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Porque lleva sus
arremetimientos, moqueles y sornavirones de prólogo; mosqueo ochenta y cinco,
particular y general, hacia los cigarrones porfiados que no cesan de dar
zumbidos a mis orejas y encontrones a mis costillares; y, finalmente, aparejo
que debe echarse encima el lector antes de meterse en el berenjenal de esta
historia, para resistir el turbión de mis aventuras y sucesos. Agacharse, que
allá va lo que es; y a Dios y a dicha llámese.
Ahora
que tengo más oreada la imaginación de las lluvias y terremotos, y los sesos
más sacudidos de las aplopejías y letargos; y ahora que está el discurso menos
abotagado y aturdido de la algazara y el aguacero de los coplones, las
acertujas y las demás tempestades que se levantan del cenagal de mi fantasía a
corromper mis reportorios; y ahora, pues, que el del año que viene estará ya, a
buena cuenta, trocando por reales verdaderos los falsos chanflones que le puse
en las alforjas de sus lunas, para que comercie con los carirredondos del
mundo; y ahora, también, que siento más hundidos en las cavernas de mis
hipocondrios unos humazos que se suben a temporadas a descalabrarme el juicio y
a traerme la consideración al retortero, y ahora, en fin, que a puros rempujones
de mis desenfados me he desasido de una importuna tristeza que tuvo agarrado
muchos días por la mitad del cuerpo a mi espíritu; y ahora, últimamente, que me
da la gana y que sospecho que me ha de ser más útil y menos impertinente esta
idea que otra alguna de las que andan zumbando mis oídos y arremetiendo a mis
ociosidades, quiero escribir el quinto trozo de mi Vida, sin pedir licencia a
ninguno, porque cada pobre puede hacer de su vida un sayo, y más cuando la
diligencia puede acabar en hacer un sayo para su vida.
Ya,
gracias a Dios, han trotado sobre mis lomos los cincuenta del pico; ya doblé la
esquina de este término fatal, que lo cuenta Galeno por el más melancólico de
los críticos; y aunque me han magullado la humanidad los años y otros ciparrones
que vienen de reata con los días, aún me rebullo y me reguilo, aunque es verdad
que he quedado de las sobaduras algo corvo, tiritón y juanetudo; pero aún me
estoy erre que erre y remolón entre los vivos, y he de hacer porra en el mundo
lo que Dios quisiere, a pesar de la rabiosa agonía de mis incontinencias, de la
furia de mis ansiones desordenados, de la desazonada cólera de los alimentos,
de los empellones de las pesadumbres, de los impulsos de las pedradas y tejazos
repentinos, de las congojas de la frialdad, de las apreturas del calor y,
finalmente, a pesar de los buenos, malos y medianos médicos, que son, sin duda,
los enemigos más valientes y armados que tienen en la tierra nuestras tristes y
rematadas vidas.
Yo
debía poner una ansia cuidadosa en moralizar y en inquirir por qué la clemencia
de Dios me ha permitido durar tanto tiempo en el mundo, siendo el escándalo, la
ojeriza y el mal ejemplo de sus moradores. Pero por ahora no me detendré en
esta meditación ni solicitud, porque estando ya tan cerca el terrible día en
que ha de salir a juicio lo más menudo de mis pensamientos, obras y palabras,
entonces lo sabré todo; y pues es indefectible esta salida, tengan conformidad
mis deseos hasta aquella hora, que ya está para caer, pues, por vida mía, que
no pasa minuto en que no me zumben sus campanadas las orejas.
Mi
malicia y mi obstinada ligereza no me permiten parar en estas consideraciones,
pero algunas memorias pasajeras que transitan por mi imaginación me bruman, me
acongojan y confunden, al presentarse en mi espíritu la inmensa e
incomprehensible misericordia de Dios, pues, mereciendo mis operaciones más
castigos y más crueles que los que justísimamente padecen los condenados
infernales, me retiene su piedad en la vida, y en ella me deja gozar de la
salud, de las abundancias, los festejos, las risas, los aplausos y las
ociosidades. Es imposible a mis fuerzas penetrar este misterio. ¡Dios me
alumbre, Dios me asista y Dios me perdone!
