|
Un intento de interpretación del secreto
de Fátima
La primera y segunda parte del secreto de
Fátima han sido ya discutidas tan ampliamente por la literatura especializada
que ya no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención brevemente
sobre el punto más significativo. Los niños han experimentado durante un
instante terrible una visión del infierno. Han visto la caída de las « almas de
los pobres pecadores ». Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese
momento: para « salvarlas », para mostrar un camino de salvación. Viene así a
la mente la frase de la Primera Carta de Pedro: « meta de vuestra fe es la
salvación de las almas » (1,9). Para este objetivo se indica como camino -de un
modo sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural anglosajón y
alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de María. Para entender esto puede
ser suficiente aquí una breve indicación. « Corazón » significa en el lenguaje
de la Biblia el centro de la existencia humana, la confluencia de razón,
voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su
unidad y su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt 5,8,
un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y,
por lo tanto, « ve a Dios ». La « devoción » al Corazón Inmaculado de María es,
pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el « fiat »
—hágase tu voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia.
Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y
Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus
comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2
Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa
seguir a Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo
si no de la Madre del Señor?
Llegamos así, finalmente, a la tercera parte
del « secreto » de Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se
desprende de la documentación precedente, la interpretación que el Cardenal
Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente
a Sor Lucia en persona. A este respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar
que a ella misma se le dio la visión, no su interpretación. La interpretación,
decía, no es competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo,
después de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía
a lo que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha
interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo intentar dar
un fundamento más profundo a dicha interpretación a partir de los criterios
hasta ahora desarrollados.
Como palabra clave de la primera y de la
segunda parte del « secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así
como la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: « ¡Penitencia,
Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el comienzo del Evangelio: « paenitemini
et credite evangelio » (Mc 1,15). Comprender los signos de los
tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y
de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se
caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes
sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación
conmigo Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo
de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza
y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto.
Examinemos ahora más de cerca cada imagen.
El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda
imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que
incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a
cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía:
el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego. La visión
muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de
la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De
ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está
determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una
película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la
visión tiene lugar en realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y
para dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de
mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su
sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio
hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones
fatalísticas del « secreto » que, por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de
mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado
por la Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así como
otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más bien de los peligros y
del camino para salvarse de los mismos.
Las siguientes frases del texto muestran una
vez más muy claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el
inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las personas
humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener siempre presente esta
limitación interna de la visión, cuyos confines están aquí indicados
visivamente. El futuro se muestra sólo « como en un espejo de manera confusa »
(cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en consideración cada una de las
imágenes que siguen en el texto del « secreto ». El lugar de la acción aparece
descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una grande ciudad medio en
ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad
simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida
hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la
convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las
cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el
lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la
amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación
de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se
levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma.
Aparecen después aquí personas humanas: el
Obispo vestido de blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el
Santo Padre »), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y,
finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa
parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores
que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que
su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia
se describe así como un viacrucis, como camino en un tiempo de
violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se puede ver representada en
esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la
tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y
de la ciudad y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son
presentados de forma compacta. En la visión podemos reconocer el siglo pasado
como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las
persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de
muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar
nuevas formas de crueldad. En el « espejo » de esta visión vemos pasar a los
testigos de la fe de decenios. A este respecto, parece oportuno mencionar una
frase de la carta que Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982:
« la tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra Señora:
“Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y
persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre
tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán destruidas” ».
En el viacrucis de este siglo, la
figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña
podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando
por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y
se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En
la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el
Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar
el texto de la tercera parte del « secreto », reconocer en él su propio
destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó
el haberse salvado, con las siguientes palabras: « ...fue una mano materna a
guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la
muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna » haya desviado la bala
mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y
la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la
oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.
La conclusión del « secreto » recuerda
imágenes que Lucía puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido
deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere
hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas.
Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y
riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la
sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los
mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera
solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella.
Ellos completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus
sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía,
inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La
sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertuliano. Así como
de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido la Iglesia, así la
muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión
de la tercera parte del « secreto », tan angustiosa en su comienzo, se concluye
pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente,
una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal
orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las manos
amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren como Lázaro,
que encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a Cristo que quiso
ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del sufrimiento de los
testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es
actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su
eficacia salvífica.
Hemos llegado así a una última pregunta:
¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima?
¿Qué nos dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: «
...los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del « secreto » de
Fátima, parecen pertenecer ya al pasado ». En la medida en que se refiere a
acontecimientos concretos, ya pertenecen al pasado. Quien había esperado en
impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el
curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece
este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe
cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra
curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de
nuestras reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la
oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el mismo sentido,
la llamada a la penitencia y a la conversión.
Quisiera al final volver aún sobre otra
palabra clave del « secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón
Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios,
purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que
cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha
cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al
Salvador, porque gracias a este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro
mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este
mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque
nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios
mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre
hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última
palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «
padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al
mundo » (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta
promesa.
Joseph
Card. Ratzinger
Prefecto
de la Congregación
para la Doctrina de la Fe
|