pisé aquella hermosísima ciudad. No obstante este
ridículo estorbo, y persuadido a que la mudanza de mi nombre y traje le habrían
ya borrado de su memoria los accidentes de mi figura, quise alicionarme con el
trato y la conferencia de algunos de los doctores de aquella, grande por todos
modos, Universidad. Baptizado tercera vez con el
nombre de Francisco Bermúdez, hablé de mi verdadero nombre y persona con varios
sujetos de la primera distinción, gobierno y sabiduría de aquella escuela, y me
significaron el especial honor que lograrían en que el doctor don Diego de
Torres fuese a servir la cátedra de Matemáticas que tenían vacante por muchos
años por falta de opositor y pretendiente. Yo les aseguraba que conocía a
Torres y que estaba olvidándose del mundo en uno de los lugares de la raya,
obedeciendo el real decreto de su rey, que le tenía extrañado de sus dominios.
Prometí que le significaría lo mucho que tenía que agradecer a sus buenos
deseos, manifestando las honradas proposiciones con que procuraban premiar sus
fatigas y desvanecer sus desconsuelos. Añadieron a estas favorables promesas
que perdonarían los gastos de la incorporación del grado, el examen y
ejercicios, y consultarían al rey para que, sin ejemplar, aumentase los
salarios de la cátedra.
Antes
que pudiese la casualidad o la malicia descubrir que yo era el Torres que
solicitaban, dejé a Coimbra y vine a parar por otro par de semanas a Mirandela
y a la Torre de Moncorvo, y de este lugar escribí a los doctores de la comisión
que don Diego de Torres sólo atendía a los cuidados de manifestar al rey su
veneración, su inocencia y todas las operaciones de fidelísimo vasallo, y que
perdería todas las esperanzas y comodidades de honra y de riqueza que le
pudiese dar el mundo hasta demostrar su fidelidad, su celo y su inalterable
esclavitud. Persuadílos en la carta lo agradecido que quedaba a la altísima
honra de tan-gloriosa universidad, y otras expresiones muy rendidas, muy
reverentes y muy verdaderas.
Vago
y ocioso de uno en otro pueblo vivía yo, esperando en el examen de los jueces y
en la piedad del rey la restitución a mi patria, pero mi mala suerte me
retardaba los alivios. Muchas veces me vi acometido de los pensamientos de
ponerme en Lisboa, ya agasajado de los deseos de volver a instruirme en aquella
gran corte, ya incitado de las cartas y las proposiciones con que me llamaron
algunos príncipes; pero conociendo que me exponía a la infamia de ser ingrato o
a la angustia de hacer imposible la vuelta a Castilla, no me determiné a consentir
ni a los honrosos llamamientos de los próceres ni a los alegres gritos de mi
curiosidad.
Mientras que yo andaba desocupado, sin destino
seguro y lleno de indeliberaciones, ideas, arrepentimientos y propósitos,
cumplió don Juan su reclusión de Uclés; y, habiéndose restituido a Madrid,
continuaba con fervor incansable las diligencias y oficios de mi libertad y
restitución. Escribióme que sería oportuno que alguna de mis hermanas se
apareciese en la corte a besar los pies del rey y a suplicar a su real ánimo
por mi libertad, por su alivio y el de mi pobre madre; y en pocos días se
pusieron desde Salamanca en el camino de Valsaín (adonde estaba la corte) mi
hermana Manuela, mi sobrina Josefa de Ariño y mi primo Antonio Villarroel.
Encontraron en el ministro un agrado piadoso,
en los grandes sujetos de la corte una lástima cariñosa y en los más ignorados
una inclinación favorable y una prontitud increíble, llena de consuelos,
alivios y breves esperanzas. El puro llanto de mis inconsolables parientes y la
porfiada asistencia a las puertas del ministro y la general misericordia con
que todos miraban a mi pobre hermana y sobrina, me sacaron del tristísimo
cautiverio al puerto de la felicidad y la ventura. El eminentísimo señor
cardenal de Molina, mi señor, de orden del rey, me volvió mejorada la libertad
y la honra en una carta que guardo para mi confusión, mi gratitud y mi
seguridad.
Volví a mi patria, y en ella me recibieron
muchos con contento, algunos con desazón y los más con una indiferencia
sospechosa y aun fuga reparable, porque juzgaban que lo desterrado era
enfermedad pestilente y que el odio de los enemigos podía introducirse en sus
deseos, esperanzas y conveniencias. No me admiré, porque éste es un temor común en los espíritus desdichados y
una enfermedad incurable en todo lugar de pretendientes.