Cuando
me puse a escribir los pasados trozos de mi Vida llevaba conmigo dos
intenciones principales, y aunque sospecho que estarán declaradas en aquel
cartapacio, importa muy poco repetirlas. La primera fue estorbar a un tropel de
ingenios hambreones, presumidos y desesperados que saliesen a la plaza del mundo
a darme en los hocicos o en la calavera con una vida cuajada de sucesos
ridículos, malmetiendo a mis costumbres con las de Pedro Ponce, el hermano Juan
y otros embusteros y forajidos de esta casta. La segunda, desmentir con mis
verdades las acusaciones, las bastardas novelas y los cuentos mentirosos que se
voceaban de mí en las cocinas, calles y tabernas, entresacadas de quinientos
pliegos de maldiciones y sátiras que corren a cuatro pies por el mundo,
impresas sin licencia de Dios ni del rey, y añadidas de las bocas de los
truhanes, ociosos y noveleros. Y crea el lector que mi fortuna estuvo en
madrugar a escribir mi Vida un poco antes que alguno de estos maulones lo
pensara, que si me descuido en morirme o en no levantarme menos temprano, me
sacan al mercado hecho el mamarracho más sucio que hubieran visto las
carnestolendas desde Adán hasta hoy.
Logré, gracias a Dios, las dos intenciones, y
ahora se me han pegado de añadidura otras cuentas y, entre ellas, una firmísima
de responder con la pluma o la conversación a cualquiera reparo o duda que los
asalte (sobre este o los pasados trozos de mi Vida) a los curiosos, a los
impertinentes, a los bien intencionados, y aun a los atisbadores malignos de
mis obras y palabras; y recibiré sin espanto, sin aturdimiento y con los
propósitos de sufrir con paciencia, las hisopadas repetidas del bárbaro,
truhán, tonto, bribón y los demás aguaceros con que me han rociado a
cántaros el nombre y la persona, pero con la condición de que me hablen con la
cara descubierta o me escriban con sus verdaderos nombres y apellidos, porque
si se me vienen, como hasta aquí, arrebujados en el capirote de lo anónimo o
engullidos en la carantoña del Pedro Fernández, los rechazaré como siempre con
el desprecio y la carcajada.
He deseado con ansia que entre los censores
que me han arremetido o entre los ceñudos que están inclinados a revolcarme
saliera alguno, hombre de mediana crianza o de tal cual carácter, que,
poniéndome en el burro de mi ignorancia y colgándome al cuello mis brutalidades,
me sacudiese de buen aire las costillas de mi vanidad y de la soberbia que me
han puesto en los cascos los mismos émulos que procuran mi ruina y la
desestimación de mis papeles; porque, crea Vmd., seó lector, que estoy borracho
de altanerías y no acierto a desechar de mi consideración los moscones de la
vanagloria, porque estoy creyendo firmímisamente que valen algo mis tareas, y
que me tienen mucho miedo y mucha envidia los traidores que me disparan tapados
los pedruscos de sus sátiras y maldiciones. A la verdad, puede disculparse en
algún modo mi vano consentimiento, porque entre más de ochenta satíricos que me
han tirado desde lejos y a oscuras tantos bodocazos de patochadas, no ha habido
uno solo que se haya arrojado a hablarme con su cara verdadera, ni a escribirme
con su pluma patente, y también es extraña casualidad que entre tantos no se
haya descubierto un hombre de mediana fortuna, de intención sana, de genio
dócil o de un juicio festivamente aleccionado. Cuantos ha enfaldado mi curiosa diligencia,
todos han sido unos pordioseros, petardistas, tuertos de razón, despilfarrados,
sin arrapo de doctrina ni de juicio, con mucho miedo y poca vergüenza. Vuelvo a
decir que me alegraré mucho y encomendaré a Dios a cualquiera crítico que me
cure esta maldita vanidad que me tiene cogido, como la de ver que nunca me ha
castigado en público ni en secreto ningún catedrático, doctor, religioso grave,
escolar modesto, repúblico decente, ni hombre alguno de opinión y enseñanza. Y
mientras no tome el látigo alguno de éstos, ni yo he de sanar de esta locura
desmesurada, ni he de sujetarme a recibir los avisos ni los recetarios de los
curanderos salvajes que han tomado a su cuenta trabajar un enfermo que, si
tiene alguna hipocondría de disparates, se halla bien con ella y que,
finalmente, ni los llama ni los consulta ni los cree ni los necesita para vivir
largo y gustosamente divertido.
Estoy seguro de que no se hallará en estas
planas, ni en las de los trozos antecedentes, suceso alguno ponderado, disminuido
o puesto con otra figura que pueda asombrar o deslucir la verdad que gracias a
Dios acostumbro. También estoy
cierto de que va delante de mis expresiones la rectitud de la intención, pero
también sé que es imposible contener la furia de los comentadores maliciosos.
