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I EL PROBLEMA: AYER Y HOY
1. Antes
del Vaticano II
El Jubileo se
ha vivido siempre en la Iglesia como un tiempo de alegría por la salvación otorgada
en Cristo y como una ocasión privilegiada de penitencia y de reconciliación por
los pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera
celebración bajo Bonifacio VIII en el año 1300, el peregrinaje penitencial a la
tumba de los apóstoles Pedro y Pablo ha estado asociado a la concesión de una
indulgencia excepcional para procurar, con el perdón sacramental, la remisión
total o parcial de las penas temporales debidas por los pecados4.
En este contexto, tanto el perdón sacramental como la remisión de las penas
revisten un carácter personal. A lo largo del «año de perdón y de
gracia»5, la Iglesia dispensa en modo particular el tesoro
de gracias que Cristo ha constituido en su favor6. En
ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora ha estado presente, sin embargo,
una toma de conciencia de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni
tampoco de la necesidad de pedir perdón a Dios por los comportamientos del
pasado próximo o remoto.
Más aún, en la
historia entera de la Iglesia no se encuentran precedentes de peticiones de
perdón relativas a culpas del pasado, que hayan sido formuladas por el
Magisterio. Los concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente,
los abusos de que se hubieran hecho culpables clérigos o laicos, y no pocos
pastores se esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin embargo, han sido muy
raras las ocasiones en las que las autoridades eclesiales (Papa, obispos o
concilios) han reconocido abiertamente las culpas o los abusos de los que ellas
mismas se habían hecho culpables. Un ejemplo célebre lo proporciona el papa
reformador Adriano VI, quien reconoció abiertamente, en un mensaje a la Dieta
de Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, «las abominaciones, los abusos [...]
y las prevaricaciones» de las que se había hecho culpable «la corte romana» de
su tiempo, «enfermedad [...] profundamente arraigada y desarrollada», extendida
«desde la cabeza a los miembros»7. Adriano VI deploraba
culpas contemporáneas, precisamente las de su predecesor inmediato León X y las
de su curia, sin asociar todavía a ello, no obstante, una petición de perdón.
Será necesario
esperar hasta Pablo VI para ver cómo un Papa expresa una petición de perdón
dirigida tanto a Dios como a un grupo de contemporáneos. En el discurso de
apertura de la segunda sesión del Concilio, el Papa «pide perdón a Dios [...] y
a los hermanos separados» de Oriente que se sientan ofendidos «por nosotros»
(Iglesia católica) y se declara dispuesto, por parte suya, a perdonar las ofensas
recibidas. En la óptica de Pablo VI, la petición y la oferta de perdón se
referían únicamente al pecado de la división entre los cristianos y presuponían
la reciprocidad.
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