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2. El
Nuevo Testamento
Un tema fundamental, unido a la idea de la culpa y ampliamente presente en el
Nuevo Testamento, es el de la absoluta santidad de Dios. El Dios de Jesús es el
Dios de Israel (cf. Jn 4,22), invocado como «Padre santo» (Jn
17,11), llamado «el Santo» en 1 Jn 2,20 (cf. Ap 6,10). La triple
proclamación de Dios como «santo» en Is 6,3 retorna en Ap 4,8, mientras
que 1 Pe 1,16 insiste en el hecho de que los cristianos deben ser santos
«porque está escrito: vosotros seréis santos, porque yo soy santo» (cf. Lev
11,44-45; 19,2). Todo esto refleja la noción véterotestamentaria de la absoluta
santidad de Dios. Sin embargo, para la fe cristiana la santidad divina ha
entrado en la historia en la persona de Jesús de Nazaret: la noción
véterotestamentaria no se ha visto abandonada, sino desarrollada, en el sentido
de que la santidad de Dios se hace presente en la santidad del Hijo encarnado
(cf. Mc 1,24; Lc 1,35; 4,34; Jn 6,69; Hch 4,27.30; Ap
3,7), y la santidad del Hijo está participada por los «suyos» (cf. Jn
17,16-19), hechos hijos en el Hijo (cf. Gál 4,4-6; Rom 8,14-17).
No puede darse, sin embargo, aspiración alguna a la filiación divina en Jesús
mientras no se dé amor al prójimo (cf. Mc 12,29-31; Mt 22,37-38; Lc
10,27-28).
Este motivo,
decisivo en la enseñanza de Jesús, se convierte en el «mandamiento nuevo» en el
evangelio de Juan: los discípulos deberán amar como Él ha amado (cf. Jn
13,34-35; 15,12.17), es decir, perfectamente, «hasta el fin» (Jn 13,1).
El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar según una medida que
trasciende toda medida humana de justicia y produce una reciprocidad entre los
seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y el Padre (cf. Jn
13,34s; 15,1-11; 17,21-26). En esta óptica se da un gran relieve al tema de la
reconciliación y del perdón de las ofensas. A sus discípulos Jesús les pide
estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, así como Dios
mismo ofrece siempre su perdón: «Perdona nuestras deudas así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12.12-15). Quien se halla en grado
de perdonar al prójimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente
tiene del perdón de Dios. El discípulo está invitado a perdonar «hasta setenta
veces siete» a quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt
18,21-22).
Jesús insiste
sobre la actitud requerida de la persona ofendida respecto a sus ofensores:
ella está llamada a dar el primer paso, cancelando la ofensa mediante el perdón
ofrecido «de corazón» (cf. Mt 18,35; Mc 11,25), consciente de ser
ella misma pecadora ante Dios, quien jamás rechaza el perdón invocado con
sinceridad. En Mt 5,23-24 Jesús pide al ofensor «ir a reconciliarse con
el propio hermano, que tenga algo contra él», antes de presentar su ofrenda
sobre el altar: no es agradable a Dios un acto de culto llevado a cabo por
quien no quiera reparar primero el daño causado al propio prójimo. Lo que
cuenta es cambiar el propio corazón y mostrar de manera adecuada que se quiere
realmente la reconciliación. El pecador, no obstante, en la conciencia de que
sus pecados hieren al mismo tiempo su relación con Dios y con el prójimo (cf. Lc
15,21), puede esperarse el perdón solamente de Dios, ya que solamente Dios es
siempre misericordioso y dispuesto a cancelar los pecados. Éste es también el
significado del sacrificio de Cristo, que de una vez para siempre nos ha
purificado de nuestros pecados (cf. Heb 9,22; 10,18). Así, el ofensor y
el ofendido son reconciliados por Dios en la misericordia suya, que a todos
acoge y perdona.
