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III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE
JESUCRISTO
13. Es
también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica
del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico.
En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la
Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador,
que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a
cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su
centro.
Los testimonios
neotestamentarios lo certifican con claridad: " El Padre envió a su Hijo,
como salvador del mundo " (1 Jn 4,14); " He aquí el cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo " (Jn 1,29). En su discurso
ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento
realizada en el nombre de Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: " Porque
no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos " (Hch 4,12). El mismo apóstol añade además que "
Jesucristo es el Señor de todos "; " está constituido por Dios juez
de vivos y muertos "; por lo cual " todo el que cree en él alcanza,
por su nombre, el perdón de los pecados " (Hch 10,36.42.43).
Pablo, dirigiéndose a la
comunidad de Corinto, escribe: " Pues aun cuando se les dé el nombre de
dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses
y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden
todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien
son todas las cosas y por el cual somos nosotros " (1 Co 8,5-6).
También el apóstol Juan afirma: " Porque tanto amó Dios al mundo que dio a
su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él " (Jn 3,16-17). En el Nuevo
Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente
conectada con la única mediación de Cristo: " [Dios] quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un
solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos " (1
Tm 2,4-6).
Basados en esta conciencia
del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de
Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos
se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más
allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba
a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio
de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: "
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15),
da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda
responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la
humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12).
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se
halla en su Señor y Maestro ".42
14.
Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que
la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una
vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del
Hijo de Dios.
Teniendo en cuenta este
dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no
cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología
está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también
figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan
divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica
tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la
Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que " la única mediación
del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación
que participa de la fuente única ".43 Se debe
profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma
del principio de la única mediación de Cristo: " Aun cuando no se excluyan
mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran
significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden
ser entendidas como paralelas y complementarias ".44 No
obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de
solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única
mediación de Cristo.
15. No
pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como "
unicidad ", " universalidad ", " absolutez ", cuyo uso
daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico
de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este
lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye
un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la
comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia
salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y
resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del
Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27)
y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a
cada hombre.
En este sentido se puede y
se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un
significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo,
universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para
la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano
II enseña: " El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para
que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor
es el fin de la historia humana, "punto de convergencia hacia el cual
tienden los deseos de la historia y de la civilización", centro de la
humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es
aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y de muertos ".45 " Es precisamente
esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y
universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de
la misma: "Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin" (Ap 22,13) ".46
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