Tres
años duró la privación de mi libertad; y aunque tuve en ellos la paciencia y
alivios que dejo expresados, también padecí en este intermedio otra
conjuración, no tan poderosa, pero más terrible y abominable que la que fue
causa del destierro. Callaré su naturaleza, los productores y el lugar
del delito, porque la caridad que debo tener con el prójimo me estorba la queja
y la noticia. Viven muchos que pudieran ofenderse de mi descubrimiento y no es
justo dar que sentir a ninguno, cuando no importa a mi opinión ni a mi quietud
que se queden en el silencio su arrojo y mi conformidad. Sólo puedo decir, para
mi confusión, que el Real Consejo de las Órdenes tomó la providencia de
averiguar la torpeza de la acción; y, examinada con muchos testigos, desengaños
y papeles, halló el reo oculto, encontró con mi inocencia ahogada y fue
sobrecogido de una lastimosa compasión de ver los crueles enojos y facinerosas
asechanzas con que daba en aborrecerme la fortuna.
Padecí en este tiempo, en extrema soledad, con
mucha pobreza y riguroso desabrigo, dos enfermedades agudas que me asomaron a
la boca del sepulcro. Fue la una un soberbio garrotillo, que me agarró bien
descuidadamente en una miserable aldea de Portugal, en la casa de un pobre
pescador honrado, piadoso y diligente. En el angosto cubierto de su estrecha
habitación, resumida toda a un negro portal y a una cocina poco ahumada, y
sobre un desmembrado jergón compuesto de los destrozos de sus viejas redes,
estuve lidiando con las zozobras de tan maligna y traidora enfermedad. Fui, en
un tomo, el dotor, el cirujano y el enfermo; y quiso la providencia de Dios
que, en un sitio tan retirado, tan mísero y tan inculto, no me faltase lo
conducente para detener las atrevidas prontitudes del afecto.
Tenía mi ángel pescador arrojadas sobre unos
tablones muchas simientes de calabaza y de melón, que reservaba su economía y
su industria para sembrar en un pedazo de terreno que tenía arrendado, y una
cazuela barrigona de barro zamorano más que mediada de azúcar (provisión
indispensable en la casa más pobre de aquel reino); y con estas simientes me
disponía unas horchatas medianamente frescas en la garapiñera del sereno, las
que bebía por tarde y por mañana. Dábame
en las horas oportunas unos caldos de coles y tocino; y con aquella golosina y
remedio, estas substancias y seis sangrías que repartí entre los brazos y las
piernas, me libré de morir ahorcado entre las garras de tan violento e
implacable verdugo. Nunca fui tan agradecido ni tan apasionado a los cortos
elementos de la medicina como en esta ocasión, y el haber leído que a esta idea
de achaque se ocurre con las sangrías y los refrescos, me sirvió de un notable
alivio y una confianza saludable. Para que al lector no le quede confusión
alguna en orden al modo y la prontitud de ejecutar las evacuaciones de sangre,
sepa que ha muchos años que llevo en mi bolsillo, y especialmente a los viajes,
un estuche con herramientas de cirugía, pluma, tintero, hilo y abuja, y otros
trastos con que divertir y remendar la vida y el vestido.
Fue
la otra enfermedad una calentura ardiente que me saltó en el convento de San
Francisco de Trancoso, en la que fui asistido dichosamente de un confesor sabio
y devoto y de un médico necio e ignorante. En este peligro libró con más
ventajas mi conciencia que mi cuerpo, porque en aquélla no quedó rastro ni
reliquia de escrúpulo, y de mi humanidad aún no he podido ver sacudidas las
maldades que dejó en ella o plantó de nuevo con sus malaventuradas zupias y
brebajes. Después de diferentes recaídas, vino a parar en una tísica
incipiente, y hubiera pasado a la tercera especie, a no haber escapado de sus
uñas.
