|
La estructura antropológica de las
revelaciones privadas
Una vez que con las precedentes reflexiones
hemos tratado de determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas,
antes de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún
intentar aclarar brevemente un poco su carácter antropológico (psicológico). La
antropología teológica distingue en este ámbito tres formas de percepción o «
visión »: la visión con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea,
la percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis –
imaginativa – intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes,
Fátima, etc. no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las
imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio,
como se encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente, por
ejemplo, por lo que se refiere a la visión del infierno (descrita en la primera
parte del « secreto » de Fátima) o también la visión descrita en la tercera
parte del « secreto », pero puede demostrarse con mucha facilidad también en
las otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de
hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que no se trata de una «
visión » intelectual, sin imágenes, como se da en otros grados de la mística.
Aquí se trata de la categoría intermedia, la percepción interior, que
ciertamente tiene en el vidente la fuerza de una presencia que, para él,
equivale a la manifestación externa sensible.
Ver interiormente no significa que se trate de
fantasía, como si fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más
bien significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque
suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los
sentidos, una especie de visión con los « sentidos internos ». Se trata de
verdaderos « objetos », que tocan el alma, aunque no pertenezcan a nuestro
habitual mundo sensible. Para esto se exige una vigilancia interior del corazón
que generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión de las realidades
externas y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es
transportada más allá de la pura exterioridad y otras dimensiones más profundas
de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede
comprender por qué los niños son los destinatarios preferidos de tales
apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad interior de
percepción está aún poco deteriorada. « De la boca de los niños y de los
lactantes has recibido la alabanza », responde Jesús con una frase del Salmo 8
(v.3) a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran
inoportuno el grito de « hosanna » de los niños (Mt 21, 16).
La « visión interior » no es una fantasía,
sino una propia y verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero
conlleva también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre
involucrado el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a
nosotros a través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un
proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión interior, sobre
todo cuando se trata de realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro
horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo.
Él ve con sus concretas posibilidades, con las modalidades de representación y
de conocimiento que le son accesibles. En la visión interior se trata, de
manera más amplia que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que
el sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que
aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus
posibilidades. Tales visiones nunca son simples « fotografías » del más allá,
sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites del sujeto
perceptor.
Esto se puede comprender en todas las
grandes visiones de los santos; naturalmente, vale también para las visiones de
los niños de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto
simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen
superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un momento se
quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como
nosotros esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien las
imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto
y de las posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es,
los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un
lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « ... no se describen
en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que
sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el
tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas ». Esta concentración
de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por
lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no
todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es
la visión como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser
comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se
desvela en último término a partir del centro de la « profecía » cristiana en
absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada y guía
hacia la voluntad de Dios.
|