Poco sentimiento tendré en que cada uno discurra lo que se le antojare, ni de
que arrempuje mis oraciones hacia el sentido que le diere la gana. Estoy
satisfecho de que puedo hablar con esta especie de soberbia y sencillez, porque
es verdad pura lo que dejo confesado, y lo será cuanto ponga en los cuadernos
que tengo ánimo de escribir.
Sé
también que hasta ahora me ha tenido por su mano la piedad de Dios para que no
haya dejado de ser hombre de leal correspondencia con todos. Sé que he venerado a mis superiores y que he sido
apacible y tratable con las demás diferencias de gentes. Sé que no he
puesto la más leve sospecha en la opinión de persona alguna. Sé que no he hecho
juicio falso, sino los de mis reportorios. Sé que a ninguno le pedí prestado su
dinero, su vestido, su caballo, su casa ni otra cosa, ni le he procurado la más
leve incomodidad; y, finalmente, sé que ningún bergante puede referir con
verdad acción que se oponga al buen trato y honradez entre los hombres a quien
debo servir, obedecer y tratar con respeto, cariño, llaneza o confianza; y si
hubiere alguno que tenga que pedirme algún pedazo de su opinión o su caudal,
hable o escriba, que aún vivimos, y juro a Dios de satisfacerle y de volverle,
del modo que me mande, cuanto por mi culpa haya perdido.
Me he reído muchas veces a mis solas de ver el
empeño que han tomado mis émulos en querer hacerme sabio y silencioso, que ésta
ha sido la porfía más temeraria con que han procurado echar a rodar mi
paciencia. Yo no puedo fundirme la humanidad ni formarme otro espíritu, ni sé
dónde comprar otra cabeza; lo que discurre, lo que cavila y lo que contiene la
que Dios me ha puesto en los hombros es lo que soy al público; si esto es
majadería, ignorancia o simplicidad, no debo pena, porque Dios no ha querido
ponerme otro caudal en ella ni ha permitido que entren ni salgan de mis sesos
las discreciones, las sutilezas ni las ingeniosidades. Dícenme que pudiera
dejar de escribir; y es verdad que puedo; pero no quiero, que así paso muy buena
vida, con sobrada comodidad, con quietud, con esparcimiento, sin sujeción, sin
peligros, sin petardos, sin deudas, sin pretensiones, sin ceremonias y sin el
más leve deseo hacia las dignidades ni a las abundancias. Además que a mí
ninguno me da nada porque esté callado y silencioso, y me lo dan cuando hablo y
escribo; y así, quiero hablar y escribir a pesar de soberbios y tontos, que
haciéndolo yo (como lo he hecho hasta ahora) con licencia de Dios y del rey, me
burlaré de cuantos quieren poner candados a mi boca y cotos a mi fantasía. Yo
me hallo muy bien con mis disparates; y por dar gusto a los antojos de cuatro
presumidos, no he de soltar mis comodidades, risas y quietudes; primero soy yo
que su dictamen y su soberbia; púdranse ellos, y vamos al caso.
A mí me parece que no soy tan bobo como me
hacen ellos y el sayo; y si me tomaran juramento, afirmaría que puedo pasar en
el montón de los engreídos y discretones, porque, a lo que toco, no está hoy el
mundo tan abundante de Quevedos y Solises para que me saquen la lengua, ni es
razón hacer tantos ascos de un doctor que ha padecido sus crujías en Salamanca,
además de que lo que veo escrito y escucho hablado por acá se diferencia muy
poco de lo que yo hablo y escarabajeo. Y, si he de decirlo todo, aseguro que
nunca creí ni esperé salir tan discreto y tan letrado, pues en acordándome de
mi crianza, de mi pobreza y de la libertad escandalosa con que he vivido, me
aturdo cómo he llegado a ser tanto y cómo o por qué me he hecho memorable entre
las gentes; pues yo conozco a muchos que, después de destetados con mejor
doctrina, y comiendo después a costa del papa, del rey, de las fundaciones, de
las limosnas, de las capellanías, de los parientes, de los mayorazgos y otros
depósitos, han consumido cincuenta y sesenta años en las universidades, pagando
decuriones, ayos y libreros, y se han quedado más lerdos y comedores que yo,
sin que nadie en el mundo se acuerde de ellos, y mantienen una vanidad de
doctores tan endiablada que se la apuestan a la de Lucifer.