Desesperado con la asistencia y la ignorancia
de este bruto dotor, determiné que un lego enfermero de la casa me diese un
botón de fuego entre tercera y cuarta vértebra del espinazo, para que, abriendo
una fuente en este sitio, se viniese a este conducto la destilación que corría
precipitada a los pulmones. Con la esperanza de esta medicina, dictada a mi
antojo, y sin temor a mi flaqueza ni a las injurias del temporal, me mudé a
Ponte de Abad, lugar en donde, por la misericordia de Dios, no había médico ni
boticario. Con la falta de estos dos enemigos, con mucha paciencia y el consuelo
de ir palpando las buenas noticias que daba mi albañal, me vi libre en pocos
días de tan rebelde y desesperada dolencia.
Otros trabajos y desdichas sufrí en esta larga
y penosa temporada, pero los suavizó mucho mi conformidad y los deleites que no
dejaban de encontrarme a cada paso, de modo que iba corriendo mi vida como la
del más dichoso, el más rico y el más acompañado, pues para todos vienen las
pesadumbres y los gustos, la salud y la enfermedad, el ocio y el
entretenimiento, la miseria y la abundancia, porque la vida del más feliz y el
más desgraciado está llena de sobras y faltas, alteraciones y serenidades,
tristezas y alegrías, y con todo, se vive hasta la muerte.
Gozando de la quietud de mi casa, de la
compañía dulce de mi madre y hermanas, de la conversación de mis amigos y de
las adulaciones de mi tintero y de mi pluma, me estuve un año en Salamanca,
hasta que con la licencia del eminentísimo cardenal de Molina, mi señor, vine a
Madrid. Aposentóme (con admiración y susto de los contrarios y honrado gozo de
los afectos) don Juan de Salazar en su casa, y con esta acción volcó muchos
juicios y arruinó mil conjeturas poco favorables a nuestra amistad y confianza;
corrimos en su coche paseos públicos, visitamos con ancha alegría a nuestros
apasionados, con política estrecha a nuestros enemigos y con reservada
prudencia a los indiferentes en las noticias y acciones de nuestros trabajos y
sucesos. Nuestra presencia y amistad produjo muchos desengaños, desató muchas
dudas y puso respeto a no pocas jactancias y mentiras. Con esta diligencia y la demostración de la
constancia inseparable de nuestro cariño, se serenaron las inquietudes y se
enterraron todas las ideas y máquinas de los genios revoltosos, noveleros y
desocupados. Pasé con mi amigo felizmente todo el verano y, pocos días antes de
San Lucas, me volví a Salamanca a cumplir mis juramentos y mis obligaciones. Y
al año siguiente, que fue el de 1736, después de finalizadas mis tareas, empecé
a satisfacer varios votos que había hecho por mi libertad y mi vida en el
tiempo de mi esclavitud y mis dolencias.
Fue
el más penoso el que hice de ir a pie a visitar el templo del apóstol Santiago,
y fue sin duda el más indignamente cumplido, porque las indevotas, vanas y
ridículas circunstancias de mi peregrinación echaron a rodar parte del mérito y
valor de la promesa. Salí de Salamanca reventando de peregrino, con el
bordón, la esclavina y un vestido más que medianamente costoso. Acompañábame
don Agustín de Herrera, un amigo muy conforme a mi genio, muy semejante a mis
ideas y muy parcial con mis inclinaciones, el que también venía tan fanfarrón,
tan hueco y tan loco como yo, afectando la gallardía, la gentileza y la pompa
del cuerpo y del traje, y descubriendo la vanidad de la cabeza. Detrás de
nosotros seguían cuatro criados, con cuatro caballos del diestro y un macho
donde venían los repuestos de la cama y la comida. Atravesamos por Portugal
para salir a la ciudad de Tuy, y en los pueblos de buenas vecindades nos
deteníamos, ya por el motivo de descansar, ya por el gusto de que mi compañero
y mis criados viesen sin prisa los lugares de aquel reino, que yo tenía
medianamente repasado. Divertíamos poderosamente las fatigas del viaje en las
casas de los fidalgos, en los conventos de monjas y en otros lugares, donde
sólo se trataba de oír músicas, disponer danzas y amontonar toda casta de
juegos, diversiones y alegrías. Convocábanse,
en los lugares del paso y la detención, las mujeres, los niños y los hombres a
ver el Piscator, y, como a oráculo, acudían llenos de fe y de
ignorancia a solicitar las respuestas de sus dudas y sus deseos. Las mujeres
infecundas me preguntaban por su sucesión; las solteras por sus bodas, las
aborrecidas del marido me pedían remedios para reconciliarlos; y detrás de
éstas, soltaban otras peticiones y preguntas raras, necias e increíbles. Los
