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II. EL LOGOS ENCARNADOY EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA
SALVACIÓN
9. En
la reflexión teológica contemporánea a menudo emerge un acercamiento a Jesús de
Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo
divino de manera no exclusiva sino complementaria a otras presencias
reveladoras y salvíficas. El Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios
se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras
históricas: Jesús de Nazaret sería una de esas. Más concretamente, para algunos
él sería uno de los tantos rostros que el Logos habría asumido en el curso del
tiempo para comunicarse salvíficamente con la humanidad.
Además, para justificar por
una parte la universalidad de la salvación cristiana y por otra el hecho del
pluralismo religioso, se proponen contemporaneamente una economía del Verbo
eterno válida también fuera de la Iglesia y sin relación a ella, y una economía
del Verbo encarnado. La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto
a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la
presencia de Dios sería más plena.
10.
Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente
creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María,
y solamente él, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que " estaba en el
principio con Dios " (Jn 1,2), es el mismo que " se hizo carne
" (Jn 1,14). En Jesús " el Cristo, el Hijo de Dios vivo "
(Mt 16,16) " reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente
" (Col 2,9). Él es " el Hijo único, que está en el seno del
Padre " (Jn 1,18), el " Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención [...]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y
reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre
de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos " (Col 1,13-14.19-20).
Fiel a las Sagradas
Escrituras y refutando interpretaciones erróneas y reductoras, el primer
Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en " Jesucristo Hijo de Dios,
nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios,
Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho,
consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en
el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra
salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer
día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos
".28 Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el
Concilio de Calcedonia profesó que " uno solo y el mismo Hijo, nuestro
Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en humanidad,
Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre [...], consustancial con el Padre
en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad
[...], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y
el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado
de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad ".29
Por esto, el Concilio
Vaticano II afirma que Cristo " nuevo Adán ", " imagen de Dios
invisible " (Col 1,15), " es también el hombre perfecto, que
ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el
primer pecado [...]. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre
nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos
liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de
nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios "me amó y se entregó
a sí mismo por mí" (Gal 2,20) ".30
Al respecto Juan Pablo II
ha declarado explícitamente: " Es contrario a la fe cristiana introducir
cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo [...]: Jesús es el Verbo
encarnado, una sola persona e inseparable [...]. Cristo no es sino Jesús de
Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos
[...]. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre
todo las riquezas espirituales que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos
disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación ".31
Es también contrario a la
fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en
cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones
salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza
humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres. El único
sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana, es la única persona
del Verbo.32
Por lo tanto no es
compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad
salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se ejercitaría " más allá
" de la humanidad de Cristo, también después de la encarnación.33
11.
Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la
unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y
centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina
en el plan de la creación y de la redención (cf. Col 1,15-20),
recapitulador de todas las cosas (cf. Ef 1,10), " al cual hizo Dios
para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención
" (1 Co 1,30). En efecto, el misterio de Cristo tiene una unidad
intrínseca, que se extiende desde la elección eterna en Dios hasta la parusía:
" [Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser
santos e inmaculados en su presencia, en el amor " (Ef 1,4); En él
" por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo
designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad " (Ef
1,11); " Pues a los que de antemano conoció [el Padre], también los
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito
entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a
los que justificó, a ésos también los glorificó " (Rm 8,29-30).
El Magisterio de la
Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y
el redentor universal: " El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se
encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las
cosas. El Señor [...] es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su
derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos ".34
Esta mediación salvífica también implica la unicidad del sacrificio redentor de
Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Eb 6,20; 9,11; 10,12-14).
12.
Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo con
un carácter más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado.
También esta afirmación es contraria a la fe católica, que, en cambio, considera
la encarnación salvífica del Verbo como un evento trinitario. En el Nuevo
Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la
presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo
en los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32-36; Jn 20,20; 7,39; 1
Co 15,45), sino también antes de su venida en la historia (cf. 1 Co 10,4;
1 Pe 1,10-12).
El Concilio Vaticano II ha
llamado la atención de la conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad
fundamental. Cuando expone el plan salvífico del Padre para toda la humanidad,
el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el misterio de Cristo con el
del Espíritu.35 Toda la obra de edificación de la Iglesia a
través de los siglos se ve como una realización de Jesucristo Cabeza en
comunión con su Espíritu.36
Además, la acción salvífica
de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los
confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del
misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en
el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma:
" Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los
hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible.
Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una
sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual ".37
Queda claro, por lo tanto,
el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu
Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos
los hombres, llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido
históricamente al Verbo hecho hombre, o que vivan después de su venida en la
historia: de todos ellos es animador el Espíritu del Padre, que el Hijo del
hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).
Por eso el Magisterio
reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la
verdad de una única economía divina: " La presencia y la actividad del
Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a
la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones [...]. Cristo
resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu [...]. Es también el Espíritu
quien esparce "las semillas de la Palabra" presentes en los ritos y
culturas, y los prepara para su madurez en Cristo ".38
Aun reconociendo la función histórico-salvífica del Espíritu en todo el
universo y en la historia de la humanidad,39 sin embargo
confirma: " Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la
encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la
Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar
una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo
y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los
pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación
evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra
del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara
todas las cosas" ".40
En conclusión, la acción
del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una
sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la
encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la
cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance salvífico a toda la
humanidad y a todo el universo: " Los hombres, pues, no pueden entrar en
comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu ".41
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