Tengan sabido mis desafectos que yo sé algo;
es verdad que es muy poquito; pero esto poco me sobra y me embaraza. Unos
pingajos que tengo de medicina no los he menester para nada, porque ni la vendo
ni la tomo ni la doy ni la aconsejo. Algunos arrapiezos de la física que agarré en los filósofos, ni los uso ni
los persuado ni los necesito, porque estoy cierto de que en ellos no hay
verdad, conveniencia ni capacidad en que se pueda resolver un ochavo de
cominos. Otras raspas de jurisprudencia, que no sé de dónde se me han pegado,
me sobran más que todo lo demás, porque ni armo pleitos ni los recibo, ni
ofendo ni me defiendo: paz conmigo y quietud con todo el mundo es la ley que me
he impuesto, y a las demás le bajo la cabeza, doblo la rodilla y procuro guardar
sin interpretaciones ni comentos. La matemática, la música, la poesía y otras
pataratas que andan también conmigo, se las daré a cualquiera por menos de seis
maravedís, de modo que, quedándome yo con mis zurrapas astrológicas (que me dan
de comer sin daño de tercero y me divierten sin perjuicio de cuarto) todo lo
demás ni me sirve ni me aprovecha ni lo estimo; y el que quisiere cargar con
ello me hará una gran honra en quitármelo de encima.
Los
maldicientes, que estaban al atisbo de mis tareas, ya para desahogar su
presunción, ya para poner a la sombra de un reparo inútil muchas mentiras y
disparates contra la estimación que de caridad me han dado las gentes piadosas,
se atragantaron y enmudecieron al punto que les puse a los ojos (es verdad que
con una humildad muy solapada) los elementos de mi ascendencia y mi crianza, y
la confesión de mis travesuras y necedades; y desde entonces se les ha helado
la pluma en los dedos y las palabras en la boca.
Yo
he celebrado mucho su enmienda, pero he sentido la falta de sus
entretenimientos y los míos, porque a costa de cuatro picardigüelas y veinte
salvajadas que me escribían, me daban que comer, que reír y que trabajar. Todos
se echaron a tierra, y ya sólo me ejercitan las carcajadas de una docena poco
más o menos de presumidos corajudos que desde sus tertulias me arrojan cartas
sin firmas, apestadas de torpezas, incivilidades y rabia descomunal; pero,
gracias a Dios, las trago con serenidad envidiable. No hay duda que debían
excusar las blasfemias que me tiran o arrojarlas contra aquellas personas que
digan que yo soy sabio o inteligente, pero no contra mí, que ni lo presumo ni
jamás he dejado de afirmar (remítome a mis ochenta y cinco prólogos) mis
boberías e ignorancias, pues en lo tocante a mi necedad siempre fui muy de
acuerdo con cuantos me lo han querido echar en la cara y en la calle.
Ahora,
señores míos, no se cansen Vmds. en volver a repetirme lo tonto; y para que de
esta vez tengan fin sus ideas, vamos cortando los motivos de sus irritaciones.
Quedemos en que yo no sé nada. Quedemos en que el rey permite que se mantenga
un ignorante en el empleo de maestro en la más gloriosa de sus universidades.
Quedemos en que la de Salamanca ha jurado falso de mi suficiencia y que, en
perjuicio de los dignos, consiente que le hurte los salarios y las propinas un
ignorante. Quedemos en que soy también un hombre de tan depravada conciencia
que estoy engañando a mis discípulos y que, en lugar de los preceptos
matemáticos, les doy a beber cieno de locuras y despropósitos; y quedemos en
que cada día he de ir metiéndome la necedad hasta la guarnición, porque, como
viejo, ya voy juntando lo chocho con lo mentecato; y quedemos en todo lo que
Vmds. quisieren que quedemos, y retiren sus remoquetes, que ya basta. Tomen Vmds.
otro camino de divertirme y malquistarse, y crean que no tienen el apoyo que
piensan sus porfías, porque también he oído decir a muchos discretos que más
brutos son los que se aporrean en hacer tan furiosa oposición a un pobre necio
que deja a todo el mundo con sus presunciones y no se mete en deslindar
sabidurías ni ignorancias.
Déjenlo,
por su vida, y déjenme ahora que particularice los sucesos de la mía, y vamos
al caso del quinto trozo siguiente; y si en las narraciones de sus sucesos y
aventuras pudiere corregir el estilo (que ya conozco que va molesto y
desenfadado) sin incomodarme mucho, desde ahora lo prometo. Dios me guíe y
permita que sean tolerables y de fácil perdón los desatinos que se caigan de mi
pluma.
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