hombres me consultaban sus achaques, sus escrúpulos, sus pérdidas y sus
ganancias. Venían unos a preguntar si los querían sus damas; otros a saber la
ventura de sus empleos y pretensiones; y, finalmente, venían todos y todas a
ver cómo son los hombres que hacen los pronósticos, porque la sinceridad del
vulgo nos creen de otra figura, de otro metal o de otro sentido que las demás
personas, y yo creo que a mí me han imaginado por un engendro mixto de la casta
de los diablos y los brujos. Este viaje le tengo escrito en un romance que se
hallará en el segundo tomo de mis poesías, y en el Extracto de pronósticos,
en el del año 1738, en donde están con más individualidad referidas las
jornadas; aquí sólo expreso que sin duda alguna hubiera vuelto rico a Castilla
si hubiese dejado entrar en mi desinterés un poco de codicia o un disimulo con
manos de aceptación; porque, con el motivo de concurrir a la mesa del
ilustrísimo arzobispo de Santiago, el señor Yermo, el médico de aquel cabildo
don Tomás de Velasco, hombre de mucha ciencia, mucha gracia y honradez, hablaba
de mí en todos los concursos (claro está que por honrarme) con singularísimas
expresiones de estimación hacia mi persona y mis bachillerías. Agregáronse a su
opinión y su cortesanía los demás médicos, y no hubo achacoso, doliente ni
postrado que no solicitase mi visita. Atento, caritativo y espantado de la
sencillez y credulidad de las gentes, iba con mi dotor sabio y gracioso a ver,
consolar y medicinar sus enfermos, los que querían darme cuanto tenían en sus
casas. Agradecí sus bizarrías, sus agasajos, y les dejé sus dones y sus
alhajas, contentando a mi ambición con la dichosa confianza y el atentísimo
modo con que me recibieron. Mucho tendría de vanidad y quijotada este desvío en
un hombre de mi regular esfera, pero también era infamia hacer comercio con mis
embustes y sus sencilleces, no teniendo necesidad ni otro motivo disculpable.
Dejando
contentos a los médicos, y muy distraídos de aquel error común que me capitula
de enemigo grosero y rencoroso de las apreciables experiencias de su facultad,
y consolados a los enfermos, aquietando a unos sus aprehensiones y realidades
con remedios dóciles, y persuadiendo a otros que la carestía de los
medicamentos era el más oportuno socorro para sus dolencias, pasé a la Coruña,
en donde me sucedió el aplauso y el honor de aquellos honradores genios con el
mismo alborozo que en Santiago. Desde aquel alegre y bellísimo puerto de mar
tomé el camino de Castilla por distintos lugares en los que merecí ser huésped
de las primeras personas de distinción, agasajándome en sus casas con las
diversiones, los regalos y los cariños. En medio de estar ocupado con los
deleites, las visitas y los concursos, no dejaba de escoger algunos ratos para
mis tareas. La que me impuse en este viaje fue la Vida de la venerable
madre Gregoria de Santa Teresa, la que concluí en el camino, con el
almanak de aquel año, antes de volver a Salamanca, adonde llegué desocupado
para proseguir sin extrañas fatigas las que por mi obligación tengo juradas.
Cinco meses me detuve en este viaje, y fue el más feliz, el más venturoso y
acomodado que he tenido en mi vida, pues, sin haber probado la más leve
alteración en la salud ni en el ánimo, salí y entré alegre, vanaglorioso y
dichosamente divertido en mi casa. En la quietud de ella cumplí el cuarto
trozo de mi edad, que es el asunto de esta historia; y desde este tiempo
hasta hoy, que es el día veinte de mayo del año de 1743, no ha pasado por mí
aventura ni suceso que sea digno de ponerse en esta relación. Voy manteniendo,
gracias a Dios, la vida sin especial congoja ni más pesadumbres que las que dan
a todos los habitadores de la tierra el mundo, el demonio y la carne. Vivo, y
me han dejado vivir desde este término los impertinentes que viven de
residenciar las vidas y las obras ajenas, quieto y apacible, y ocupado sin
reprehensión y sin molestias. Me ayudan a llevar la vida con alguna comodidad y
descuido, la buena condición y compañía de mis hermanas y mis gentes, y mil
ducados de renta al año, que, con ellos y las añadiduras de mis afortunadas
majaderías, junto para que descansen mi madre y mis hermanas, ayuden a nuestros
miserables parientes y den algunas limosnas a los pobres forasteros de nuestra
familia. Vivo muy contento en Salamanca, y con los propósitos de dar los huesos
a la tierra donde respiré el primer ambiente y a la que me dio los primeros
frutos de mi conservación.
