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V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
18. La
misión de la Iglesia es " anunciar el Reino de Cristo y de Dios,
establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra
el germen y el principio de este Reino ".68 Por un lado
la Iglesia es " sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano ";69
ella es, por lo tanto, signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo y a
instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el " pueblo reunido por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ";70
ella es, por lo tanto, el " reino de Cristo, presente ya en el misterio
",71 constituyendo, así, su germen e inicio.
El Reino de Dios tiene, en efecto, una dimensión escatológica: Es una realidad
presente en el tiempo, pero su definitiva realización llegará con el fin y el
cumplimiento de la historia.72
De los textos bíblicos y de
los testimonios patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la
Iglesia no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de
los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la
relación de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser
totalmente encerrado en un concepto humano. Pueden existir, por lo tanto,
diversas explicaciones teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna
de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo
alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto,
" el Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado
ni de Cristo ni de la Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús,
no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar
tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un
objetivo puramente humano e ideológico— como la identidad de Cristo, que no
aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27);
asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es
un fin en sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen,
signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del
Reino, está indisolublemente unida a ambos ".73
19.
Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no
implica olvidar que el Reino de Dios —si bien considerado en su fase histórica—
no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En efecto, no
se debe excluir " la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los
confines visibles de la Iglesia ".74 Por lo tanto, se
debe también tener en cuenta que " el Reino interesa a todos: a las
personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir
reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia
humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación
del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y
la realización de su designio de salvación en toda su plenitud ".75
Al considerar la relación
entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras,
evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de " determinadas
concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se
presentan como "reinocéntricas", las cuales dan relieve a la imagen
de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y
servir al Reino. Es una "Iglesia para los demás" —se dice— como
"Cristo es el hombre para los demás"... Junto a unos aspectos
positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo,
dejan en silencio a Cristo: El Reino del que hablan se basa en un
"teocentrismo", porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por
quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones
diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su
nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación,
que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada
sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden,
termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto
"eclesiocentrismo" del pasado y porque consideran a la Iglesia misma
sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad ".76
Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la
relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.
VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES
EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
20. De
todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos necesarios
para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la profundización de la
relación de la Iglesia y de las religiones con la salvación.
Ante todo, debe ser firmemente
creído que la " Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación,
pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en
su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la
necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un
tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo
como por una puerta ".77 Esta doctrina no se contrapone
a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto,
" es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la
posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la
necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación ".78
La Iglesia es "
sacramento universal de salvación "79 porque, siempre
unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en
el diseño de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada
hombre.80 Para aquellos que no son formal y visiblemente
miembros de la Iglesia, " la salvación de Cristo es accesible en virtud de
la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les
introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su
situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su
sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo ".81
Ella está relacionada con la Iglesia, la cual " procede de la misión del
Hijo y la misión del Espíritu Santo ",82 según el
diseño de Dios Padre.
21.
Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada
siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con
la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se
limitó a afirmar que Dios la dona " por caminos que Él sabe ".83
La Teología está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda
útil para el crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y
de los caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha
sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las " relaciones
singulares y únicas "84 que la Iglesia tiene con el
Reino de Dios entre los hombres —que substancialmente es el Reino de Cristo,
salvador universal—, queda claro que sería contrario a la fe católica
considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos
constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la
Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia
con ella en pos del Reino escatológico de Dios.
Ciertamente, las diferentes
tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que
proceden de Dios85 y que forman parte de " todo lo que
el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en
las culturas y religiones ".86 De hecho algunas
oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto
son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son
estimulados a abrirse a la acción de Dios.87 A ellas, sin
embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex
opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos.88
Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto
dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10,20-21),
constituyen más bien un obstáculo para la salvación.89
22.
Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la
salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).90
Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las
religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa
mentalidad indiferentista " marcada por un relativismo religioso que
termina por pensar que "una religión es tan buena como otra" ".91
Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina,
también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente
deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la
plenitud de los medios salvíficos.92 Sin embargo es necesario
recordar a " los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben
atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no
responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de
salvarse, serán juzgados con mayor severidad ".93 Se
entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20)
y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia " anuncia y
tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino,
la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la
plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las
cosas ".94
La misión ad gentes,
también en el diálogo interreligioso, " conserva íntegra, hoy como
siempre, su fuerza y su necesidad ".95 " En
efecto, " Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad " (1 Tm 2,4). Dios quiere la
salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra
en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en
el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido
confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque
cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera
".96 Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la
misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su
misión ad gentes.97 La paridad, que es
presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de
las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que
es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras
religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la
libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos
los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la
necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del
bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad
salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia
del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.
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