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Diego de Torres Villarroel
Vida

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  • Ahora empieza el Trozo Quinto de la Vida que aún está rompiendo por permisión de Dios el Doctor Don Diego de Torres
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Ahora empieza el Trozo Quinto de la Vida que aún está rompiendo por permisión de Dios el Doctor Don Diego de Torres

     Después que murió el cuarto trozo de mi vida y que enterré los huesos de mis cuarenta años en Madrid, donde los atrapó la guadaña del tiempo que nos persigue y nos coge en todo lugar, ocasión y fortuna; y después que escucharon mis zangarrones en la tumba del nulla est redemptio el último requiescat de mi olvido; y después, finalmente, que concluí con todas las exequias de mi edad difunta, predicando al mundo la oración fúnebre de mis aventuras y fechurías, continué con mi vitalidad, lleno de salud, de alegría, de estimación y de bienes a borbotones, asegurados todos en las honras de estar en la casa y a los pies de la excelentísima señora duquesa de Alba, mi señora. Gozaba de esta felicidad con la serena añadidura de hallarme sin deudas, sin pretensiones, sin esperanzas y otros petardos enfadosos que se meten por nuestra inocencia o los busca nuestra codicia sin saber lo que se hace para tener siempre al espíritu revuelto y enojado. Asistía a todas las diversiones cortesanas con que tiene comúnmente dementados a sus moradores aquel lugar indefinible. Lograba coche, Prado, comedias, torerías y los demás espectáculos adonde concurren los ricos, los ociosos y los holgones, pero con la gran ventura de que ni me costaba el dinero ni la solicitud ni la vergüenza ni otros desabrimientos que vuelven amargas y regañonas las dulzuras y los agrados de las huelgas y las festividades. Así poseía los embelesos de Madrid sin el más leve susto, sin la memoria de las muertes que me dejaba atrás, y mirando muy lejos a las amenazas de la que me espera. En fin, yo me hacía sordo a los porrazos que daba la eternidad a las puertas de mi consideración y atrancaba por las fantasmas y holgorios del mundo, muy erguido y muy consolado con la imitación y conformidad de los demás vivientes, pues yo no he visto que ninguno deje de comer ni de holgarse a todo, ni que se haya tirado a morir porque se le pasó lo vivido, porque se le pasa lo que está viviendo ni porque empieza a acabarse lo que le falta que vivir.

     Corrían a esta sazón, con licencia de Dios y del rey, los papeles impresos de mi alcurnia, mi vida y mis quijotadas; y contribuyó mucho a mis recreos la buena cuenta de su despacho venturoso, porque además de haber ahogado las ideas mal intencionadas, las mormuraciones atrevidas y los pronósticos desconcertados de mis enemigos, me dejaron tantos reales, que aseguré en ellos para más de un año la olla, el vestido y los zapatos de mi larga familia; entresaqué cien ducados para mi entierro, por si les tocaba la china de la última sepultura a mis trozos, y aun me sobraron chanflones con que pude redimir la lacería de algún par de sopistas de los más envidiosos al buen acogimiento de mis trabajos y tareas. Cinco impresiones se hicieron de mi Vida desde el día tres de abril de 1743 hasta últimos de junio de dicho año. Las tres salieron con las recomendaciones de la justicia y la gracia del rey nuestro señor, como consta del pasaporte de sus ministros, dado en Madrid y refrendado en la primera impresión, que se hizo en la imprenta de la Merced. La segunda impresión se hizo en Sevilla, en casa de Diego López de Haro y la tercera, en Valencia, en casa de Vicente Navarro. Las otras dos impresiones fueron hechas a hurto de la ley y de la razón, contra los estatutos reales y el derecho que tiene cada trabajador a sus fatigas: la primera se hizo en Zaragoza, y la gaceta de aquella ciudad pregonó al público su venta, citando a los compradores a un sitio que no quiero nombrar, ni tampoco descubrir las circunstancias de la ratería, porque no hace al caso de esta historia y porque quiero que me agradezcan los delincuentes la moderación. No era gente que necesitaba los réditos de esta miserable rapiña para vivir, y por esta razón di soplo del contrabando al eminentísimo señor cardenal de Molina, actual gobernador del Consejo, y su providencia dispuso que fuesen sosprehendidos por el regente de la audiencia de Zaragoza los reos, y les embargasen los libros existentes y las monedas que hubiesen redituado los vendidos.

     Así se cumplió, y de su orden vinieron a la mía doscientos y cincuenta reales de plata y trescientos ejemplares. Esto percibí, y lo demás lo perdono para aquí y para delante de Dios. La otra impresión se fabricó en Pamplona, en casa de una señora viuda a cuyo estado, sexo, pobreza y sencillez rendí mi razón; rogué a la justicia que no la asustase con sus diligencias y alguaciles, y logré que me vendiera la Vida, con mucho placer de mi alma, en el lugar y precio que fue de su agrado.

     Entre las huelgas sucesivas y las alegres ociosidades que lograba mi ánimo en este tiempo aseguro que no fue la menos graciosa la que me produjo la variedad de los pareceres de los lectores que malgastaron algunas horas en leer mis aventuras y mis disparates.

     Unos afirmaban que era tener poca vergüenza y ruin respeto al mundo haberme arrojado a sacar a su plaza, en tono de extravagancia ingeniosa, las porquerías de mi ascendencia, las mezquindades de mi crianza y los disparatorios y locuras de mi disolución. Otros inferían un abatimiento loable en la propia máxima en que muchos fundaban mi libertad escandalosa. Algunos capitularon a mi determinación ya de necesidad urgente ya de codicia rebozada; y otros decían que era gana pura de recoger cien doblones por los ardides de una trampa inculpable, porque en ella era yo solo el facineroso, el ofendido y el robado; y los demás discurrieron que fue una maña cautelosa para demostrar la inocencia de algunos pasos y acciones de mi vida, que andaban historiados por cronistas desafectos y mentirosos, y que quise aprovecharme del tiempo en que estábamos vivos los acusadores y el acusado para que, a la vista de su confusión y su silencio, quedase probada mi moderación y su abominable ligereza. Yo me reía de ver que todos acertaban, porque, si he de decir la verdad, de todo tuvo la viña; y si se han detenido a rebuscar, hubieran encontrado con otras intenciones y cautelas, porque es cierto que yo la escribí por eso, por esotro y por lo de más allá.

     Sólo se engañaron de medio a medio los que afirmaban que fue humildad exquisita la diligencia de descubrir al mundo los entresijos de toda mi raza, pues confieso ahora que fue la altivez más pícara y la vanagloria más taimada que se puede encontrar en todos los linajes de la ambición y la soberbia; porque, aunque yo conocía que mis abuelos no eran de lo mejor que escribió don Pedro Calderón de la Barca (porque no hicieron más papel en el mundo que el que dije en los primeros trozos de mi Vida), estoy creyendo firmísimamente que hay otros infinitos que los tienen de peor catadura y de más desdichadas condiciones y que suelen hacer gestos al mismo don Carlos Osorio; y por ahogarles el cuerpo los borbotones y bravatas de la sangre, y por zumbar también a otras castas de linajudos que andan alrededor de mí apestándome de generaciones, les puse la mía delante de sus ojos, para ver si tenían valor de desarrollar la suya, y a fe que el más erguido de raza y el más tieso de posteridades anduvo tartaleando sin saber dónde esconderse.

     Locura muy vieja y aun maña incurable es ésta, que generalmente padecen aun los más bien humorados de seso, pues sin más adelantamiento ni más mudanza que la de charramudarse de un país a otro, calzarse unos pelillos crespos y enharinados, vestirse una angoarina en donde relucen algunos hilos de plata y ponerse a una ociosidad diferente del oficio que tuvieron sus padres, se estiman y se creen de la alcurnia de los centuriones, y hunden y entierran de tan buena gana a sus parientes, que ni el nombre, la memoria ni el paradero de alguno de ellos quieren que salga a sol ni a sombra. Y si alguna vez dicen que tuvieron abuelos, los ponen en la noticia de las gentes con otra carne, con otra ropa, con otro oficio y con otras costumbres muy distantes de las que tuvieron al nacer, al vivir y al finalizar con la vida.

     Confieso también que mi soberbia, por otro lado, fue la que me arrempujó a hacer el descubrimiento de mis principios, con el ánimo burlón de aburrir a muchos bergantes genealógicos que viven con el consuelo infernal y la maldita rabia de sosprehender y asustar a los bien quistos y afortunados del mundo, amenazándolos con la mormuración de sus pobres elementos; y porque no presumiese algún hablador que yo era de los espantadizos que se avergüenzan y asustan de los piojos, les mostré las camisas de mis antepasados y presentes con gran vanidad mía, porque conozco con mucha evidencia que, aunque estamos plagados de algunas chanfarrinadas e inmundicias, puedo desafiar a limpieza de sucesiones a más de medio mundo y, especialmente, a todos los que al tiempo del nacer nos hallamos en la tierra sin posesiones, casas ni otros títulos, y que nos envía la Providencia a buscar, desde que nos apeamos de nuestras madres, a la madre gallega. Venga, pues, el más pintado de casta con su abolorio, que aquí está el mío, que yo le prometo que ha de sudar mucha tinta si quiere quedar tan lucio y tan escombrado como Dios me ha puesto.

     Si yo fuera hombre que tuviera razón para aconsejar y algún juicio para instruir, diría a mis lectores que por ningún caso ni en ningún tiempo escondan a sus padres ni nieguen a sus abuelos, por pobres y desventurados que sean, porque es mucho menos penosa la vergüenza que pasa el espíritu en confesarlos desde luego que la que produce el temor sólo de que los descubra y los pregone (y quizá con lunares añadidos) alguno de tantos ociosos cronistas malvados de razas, que consuelan a su envidia y dan pasto a su genio con la tarea de maldecir fortunas y ajar prosperidades, pareciéndoles que se desquitan de sus miserias, manchas y desestimaciones con la relación de la pobreza o desgracia que otros han padecido. Consuélese felizmente el que vea que le buscan los delitos y los borrones en sus muertos y sus atrasados, que es señal que se pasó de largo la malicia, porque no encontró en los movimientos, pasos y acciones de su vida materiales negros con que deslucir su estimación y su bondad. A mí me valió mucho la confesión de mi abolorio, porque al primer maldiciente que me dio en los hocicos con el engrudo y la cola de mi buen padre, le dejé colgado de las agallas los esfuerzos de su ojeriza y mi desprecio, porque después de haberle besado la sátira, me arremangué de linaje, canté de plano cuanto sabía de mis parentescos y quedé enteramente sacudido de este malsín y de los demás tontos hurones que sacan de los osarios injurias hediondas con que apestar las familias descuidadas. En fin, con esta picarada logré que colase por humildad mi soberbia, logré la confusión de unos, el agasajo y la lástima de otros, el respeto de infinitos que me tenían por peor engendrado y, finalmente, experimenté duplicadas las comunicaciones, más bien quistas las parcialidades y más dilatados los deseos de las gentes en orden a tratarme y conocerme.

