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2. La
enseñanza del Concilio
El Vaticano II se pone en la misma perspectiva que Pablo VI. Por las culpas
cometidas contra la unidad, afirman los Padres conciliares, «pedimos perdón a
Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos
hayan ofendido»8. Además de las culpas contra la unidad, el
Concilio señala otros episodios negativos del pasado en los cuales los
cristianos han tenido alguna responsabilidad. Así, «deplora ciertas actitudes
mentales que no han faltado a veces entre los propios cristianos» y que han
podido hacer pensar en una oposición entre la ciencia y la fe9.
De manera semejante, considera que «en la génesis del ateísmo» los cristianos
han podido tener «una cierta responsabilidad», en la medida en que con su
negligencia «han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la
religión»10. Además, el Concilio «deplora» las persecuciones
y manifestaciones de antisemitismo llevadas a cabo «en cualquier tiempo y por
cualquier persona»11. El Concilio, sin embargo, no asocia a
los hechos citados una petición de perdón.
Desde el punto
de vista teológico, el Vaticano II distingue entre la fidelidad indefectible de
la Iglesia y las debilidades de sus miembros, clérigos o laicos, ayer como
hoy12; por tanto, entre ella, esposa de Cristo «sin mancha
ni arruga [...] santa e inmaculada» (cf. Ef 5,27), y sus hijos,
pecadores perdonados, llamados a la metanoia permanente, a la renovación
en el Espíritu Santo. «La Iglesia, recibiendo en su propio seno a los
pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante,
busca sin cesar la penitencia y la renovación»13.
El Concilio ha
elaborado también algunos criterios de discernimiento respecto a la
culpabilidad o a la responsabilidad de los vivos por las culpas pasadas. En
efecto, en dos contextos diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los
contemporáneos de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades
religiosas:
— «Lo que en su pasión (de Cristo) se perpetró no puede ser imputado ni indistintamente
a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy»14.
— «Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia
católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo,
quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no
pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica los abraza
con fraterno respeto y amor»15.
En el primer
Año Santo celebrado después del Concilio, en 1975, Pablo VI había dado como
tema «renovación y reconciliación»16, precisando, en la
Exhortación apostólica paterna Cum benevolentia, que la reconciliación
debía sobre todo llevarse a cabo entre los fieles de la Iglesia
católica17. Como en sus orígenes, el Año Santo seguía siendo
una ocasión de conversión y de reconciliación de los pecadores con Dios, a
través de la economía sacramental de la Iglesia.
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