Varias
veces me ha acometido la fortuna con las proposiciones de bienes más crecidos y
más honrados que los que gozo, pero conociendo mi indignidad y la mala cuenta
que había de volver de sus encargos, me he hecho sordo a sus gritos, sus
promesas y sus esperanzas. Hago todos los años dos o tres escapatorias a
Madrid, sin el menor desperdicio de mi casa, porque en la de la excelentísima
señora duquesa de Alba, mi señora, logro su abundantísima mesa, un alojamiento
esparcido, poltrón y ricamente alhajado, y, lo que es más, la honra de estar
tan cercano de sus pies. Por los respetos a esta excelentísima señora, me
permiten las más de su carácter y altura la frecuencia en sus estrados,
honrando a mi abatimiento con afabilísimas piedades. Los duques, los condes, los marqueses, los
ministros y las más personas de la sublime, mediana y abatida esfera, me
distinguen, me honran y me buscan, manifestando con sus solicitudes y
expresiones el singular asiento que me dan en su estimación y su memoria. No
he tocado puerta en la corte ni en otro pueblo que no me la hayan abierto con
agasajos y alegría. El que imagine que este modo de explicar las memorables
aficiones que debo a las buenas gentes es ponderación o mentira absoluta de mi
jactancia, véngalo a ver y le cogerá el mismo espanto que a mí que lo toco. Véngase conmigo el incrédulo pesaroso de
mi estimación, y se ahitará de cortesías y buenos semblantes. Lo que más
claramente descubre esta relación es una vanidad disculpable y un engreimiento
bien acondicionado, porque sabiendo yo que no merece mi cuna, mi empleo, mi
riqueza ni mi ingenio más expresiones que las que se hacen por cristiandad y
por costumbre, no deja de hacerme cosquillas en el amor proprio de que esta
casta de general y venerable agasajo se endereza a mi persona, a mi humildad y
a mi correspondencia.
También creo que me habrá dado tal cual
remoquete cortesano la extravagancia de mi estudio; pero otros hacen coplas y
pronósticos, y los veo aborrecidos y olvidados. Confiesen mis émulos y
envidiosos que Dios me lo presta, y que yo me ayudo con el respeto y buen modo
con que procuro hacerme parcial a todo género de gentes; que yo también
confieso que escribo estas excusadas noticias por darles un poco de pesadumbre
y un retazo de motivo para que recaigan sobre mí sus murmuraciones y blasfemias.
Guardo con especial veneración,
respeto y confusión mía, las cartas y la correspondencia con algunos
cardenales, arzobispos, duquesas, duques, generales de las religiones y otros
príncipes y personas de la primera altura y soberanía. Éstas son las alhajas y
preciosidades que venero especialísimamente y las que mandaré a mis herederos
que muestren y vinculen por única memoria de mi felicidad y para testigos del
honor que sabe dar el mundo a los desventurados que procuran vivir con
desinterés, abatimiento de sí mismos y respeto a todos. No me faltan algunos
enemigos veniales y maldicientes de escalera abajo, aunque ya tengo pocos y
malos, y siento mucho que se me haya hundido este caudal, porque a estos tales
he debido mucha porción de fama, gusto y conveniencia que hoy hace feliz y
venturosa mi vida.
Ésta
es la verdadera historia de ella. Espero en Dios acabar mis días con la
serenidad que estos últimos años. Estoy en irme muriendo poco a poco, sin
matarme por nada. Discurro que ya no me volverán a coger las desgracias ni los
acasos memorables, porque mi vejez, mis desengaños y mis escarmientos me tienen
retirado de los bullicios y con el ojo alerta a las asechanzas y los
trompicaderos; y si me vuelven a agarrar las persecuciones, consolaréme con la
consideración de lo poco durable que será mi desdicha, porque la muerte ha de
acabar con ella, y ya no puede estar muy lejos. Y en fin, venga lo que Dios
quisiere, que todo lo he de procurar sufrir con paciencia y con resignación y
con alegría católica, que éste es el modo de adquirir una buena muerte después
de esta mala vida.
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