     Yo no le digo a persona alguna que se gobierne por esta máxima, porque tiene sus visos de desenvoltura y poco respeto al señor mundo en los zancos que hoy se ha puesto; lo que afirmo es que en esta feria gané un ciento por ciento de estimación con el contrabando de esta mercadería; el que quisiere cargar con ella, dentro de su casa la tiene; buen provecho le haga y Dios y el mundo le den tan buena venta y tan dichosa ventura como yo recogí.

     Pasaban por mi los días alegres de este tiempo, dejándome una sosegada templanza en los humores, una tranquilidad holgona en el ánimo y unas recreaciones muy parciales a mis ideas y mis pensamientos. Vivía en Madrid sin agencia, sin cuidado y sin pretensión alguna; felicidad que no logra el hombre más rico, el más ostentoso ni el más desinteresado de los que cursan por política, por precisión, por soberbia o por ociosidad las aulas de su especiosa y despejada escuela. Hallábame ligero, fácil en las acciones, sin remordimientos ni escrúpulos en la salud y sin la más leve alteración en el espíritu, porque ni yo me acordaba de que había justicia, ladrones, cárceles, médicos, calenturas, críticos, maldicientes, ni otros fantasmas y cocos que nos tienen continuamente amenazados, inquietos, y sin seguridad ni confianza en los deleites. Duróme este sosiego hasta el mes de agosto del mismo año de 1743. Y uno de sus días (cuya fecha no tengo ahora presente), amaneció para mí tan amargo y regañón, que trocó en desazones y desabrimientos las serenidades, y aun me arrancó de la memoria los recuerdos de los placeres y los gustos sabrosos que tuvieron en mi retentiva una posesión bien radicada. Jamás vi a mi espíritu tan atribulado, y puedo asegurar que, habiendo tenido por huéspedes molestos y pegajosos muchas temporadas a la pobreza, a la persecución, a las enfermedades y otras desventuras que se cacarean y lloran en el mundo por desdichas intolerables, no había visto facha a facha el rostro de las pesadumbres y las congojas hasta este día. El caso fue el que se sigue, si es que acierto a referirlo.

     Yo entraba a cumplir con el precepto de la misa en una de las iglesias de Madrid; y cuando quise doblar las rodillas para hacer la reverencia y postración que se acostumbra entre nosotros, me arrebataron la acción y los oídos las voces de un predicador que desde el púlpito estaba leyendo, en un edicto del Santo Tribunal, la condenación de muchos libros y papeles; y mi desgracia me llevó al mismo instante que gritaba mi nombre y apellido y las abominaciones contra un cuaderno intitulado Vida natural y católica, que catorce años antes había salido de la imprenta. Exquisitamente atemorizado y poseído de un rubor espantoso, me retiré desde el centro de la iglesia, donde me cogió este nublado, a buscar el ángulo más oscuro del templo, y desde él vi la misa con ninguna meditación, porque estaba cogido mi espíritu de un susto extraordinario y de unas porfiadas y tristísimas cavilaciones. Buscando las callejas más desoladas y metiéndome por los barrios más negros, me retiré a casa. Parecíame que las pocas gentes que me miraban, eran ya noticiosas de mis desventuras y que unos me maldecían desde su interior por judío, que otros me capitulaban de hereje y que todos apartaban su rostro de mí, como de hombre malditamente inficionado. Muchas veces se vino a mi memoria la consideración de la gran complacencia que tendrían mis enemigos y mis fiscales con esta desgracia, y sentía no poco no poder burlarme de sus malvados recreos y tuertas intenciones, porque, a la verdad, conocía que en este golpe habían cogido una poderosa calificación de mis ignorancias y desaciertos.

     Tan brumado como si saliera de una batalla, de lidiar con esta y otras horribles imaginaciones, llegué a mi cuarto y, cogiéndome a solas, empecé a tentarme lo católico, y me sentí, gracias a Dios, entero y verdadero profesor de la ley de Jesucristo en todas mis coyunturas. Alboroté nuevamente a mi linaje, revolví a mis vivos y difuntos, y me certifiqué en que los de setecientos años a esta parte estaban llenos de canas y arrugas de cristiandad y que todos habían sido baptizados, casados, muertos y enterrados como lo manda la Santa Madre Iglesia. Sonsaqué a mi conciencia y pregunté a mis acciones, y no percibí en ellas la más leve nota que pudiese afear el semblante de la verdadera ley que he profesado con todos los míos. Y, viéndome libre de malas razas, de delitos y fealdades proprias y ajenas, me afirmé con resolución en que yo no podía ser notado más que de bobo o ignorante, y en esta credulidad hallé el desahogo de la mayor parte de mis congojas.

     Yo quedé sumamente consolado, porque ser necio, ignorante o descuidado no es delito y, donde no hay delito, no deben tener lugar las afrentas ni las pesadumbres; además, que estas condenaciones han cogido y están pescando cada día a los sabios más astutos y a los varones más doctos, y sobre éstos regularmente se arrojan las advertencias y los recogimientos; que a los que no escriben libros, jamás se los recoge tribunal alguno, siendo creíble que muchos cuadernos se mandan retirar, no por castigo de los autores, sino por no exponerlos a la malicia de los que los pueden leer. Con estas reflexiones y consuelo de saber que habían caído en las honduras de estos descuidos e inadvertencias los mayores hombres de la cristiandad, me serené enteramente y volví a abrigar en el corazón las conformidades y consideraciones que habían hecho sosegado y venturoso a mi espíritu.

     Determiné manifestar al Santo Consejo en un reverente memorial mi desgraciada inocencia, rogando por él, con humildes súplicas, que me declarase la temeridad de mis proposiciones, sólo para huirlas y blasfemarlas; y que mi ánimo no era darles defensa con la explicación, ni disculpa con el discurso de algún nuevo sentido, ni las deseaba otra inteligencia que la que había producido su condenación; porque nada me importaba tanto como salir de mis errores, aborrecer mis disparates y rendir toda mi obediencia a sus determinaciones y decretos.

     Examinaron los piadosos ministros mi sencillez, mi cristiana intención y las ansias de mi católico deseo, y a los quince días me volvieron el libro, el que imprimí segunda vez, juntamente con el memorial presentado y un nuevo prólogo, lo que podrá ver el incrédulo o el curioso en la reimpresión hecha en la imprenta de la Merced de Madrid, el mismo año de 1743, y no se quedará sin él el que lo buscare, pues aún duran algunos ejemplares en casa de Juan de Moya, frente de San Felipe el real.

     Conseguí con esta desgracia aumentar la veneración a este santo y silencioso tribunal, acordarme sin tanto susto de aquel miedo que producen las máximas de su rectitud y perder aquel necio horror que había concebido de que mis obras fuesen a su castigo y residencia. Ahora deseo con ansia que mis producciones sufran y se mejoren con sus avisos, porque éste es el único medio de hacer felices mis pensamientos y tareas, pues su permiso y su examen habrá de acallar a los murmuradores que se emplean en criticar sin detenerse en la inocencia de las palabras. Tanto deseo que me acusen mis obras, que regalaré a cualquiera que así lo ejecute, porque así consigo quedar satisfecho, enseñado y sin los escrúpulos de que puedan ocasionar la ruina más leve mis trabajos indiscretos.

     Apenas había convalecido de este porrazo, cuando me brumó la resistencia y la conformidad otro golpe, cuyas señales durarán en mi espíritu, si puede ser, aún más allá de la vida y de la muerte, y fue la repentina que sosprehendió al eminentísimo señor cardenal de Molina, a quien debí tan piadosos agasajos y tan especiales honras que me tienen, de puro agradecido, reverentemente avergonzado. Cuantos oficios sabe hacer la piedad, la inclinación, la justicia y la gracia, tantos me hizo patentes su clemencia. No llegó a sus pies súplica de mi veneración que no me la volviese favorablemente despachada. Pedía para todos los afligidos y para todos me daba, como no se metiese por medio de mis ruegos ignorantes la justicia, de quien fue siempre tan enamorado que jamás hizo, ni a su sombra, el más leve desaire. Fueron muchas las veces que me brindó ya con canonicatos, ya con abadías y otras prebendas, y nunca quise malograr sus confianzas y echar a perder con mis aceptaciones las bondades de su intención y bizarría. Es verdad que fue también industria de mi cautela por no descubrir mis indignidades con la posesión de sus ofrecimientos. En alguna ocasión que me vi acosado de sus clementes ofertas, le respondí con estas u otras equivalentes palabras: «Yo me conozco, señor eminentísimo, que estoy dentro de mí y que no soy bueno para nada bueno, porque soy un hombre sin crianza, sin economía interior, sin autoridad para los oficios honrosos, sin rectitud para su administración y sin juicio para saber manejar sus dependencias y formalidades. Mis calendarios me bastan para vivir; a la inocente utilidad de sus cálculos, a las remesas de mis miserables papelillos y a los florines que me da la Universidad de Salamanca, tengo atada toda mi codicia, mi ambición y vanagloria. Vuestra eminencia me perdone y le ruego por Dios que no me ponga en donde sean conocidas mis infames inmoderaciones e ignorancias, y permítame tapar con esta fingida modestia y astuto desinterés las altanerías de mi seso ambicioso

     No le satisfizo esta confesión de mi inutilidad a su eminencia; y una tarde, después de haberse levantado de la mesa, me arrimó a uno de los ángulos de su librería el reverendísimo padre fray Diego de Sosa, su confesor, y me dijo que su eminencia le mandaba que me dijese si quería ser sacristán, que me colaría la sacristía de Estepona, que le había vacado en su obispado de Málaga, ya que mis encogimientos no me dejaban aspirar a más altas prebendas. Le di mil gracias, jurando hacer desde aquella hora pública vanidad de sus recuerdos, de sus honras y las felicidades en que me ponía su piedad, pues para mí era la mayor añadir a lo suficiente a mis situados y negociaciones lo que sin duda me sobraría para repartir en su nombre a mis pobres agregados.

     Hoy soy sacristán de Estepona y estoy tan contento con mi sacristía como lo deben estar con la suya los sacristanes de Santorcaz y de Tejares. Seis años ha que gozo esta prebenda, y de los seis, sólo he comido los tres los santos bodigos, y los tres restantes se los engulló el sirviente que acudía a los entierros y las bodas; y aunque hice alguna diligencia para que me restituyese mis derechos, se subió al campanario, y no han bastado las persuasiones ni las pedradas para que se baje a la razón. Yo le perdono la deuda y la terquedad, y por mi parte se puede ir al otro mundo sin los miedos ni las obligaciones de la restitución.

     Ya no me amanecían los días tan risueños, porque mi corazón, desde estos dos enviones, sólo encontraba amarguras en los placeres, ingratitud en los concursos, desabrimientos en los espectáculos y un enojo terrible a cuanto se me proponía deleitable. Mi espíritu estaba poseído de ilusiones corrompidas; la conciencia, de remordimientos; y la humanidad, tan brumada y perezosa que no la podía conducir sin gemidos a las inexcusables asistencias de las obligaciones cristianas y civiles.

