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Revelación pública y revelaciones
privadas — su lugar teológico
Antes de iniciar un intento de
interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación
que el Cardenal Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la
celebración eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario
hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que, según la doctrina de
la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de la vida de fe fenómenos como el de
Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue entre la « revelación pública » y
las « revelaciones privadas ». Entre estas dos realidades hay una diferencia,
no sólo de grado, sino de esencia. El término « revelación pública » designa la
acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su
expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo
Testamento. Se llama « revelación » porque en ella Dios se ha dado a conocer
progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para
atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado,
Jesucristo. No se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un
proceso vital, en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este
proceso se manifiestan también contenidos que tienen que ver con la
inteligencia y con la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al
hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella. Puesto
que Dios es uno solo, también es única la historia que él comparte con la humanidad;
vale para todos los tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte
y la resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha
manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la
realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo
Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este
carácter definitivo y completo de la revelación, cita un texto de San Juan de
la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya,
que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola
Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha
hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora
quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría
una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en
Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad » (n. 65, Subida al Monte
Carmelo, 2, 22).
El hecho de que la única revelación de Dios
dirigida a todos los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio
sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con
el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia,
que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no significa que la
Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril
repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: « Sin
embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada;
corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el
transcurso de los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el
carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy
bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes de partir
les dice a los discípulos: « Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no
podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la
verdad completa; pues no hablará por su cuenta... Él me dará gloria, porque
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por
una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un
conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo; es
ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra
parte, este guiar es un « tomar » del tesoro de Jesucristo mismo, cuya
profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del Espíritu.
A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: «
la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo
de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio
Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del
Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el « crecimiento de la Palabra
»: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de
los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia
espiritual y por medio de la predicación de « los obispos, sucesores de los
Apóstoles en el carisma de la verdad » (Dei Verbum, 8).
En este contexto es posible entender
correctamente el concepto de « revelación privada », que se refiere a todas las
visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento;
es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima.
Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia
Católica: « A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas
“privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la
Iglesia... Su función no es la de... “completar” la Revelación definitiva de
Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la
historia » (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas
es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe;
en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la
comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su
Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La
certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma
y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de
conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío
al morir.
2. La revelación privada es una ayuda para
la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única
revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV,
dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para
las beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe
católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible.
Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las
reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente
creíbles ». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia,
afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada
contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya
contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles
están autorizados a darle en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo
su Fatima e bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104,
1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda
válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por
eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio
hacer uso de la misma.
El criterio de verdad y de valor de una
revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos
aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro
y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no
viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del
Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada
acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y
extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de
un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de
salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas
provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos
impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos
incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus
Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en
la relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre
Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital
de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio. La
religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de todos
los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La
religiosidad popular es la primera y fundamental forma de « inculturación » de
la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de
la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.
Hemos pasado así de las precisiones más bien
negativas, que eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de
las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir
de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La carta más antigua
de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del
Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece
una indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu, no
despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno »
(5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la
profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A
este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la
Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios
para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que
predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar
el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del
pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el
presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es
secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me
afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o
las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía
con la categoría de los « signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el
Vaticano II: « ...sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no
exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús
por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús.
Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la
presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas
reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en Fátima— se trata de esto:
ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa
respuesta desde la fe ante ellos.
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