En este cuadro,
que podría ampliarse mediante el análisis de las cartas de Pablo y de las
cartas católicas, no hay indicio alguno de que la Iglesia de los orígenes haya
dirigido su atención a los pecados del pasado para pedir perdón. Lo cual puede
explicarse por la fuerte conciencia de la novedad cristiana, que proyecta a la
comunidad más bien hacia el futuro que hacia el pasado. No obstante, se
encuentra una insistencia más amplia y sutil, que atraviesa el Nuevo
Testamento: en los evangelios y en las cartas la ambivalencia propia de la
experiencia cristiana se halla ampliamente reconocida. Para Pablo, por ejemplo,
la comunidad cristiana es un pueblo escatológico, que vive ya la «nueva
creación» (cf. 2 Cor 5,17; Gál 6,15), pero esta experiencia,
hecha posible por la muerte y resurrección de Jesús (cf. Rom 3,21-26;
5,6-11; 8,1-11; 1 Cor 15,54-57), no nos libra de la inclinación al pecado,
presente en el mundo a causa de la caída de Adán. Como resultado de la
intervención divina en y a través de la muerte y resurrección de Jesús, hay
ahora dos escenarios posibles: la historia de Adán y la de Cristo. Ambas
discurren la una al lado de la otra y el creyente deberá contar sobre la muerte
y la resurrección del Señor Jesús (cf., p. ej., Rom 6,1-11; Gál
3,27-28; Col 3,10; 2 Cor 5,14-15) para ser parte de la
historia en la que «sobreabunda la gracia» (cf. Rom 5,12-21).
Una tal
relectura teológica del acontecimiento pascual de Cristo muestra cómo la
Iglesia de los orígenes tenía una conciencia aguda de las posibles deficiencias
de los bautizados. Se podría decir que el entero corpus paulinum llama a
los creyentes a un reconocimiento pleno de su dignidad, aun contando con la
conciencia viva de la fragilidad de su condición humana: «Cristo nos ha
liberado para que permanezcamos libres; manteneos, pues, firmes y no os dejéis
oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gál 5,19). Un motivo
análogo puede hallarse en las narraciones de los evangelios. Emerge
incisivamente en Marcos, donde las carencias de los discípulos de Jesús son uno
de los temas dominantes de la narración (cf. Mc 4,40-41; 6,36-37.51-52;
8,14-21.31-33; 9,5-6.32-41; 10,32-45; 14,10-11.17-21.50; 16,8). El mismo motivo
retorna en todos los evangelistas, aunque se halle comprensiblemente
difuminado. Judas y Pedro son, respectivamente, el traidor y el que reniega de
su Maestro, si bien Judas llega a la desesperación por la acción cometida
(cf. Hch 1,15-20), mientras que Pedro se arrepiente (cf. Lc
22,61s) y llega a la triple profesión de amor (cf. Jn 21,15-19). En
Mateo, incluso durante la aparición final del Señor resucitado, mientras los
discípulos lo adoran, «algunos todavía dudaban» (Mt 28,17). El cuarto
evangelio presenta a los discípulos como aquellos a los cuales se les ha
otorgado un amor inconmensurable, a pesar de que su respuesta esté hecha de
ignorancia, deficiencias, negaciones y traición (cf. 13,1-38).
Esta constante presentación
de los discípulos llamados a seguir a Jesús, que titubean al abandonarse al
pecado, no es simplemente una relectura crítica de los orígenes. Los relatos se
hallan planteados de tal modo que se dirigen a todo discípulo sucesivo de
Cristo que se halle en dificultad y contemple el Evangelio como la propia guía
e inspiración. Por otra parte, el Evangelio está lleno de recomendaciones
a portarse bien, a vivir un nivel más alto de compromiso, a evitar el mal (cf.,
p. ej., Sant 1,5-8.19-21; 2,1-7; 4,1-10; 1 Pe 1,13-25; 2 Pe
2,1-22; Jud 3-13; 1 Jn 1,5-10; 2,1-11.18-27; 4,1-6; 2 Jn
7-11; 3 Jn 9-10). No hay, sin embargo, ninguna llamada explícita,
dirigida a los primeros cristianos, a confesar las culpas del pasado, si bien
es ciertamente muy significativo el reconocimiento de la realidad del pecado y
del mal en el interior del pueblo llamado a la existencia escatológica, propia
de la condición cristiana (se piense sólo en los reproches contenidos en las
cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis). Según la petición que se
encuentra en la oración del Señor, este pueblo invoca: «Perdónanos nuestros
pecados, porque también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro» (Lc
11,4; cf. Mt 6,12). Los primeros cristianos, en fin de cuentas,
manifiestan ser bien conscientes de poder comportarse en manera no
correspondiente a la vocación recibida, no viviendo el bautismo de la
muerte y resurrección de Jesús, con el cual habían sido bautizados.
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