     Arrastrado de la tristeza o persuadido de la esperanza de mejorar de mis enfados, determiné volver a Salamanca; pero como tenía la paciencia floja, la conformidad debilitada y la melancolía que se me iba colando por los huesos, todo cuanto hallé de novedades me sirvió de acrecentamiento a mis enojos. Este sinsabor interno me iba arruinando a toda prisa la salud, y la acabó de echar por tierra el desconsuelo y la gravedad que puso en mi alma el último dolor pleurítico que llevó hasta los umbrales de la muerte al excelentísimo señor don Josef de Carvajal y Lancaster, cuya infausta noticia me arrancó todas las señales de viviente, dejándome hecho un tronco en poder de las congojas y los desmayos. Sólo me quedó una fervorosísima advertencia de acudir a Dios con mis votos y ruegos para que permitiese al mundo la vida que tanto nos importaba.

     Por las repetidas oraciones de las comunidades religiosas, por los clamores del reino desconsolado, por las súplicas ardientes de los particulares o por otro motivo de los inescrutables a nuestra limitación, permitió la misericordia de Dios que volviera a retirarse hacia su vida el excelentísimo señor don Josef, concediendo alivio a las ansias generales y dándome a mí tiempo y proporción para cumplir mis promesas, las que, gracias a Dios, tengo concluidas. Ojalá haya sido de su agrado y su satisfacción, que yo no fío nada de mis fervores ni de mis cumplimientos.

     Las negras aflicciones, las tristísimas congojas y la imponderable flojedad que dejó en mi espíritu este último porrazo, plantaron en mi cuerpo una debilidad tan profunda, que hoy es y no he podido arrancar las rebeldes raíces que se agarraron en sus entrañas. El estómago empezó a hacer impuros sus cocimientos, los hipocondrios a no saberse sacudir de los materiales crudos que caían en sus huecos, y el ánimo a no acertar con el esparcimiento y la diversión. En fin, todo paró en una melancolía tan honda y tan desesperada que no se me puso en aquel tiempo figura a los ojos ni idea en el alma que no me aumentase el horror, la tristeza y la fatiga. Recayó este montón de males en una naturaleza a quien habían descuadernado a pistos los médicos, pues para sosegar las correrías de una destilación habitual, que acostumbraba coger el camino de los lomos y los cuadriles, no acertaron a detenerla sino con las sangrías continuadas, y en el tiempo que la edad lo pudo resistir me abrieron ciento y una vez las venas.

     No es ocasión ahora, ni es del asunto de este papel, abominar de esta práctica en las curaciones de los flujos porfiados; lo que de paso encargaré a los profesores médicos es que atiendan con más cuidado a la variedad de los temperamentos y la diferencia de las destilaciones y no se confíen en que la resistencia brutal de algunas naturalezas haya sufrido sin sensible daño las faltas de la sangre, pues hay otras que aunque al pronto aguantan, a pocos años se dan por agraviadas y rendidas: un mismo remedio no puede encajar a todos. La solicitud de la medicina debe ser buscar las proporciones, pero sin perder de la vista las generalidades.

     Yo pasé muchos días de este tiempo con tan rabiosas desazones que me vi muchas veces muy cerca de los brazos de la desesperación. ¡Nunca se me representaron mis delitos tan horribles! ¡Nunca tan desconfiados de la misericordia! ¡Nunca la eternidad se puso en mi consideración tan terriblemente dilatada! ¡Y nunca vi a mi espíritu tan rodeado de ansias y agonías! A pesar de estos desmayos furiosos y de los golpes repetidos que me daba la memoria de mis relajamientos, quiso la inmensa piedad de Dios que no me faltase en la razón alguna luz para que no perdiese de vista los alivios del alma, ya que caminaba, hacia la ruina, indispensablemente, mi cuerpo. Y fuese guiado de las inspiraciones preternaturales o conducido de mi humor negro, yo me paré a mirar a mis interiores con algún cariño y me puse a entretener a mi alma con algún despacio en el convento de los padres capuchinos de Salamanca.

     Al mes de haber estado en su compañía salí con la deliberación de ponerme en la banda de los presbíteros; y habiendo dado parte de mis pensamientos al ilustrísimo señor don Josef Sancho Granado, alentó mis propósitos con santas doctrinas, prudentes avisos y encargos devotos; y el día cinco de abril del año de 1744 me imprimió en el alma el carácter sacerdotal. Honróme su ilustrísima con singulares distinciones, no siendo la menor de su piedad haberse animado contra los dolores y postración de la gota, que le tenía en la cama, a hacer las órdenes para que yo lograse de su clemente potestad tan elevado beneficio. Así lo expresó su ilustrísima, en el acto de las órdenes, al concurso, reprehendiendo con esta honrosa expresión a mis enemigos, que unos creyeron y todos pregonaron que la detención en recibir este felicísimo estado no era miedo reverente a la perfección de su instituto, sino ojeriza de este piadosísimo prelado. Día segundo de Pascua de Resurrección del mismo año recé la primera misa en la santa iglesia catedral, mi parroquia, en una capilla dedicada a Nuestra Señora de la Luz. Fue mi padrino el señor don Enrique Ovalle Prieto, canónigo, dignidad y prior de dicha santa iglesia, que ya descansa en paz, y debo encomendarle a Dios por muchos y especiales beneficios y por la caridad con que me aleccionó en las sagradas ceremonias.

     Manteníame a esta sazón con mis dejamientos, tristeza y algunos dolores capitales, los que sufría como todos los doloridos, unos ratos con paciencia, otros regañando y otros con una modorra ceñuda e implacable. Hacía mil propósitos de aburrir la medicina y los médicos, y otras tantas me entregaba a sus incertidumbres, antojos y presunciones, con una ansia inocente y una credulidad tan firme que nunca la esperé de mis desengaños y mi aborrecimiento.

     Finalmente, como hombre sin elección, atolondrado de melancolías e ignorancias, me eché a lo peor, que fue a los dotores, los que hubieran concluido con todos mis males y mi vida a no haberse echado encima de la furia de sus récipes y sus desaciertos la piedad de Dios, que quiso (no para qué) guardarme y detenerme en este mundo. La mayor parte de este trozo de mi vida se la llevó esta dilatada enfermedad, por lo que será preciso detenerme en su relación.

     Encaramaron mis males los médicos a la clase de exquisitos, rebeldes, difíciles y de los más sordos a los llamamientos de la medicina; y, sin saber el nombre, el apellido, la casta ni el genio de las dolencias, las curaban y perseguían, a costa de mi pellejo, con todos los disparates y frioleras que se venden en las boticas. De cada vez que me visitaban, discurrían un nuevo nombre con que baptizaban mi mal y su ignorancia; pero lo cierto es que nunca le vieron el rostro, ni conocieron su malicia ni su descendencia. Muchas veces la llamar hipocondría, otras coágulo en la sangre, bubas, ictericia, pasión de alma, melancolía morbo, obstrucciones, brujas, hechizos, amores y demonios; y yo -¡tan salvaje crédulo!- aguanté todas las perrerías que se hacen con los ictéricos, los hipocondríacos, los coagulados, los obstruidos y los endemoniados; porque igualmente me conjuraban y rebutían de brebajes, y con tanta frecuencia andaba sobre mí el hisopo y los exorcismos como los jeringazos y las emplastaduras. Lo que no consentí fue que me curaran como a buboso (única resistencia que hice a los médicos y conjuradores), porque, aunque yo ignoraba como ellos la casta de mi pasión, yo bien sabía que no eran bubas, porque estaba cierto que ni en herencia ni en hurto ni en cambio ni en empréstito había recibido semejantes muebles, ni en mi vida sentí en mis humores tales inquilinos. Por un necio refrán que se pasea en la práctica de los médicos, que dice que todos los males que se resisten, que hacen porra en los cuerpos y que se burlan de otras medicinas, se deben conocer por bubas y curar con unciones, me quisieron condenar a ellas; pero yo me rebelé y me valió quizá la vida o, a lo menos, haberme libertado de la multitud de las congojas y dolores que lleva detrás de sí este utilísimo medicamento.

     No tiene remedio: me parece que es preciso informar al que haya llegado aquí con los ojos de los pasos y estaciones de mi dolencia, los que referiré con verdad y sencillez. Y las planas que escriba creo que serán las útiles de este cuaderno, porque de ellas constará la razón que tenemos para burlarnos de la medicina y se demostrará el poco juicio con que nos fiamos de sus promesas, disposiciones y esperanzas, las que sólo se deben poner en Dios, en la naturaleza y en el aborrecimiento a los apetitos de la gula. Mi cabeza servirá de escarmiento también a los que se quieran curar de males no conocidos, a los que se curan de prevención, de antojo, de credulidad a los aforismos y a las golosinas y embustes de los boticarios; y humíllense también los que viven de las recetas, y no quieran atribuir a las ignorancias, vanidades y astucias de su oficio lo que sólo se debe a Dios, a la sabiduría de la naturaleza y a las moderaciones de la templanza.

     Día catorce de abril del año 1744 confesé general y particulamente los vicios, ocasiones próximas y actuales pecados de mis humores a los catedráticos de Salamanca. Fue el confesonario una de las aulas de Leyes del patio de la Universidad, y allí les desbroché mis delitos y sujeté a su absolución todas mis venialidades, reincidencias y pecados gordos. Hice puntual acusación de mi vida pasada y mi estado presente, en su idioma médico para que me entendieran; y quedé satisfecho de la diligencia que envidiaba mi alma y apetecía, para las confesiones de sus enfermedades, el examen, la claridad y la expresión con que había declarado las del cuerpo.

     Después de historiado mi mal (que sólo fue, como dejo dicho, un dolor de cabeza) con la relación de sus causas, señales y pronósticos, concluí mi confesión diciéndoles estas u otras parecidas palabras: «Yo bien , señores, que la medicina tiene aplicadas definiciones, divisiones, causas, pronósticos y medicamentos para todos los achaques; pero también de sus incertidumbres y equivocaciones. Yo estoy más cerca de mí que Vmds., e ignoro el actor de mis inquietudes y dolencias, ni el paradero de su malicia, ni acierto a percibir si está en el estómago, hipocondrio o mesenterio, ni si esta pasión está esencialmente en la parte dolorida o padece, como Vmds. dicen, por consentimiento. Vmds., como más sabios, lo sospecharán mejor: lo que yo puedo sólo asegurar es que, si este dolor se detiene algunos días más en mi cabeza, he de parar en una apoplejía o en una de las especies de locura furiosa; y así, yo hago a Vmds. dejación absoluta de mi cuerpo para que lo sajen si lo contemplan oportuno, y prometo ser tan obediente a las recetas y a las voces de Vmds. que ha de llegar el día en que los escandalice mi obediencia, mi silencio y mi resignaciónConsoláronme mucho y, entre otras esperanzas, me dieron la de haber curado muchos dolores de cabeza de la casta del que yo padecía. Añadieron que mi mal tenía más asiento en mi aprehensión que en mis humores; que me procurase divertir, que a ellos no les daba cuidado mi dolor; y esto se lo creí al punto, y aun se extendió mi malicia a consentir que quizá no les pesa de nuestros males y sus dilataciones, porque ellos son su patrimonio y su ganancia. Conformáronse, y quedaron, como regularmente se dice, de acuerdo en que mi enfermedad era una hipocondría incipiente, con una laxitud en las fibras estomacales y que la cabeza padecía per consensum. Rociáronme de aforismos, me empaparon en ejemplares y esperanzas; y yo, hecho un bárbaro con su parola y el deseo de mi salud, admiré como evidencias sus pataratas y ponderaciones. Descuadernóse la junta, y ellos marcharon cada uno por su calle a ojeo de tercianas y a montería de cólicos, y yo a la cama, a ser mártir suyo y heredad de sus desconciertos; y al día siguiente empezaron a trabajar y hacer sus habilidades sobre mi triste corpanchón con el método, porfía y rigor que verá el que no se canse de leer o de oír.

     Bajo de la aprehensión de ser hipondríaco el afecto que yo padecía, dispusieron barrer primeramente los pecados gordos de mis humores con el escobón de algunos purgantes fuertes, para que como prólogos fuesen abriendo el camino a las medicinas antihipocondríacas y contraescorbúticas, que andan revueltas las unas con las otras. La primera purga fue la regular del ruibarbo, maná, cristal tártaro y el agua de achicorias, cuya composición se apellida entre los de la farándula el agua angélica. Detrás de ésta, siguieron de reata cuatrocientas píldoras católicas; y pareciéndoles que no había purgado bien sus delitos mi estómago, a pocos días después me pusieron en la angustia de cagar y sudar a unos mismos instantes, que estos oficios producen las aguas de Escrodero, cuya virtud o malicia llaman los doctores ambidextrae. Finalmente, yo tragué en veinte días, por su mandado, treinta y siete purgantes, unos en jigote, otros en albondiguillas, otros en carnero verde y en otros diferentes guisados, y el dolor cada vez se radicaba con mayor vehemencia. Dejáronme estas primeras preparaciones lánguido, pajizo y tan arruinado que sólo me diferenciaba de los difuntos en que respiraba a empujones y hacía otros ademanes de vivo, pero tan perezosos que era necesario atisbar con atención para conocer mis movimientos; si intentaba mover algún brazo o pierna, no bien les había hecho perder la cama, cuando al instante se volvía a derribar, como si fuera de goznes.

     Viéndome tan tendido y tan quebrantado, mudaron los médicos la idea de la curación, y a pocos días pegaron detrás de mí, y los materiales delincuentes que habían buscado en el estómago e hipocondrios, los inquirieron en la sangre, a cuyo fin me horadaron dos veces los tobillos; y estas dos puertas en el número de las antecedentes hacen las ciento y una sangrías que dejo declaradas. Parecióles corta la evacuación, y me coronaron de sanguijuelas la cabeza y me pusieron otras seis por arracadas en las orejas y por remate un buen rodancho de cantáridas en la nuca. Yo quisiera que me hubieran visto mis enemigos, pues no dudo que se hubieran lastimado sus duros corazones al mirar la figura de mi espectáculo sangriento. El rostro estaba empapado en sangre que habían escupido del celebro las sanguijuelas que mordían de su redondez; la gorja, los hombros, los pechos y muchos retazos de la camisa, disciplinados a chorreones con la que se desguazaba de las orejas. Cuál quedaría yo de débil, desfigurado y abatido, considérelo el lector, mientras yo le aseguro que ya no podía empujar los sollozos y que llegué a respirar casi las últimas agonías; yo me vi más hacia el bando de la eternidad que en el mundo. Yo perdí el juicio que tuve que perder, que, aunque era poco, yo me bandeaba con él entre las gentes. La memoria se arruinó en tal grado de perdición que, en más de dos meses de esta gran cura, no pude referir el padrenuestro ni otra de las oraciones de la iglesia, en latín ni en romance. En fin, todo lo perdí menos el dolor de cabeza; antes iba tan en aumento que pareció que las diligencias de la curación se dirigían más a mantenerlo que a quitarlo.

     Estudiaban los médicos, en los capítulos de sus libros, disculpas para sus disparates. Palpaban con sus ojos mi estado deplorable y sus errores. Conocían las burlas que de sus recetas, sus aforismos y sus discursos, les hacía mi naturaleza y mi dolor, y, con todos estos desengaños, jamás los confesar su ignorancia. Avergonzábanse a ratos de ver sus cabezas peores que la mía, y de que ya no encontraban apariencias, astucias ni gestos con que esconder su rubor y su incertidumbre. Hallaban cerrados todos los pasos de sus persuasiones y escapatorias con las evidencias y mentises con que los rechazaba mi figura y mi tolerancia; y, en fin, su mayor desconsuelo era no poder echar la culpa de mi postración a mis desórdenes ni a mis rebeldías, pues fui tan majadero en abrazar sus votos y sus emplastos que consentí que me aplicasen los que con justa causa presumía que me serían inútiles y aun quizá dañosos.

     Mi debilidad y mi tormento continuaban cada día con rigor más implacable, pero como ellos no habían acabado de decirle a mi cuerpo todo lo que habían estudiado en la Universidad, no quisieron dejarme descansar hasta concluir con todos sus aforismos y recetas, las que me iban embocando, ya en bebidas, ya en lavatorios, ya en emplastos, y en las demás diferencias de martirios con que acometen a los enfermos miserables. Las gentes del pueblo, unas de piadosas, otras de aficionadas y las más de poseídas de la curiosidad de ver la lastimosa y exquisita duración de mi dolencia, me visitaban y consolaban, y todas me echaron encima sus remedios, sus gracias, sus reliquias y sus oraciones. Acudieron a verme otros cinco doctores que había en Salamanca, algunos cirujanos y unos pocos de exorcismeros, y, gracias a Dios, todos me trabajaron a pasto y labor, porque para todos había campo abierto en mi docilidad y resistencia. Lo que unos y otros leían o soñaban de noche, me lo echaban a cuestas por la mañana, y así siguió la cura hasta el día veinte de agosto, que les cortó los aceros la aplopejía, que yo temí y había pronosticado en el primer informe y confesión que hice a los primeros doctores de mis males. Quédome por ahora aplopéctico, y mientras le digo al lector los medios con que la piedad de Dios me restituyó al sentido y movimiento, referiré antes, con la verdad y sencillez que procuro, las demás medicinas, brebajes y sajas con que me ayudaron, pues aún le faltan que saber muchas más perrerías de las que ejecutaron conmigo.

     En el discurso del tiempo que hay desde el día 15 de abril que empezaron los médicos a rebutirme de pócimas y a sajarme a sangrías, sanguijuelas y cantáridas, hasta el día 20 de agosto que me pusieron en el accidente de la aplopejía, me iban encajando, entre los dichos venenos y lanzadas, los rejonazos siguientes. En el día 4 de mayo se hizo un extraordinario consejo de guerra contra mi atenazada humanidad, al que concurrieron seis médicos, dos cirujanos y un conjurador, que tenía voto en estas juntas, y por toda la comunidad salí condenado a diez ventosas todas las noches, las que se habían de plantar en mis lomos, costillas, muslos y piernas; así se ejecutó, durando su repetición hasta el día 10 ó 12 de junio, que por cuenta matemática salen trescientas y doce ventosas a lo menos, porque desde el día 4 de mayo hasta el día doce de junio, van treinta y nueve días, con que multiplique el curioso ocho a lo menos por treinta y nueve, verá lo que le sale en el cociente. Es verdad que descansé algunas noches, pero por los días de descanso doy en data las ventosas que me echaban más de las ocho, pues muchas veces me espetaron diez y doce; y, si me detuviera a contar con rigor aritmético, había de sacar a mi favor otro par de docenas, pero por la medida menor no le quitaré una de las trescientas y doce. Fui jeringado ochenta y cuatro veces con los caldos de la cabeza de carnero, con girapliega, catalicón, sal, tabaco, agua del pozo y otras porquerías, que la parte que las recibía las arrojó de asco muchas veces. Los estregones y fregaduras que aguanté, sin las que van siempre reatadas a las ventosas, serían a buen ojo ciento y cincuenta. Recibí los pediluvios de Jorge Baglivio siete veces; y, por fin, se ordenó otra junta entre los mismos comensales para condenarme a las unciones, y aunque los más de los votos fueron contra mí, yo me rebelé, haciéndoles el cargo que mi mal no había hablado palabra alguna por donde se le conociese ser francés, ni constaba por mi confesión haber tenido malos tratos con ninguna persona de esta nación ni con otra alguna de España que hubiese comerciado con estas gentes ni con estos males.

     Viendo mi resistencia, los doctores prorrumpieron contra mi escusa en estas malditas palabras: «Señor, ¿no hemos de hacer algo? Hasta ahora nadie se ha curado sin medicinas. Sujétese Vmd., pena de que perderá la vida y le llevará el diablo.» ¡Quisiera no ser nacido cuando escuché tan terribles necedades y tan bárbara persecución! ¿No hemos de hacer algo? ¿Pues qué, es nada treinta y siete purgas, trescientas y doce ventosas, ochenta y cuatro ayudas, y haberme dejado el pellejo como un cribo, cubierto de los desgarrones y de las sangrías, sanguijuelas y cantáridas? Vive Dios que todo el poder del infierno y toda la rabia de los diablos no pudiera haber hecho más crueldades con los que cogen en sus abismos, ¡y me salen ahora con que no hemos de hacer algo! Confieso que me dejé irritar de la expresión hosca y desabrida, y que sólo el disimulo con que se deben recibir los desvaríos de los enfermos pudo también salvar el mal modo de mis respuestas; ya les pedí perdón, ya me lo aplicaron, con que no tengo más que pedir.

     Por no descaer de su ciencia y de su negocio, toman estos hombres el empeño de perseguir a los que cogen en las camas, hasta dar en tierra con sus cuerpos. Nunca aciertan a desviarse de su confianza y erronía. Unos se dejan gobernar de la necia fe que dieron a sus aforismos; otros, de la vana credulidad de sus experimentos, sostenida en cuatro ejemplares que, si los examinan con juicio, hallarán que son triunfos más ciertos de la naturaleza que de su arte, su conocimiento o de su astucia; y muchos son sobrecogidos de alguna ambición que les tapa la boca para no hablar con el desengaño que nos manda la buena civilidad de la honradez.

     Afirmo que puede ser codicia, terquedad, presunción, estudio, maña, experiencia y rectitud presumida la continuación y porfiada multitud de sus medicamentos. Por lo que soy de sentir (si valen algo para aconsejar mi vejez y mis atisbos) que a las primeras visitas se le paguen con adelantamiento sus pasos y estaciones, que éste es el único medio de salir menos mal y quedar mejor todos los interlocutores de las enfermedades: porque el doctor recibe desde luego sus propinas sin cansancio, sin pasar por los sofiones y las burlas que le hacen las medicinas y las dolencias, sin oír los gritos, relaciones y argumentos de los postrados y los asistentes, y sin tener que buscar disculpas a sus desaciertos, sus ignorancias, inobediencias de las aplicaciones y rebeldías de los achaques; el enfermo logra de este modo unas vacaciones tan útiles que en ello está muchas veces la cobranza de su descanso y su salud; y, si se muere, muere a lo menos con más quietud, con más comodidad y más limpieza; y, finalmente, sus domésticos y agregados logran los gastos de su entierro en el ahorro de la botica, que es una cantidad muy suficiente para surtir mucha porción de lo que se engulle en el mortorio y se desparrama entre los sacristanes, monaguillos, campanilleros y otros tagarotes de calavernario.

     Antes que prosiga la historia de mis males (que aún me falta mucho que vomitar), me insta la conciencia a prevenir al lector que siempre que lea las libres expresiones con que escribo cuando trato de la curación y extravagancia de mis males, no debe creer que mi ánimo es enviarlas a satirizar ni a herir a alguno de los doctores que me curaban; de modo que siempre que vea en este cartapacio las palabras de errores, falsedades, ignorancias, embustes y otras que valen lo mismo, no quiero que piense que las digo por la intención, conducta ni estudio de estos médicos, a quienes hoy vivo agradecido, sino por lo conjeturable, lo incierto y lo desgraciado de la facultad de la medicina; y cuando se tropiece con las voces de codicia, presunción, vanidad y otras de esta casta, entonces debe creer que no las tiro a particular alguno, sino que las disparo a todo el gremio, pues esta comunidad tiene lo que todas las nuestras: hombres vanos, codiciosos, engañadores, presumidos y llenos de otras malicias y cautelas culpables. Éste es mi sentir inocente y verdadero; y afirmo que a los médicos que me asistían debí una piedad cristiana imponderable, una aplicación oficiosa a mis alivios y un deseo muy desinteresado de mi salud; y estoy creyendo firmísimamente que la ansia con que anhelaban a sostenerme la vida y recobrarme la salud fue la que los puso en la repetición de tantos y tan raros medicamentos, sospechando que, en cada uno que me aplicaban, habían de ver en mi sanidad los efectos de su buena intención, de su estudio y su cariño. Así lo debe creer el lector, porque así lo creo yo y así lo juro, y vamos adelante.

     Continuaron, y yo -¡bárbaro de mí!- continué bebiendo sus recetas, y desde las unciones descendieron a la quina, con la especialidad de que en toda la duración de mis males jamás asomó la calentura; antes bien, procedían los pulsos tan remolones que contaban por uno de los signos de mi muerte su pereza. Yo no con qué razón, con qué discurso ni con qué causa me aplicaron este específico; el que lo quiera saber puede preguntárselo a ellos, que no tengo duda en que responderán, porque son doctos y han estudiado todo cuanto se enseña en la Universidad de Salamanca. Quedó burlada y sin mostrar su valor esta corteza, porque, a la verdad, su enemigo estaba cien leguas de mi cuerpo; acá me la tengo, y puede ser que sirva para espantar las fiebres futuras o para no dejar venir las que se preparan con los días en nuestras ocasionadas humanidades. Desde la quina pasaron a recetarme la triaca, la que tomé ocho días sin intermisión y sin haber percibido el más leve daño ni alivio de su virtud tan decantada. Y, en fin, porque había huido el sueño, enteramente enojado de los dolores y los medicamentos, le buscaron con el láudano fluido y macizo; y, aunque di con mis gestos señales de alguna resistencia a este narcótico, se me echaron encima con la predicación y las amenazas de la conciencia unos frailes entre curanderos y agonizantes, y a puros gritos me lo embocaron, y yo lo tragué, persuadido a que iba a despertar en la presencia de Dios.

     Ya me canso de escribir las diferencias y cantidades de remedios que me hicieron tomar; y por no producir más molestia a los lectores, les digo, resumidamente, que no dejaron hoja, resina, leño, simiente, ni los demás simples y mezclados, que están presumiendo del sanalotodo en las boticas, que no me diesen, ya en sorbos, ya en bocados y ya en unturas; pero todo perdió su virtud o no era del caso contra mis achaques, porque ni lo mucho ni lo poco dieron la más remota señal de los efectos que les juran las fanfarronadas de la medicina.

     Aburridos enteramente los doctores y confesando que ya no sabían ni encontraban en el chilindrón de sus tres reinos animales, vegetales ni minerales con qué socorrerme, me entregaron cuasi difunto a los conjuradores, los que me recogieron en su jurisdicción algunos días. El primero que me asaltó con los conjuros fue un devoto capuchino, que cuidó de mi alma en los primeros enviones de la enfermedad; y a veces, en el estado sano del cuerpo, la levantaba de las profundidades, en que muy a menudo caía con los socorros de sus avisos y sus absoluciones. Asistió a mi cabecera con caridad, lástima y tolerancia inalterable todo el tiempo que me tuvo tendido en su estrechez la pesadumbre y la violencia de mis raros y desconocidos accidentes, siendo la dulce sencillez de sus palabras el único consuelo de mis aflicciones, el solo alivio de mis penas y el particular despertador de mis conformidades. Llámase este venerable varón fray León de Guareña, natural de este pueblo de Extremadura, y hoy vive siendo vicario en el convento de los capuchinos de Cubas. Esforzaba su celo, su voz y su devota confianza cuanto era posible el caritativo padre, pero el dolor de cabeza parecía el diablo mudo, porque callaba y dolía, dándose por desentendido a las voces, las cruces y las rociaduras del hisopo. Entró después el Rvmo. padre fray Adrián Menéndez, mi congraduado y hoy general de la religión de san Bernardo, y hízose también sordo el dolor a sus oraciones y conjuros; y - yo no si sería la eficacia de sus ruegos o el singular amor con que siempre he venerado a este reverendísimo - conocí entonces mayor alegría en sus palabras y más conocido consuelo en su presencia. Entraron, finalmente, a espantarme los diablos, las brujas, los hechizos o lo que era (porque todos lo conjuraban y maldecían a salga lo que saliere) otros clérigos, tonsurados y frailes recientes, llenos de fervores; y todos me santiguaron a su satisfacción; pero los diablos, las brujas o lo que fue, acá me lo han dejado, porque yo no lo he visto salir por parte alguna; es verdad que tampoco lo había visto entrar, pero como eran hombres doctos, tratantes en espíritus y revelaciones los que me lo aseguraban, me fue preciso asentir de botones afuera y dejarme crucificar por vía de sufragio y medicina.

     Pasados veinte días con poca diferencia, volvieron los médicos a ver el estado en que me tenían los conjuradores, y viendo que sus oficios tampoco sacaban una mella a mis males, pensaron en el mayor delirio que se pudo imaginar desde que hay locos en la tierra. Dieron orden a los asistentes que retirasen a fray León de mi cabecera, asegurando que su semblante, su virtud y su predicación producían y aumentaban mis suspiros, mis agonías y mis amargas cavilaciones, afirmándose de nuevo en que no era otro mi mal que el de una honda y funesta melancolía. El pobre religioso es cierto que tiene una figura estrujada, cetrina, grave y pavorosa, y un semblante ceniciento, aterido y ofuscado con el pelambre mantecoso y desvaído de su barba, a cuyo aspecto añadían duplicados terrores las broncas oscuridades del sayal y la negra gruta de su capuz sombrío y caudaloso: teníalo regularmente empinado, y escondidas las manos en los adustos boquerones de las mangas, de modo que parecía un Macario penitente que respiraba muertes y eternidades por todas sus ojeadas, coyunturas y movimientos; pero, como yo estaba ya familiarizado con su rostro, su vestido y su conversación, me producía muchos consuelos aquel bulto que sería a otros formidable, por lo cual, sumamente irritado contra la idea de esta nueva cura, me rebelé contra ella, como contra las unciones; revolviéndome a los médicos, les dije que, ya que me quitaban o no me podían detener la vida, que no me estorbasen los medios de mi salvación, los que tenía afianzados en la asistencia, doctrina y consuelos de aquel venerable hombre. Dejáronme en paz, y yo me quedé con mi padre León, al que no quise soltar de mi lado hasta después de tres meses convalecido.

     Ni el peligro tan cercano a morir, ni la continua porfía con que rogaba a los médicos que me mandasen confesar y recibir los santos sacramentos que da la Iglesia, nuestra Madre, a los fieles católicos que llegan a tener su vida en los arrabales de la muerte donde yo vi la mía aposentada, pudo moverlos a que se celebrase con juicio y en sazón esta cristiana diligencia. Decían que la enfermedad daba muchas treguas; que ellos conocían las tretas y zorrerías de los enfermos; que yo no anhelaba confesarme, ni mi deseo era hijo puro de la obligación de un cristiano devoto, sino de una curiosidad medrosa con que intentan los enfermos certificarse del estado de gravedad en que el médico los imagina; que estas agachadas y otras marrullerías las tocaban a cada instante, pero que no hacían caso; que su gobierno era el pulso, las fuerzas, las orinas y el mayor o menor apartamiento del estado natural; y que sabían muy bien cómo estaba yo y lo que a ellos les tocaba. Finalmente, muy de prácticos y muy de maestros, respondían con estas y otras presuntuosas y desacreditadas experiencias; y ello, sucedió que atropelladamente me mandaron confesar pocas horas antes de haberme cogido toda la razón la aplopejía. Dicen que me confesé, que recibí a Dios sacramentado y que puse en buena disposición mi testamento; pero yo no he podido acordarme de cuándo pasaron por mí tales preparaciones. Los que asistieron a los actos piadosos y mis domésticos estaban muy edificados de la conformidad que notaron en mi espíritu. En las conversaciones se referían como prodigiosas las expresiones de amor y penitencia en que casualmente prorrumpí al tiempo que recibía la sagrada comunión. Todos envidiaban el santo aliento de mi espíritu, y el más edificado fue don Josef Zapatero, cura de mi parroquia, que salió de mi cuarto repitiendo algunas palabras que el carácter de católico y la crianza de cristiano (sin saber la más mínima de ellas el juicio) envió a mi boca desde el alma.

     Sólo por las relaciones he sabido que me confesé, pues ya estaba sin rayo de racionalidad cuando hice esta y las demás preparaciones para morir; y si en ella no apareció alguna de las inmoderaciones de mi vida, fue sin duda porque la piedad de Dios no permitió que escandalizase en aquella hora el que había consumido todas sus edades en escándalos y delitos contra Su Majestad. Creo que ha pasado por muchos muertos y por muchos que viven lo que pasó por mí, que los mandan confesar cuando tienen trabucada la razón, amontonado el juicio, perdida la memoria y todo el discernimiento distraído hacia las agonías, las congojas, las angustias y dolores más cercanos.

     No es ésta ocasión de reprehender este abuso y confianza en los médicos; lo que afirmo es que su conciencia y la de sus enfermos peligra enteramente en la tardanza de estas disposiciones, y que los que tienen este oficio deben tener muy presentes estos daños, las traiciones de los achaques, los asaltos repentinos, los movimientos impensados y la falsedad de las robusteces de la naturaleza, y, finalmente, deben vivir escarmentados de las mentiras, de las equivocaciones de sus principios y de las historias desgraciadas con que a cada momento son argüidas sus necias seguridades. Yo creeré que pongan alguna meditación en este importante asunto. Y ahora voy a salir del accidente, que ya es tiempo, y de finalizar el quinto trozo, pues considero que estará el lector, como yo estoy, enfadado con las menudas, vulgares e impertinentes circunstancias de un suceso que, sobre cortas diferencias, pasa por todos los vivientes del mundo.

     Día de san Bernardo, a las cinco de la tarde, fui agarrado de la aplopejía, la que me mantuvo en sus privaciones hasta las dos de la mañana del día siguiente. No puedo asegurar si fue a beneficio de cuatro cantáridas que me encajaron en las tablas de los muslos y en lo más gordo de las piernas o a instancias de un vómito voluntario que se le antojó hacer a mi naturaleza, que es el primero que ha hecho en mi poder, o si fue milagro, como repetían a voces los asistentes. Yo volví a cobrar el sentido y movimiento que me había embargado el accidente, y creo que, si no fue absolutamente milagro, fue por especial beneficio de la divina Providencia la restitución a mis sentimientos, porque yo me hallé, cuando abrí los ojos, con alguna luz en el juicio, menos oscuridad en la memoria, más usual para los movimientos, mejor despabilada la cabeza y, aunque el dolor se mantenía, no guardaba la gravedad y ruido antecedente.

     Luego que me reparé, vi a una de mis hermanas a la cabecera, y la rogué encarecidamente que no permitiese que médico alguno volviese a pisar mi cuarto, y que sólo como a vecino piadoso del pueblo le podía conceder la entrada, y que no me dejase tomar medicina alguna, aunque yo la recetara, que quería morir sin tener que lidiar con las fatigas de los doctores y los remedios. Así me lo otorgó y, desde este punto, empecé a sentir una indubitable mejoría.

     Veinte y siete días estuve mantenido solamente de los caldos, y al fin de dicho tiempo, salí de la cama como un esqueleto, tan descarnado que sólo me faltaba la guadaña para parecer la muerte. Sostenido por los alones de una muleta y de los brazos de mi padre León, empecé a formar algunos pinos por la corta capacidad de mi cuarto, y a pocos días, salí a pisar la calle, acompañado del padre y de mi amigo don Josef Nájera, catedrático de cirugía en Salamanca y hoy platicante mayor del nuevo colegio de Cádiz, que uno y otro me conducían a la campaña y a los paseos, procurando con imponderable caridad mis diversiones y mi alivio. Parecióme oportuno buscar el esparcimiento de la aldea y, luego que pude subir a caballo, marché nueve leguas de Salamanca a una villa que se dice Torrecilla de la Orden, en donde me detuve todo el mes de octubre, hospedado en la casa del señor don Domingo Hernández Griñón, presbítero, de quien recibí cuantas clemencias y agasajos pudo imaginar mi deseo. Más recobrado, menos melancólico y con señales de buena convalecencia, volví a Salamanca a los primeros de noviembre, y con la observancia de una dieta rigurosa que me impuse, me hallé al año restituido a mi salud, a mi genio, a mi juicio y a mi memoria. El dolor en la cabeza aún me dura, pero es más remiso y más tolerable, aunque en algunas temporadas me acomete con la furia antigua, de modo que, poco o mucho, raro es el día en que no tenga que padecer y que dar a Dios en descuento de mis culpas.

     Ya más robusto y con disposición para sufrir los caminos y mesones de España, empecé a pagar a Dios los votos y los prometimientos con que procuré desde mi cama aplacar las suavidades de su justicia, y fue la primera visitar a su Madre Santísima de Guadalupe, adonde partí a pie desde mi casa el día 20 de junio de 1745, en cuyo devotísimo santuario estuve dichosamente detenido quince días, al fin de los cuales volví a Salamanca a cumplir otras deudas y obligaciones de mi oficio.

     Por el mes de noviembre de dicho año pasé a Madrid, donde fui recibido de unos con admiración, de otros con agasajo y de los más con susto, porque unos me miraban como aparecido, otros como muerto y los que estaban mejor informados de las disposiciones de mi vida, me acogieron con piedad y con buena intención, saludándome con muchas enhorabuenas y alegrías. Nació la variedad de estos afectos de los desesperados pronósticos que me habían echado encima los doctores, pues los unos firmaron mi muerte, cuyo despacho remitieron los crédulos ociosos a las estafetas, y los otros aseguraban que si sacaba la vida de las garras del accidente, sería arrastrando y para representar el papel de loco entre las gentes del mundo; y todos mintieron (como me sucede a mí cuando pronostico), porque aún soy viviente, y en cuanto al juicio, me tengo el que me tenía, y aun más aliviado, porque el rigor del accidente debió de verter alguna flema en mi sangre, y ésta me ha puesto más remilgado de palabras, menos liberal de movimientos, algo más sucio de figura, y me parece que un poco zalamero y ponderado, que me pesa bastante pero, como se usan así los juiciosos, lo sufro con conformidad.

     En los cronicones de mis desafectos y enemigos son innumerables las veces que me escriben loco y mentecato, y en las historias de los noveleros y ociosos que viven atisbando mi vida, ésta es mi cuarta muerte, como lo dicen las exequias que me hizo en unas coplas el año pasado un poeta macarrónico, tan hambriento que no encontró para comer él con otra invención que la de matarme a mí. En mi falta de juicio pueden tener mucha razón, aunque poca caridad; pero en la historia de mis mortorios, juro por mi vida que mienten de cabo a rabo, y que el poeta es un poeta y unos embusteros los demás bergantes que me han sacado en andas por ese mundo.

     Perdieron el espanto y la credulidad las gentes con la visión de mi figura y de mi vida, y yo me volví a mis antiguas correspondencias con la satisfacción de que no habían de maldecirme ni asustarse. Recibióme (es verdad que con algún susto prudente a los movimientos de mi locura presumida) la excelentísima señora duquesa de Alba, mi señora, y en breve tiempo debí a su discreción el desengaño, y entonces sí que me puso venerablemente loco la consideración de la gran honra que debí a su excelencia, pues quiso padecer aquel recelo por no negarme la dichosa ventura de rendirme a sus pies.

     Ya que he llegado a tocar el punto venturoso de las apacibles clemencias con que me han ensoberbecido las personas de más alta jerarquía, quiero atormentar un poco a mis enemigos, poniéndoles a los ojos en breve relación las honras y aplausos que estoy debiendo a su sola piedad, especialmente desde que di a luz el cuarto trozo de mi Vida hasta hoy; y con el conocimiento de que es la sátira más fuerte que puedo dar a su envidia irremediable, recojan en cuenta de sus ingratas altanerías mis apacibles sumisiones y púdranse un poco, mientras yo me regodeo con la memoria de sus necias pesadumbres y mis honrados regocijos.

     El excelentísimo señor don Josef Carvajal me ha llevado en su coche y a su derecha por las calles y públicos paseos de Madrid algunas veces, me ha mandado sentar a su mesa infinitas y me ha conducido a la del excelentísimo señor marqués de la Ensenada, en donde me vi más de cuarenta veces poseído de una vergüenza venerable, arguyendo interiormente a mi indignidad con la posesión de una fortuna tan distante de mis locas esperanzas y tan irregular a las ruindades de mi mérito, y dando gracias a Dios de contemplar al pobre Diego de Torres (que ha sido y es el escarnio de los más asquerosos pordioseros) empinado adonde aspiran las heroicidades más soberbias y las ambiciones más terribles. Los excelentísimos señores duque de Huéscar y marqués de Coria ha muchos años que derraman sobre mi agradecimiento respetuoso especiales abundancias, beneficios y distinciones; me permiten que penetre a todas horas hasta sus retirados gabinetes, dispensándome de la dichosa obligación de detenerme en su antesala. Los excelentísimos señores de Medinasidonia, Veraguas, Miranda y otros, igualmente agasajan mis humildes reverencias y me excusan de las mismas precisiones. A la verdad, es raro el gran señor de España, el presidente, el ministro y el gobernador a quien no deba cuantas señales de piedad puede producir su magnificencia, su crianza y su política honradora, y todos me han franqueado su casa, su mesa, su coche y su apacibilidad.

     Pocos son los ilustrísimos señores obispos de España que no tengan noticia de mis respetos y muy raro el que no recibe mis cartas, mis rendimientos y mis súplicas con alegre paciencia y clementes concesiones. Los extranjeros y peregrinos que vienen a Salamanca, ha muchos años que no preguntan por la Universidad ni por la plaza ni por las cuevas donde enseñaban los diablos (salvo sea el embuste), sino por don Diego de Torres, pensando encontrar con un monstruo estupendamente afable o un oráculo deforme, predicador de misterios, adivinanzas, fortunas, desdichas o despropósitos; y es cierto que el bedel, que cela la prontitud y la detención de los catedráticos, me llama más veces para que me vean los forasteros que para dictar a mis discípulos. Esto se siente por acá, y se hace burla alguna vez, con un poquito de escozor entre cuero y carne, de la sencillez y curiosidad de los inocentes o mamarones que anhelan a conocerme y tratarme; pero yo no puedo estorbarle a ninguno sus entripados; encójase y aguante como pudiere hasta que Dios tome la providencia de quitarme del medio. En los pueblos más distantes y más breves donde me ha llevado mi negocio o mi extravagancia me han recibido sus moradores con agradable curiosidad, con algazara festiva y con las ofertas y dones en la mano, de modo que para haber vuelto rico de mis romerías, no me faltó más que aquella aceptación que saben componer otros con su vergüenza, con su genio o con su disimulo. El afecto que deben a la tropa mis ingenuidades lo dirán los soldados, y sólo aseguro que vivo agradecido a la franqueza, despejo y libertad de sus graciosas expresiones.

     Algunos enemigos (de los que conozco y trato de más cerca) dicen, y se consuelan allá entre sus compadres y tertulianos, que quizá por bufón me vienen a mí estas remuneraciones y piedades, que por públicas no las puede negar su malicia; yo no les puedo sacar de esta duda. Lo que les aseguro es que soy para bufón patente más frío que un carámbano; lo que confieso es que, a mis solas y desde mi bufete y para la gente desautorizada y ociosa, echo en la calle algunas de las que ellos nombran bufonadas, que a la vuelta de alguna risa me han traído el pan y la estimación; pero en las conversaciones de las personas de todo carácter, será un maldiciente el que diga que ha visto asomar a mis labios expresión que no sea severamente humilde, aun cuando me han dado permiso y confianza para delirar. Ténganme lástima, que soy más digno de ella que de la crítica insolente, pues a esta casta de escrituras me ha obligado la necesidad y el bobo deleite del vulgo; y como nunca he tenido más sueldos ni más situados que mis continuas tareas, me ha sido oportuno poner a mis papeles las gaiterías del más pronto y breve despacho; y por no pedir, por no petardear y por no pretender, he querido antes pasar por los sonrojos de bufón envergozante, que por las frecuencias de petardista desvergonzado, pretendiente importuno o pedigüeño entrometido.

     El curioso que quiera apurar el por qué los héroes primeros del mundo político hacen tanta caridad a un hombre tan indigno de ella, pueden echar sus memoriales preguntándolo; que yo sólo me atrevo a continuar los medios de conservarme en su clemencia, a poner todas las señales de ser agradecido, a responder con verdad a lo que me pregunten y a detenerme en un silencio natural, mondo de misterios y ademanes; y, en fin, para ponerme entre los hombres más señalados, me sobran muchos grados de esta piedad, y, dénmela por bufón o por el título que quieran decir mis contrarios, me bastan para mis elogios las irrisiones de sujetos de tanta altura; y también basta de mortificación a mis enemigos, que ya conozco que es fuerte la carda que les doy.

     Ni mis aventuras ni mis penas ni mis cuidados ni mis melancolías ni el continuo dolor de cabeza me han permitido la más leve vacación de mis trabajos y tareas, como lo demuestra el mediano bulto de mis obras, pues sin faltar a las obligaciones de mi cátedra y de mi estado, he escrito los borrones, las copias y traslados de los libros y papeles siguientes:

     En primer lugar los pronósticos, desde el año de 1743 hasta el presente, que son ocho.

     La vida del padre don Jerónimo Abarrategui y Figueroa, clérigo teatino de san Cayetano.

     Un tratado de los terremotos y de sus diferencias.

     Un arte de colmenas, con el modo de conservar y curar las abejas.

     Unas exequias mentales a la muerte del rey nuestro señor don Felipe V.

     Otra expresión fúnebre a la traslación de los cadáveres de los excelentísimos señores condes de Monterrey al convento de las madres agustinas de la ciudad de Salamanca.

     Otro papel respondiendo a la sociedad médica sobre cadáver de un guardia de corps, en el hospital general de Madrid.

     Otro papel (que no he querido imprimir) sobre la figura del mundo.

     Otro papel respondiendo a la sociedad médica sobre cuál es la causa de producir picazón en la nariz las lombrices que anidan en los intestinos.

     Dos cartas impresas al anónimo que escribió contra mí con el pretexto de criticar el papel de terremotos. Esto todo en prosa.

     En verso están impresos los papeles siguientes:

     Treinta y seis villancicos a la Natividad del Señor y Santos Reyes.

     Un romance en estilo aldeano, relación de las fiestas que hicieron los números de Salamanca a la exaltación al trono del rey nuestro señor don Fernando el Sexto.

     Otro papel en prosa al mismo asunto.

     Otro romance, en idioma portugués, a la reina nuestra señora doña María Bárbara.

     Otro romance, que es un razonamiento en nombre del alcalde de Tejares al rey nuestro señor, que no está impreso, como ni otros sonetos y varias poesías.

     Y tengo trabajados todos los eclipses de sol y luna hasta el año de mil y ochocientos, que se los daré de muy buena gana a los astrólogos en cierne que andan arrastrados para componer sus almanaques; y les hago una gran caridad, porque ya se les murió Eustaquio Manfredo, en cuya tienda feriaban sus lunas; y ahora, si no se valen de mi socorro, temo que se han de quedar capones de oficio.

     Además de estos trabajos de cabeza, he bordado una alfombra que tiene diez varas de largo y cinco de ancho, y un friso de la misma longitud y una vara de ancho, que se hallarán en mi casa; un frontal y una casulla, que reservan para los días clásicos los padres capuchinos de Salamanca; diez chupas, una cortina y otras diferentes piececillas. He hecho en este tiempo seis viajes a Madrid, uno a Coria y repetidas salidas a los lugares y pueblos vecinos, y, con todo eso, es más el tiempo que vivo ocioso que ocupado.

     En estos viajes, trabajos, entretenimientos y dolencias, se me ha huido el quinto trozo de mi vida; ahora voy apuntando las desdichas del sexto; y, si Dios quiere que yo lo cumpla, lo echaré a la calle con los demás, para que unos rabien, otros rían y yo me divierta; y si me atrapa la muerte en el camino, entregaré los mamotretos al fraile que le toquen mis agonías y mis boqueadas, para que me haga la caridad de publicarlo antes que salga algún coplero tiñoso a plagarme los zangarrones de mentiras y la calavera de despropósitos y bobadas.

     Yo espero en Dios que, ya de cansados o de arrepentidos, me dejen vivir difunto los que no me han dejado respirar viviente, y que he de conseguir, con la vida eterna de mi muerte, hacer felices todas las muertes de mi vida. Amén.

***

 

 

Añadido de 1752 al quinto Trozo

     Hame caído en este quinto Trozo de mi vida la aventura de mi jubilación; y aunque estaba determinado a desechar por enfadosa e impertinente la relación de este suceso, me ha parecido importante ponerla en el público, porque no quiero que, a las espaldas de mi muerte, le plante algún parchazo a mi memoria la mala intención o la ignorancia, y más cuando puede coger alguna tinta de un informe que la Universidad de Salamanca retiene en sus archivos. Pongo el caso, ahora que vivimos los actores y los concurrentes, para que ni en este ni en otro tiempo se vuelva contra la verdad y contra mi opinión la corrompida inteligencia, el furor de las edades u otro de los infinitos contrarios que deslucen y trabucan la fidelidad de las historias. El caso fue el que sigue.

     Yo confesé al Real Consejo de Castilla en un memorial todas las faltas que había cometido en veinte y cuatro años de catedrático, producidas de las barrumbadas de mi genio, de mis infortunios, de mis perezas y mis enfermedades. Para descuento de mis pecados escolásticos y para mover la real clemencia, até al remate de mi confesión una lista de otros trabajos, aplicaciones y tareas, más extrañas que las que regularmente imprimen y gritan en sus títulos mis compañeros escolares. Con esta mi fiel confesión, y la confianza de no haber sido jamás licenciado petardista ni pretendiente majadero, supliqué a su Alteza me absolviese de las idas y venidas, vueltas y revueltas a los patios y generales de la Universidad, concediéndome en la jubilación de mi cátedra la quietud y el reposo a que me instaban mis años y fatigas.

     Mandó su Alteza remitir todo el contenido de mi petición a la Universidad y que, después de bien visto, informase cuanto sobre el asunto de jubilaciones contenían los estatutos, las costumbres y los ejemplares, y cuanto fuese digno de notar en la malicia o en la inocencia de mi ruego.

     Juntáronse en el claustro que llaman pleno todos los doctores y, sin faltar un voto, decretaron que se representase al rey, con todo esfuerzo, la irregularidad de mi súplica, manifestando a su justificada clemencia los perjuicios y descaecimientos que se siguen a la Universidad con el ejemplo de una jubilación violenta, y que la que yo pretendía era contra todas las leyes y costumbres. Confió el claustro la extensión de su decreto a cuatro doctores de los más fecundos, los que, con admirables párrafos y estupendas palabras, adornaron la representación, que hoy dura y reserva para crédito de sus circunspecciones mesuradas y reprehensiones de mis imprudentes ociosidades y deseos. Apareció el trabajado papel en el Real Consejo, pero sus ponderaciones y discursos no pudieron mover hacia el sentimiento de la Universidad el dictamen de aquellos justificados señores, ni retraer su juicio de la reputación que habían dado a mis procedimientos y desgracias. La verdad es que aquellos señores me conocían de trato más clemente y vivían mucho antes informados de mis oficios, ya por su examen, ya por las voces de la publicidad, que ésta es (sin duda) el fiscal y el informante menos apasionado y más verdadero que cuantos andan trompicando por el mundo, al atisbo de los dichos y los hechos de los que buscan, con sus diligencias, sus fortunas.

     Yo no si los señores del Real Consejo me desnudaron enteramente del sayo que me echó encima la Universidad o si sobre esta sotana me tendieron otro sobretodo más lucido que cubrió los manchones de la primera ropa, que estas particularidades no puedo yo saberlas, porque son arcanos de su justicia. Lo cierto es que su piedad me puso tan aseado, tan merecedor y tan digno a los pies del rey, que su Majestad fue servido de darme la jubilación con todos los emolumentos, honras y exenciones que están concedidas por las mercedes reales y pontificias a los que han cumplido exactamente con el tiempo y las condiciones que decreta la Universidad en sus estatutos y sus leyes.

     Jubilé (bendito sea Dios) y, a la hora que escribo este cartapacio, llevo ya consumidos dos años de reposos y felicidades. La Universidad guarda su informe para testimonio de su entereza y mis distraimientos, y cuanto puede asombrar a mi crédito la pintura de sus expresiones lo notará el que lo leyere. Yo guardo el real decreto para desvanecer las sombras del informe, y cuanto puede añadir de honores y vanidades a mi humildad la solidez de sus palabras, lo dirán cuantos las lean en el original que retengo y en la copia que tiene la Universidad, y cuantos viven y gozan de la justicia inalterable del rey, y de la rectitud, ciencia y piedad de su Real Consejo.

     Muchos ceños me ha tirado a los ojos, y muchas pelladas de desaires me ha echado en los hocicos la severidad regañona de estos patios, pero las dejo de referir por muchas y por impertinentes. Yo disculpo en la Universidad el poco amor con que me ha tratado: lo primero, porque yo soy en sus escuelas un hijo pegadizo, bronco y amamantado sin la leche de sus documentos. En sus aulas no se consienten ni se crían escolares tan altaneros ni tan ridículos como yo, ni en ellas se especulan ni practican los disparates y fantasías que yo agarré al vuelo por el mundo, cuando lo vagaba libre y alegre; y, a la verdad, nunca me hallé con gusto ni me sentí con humor de aprender los arrebatamientos, profundidades y tristezas con que hacen los negocios de su sabiduría. Lo segundo, porque mi temperamento y mi desenfado es enteramente enemigo a la crianza y al humor de sus escolares, porque ellos son unos hombres serios, tristes, estirados, doctos, llenos de juicio, penetraciones y ambigüedades; y yo soy un estudiantón botarga, despilfarrado, ignorante, galano, holgón y tan patente de sentimientos que, siempre que abro la boca, deseo que todo el mundo me registre la tripa del cagalar.

     Yo voy aguantando, con una conformidad floja y taimada, sus disgustos desdichados, y mi paciencia y mi consideración me dan puntuales los consuelos y los recobros. La venganza que busco de sus reprehensiones es referirlas y preguntarles por la causa. Y el consuelo a que me agarro es a hacer riguroso examen de mi corazón en la presencia de sus desaires y asperezas.

     Este conato ha producido muchas alegrías a mi alma, y especialmente dos, que la rellenan de gusto y de ventura. La primera es averiguar que a ninguno de ellos he dado el menor motivo para sus desafecciones. Mírenme todo y hable o escriba el licenciado que hubiere padecido por mí el más leve estorbo o perjuicio en sus altanerías. Hable el hombre de cualquiera estado que sea (y pónganse en este montón mis mayores émulos, contrarios y enemigos) a quien yo haya hecho el más pequeño daño con mis obras, palabras o deseos. Hable (ahora que vivimos todos) el sujeto a quien yo haya negado mi casa, mi dinero, mis pasos, mis cartas y los oficios que se le han antojado oportunos para sus pretensiones o adelantamientos. La segunda alegría es el gozo admirable que tengo de ver que saben ellos que soy, en esta Universidad y en todas las de España, el doctor más rico, el más famoso, el más libre, el más extravagante, el más requebrado de las primeras jerarquías y vulgaridades de este siglo, el más contento con su fortuna, el menos importuno, el menos desvelado por las capellanías, las cátedras y los empleos, cuyas solicitudes ansiosas los tienen tan locos como a mí los pensamientos de mis disparates; y salga el que quisiere a poner tachas a mis mases y a mis menos, que a bien que han de abogar a mi favor cuantos nos conocen, nos tratan y nos sufren.

     Finalmente, con una paciencia mojarrilla que tiene doble caudal de chanzas socarronas que de conformidades apacibles, con un temperamento alegre, sabroso, rebellón a las glotonerías, los enfados proprios y las inquietudes extrañas, y con una templada ligereza que me pone el corpanchón a pie, a caballo y en carreta, sin el menor desabrimiento de sus lomos, voy atrancando (gracias a Dios) hacia el sexto trozo de mi vida; y, aunque todavía pueden atraparme en el camino muchas aventuras de todas calañas, no quiero esperar a padecerlas para escribirlas. Aquí me quedo, mudando enteramente los propósitos con que me sentía de continuar su relación; y, si la piedad de Dios permitiere que sea más larga mi detención en la tierra y que los acasos prósperos o desventurados, o la torpeza de mi vejez o la terquedad y ojeriza me hagan hocicar en otros desconciertos de tan villano linaje como los que me pillaron en la juventud, creo que no faltarán cronistas que los aúpen a jácaras, ni berreones que los griten por los cantillos. Y por mí, desde ahora tienen todos el perdón y la licencia para gruñir y entrometer en los fracasos, las mentiras y ridiculeces que se les vengan a la boca y a la pluma. Yo arrojo la mía, quiebro mi zampoña y me escondo a reír a mis anchos de muchos y de muchas cosas; y los primeros gritos de la burla los echaré encima de mí, pues, a la verdad, estoy persuadido que no hay, en todos los entremeses, sayos de bobo y cagalasollas del mundo, despertador más poderoso de mis carcajadas que yo mismo, y más cuando me acuerde de lo cacareado y famoso que ha sido mi nombre desde los veinte años hasta hoy, y que antes de muerto, y muchas centurias después de difunto, he de ser citado por hombre insigne y, como quien no dice nada, por autor de libros, habiendo sido en todos los pedazos de mi vida un ignorante holgazán, sin sujeción y sin escuela.

     Reiréme sin término siempre que vea a mis descuadernados disparates subidos a ser tomos en las mejores librerías de España, hombreando de volúmenes, haciendo de doctores y jurándolas, desde los estantes y desde sus títulos, de ciencia, erudición y documentos; y aunque no hay en todas sus hojas un arrapo de utilidad, mientras estén cerrados se las han de apostar a presunción y fantasía a los autores más cogotudos y severos.

     Ahora, por cierto, no me deja la risa tener la pluma en la mano, porque se me viene a la consideración el estupendo chasco que he dado al mundo con mis patochadas y sandeces, e imagino que ninguno de los monederos falsos, embaidores y charlatanes (entrando en esta recua los hipócritas, que son los embusteros más astutos para encajar sus maulas, sus chanflones y sus picardías, por virtudes de buena moneda) le ha puesto parchazo tan asqueroso y tan horrible.

     Ojo alerta, criticones, presumidos y discretazos, que con estas y semejantes burlas os están hiriendo los y el juicio cada día, sin que tantos ejemplares os hayan alborotado el escarmiento; y para que otro vagamundo farandulero no os pegue otra garrapata tan gorda como la que yo os he plantado con las algazaras y las ilusiones de mis tonterías, aconsejo a todos, como vejancón aporreado de fingimientos, espantajos y embustes, que examinen con recato y quietud la opinión de los hombres famosos y aplaudidos, especialmente la de las dos castas de doctos y de santos, que las más veces se hallará debajo de una reputación desmesurada de sabiduría y experiencia un idiota terco, un hablador vacío, un misterioso extravagante, un impertinente caprichudo un maulón ponderado con las letras tan garrafales como las mías, y, revuelto con el capote del Deo gracias y el Dios sobre todo, un bergante, comilón, ocioso, repleto de avaricia y de lujuria.

     Las poblaciones altas y bajas verbenean en tontos y embusteros, y los más relamidos de ciencia y devoción son unos fantasmones que estudian en deslumbrarnos para que no sea columbrada su ambición, su gula y su pereza. No hay desengaño más feliz que hurgarles su estudio, su melancolía, su gravedad, su retiro y su encogimiento, y a pocos tirones saldrá claro y patente el negocio, el vicio, la vanagloria, la soberbia y otros enredos que estaban tapados con el nebuloso cortinón de unas revelaciones, arrebatamientos y parolas sombrías y aparentes.

     Concluyo volviendo a imprimir en mis enemigos la pesadumbre de que aún soy viviente y que llevo mi ancianidad por las calles, los campos y los concursos, sin pesadez, sin asco, sin hedentina y sin especial irrisión de los mirones: mis sólidos retienen la fortaleza y la figura, sin encontrones ni carcomas, y mis líquidos corren por sus determinados canales con pausa discreta, sin desguazarse a hacer balsas ni hinchazones malquistas de las entrañas e hipocondrios. Estoy regularmente risueño, y me ayudan a llevar la salud y la alegría dos mil ducados de renta que cobro en cinco posesiones felizmente seguras, que las quiero repetir porque resuenen las continuaciones de mi agradecimiento y veneración. La primera está situada en la sacristía de Macotera, cuya dádiva debí a la piedad de la excelentísima señora duquesa de Alba, mi señora; la segunda, en un beneficio simple en la Puente del Congosto, cuya presentación me concedió el excelentísimo señor duque de Huéscar, su hijo y mi señor; la tercera, en otra sacristía, que me coló en Estepona el eminentísimo señor cardenal de Molina; y las dos que faltan, en dos administraciones de los estados que tienen en esta tierra el excelentísimo señor conde de Miranda y duque de Peñaranda, y señor marqués de Coquilla, conde de Gramedo; y, de añadidura, mi cátedra y otros cortezones y migajas que me acarrean mis calendarios y mis prosas. Vivo en un casarón autorizado del conde de Peñalva: portal sucio con sus regüeldos de caballeriza, patio con toldo, antecámara, gabinete, canapé, coche, mono, negro, papagayo y otros arreos y apatuscos de caballero principiante, divertido y mentecato. Hame concedido la bizarra pobreza y la extremada piedad de los Reverendos Padres Definidores Capuchinos de las dos Castillas una celda en el convento de Salamanca, donde me meto a temporadas a divertirme y a guardarme de los ociosos, de los porfiados, los zalameros, los petardistas y otros moscones que andan con un zumbido descomunal plagando de aturdimientos, enojos y majaderías las ciudades y sus ocupados habitadores. Tengo también, por la piedad de dichos reverendos padres, abierto y aparejado en una de las capillas de su iglesia el hoyo que ha de recoger mis zangarrones, y, en poder de Dios, mil y trescientas misas que se han rezado en los conventos de los religiosos descalzos, que van suscritos en las listas del primer tomo y este último, para que su misericordia me debilite los espantosos horrores que me producen de instante en instante los recuerdos de la muerte, y me conceda el perdón de las horribles e innumerables ofensas que he cometido contra su divina Majestad. En este estado quedo, y basta de pesadumbres y de verdades.

     Tengan fin venturoso mis papeles, repitiendo gracias a las comunidades y personas que han honrado mi humildad y han concurrido a este bien apreciable del público, pues entre todos hemos abierto en España una puerta por donde los aplicados a los libros y los autores de ellos entren, sin tanta pérdida de sus intereses y del tiempo, a recoger la ciencia, la doctrina, el gusto y el premio de sus tareas y trabajos. Sea Dios bendito, y sea alabado el rey piadoso que tantas gracias y piedades concede a su reino y a sus vasallos.

     Pongo, finalmente, la última conclusión a este trozo y a todos mis asuntos con la segunda lista de los suscritos que, por su piedad o diversión, han recogido estas obras, las que espero tengan tan venturoso fin como el buen principio que las dieron los que honraron, con sus nombres y liberalidades las primeras hojas del primer tomo. Uniré esta segunda lista con la primera cuando vuelva a imprimir estos libros, malos o buenos, que espero en Dios sea breve como la muerte cercana no me ataje los propósitos.

Al rey nuestro señor don Carlos Tercero.

     Señor: el polvo de mi caduca y atribulada edad, que ya por instantes se desvanece en este sexto y último trozo de mi vejez aterida y venturosa; la confusión de las adversidades que han perseguido a mis años y que forzosamente habrán de fenecer con las últimas respiraciones de mi aliento; la pertinaz fatiga de mis afortunadas tareas, que serán las únicas memorias que después de mis cenizas queden de mí por algunos momentos en el mundo; mi vida, Señor, obras y trabajos, en el estado que tienen a la sazón feliz que hace V. M. la gloriosa entrada en sus dominios poderosos: todo lo ofrezco y sacrifico a sus pies como tributo de un humilde vasallo, que le reconoce y jura por su rey, su Dios en la tierra y el absoluto señor de sus acciones.

     Rodeado de abundantes gozos, rindo a los pies de V. M. mi vida, para que logre mi debido y venerable rendimiento la ventura que jamás supo imaginar mi vanagloria, porque los accidentes inevitables de su duración y la piadosa gracia de V. M. me aseguran el gran bien de morir su vasallo, y en este fin dichoso tengo fundadas todas las honras y los contentos de mis ansias felices. Con mi vida también doy a V. M. mis trabajos para que en su presencia truequen el horror de males y desdichas en regocijados bienes y halagüeñas fortunas.

     Pongo finalmente a los pies de V. M. mis obras actuales y anteriores (que también son trabajos) con la firme confianza de que serán piadosamente recogidas. Las anteriores, porque las conduce mi veneración recomendadas de la clemencia del rey, nuestro señor, el señor don Fernando, que vive ya en el cielo, pues con su real permiso las imprimió el público con el nuevo hallazgo en España de la suscripción, dignándose también la reina, nuestra señora, madre de V. M., y el serenísimo señor infante, el señor don Luis Antonio, permitir que sus reales nombres se colocasen en la primera hoja de mis libros, procediendo a su imitación la mayor parte de la grandeza de este reino, los ministros más exaltados de él, las comunidades más autorizadas y los particulares más distinguidos en la crianza y en la erudición. Las actuales, porque el mundo publica la gran benevolencia con que V. M. honra las fatigas puras y los entretenimientos inocentes de sus vasallos, aun cuando salen inútiles y estériles sus producciones y tareas; y, aunque las mías (por más que atormente al entendimiento) siempre saldrán flojas y desabridas, me prometo que la dignación de V. M. se compadezca de mis ignorancias y premie con sus permisiones el tesón y la terquedad de mis trabajos importunos.

     V. M. se digne de admitir este voto y tributo de mi sujeción y vasallaje, y viva muchos siglos para tener arrebatado en admiraciones al mundo y a la España llena de las felicidades, las victorias, las opulencias y los aplausos que la promete y asegura el espíritu, el valor, la vigilancia y la soberanía de V. M. Así sea; así lo pido y debemos pedir a Dios cuantos gozamos tan honrosa y apetecible servidumbre. Señor: A. L. R. P. de V. M. El más rendido, obediente y sujeto vasallo, El Doctor Don Diego de Torres Villarroel.

 

 




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